2 Zoe #3
La página de contacto de la compañía incluía un cuadro para que los consumidores enviaran mensajes y una dirección de correo electrónico independiente para consultas de los medios de comunicación que pertenecía al director de comunicaciones, Liam Martin-Eastman.
Una investigación más profunda en internet solo reveló un artículo que arrojó algo de nueva luz sobre la empresa, publicado en 2005 en Sídney.
La Martin Baking Company es una de las empresas privadas más grandes de Sídney y, sin embargo, es un negocio que la mayoría de los lugareños no saben que lo tienen justo delante de las narices.
Ubicada en un anodino edificio de hormigón en las afueras de Putney, la mayoría no tiene ni idea de que en su interior se fabrican sus galletas favoritas: las Fudgies.
Los carteles de Prohibido el paso adornan las vallas.
El artículo explicaba cómo los Martin habían hecho todo lo posible por mantener el anonimato, a pesar de su éxito y la miríada de periodistas de todo el mundo que ansiaban entrevistarlos.
Los artículos ofrecían estimaciones de la fortuna de la pareja y los comparaban con una combinación de Willy Wonka y Howard Hughes.
La única foto que Zoe logró encontrar era la misma de la revista de 1960 en la que aparecía Henri Martin junto al camión. No había ninguna de Eveline Martin.
Zoe recordó de repente la llamada que su abuelo había recibido desde Austria. Un número equivocado. Pero ¿y si tenía algo que ver con todo aquello? ¿Y si era algún pariente perdido hacía mucho tiempo?
Imposible.
Los demás familiares de sus abuelos eran mayores y habían fallecido cuando Zoe era pequeña.
Si tenía algún primo lejano, nunca lo había conocido.
Su frustración creció a medida que sus pensamientos daban vueltas en círculos.
Tenía que haber una explicación más sencilla para que su abuelo le hubiera dejado aquellos documentos.
Ojalá hubiera vivido para contárselo. Volvió a meterlo todo en el sobre.
¡Joder, cómo lo echaba de menos! Se secó los ojos. La pérdida era insoportable.
Era tarde y estaba agotada. Se guardó el sobre bajo el brazo, recogió el bolso y las llaves, salió de la casa y cerró tras de sí.
Bajo la luz mortecina del atardecer, contempló la casa desde la acera. Se fijó en el camino de losas, en el roble sombreado que había delante y en el picaporte de bronce en forma de cesta que la abuela Tess llenaba de hortensias azules en verano.
El viento soplaba con fuerza y Zoe abrazó el sobre contra el pecho, segura de que contenía información de gran importancia. ¡Importante! Para el futuro de Zoe . Eso había escrito su abuelo.
Pero ¿por qué era importante?
Zoe echó a andar, reflexionando sobre lo que había encontrado. Si Meyer Suconick había sido el marido de su tía abuela, aunque fuera por poco tiempo, debía de saber cosas sobre su familia, detalles que su abuelo claramente consideraba pertinentes.
Aunque Meyer Suconick ya no estuviera vivo, quizá tuviera familiares a los que les hubiera contado sus historias y les podría haber mencionado el detalle de la trágica pérdida de su joven esposa poco después de la guerra.
Se le ocurrió una nueva idea: ¿quizá Henri Martin fuera pariente de Meyer Suconick?
¿Su hermano? ¿Un primo? Eso explicaría el parecido.
Se detuvo para abrir la página de contacto de la Martin Baking Company. Liam Martin-Eastman era el director de comunicaciones.
—Pues vamos a comunicarnos —susurró Zoe e hizo clic en la dirección de correo electrónico.
Para: [email protected]
Asunto: Preguntas para Henri Martin
Estimado señor Martin-Eastman:
Me llamo Zoe Rosenzweig y soy la nieta de Aran Rosenzweig.
Ha fallecido recientemente y, entre sus pertenencias, he encontrado algunos artículos sobre la Martin Baking Company y una fotografía tomada en Viena en 1946.
En la foto mi abuelo aparece junto a su hermana, Chana, y otro hombre llamado Meyer Suconick, que creo que se parece mucho a una foto de Henri Martin publicada en la revista Life en 1960.
Me gustaría saber si Henri Martin conocía a mi abuelo, a mi tía abuela Chana o a Meyer Suconick. Me encantaría tener la oportunidad de hablar directamente con el señor Martin sobre esta posible conexión.
Gracias de antemano por su ayuda.
Zoe Rosenzweig
Adjuntó capturas de la foto antigua y del artículo de Life .
Después le dio a «enviar» antes de acobardarse.
La siguiente respiración se le atascó en la garganta mientras caminaba de vuelta a su piso.
El abuelo Aron debía de querer que encontrara a Meyer Suconicky Henri Martin era una pista.
Estaba segura. Se prometió que seguiría investigando hasta dar con la información correcta.
Al fin y al cabo, era periodista, y si había alguna forma de reconstruir aquella historia, la encontraría.
Zoe se levantó temprano a la mañana siguiente para enviar correos electrónicos y mensajes de texto a todos sus contactos de relaciones públicas, con el fin de averiguar quién representaba a la Martin Baking Company.
Mientras esperaba las respuestas, buscó en los archivos en línea de la revista Life .
Después, revisó minuciosamente los registros comerciales del gobierno australiano, por si tenía suerte y daba con algo de información nueva sobre la empresa o los Martin.
Incluso introdujo los nombres de Meyer Suconick y Henri Martin en nuevas búsquedas en Google, aunque dudaba que fuera a sacar nada de ello.
Aun así, era incapaz de contenerse. Su estado de ánimo oscilaba entre un optimismo efervescente y una desesperación sombría.
De vez en cuando, agitaba uno de los globos de nieve de su abuelo que tenía alineados en el alféizar de la ventana junto a la cama; solo se había llevado algunas de sus pertenencias a su piso.
Mientras la nieve de purpurina se asentaba, oyó el eco de las palabras de su abuelo: La guerra hace desaparecer el mundo de esta misma manera, la diferencia es que después no vuelve a ser como era antes .
Se llevó el ordenador de la cama al escritorio de su pequeño estudio y configuró una alerta de Google para cualquier cosa relacionada con Eveline Martin, Henri Martin o la Martin Baking Company.
Miró la hora. Las siete. Le quedaban unos noventa minutos antes de tener que irse a trabajar.
Abrió un artículo que estaba revisando sobre el festival de barbacoas del fin de semana pasado en Amarillo, Texas.
Le sonó el teléfono. Aunque no reconoció el número extranjero, descolgó al instante.
—Quisiera hablar con Zoe Rosenzweig —dijo la voz ronca de un hombre cuando respondió.
¿Se atrevería a creer que fuera una respuesta del director de comunicaciones de la Martin Baking Company?
—Soy Zoe.
—Soy Henri Martin.
Se enderezó de golpe y comprobó el número. ¿No podía ser? ¿O sí?
—Gracias por responder tan rápido a mi mensaje, señor Martin. Se lo agradezco mucho.
—Bien. Entonces, ¿quería saber si conocía a su abuelo? —Hablaba con autoridad y con un acento muy interesante. Vagamente de Europa del Este, pero con cierta inflexión británica.
El silencio se prolongó unos segundos hasta que Zoe se dio cuenta de que el hombre estaba esperando a que le respondiera.
—Sí, señor. —Agarró un bolígrafo—. Se llamaba Aron Rosenzweig.
—Lo conocía. También conocí a su tía abuela.
—¡Qué gran noticia! —Echó un vistazo a la lista de preguntas que había preparado la noche anterior—. ¿Querría contarme cómo los conoció?
El hombre se quedó en silencio. Tras años de entrevistas, Zoe sabía que debía esperar; no era la primera vez que trabajaba con una fuente reacia. Al final, respondería.
—Preferiría no decirlo en este momento.
—Está bien —dijo Zoe—. Ya volveremos a eso. ¿Conoció también a un hombre llamado Meyer Suconick?
—Meyer Suconick. —Pronunció el nombre con una mezcla de reverencia y desprecio—. Hacía mucho que no oía ese nombre.
No era una respuesta. Zoe se bebió lo que le quedaba en la botella de agua antes de preguntar:
—¿Podría darme más detalles?
—Prefiero no hablarlo por teléfono. —Hizo una pausa—. Pero me gustaría que hablásemos. ¿Conoce la Fundación Boucher?
—Eh… ¡Claro! Me dedico a escribir sobre gastronomía.
La Fundación Boucher era la mayor entidad gastronómica sin ánimo de lucro del mundo, fundada en la década de 1920 para homenajear a los maestros cocineros y reposteros de todo el globo. La mayoría la consideraba el equivalente internacional de la Fundación James Beard.