El panadero de Viena 2 Zoe #4
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2 Zoe #4

—Aún no es de dominio público, pero nos van a conceder a mi esposa y a mí, a título póstumo en su caso, el Premio a la Trayectoria Profesional. Recibiré el galardón en su próxima conferencia y daré el discurso de apertura.

Zoe puso el altavoz y consultó la página web de Boucher. La conferencia se celebraría en Viena a principios de abril. Faltaban dos semanas.

—Venga a verme allí y hablaremos —dijo el hombre.

Zoe se quedó mirando el teléfono, sorprendida por la petición. Esperó a que continuara, quizá para invitarla a la conferencia como su acompañante, pero no le hizo tal oferta. Se esforzó por encontrar una forma educada de responder.

—Señor Martin, discúlpeme, pero, para dejarlo claro, ¿me está diciendo que, si voy a Viena, me contará cómo conoció a mi familia?

—Le prometo que le contaré más que solo cómo los conocí. Y le aseguro que cumplo mis promesas.

Deseó tener una compañera de piso con la que chocar los cinco en silencio. Miró las fechas de la conferencia. Viajar a Viena le saldría caro y el dinero escaseaba. Necesitaba alguna garantía por parte de Henri Martin, pero no quería parecer interesada en el dinero.

—Con todo respeto, señor… —Hizo una pausa—. Sería un viaje de gran calibre para mí. ¿Estaría dispuesto a compartir algún dato sobre mi familia… ahora?

Se quedó callado un momento, pero luego dijo:

—Es una petición razonable. ¿Está al tanto de la experiencia de su familia durante la guerra?

—Mi abuelo me contó que vivieron en dos guetos judíos y luego los enviaron a un campo de concentración. No entró en detalles.

Se puso los auriculares y abrió un documento en blanco en el portátil para tomar notas.

—Muchos no querían hablar del tema. En los primeros años después de la guerra, algunos de los que no habían estado en Europa se mostraban impacientes con los supervivientes y sus historias.

Pasad página , les decían. La gente empezó a callar y a avergonzarse.

—Su voz se volvió áspera—. Cuando comenzó la guerra, Aron y Chana estaban en Vilna.

La gente se refería a la ciudad como la Jerusalén de Lituania. Los nazis la invadieron en 1941.

—¿Usted también es de allí?

—No —respondió, molesto—. ¿Quiere oír la historia o no?

Zoe comprendió que no debía interrumpir.

—Perdone. Sí, quiero oírla.

Le dio vueltas a su pulsera de plata con dijes, un regalo de sus padres en su último cumpleaños con ellos. Acarició con el dedo el medallón grabado con las palabras Te queremos .

El hombre continuó:

—Tras sobrevivir a la disolución del gueto en Vilna, los enviaron a otro, en Kovno, en Polonia. Para entonces era el invierno de 1943. Seis meses después, los alemanes enviaron a Aron a Dachau y a Chana y a su madre al campo de concentración de Stutthof.

Su historia coincidía con los detalles que su abuelo le había contado hacía muchos años. Siguió hablándole de su reencuentro después de la guerra en el campo de refugiados llamado Foehrenwald y le contó cómo meses más tarde habían llegado a Viena.

Zoe creó una línea temporal en una hoja de notas para llevar un registro:

Gueto de Vilna (Polonia) 1941-1943 →

Gueto de Kouno (Polonia) 1943-1944 →

Dachau Stutthof (Alemania y Polonia) 1944-1945 →

Campo de refugiados de Foehrenwald (Alemania) 1945-1946 →

Viena (Austria) 1946

—Aunque los aliados fueron considerados héroes por haber liberado los campos de concentración, muchos de los campos de refugiados en los que se alojó a los desplazados causaron aún más sufrimiento.

Algunos judíos se vieron obligados a vivir con los mismos vecinos que los habían perseguido durante la guerra.

Las condiciones en Foehrenwald eran particularmente malas.

No había suficiente comida ni alojamiento. El tifus se propagó sin control.

—¿Cómo acabaron en Austria? —Zoe se llevó la mano a la boca—. Lo siento, señor. No quería interrumpir.

Rezó para no haber roto el hechizo que había desatado el flujo de información.

—Una organización llamada Brihah los trasladó allí —explicó—.

Meyer Suconick colaboraba con la Brihah y había aceptado transportar a los refugiados desde la estación de tren de Viena hasta los camiones que los llevarían el resto del camino hasta los puertos italianos y los barcos que los sacarían de Europa.

Chana y Aron conocieron a Meyer cuando llegaron a la ciudad.

Se quedó callado.

Zoe esperó.

—¿Señor? ¿Hola?

—Sí, sigo aquí. —Su tono se había suavizado—.

La he llevado hasta marzo de 1946. Avanzaremos un poco.

—Hizo una pausa—. Imagine a una joven hermosa, un aprendiz de repostero y un traficante del mercado negro.

Se llamaban Chana, Elias y Meyer. Verá, fue un triángulo amoroso…

una historia de amor, y todos eran supervivientes de una forma u otra.

—Se quedó en silencio y luego añadió—: ¿Tiene tiempo para oír un poco más?

—Deme un segundo, señor Martin.

Echó un vistazo al reloj y le envió un correo rápido a Wes para decirle que revisaría el artículo desde casa y que llegaría a la revista a las once. A continuación, le dijo a Henri Martin:

—Sí, señor, para esto tengo todo el tiempo del mundo.