3 Chana
CHANA
De Múnich (Alemania) a Viena (Austria)
E n la estación de tren de Múnich, Chana Rosenzweig se apartó un mechón de pelo rubio de la frente y apretó con fuerza la mano de su hermano adolescente.
Era imposible saber a quién le sudaba más la palma.
Su madre se encontraba al otro lado, con el brazo enlazado al del chico y la misma expresión dura e impenetrable que de costumbre.
Se le hacía extraño estar en el exterior. Moverse con libertad, sin nadie que la controlara, la amenazara o le apuntara con un arma.
—Todo irá bien, ya lo verás —le dijo a Aron.
—Lo sé. Estaremos juntos —respondió él.
—Siempre.
Con dos dedos, se tocó dos veces el pecho, justo sobre el corazón.
Su hermano repitió el gesto. Así era como se decían que se querían sin palabras.
Durante los meses que habían pasado escondidos en un ático después de que los nazis liquidasen el gueto de Vilna, el silencio les había salvado la vida.
Chana se preguntó qué pensarían de ellos los demás pasajeros, con su aspecto demacrado y su vestimenta sencilla, aunque pulcra. Tanto su madre Ruth, como ella llevaban faldas de lana oscura.
robustas botas negras y blusas blancas bajo los abrigos; las mismas prendas que repartían a todas las mujeres cuando llegaban a Foehrenwald. Aron llevaba pantalones oscuros y un jersey gris y mantenía la cabeza gacha.
La estación olía a humo, hollín y gente. De pronto, Chana percibió un aroma a perfume al pasar junto a una mujer bien vestida con un abrigo de piel. No recordaba la última vez que había respirado algo tan agradable.
Cuando encontraron el tren que los llevaría a Viena, Chana respiró aliviada por liberarse por fin de Foehrenwald.
Después de la guerra, a su familia y a ella, como a muchos supervivientes judíos, los habían acogido en campos de refugiados porque no tenían ningún otro lugar adonde ir.
Sus hogares habían quedado destruidos por las bombas o habían sido ocupados por los lugareños.
Aunque la casa de su familia hubiera estado vacía, la madre de Chana se negaba a vivir junto a los vecinos que los habían maltratado ni en el país que los había oprimido.
Sin embargo, no eran libres de ir a cualquier parte.
Los trabajadores del campo de refugiados no distribuían documentos de viaje, lo que dejaba atrapados a judíos como Chana, su madre y su hermano. Eran un grupo olvidado.
Durante meses, en Foehrenwald, había oído rumores sobre un grupo de hombres que organizaban fugas. Se hacían llamar Brihah, y descubrió que su objetivo era sacar a los refugiados judíos de Europa de manera clandestina.
—Son antiguos combatientes de la resistencia —decían algunos.
—Son exsoldados de la Brigada Judía británica —afirmaban otros.
Se enteró de que a la mayoría de los que sacaban los mandaban a Palestina, aunque algunos iban a Canadá o a Estados Unidos. Todos viajaban de forma ilegal, violando las cuotas de inmigración de los países de destino.
Para el viaje, Chana y su familia habían recibido instrucciones de mantenerse los tres juntos, pero ignorar al resto del grupo.
Por el rabillo del ojo, se fijó en un puñado de personas dispersas, con las que habían viajado en la parte de atrás de un camión, todas en el mismo traslado secreto.
A algunos los conocía de Foehrenwald, como a su amiga Shifra.
A otros, nunca los había visto. Por lo poco que habían compartido durante el trayecto hasta la estación de tren de Múnich, supo que todos eran refugiados judíos que querían huir de Europa.
No debían dar la impresión de viajar en un grupo numeroso, ya que así atraerían una atención indeseada hacia sus documentos falsos.
Si los descubrían, los enviarían de vuelta al campo de refugiados.
Sonó un fuerte silbido. Chana, Aron y su madre subieron al tren con destino a Viena y encontraron asientos contiguos.
Chana esbozó una sonrisa forzada, fingiendo tranquilidad, aunque los nervios le cosquilleaban en el pecho.
Intentó recurrir a la confianza que había mostrado cuando entregaba mensajes para la resistencia en el gueto de Vilna.
Recordó el día en que Natan la reclutó.
—Pareces aria —le dijo—. Es el disfraz perfecto.
Chana no había dudado ni un segundo ante la oportunidad de presentar batalla. Su padre llevaba mucho tiempo involucrado con la resistencia de Vilna, principalmente metiendo comida de contrabando para la población hambrienta.
La tarea de Chana consistía en entregar libros con mensajes ocultos, primero en lugares dentro del gueto, después más allá de las puertas de madera y la valla de alambre de espino, en la zona gentil de la ciudad, donde se escondían algunos partisanos.
Natan le había puesto el nombre en clave de Reyezuelo , por la capacidad del pájaro cantor para sobrevivir en muchos hábitats distintos.
Cada vez que salía, tenía que fingir que pertenecía a aquel lugar, pero sin llamar la atención. De alguna manera, lo había conseguido.
El tren dio una sacudida y el pánico la atenazó.
Durante la guerra había viajado en vagones de ganado abarrotados, que avanzaban a toda velocidad de un lado a otro.
Sin saber nunca lo que se encontraría al llegar.
¿Trabajo? ¿La muerte? ¿Podría alguna vez llevar una vida normal sin recordatorios constantes de todo lo que había sufrido?
Se dijo a sí misma que el asiento de acolchado fino en el que estaba sentada era un lujo comparado con lo que había tenido que soportar en el pasado. Aron iba a su lado, con el rostro pálido. Su madre miraba al infinito, perdida en su propio mundo.
—Chana —susurró su hermano.
—No pasa nada. —Se inclinó hacia él—. Recuerda que vamos de camino a Viena. A un lugar bonito. Dame la mano.
Él dudó. A sus quince años, prefería ignorar sus intentos de mimarlo. Tras meditarlo, le dio la mano.
—Respira conmigo —dijo Chana, después inhaló y exhaló. Aron la imitó y el ritmo constante los tranquilizó.
Un revisor se abrió paso por el pasillo y los tres le entregaron sus billetes.
Detrás del revisor, dos soldados estadounidenses se detuvieron para interrogar a un grupo ubicado a varios asientos de distancia.
Chana fingió mirar por la ventanilla, sin prestar verdadera atención a la ciudad por la que pasaban.
Herr Schumacher, su contacto en la Brihah, les había aconsejado que hablasen alemán si les hacían preguntas, o polaco.
Cualquier cosa menos hebreo o yidis, que haría que los mandasen de vuelta al campo de refugiados.
Schumacher había sido miembro de la resistencia en Vilna y amigo de su padre.
El sudor corría por la espalda de Chana.
Por fortuna, los soldados pasaron de largo y, cuando entraron en el siguiente vagón, se relajó un poco.
Un socio de Herr Schumacher, un tal Meyer Suconick, se reuniría con su familia y los demás en la estación de Viena y los acompañaría a su alojamiento.
Chana visualizó el mapa que Schumacher les había mostrado antes del viaje.
Después de pasar una noche en Viena, viajarían en camión hasta el puerto de Bari, en Italia.
Allí, embarcarían en un barco ilegal con destino a Estados Unidos.
Herr Schumacher le había dicho que viajarían en un antiguo buque de carga.
Estaría abarrotado. Cuando Chana se lo contó a su madre, su respuesta fue: No me importa ir haciendo el pino todo el viaje si así llegamos a América .
Las cinco horas de tren los llevaron a través de Alemania hasta Austria, pasando por grandes ciudades y pueblos de tamaño medio.
Cuando cruzaron Rosenheim, Aron y ella sonrieron por la similitud con su apellido.
El paisaje alternaba entre lo bello y lo feo.
Bosques milagrosamente intactos, seguidos poco después por los restos de casas cuyos tejados y paredes habían quedado destruidos por las bombas.
Por fin, enmarcado en la ventanilla, un letrero que anunciaba: Wien. El tren chirrió al entrar en la estación.
Chana susurró:
—Ya hemos llegado.
—Viena —dijo Aron con una sonrisa.
Por primera vez, Chana sintió que la guerra había terminado de verdad.
Se imaginó la vida en Estados Unidos. Sin tener miedo todo el tiempo.
Terminaría los estudios. Haría amigos. Recordó un atisbo de la panadería de su padre antes de que los pogromos y la guerra lo obligaran a cerrarla.
En Estados Unidos, quería ser repostera.
Era el sueño de su padre para ella y esperaba hacerlo realidad.
Las puertas del tren se abrieron y se levantó, lista para dar los primeros pasos hacia el resto de su vida.
Chana salió al bullicio de la estación Südbahnhof de Viena y se agarró del brazo de Aron, que estaba pálido y tembloroso, abrumado por la multitud. Su madre se situó al otro lado de su hermano.
—¿Dónde está ese tal Meyer con el que hemos quedado? —preguntó.
—Lo encontraremos —dijo Chana con una autoridad que no sentía en realidad. Aún podían salir muchas cosas mal, incluso entonces.
—Herr Schumacher nos dijo que llevaría un pañuelo de bolsillo de color verde claro —dijo Aron—. Y que nos fijásemos en las zonas en obras de la estación.
Chana estudió el vestíbulo abarrotado. Casi toda la estación se veía en buenas condiciones, salvo por algunas marcas negras de quemaduras en las paredes y muchas ventanas rotas.
Los cristales habían desaparecido casi por completo después de la guerra.
Divisó a algunos miembros de su grupo que miraban nerviosos a su alrededor.
Parecían tan perdidos como se sentía ella.
A varios metros de distancia, Shifra, su amiga, echó a andar en dirección a un andamio situado en la esquina derecha de la estación, una sección que se estaba reconstruyendo.
—Allí —dijo Chana y se ató el pañuelo en el pelo—. Id hacia el andamio.