El panadero de Viena 2 Zoe #2
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2 Zoe #2

En la foto granulada aparecían tres personas: Chana, con el mismo aspecto que en los documentos oficiales; un adolescente que debía de ser el abuelo Aron que sostenía lo que parecía un viejo balón de fútbol; y otro hombre al que no reconoció.

Era más alto que Aron y Chana, quizá rondara los veinte años, y tenía el físico de un luchador, con unos bíceps bien definidos que se adivinaban bajo la camisa de manga larga.

Mientras que su abuelo lucía una amplia sonrisa juvenil y Chana sonreía de manera más contenida, la expresión del hombre era sombría.

El fondo de la foto lo componía un terreno baldío rodeado de escombros y un edificio bombardeado detrás. El hombre tenía una mandíbula cuadrada y prominente.

Le dio la vuelta a la foto y encontró una anotación: Aron, Chana y Meyer. Viena, 1946 .

Meyer. El mismo nombre que figuraba en los documentos de viaje de Chana.

Zoe recuperó el artículo de Life tras ocurrírsele que había cierto parecido.

—Fíjate —se dijo.

Sin duda había un parecido con el hombre junto al camión del artículo de la revista.

Puso las fotos una al lado de la otra. Ambas estaban un poco borrosas y la gorra calada de Martin dificultaba distinguir todos sus rasgos, pero había ciertas similitudes entre Henri y Meyer.

La altura. La complexión. Las mandíbulas cuadradas y decididas.

Les hizo una foto a ambas imágenes con el móvil y las amplió para analizarlas, pero estaban demasiado distorsionadas.

Era una locura. Esas fotos se habían sacado con catorce años de diferencia y miles de hombres tenían los hombros anchos y la mandíbula cuadrada.

Sin embargo, el instinto le decía que había un parecido.

Era la misma sensación que la invadía cuando proponía una historia para Savouries y se le ocurría una idea que sabía que sería buena.

¿Por qué el abuelo Aron no le había entregado el sobre cuando había vuelto de Chicago? ¿Tenía intención de hacerlo, pero se le había olvidado? ¿O creía que tendría más tiempo? Ojalá lo hubiera tenido. Le habría hecho preguntas y tal vez él las habría respondido.

Sus pensamientos se remontaron a la época en la que estaba en el colegio y oyó por primera vez las historias de la guerra de su abuelo. Lo había entrevistado para un trabajo de la clase de estudios sociales de quinto curso sobre historias familiares.

Juntos, en la mesa de la cocina de sus abuelos, cuando los padres de Zoe aún vivían, Aron le había contado cómo, en junio de 1941, su familia y él habían intentado huir a la Unión Soviética cuando los alemanes invadieron Vilna.

—Las bombas caían a nuestro alrededor —dijo—. Muchos murieron. Tras dos días a la fuga, el ejército alemán empezaba a acercarse, lo que nos obligó a regresar a Vilna. Al final, los nazis nos metieron en un gueto. Tomaron el control de la ciudad.

Le contó a Zoe que su familia había compartido un piso abarrotado con otras personas desde septiembre de 1941 hasta la liquidación del gueto en otoño de 1943. Entonces, los Rosenzweig se escondieron en un ático con otras tres familias.

—Mi hermana, Chana, ayudó a la resistencia —me contó con orgullo—.

Así que le revelaron que, si nos presentábamos en el patio, nos llevarían en tren a los campos o nos matarían en el bosque de Ponary.

La gente empezaba a enterarse de lo que había pasado cuando se vaciaron los otros guetos.

Mi familia no se presentó en el patio. —Juntó las manos y se le pusieron los nudillos blancos—. Fuimos a nuestra malina .

Zoe notó que el acento del abuelo Aron se exacerbaba cuanto más se enfadaba.

—¿Qué es eso? —preguntó.

—El nombre de nuestro escondite.

—¿Cuántos años tenías, abuelo?

Apretó con fuerza el boli y le dedicó una sonrisa alentadora, aunque las lágrimas le picaban en los ojos. Quería imitar el estilo de entrevista de Katie Couric, que interrogaba a los invitados del programa Today con una sonrisa amistosa. No le estaba funcionando.

—Tenía doce años. Era otoño de 1943.

Era solo un año mayor que Zoe cuando lo entrevistó. Se imaginó en el lugar de su abuelo y sintió náuseas. Miró su refresco, pero no lo tocó. Si daba un solo trago, seguramente vomitaría.

El abuelo Aron se pellizcó el puente de la nariz y continuó.

—A finales de 1943, los nazis descubrieron nuestra malina .

Nos arrestaron. Tuvimos suerte de que no nos fusilaran.

—Su voz se había apagado hasta convertirse en apenas un susurro.

Como si aún entonces temiera ser capturado—.

En cambio, nos trasladaron a un segundo gueto en Kovno.

Allí la vida fue un poco más fácil. Aunque vivíamos en un piso con otras diez personas, los gentiles de fuera del gueto intentaban ayudarnos y nos pasaban algo de comida de contrabando.

—El abuelo le contó que, en el verano de 1944, los nazis liquidaron Kovno y obligaron a los judíos a subirse a vagones de ganado—.

Nos enviaban a los campos —dijo con amargura—.

A mi madre y a mi hermana las bajaron del tren en Stutthof.

—Se quedó mirando la campana de la cocina—.

Los soldados me ordenaron quedarme en el tren y seguí hasta Dachau.

Creía que nunca volvería a verlas. Me obligaron a trabajar en una fábrica de munición.

Después de la guerra, el abuelo Aron se reencontró con su madre y su hermana en Foehrenwald, un campo de refugiados.

—¿Qué le pasó a tu padre? —preguntó Zoe.

—No llegó a salir de Kovno. —La niña levantó la vista mientras escribía y vio que su abuelo se secaba los ojos—. Mejor lo dejamos aquí, maideleh .

Un golpe en el marco de la puerta le hizo dar un respingo. Su padre estaba allí.

—Ya tienes bastante para el trabajo —dijo—. Deberíamos volver a casa.

—Pero tengo más preguntas.

Zoe miró con indecisión a su abuelo.

Él se recostó en la silla.

—Tu padre tiene razón. Ya es suficiente.

Cuando Zoe y su padre se subieron al coche, la niña se hundió en el asiento.

—No pretendía molestarlo.

—Lo sé. En lo que respecta a tu abuelo, a menudo es mejor dejar el pasado atrás.

A Zoe no le gustó el consejo.

—Pero es para el colegio. —Se volvió hacia su padre—.

El mes pasado, una mujer que había sobrevivido como el abuelo vino a hablar a nuestra clase.

Se dedica a contar sus historias para que la gente las recuerde y para que no vuelva a pasar.

—Su voz se tornó más aguda. La mujer se había criado en Polonia y había contado que, durante meses, no había salido de casa por miedo a que los soldados nazis le hicieran daño.

Mientras hablaba, Zoe se había imaginado en su lugar y lo horrible que sería vivir siempre con miedo.

Incluso entonces, se le revolvían las tripas al recordarlo—.

Tenemos que hablar de ello —le insistió a su padre, sin añadir: para que no me pase a mí .

—Tu abuelo no es así.

Arrancó el motor, dando la conversación por zanjada.

Tras la muerte de sus padres, se fue a vivir con sus abuelos y curiosamente adoptó la misma actitud protectora que su padre había tenido para con el abuelo Aron. Si se mencionaba la guerra, en cuanto el anciano se alteraba, Zoe reprimía incluso su propia curiosidad.

Contempló la foto de Chana a los diecinueve años. El amor y la admiración siempre habían envuelto los comentarios de su abuelo sobre su hermana. Su tía abuela había trabajado con la resistencia. Eso significaba que era valiente. Zoe sabía que había una historia más profunda detrás de todo aquello.

Volvió a estudiar los documentos de viaje de Chana y se centró en el nombre de Meyer Suconick.

A pesar de que tendría noventa y tres años, era posible que siguiera vivo, lo que significaba que podría tener un pariente vivo (aunque fuera por matrimonio) y tal vez esa persona pudiera darle información sobre su familia.

Agarró el artículo de Life . Le costaba creer que su tía abuela fallecida pudiera haber estado casada con el que acabaría siendo el director de una empresa de repostería internacional.

Rebuscó en la caja y apartó los cupones caducados, los cheques cancelados y un diccionario desgastado.

Lo único interesante eran cuatro postales de monumentos de Viena con mensajes en un idioma eslavo.

Abrió una aplicación de traducción en el móvil.

Estaban en ruso y todos decían: No perdamos el contacto, K .

Los matasellos eran de Brooklyn y tenían fecha de junio de 2002, 2006, 2011 y 2015.

Se encogió de hombros y las dejó otra vez en la caja.

La siguiente hora se le pasó volando mientras intentaba recabar información.

Buscó en Google a Meyer Suconick. Aparecieron unas cuantas personas en sitios web dedicados a la búsqueda de antepasados, pero en ninguna coincidía el nombre exacto.

Se fue frustrando cada vez más por la falta de detalles sobre Meyer Suconick, Henri Martin y la Martin Baking Company.

La web de la empresa le proporcionó un poco más de información que la que había encontrado en los artículos impresos, pero las únicas imágenes que había eran de bollería, ninguna de sus directivos o empleados.

Cuando hizo clic en la pestaña Acerca de , encontró un párrafo que describía la transición de la empresa a propiedad de los trabajadores el año anterior, una medida impulsada por el diagnóstico de cáncer de pulmón de Eveline Martin.

Antes de su muerte, Henri y Eveline habían sido codirectores de la empresa.

Por lo visto, Eveline había sido el genio culinario detrás del éxito del negocio y había fallecido en febrero.

Hacía tres semanas. Como el abuelo Aron.

La búsqueda del obituario de la mujer no le brindó nueva información. Zoe encontró algunos comentarios en el perfil de Twitter de la empresa tras su fallecimiento, en su mayoría condolencias de parte de los aficionados a sus productos.