3 Chana #2
Los tres se deslizaron entre la muchedumbre, hasta que un hombre chocó con Chana y perdió la mano de Aron.
El gentío se tragó a su madre y a él. Alguien la empujó cuando intentó seguirlos.
Cada vez había más gente. El miedo la atenazó mientras se abría paso a empujones hasta alcanzar una pared. El andamio estaba en el otro extremo.
Un hombre se interpuso en su camino.
—¿A dónde va con tanta prisa, Fräulein ? —preguntó en un alemán fluido.
Miró su rostro pálido y alargado, el cabello oscuro peinado hacia atrás que acentuaba una frente amplia y un pico de viuda. Llevaba un traje gris y un abrigo oscuro. Aunque no había dicho nada alarmante, la mirada apagada de sus ojos negros como el azabache la hizo retroceder.
— Sprechen Sie Deutsch? —preguntó.
Debió de pensar que era austríaca.
— Ja —respondió Chana en alemán—. Estoy con mi familia.
—Que esperen. —Le tocó un rizo rubio que se le había soltado del pañuelo—. Bonita.
Un hombre más joven, calvo y rechoncho se unió al primero, con los labios curvados en una mueca de desprecio que revelaba que le faltaban varios dientes.
—Muy bonita —dijo el segundo hombre.
Chana apartó el pelo de su mano.
—Le gusta a mi hermano —dijo el más alto—. Me llamo Kirill y, si necesita trabajo, puedo conseguírselo.
Le rodeó el brazo con los dedos y el instinto le gritó que era un traficante del mercado negro.
Había visto a hombres así entrando y saliendo de Foehrenwald.
Los que conocía eran de todas las nacionalidades, tanto gentiles como judíos.
Algunos intentaban ganar algo de dinero extra para el futuro.
Otros tenían intenciones altruistas y comerciaban con productos como comida, ropa y cigarrillos para ayudar a los que no tenían nada.
Sin embargo, otros muchos eran codiciosos y solo buscaban el beneficio personal.
Algunos traficantes animaban a las mujeres a utilizar sus cuerpos como pago. Chana no confiaba en ninguno.
En un rincón a pocos metros de distancia, tres soldados soviéticos los observaban.
Reconoció las sonrisas lobunas. Se le aceleró la respiración mientras se esforzaba por controlar el miedo.
No la ayudarían. De hecho, sospechaba que la intención de aquellos hombres era entregarla a los soldados.
¿Habrían hecho un trato por adelantado? Herr Schumacher había advertido a las mujeres del grupo que se mantuvieran alerta ante situaciones como aquella.
Se soltó de un tirón.
—No necesito trabajo.
Intentó pasar de largo, pero el hombre le cortó el paso.
—Kirill —gritó alguien detrás de él.
El aludido se dio la vuelta y Chana retrocedió, pero antes llegó a vislumbrar un traje elegante y los hombros anchos del hombre que se acercaba.
—¿Qué quieres? —dijo Kirill, levantando la voz para hacerse oír por encima del ruido—. ¿No me digas que es una de tus refugiadas asquerosas?
Chana no esperó a escuchar el resto de la conversación, aunque tampoco habría sigo capaz de entender mucho a causa del estruendo de su propio corazón, que le latía con fuerza en los oídos.
Agradecida por que la multitud se hubiera dispersado un poco, corrió a reunirse con los otros miembros del grupo, que formaban corrillos más pequeños cerca del andamio.
—¿Dónde te habías metido? —preguntó Aron cuando se deslizó a su lado—. Estabas ahí y de repente ya no estabas.
—Ahora estoy aquí —respondió Chana y se agarró a su brazo para dejar de temblar.
Por el rabillo del ojo, vio al hombre que había intervenido antes; se dirigía hacia ellos con paso decidido mientras se guardaba un pañuelo verde en el bolsillo del pecho del traje.
Se colocó en medio de los grupos.
—Soy Meyer Suconick. A partir de ahora podéis seguir juntos —dijo en yidis, con tono severo—. Venid conmigo.
Rápidamente los condujo a un rincón escondido detrás de una pared, fuera de la vista del resto del vestíbulo. Todos lo siguieron, aunque algunos miraron alrededor, incluida Chana, recordando claramente la advertencia sobre moverse en un grupo numeroso.
Meyer se dio cuenta y dijo:
—Nos hemos apartado de la vista por precaución. Los soldados aliados no deberían molestarnos mientras estéis conmigo.
Chana respiró aliviada. Con suerte, aquel hombre al que Herr Schumacher había confiado su destino los llevaría a Italia y los sacaría de aquel continente abandonado por Dios.
—No todo el mundo es de fiar —dijo Meyer una vez que se refugiaron en el hueco en la pared—.
No seáis ingenuos ni descuidados. Algunos querrán robaros, o peor.
Si los contradecís o los rechazáis, lo lamentaréis.
Una advertencia más. —Los señaló con un dedo—.
Sobre todo para las mujeres. No salgáis solas.
Si tenéis parientes o amigos varones, pedidles que os acompañen.
De día o de noche. Los soldados del Ejército Rojo están sedientos de venganza.
—Pero no somos sus enemigos —dijo un hombre de cejas pobladas y grises, que levantó las manos como si ya quisiera rendirse.
Meyer frunció el ceño.
—Cuando tengas un puño en la cara o unas manos debajo de la ropa, díselo. A ver si cambia algo.
Chana agachó la cabeza y las mejillas le ardieron con rabia y vergüenza. La estaba regañando directamente y, aunque agradecía su intervención anterior, ella no era ingenua ni descuidada.
Meyer Suconick hizo una pausa y los evaluó uno por uno.
Chana aprovechó para estudiarlo más detenidamente.
La ropa que llevaba parecía nueva, sin desgaste aparente ni ninguna rasgadura visible.
Había combinado el traje negro con una camisa blanca impecable y una corbata de rayas anchas rojas, blancas y azules.
Los colores de la bandera estadounidense.
Le dio esperanzas. Los soldados de Estados Unidos eran sus héroes.
Los bíceps de Meyer se tensaban bajo las mangas de la chaqueta.
Calculó que sería unos pocos años mayor que ella, aunque sus rasgos afilados lo hacían parecer aún más adulto.
La guerra los había envejecido a todos. Aun así, debía reconocer que tenía un aspecto llamativo, de aquella forma ruda y estimulante de un hombre siempre dispuesto a pelear.
Shifra se le acercó y le susurró:
—Meyer es guapo, ¿no crees?
Un comentario nada sorprendente viniendo de su amiga. Al igual que Chana, Shifra tenía diecinueve años, pero había perdido a sus padres y sus hermanas en el gueto de Varsovia. Estaba ansiosa por casarse y se mostraba muy optimista con cualquier hombre nuevo al que conocía.
Shifra miró a Meyer con una expresión de anhelo en sus ojos marrones y se atusó el atractivo cabello oscuro y ondulado a ambos lados de la mandíbula.
Otros veían el rostro ovalado de Shifra y la describían como poco agraciada, pero Chana estaba en completo desacuerdo.
El espíritu siempre alegre de su amiga le daba un rubor rosado a sus mejillas y la encontraba encantadora.
—Es guapo, aunque tiene un aire burdo —dijo en voz baja.
—Me enteré antes de salir de Foehrenwald —susurró Shifra—. Meyer Suconick formaba parte de un grupo partisano en el bosque de Bia ł owie ż a que ayudaba a escapar a los judíos del gueto de Bialystok. Ahora es uno de los traficantes más exitosos del mercado negro de Austria.
Antes de que Chana tuviera tiempo de responder, Meyer habló:
—Habéis llegado hasta aquí. Shalom a todos.
Algunos de los refugiados rompieron a llorar. Una mujer mayor le besó los nudillos.
—Que Dios te bendiga —dijo.
Meyer se frotó la mejilla, claramente incómodo.
—Acercaos todos.
El grupo se arrejuntó arrastrando los pies.
—Tengo malas noticias —dijo Meyer—. Mientras ibais en el tren, nos llegó la información de que el ejército británico había capturado varios barcos a las afueras del puerto de Bari.
Ordenaron trasladar a todos los que iban a bordo a otro campo de refugiados.
Es demasiado peligroso ir a Italia en este momento.
Tendréis que quedaros en Viena hasta que sea seguro de nuevo viajar a los puertos.
Chana sintió una gran decepción. Miró a su madre, cuyo ceño fruncido coincidía con el suyo. Otros protestaron.
Meyer levantó las manos.
—Solo soy el mensajero. No merezco vuestra ira cuando soy vuestra salvación.
Sonrió con orgullo, como si debieran recibir con agrado la devastadora noticia.
—¿Por qué deberíamos creerte? —preguntó Chana, dando un paso adelante—. Herr Schumacher nos dijo que pasaríamos aquí solo una noche.
Varios otros se mostraron de acuerdo.
Meyer la miró, con los ojos del color de las castañas asadas y sin mostrar ningún temor. De repente, y de forma poco habitual en ella, se sintió tímida y bajó la mirada a las botas.
Meyer carraspeó.
—Herr Schumacher y los demás que os subieron al tren han sido arrestados.
—Algunos murmuraron preocupados. Meyer siguió hablando—.
No saldrán más refugiados de Foehrenwald.
Soy vuestra única esperanza. Por supuesto, eres libre de marcharte.
Arriésgate sola en Viena. O súbete a un tren y vuelve.
Deja que te quiten los documentos de viaje.
Quizás algún día consigas salir de Europa.
Se mostraba frívolo con respecto a su difícil situación y a Chana no le gustó.
—No le daré mis documentos a nadie —dijo su madre con tono severo—. Serán falsos, pero al menos sirven.
Chana sonrió con orgullo ante la rebeldía de su madre. Meyer arqueó una ceja.
—Una decisión inteligente.
—¿Qué haremos hasta que los puertos sean seguros? —preguntó un hombre.
Meyer se le acercó.
—A lo largo del día de hoy os encontraré trabajo y un lugar donde vivir. Después, estaréis solos. —Inclinó la cabeza—. Sería prudente evitar a aquellos que prometen trabajos sencillos o dinero fácil.
Chana intuyó que se refería al hombre llamado Kirill. Sus palabras le sonaron como otra reprimenda y, cuando Meyer se volvió hacia ella, apartó la mirada.