2 Zoe
ZOE
Raleigh (Carolina del Norte)
T res semanas después del funeral del abuelo Aron, Zoe miraba con el ceño fruncido las dos bolsas de basura llenas que había en su cocina.
Había dedicado días a revisar el papeleo del abuelo en busca de cualquier posible inversión o cuenta bancaria que se le hubiera pasado por alto. De momento, no había encontrado nada.
Le dio unos golpecitos al folleto de la inmobiliaria Hicks que estaba sobre la encimera. La única e irrepetible Linda Hicks, que vivía en la misma manzana, se lo había dejado allí unos días después del shiva del abuelo.
—No creo que vaya a vender —dijo Zoe a la agente inmobiliaria.
—Considéralo, querida —respondió Linda—. Esta zona está en auge.
Tras la muerte del anciano, había heredado todo lo que sus abuelos habían poseído, incluida la hipoteca pendiente de sesenta mil dólares de la casa. Los gastos del funeral se habían comido la mitad de sus ahorros y solo le habían quedado unos pocos bonos por valor de menos de quince mil dólares.
Con el deseo de conservar la casa, le pidió a su casero que la liberara del contrato de alquiler, pero fue en vano.
Publicó un anuncio en Craigslist para subarrendar el piso, pero tampoco tuvo suerte.
El trabajo no le reportaba ingresos suficientes, ni siquiera con el dinero extra que se sacaba como profesora particular de inglés para estudiantes de instituto.
Consultó al contable de su abuelo, quien le dijo: Si fueras mi hija, te diría que, a menos que encuentres alguna inversión o una cuenta de ahorros olvidadas por ahí, deberías vender .
Pero vender la casa equivalía a deshacerse del último vínculo que le quedaba con su familia a cambio de engordarse un poco la cuenta bancaria. Guardó el folleto en un cajón.
En el salón, se detuvo junto a la estantería llena de fotos familiares: la foto en sepia de la boda de sus abuelos, una foto graciosa de Zoe y sus padres en el zoo del Bronx, otras de cuando era un bebé y varias fotografías enmarcadas de su abuela con las Dinamita, su grupo de baile de la tercera edad.
Sonrió al recordar sus elaborados trajes.
Vestidos de lentejuelas, chaquetas de esmoquin y hasta una colección de boas de plumas rosas y rojas, por el amor de Dios.
Pasó un dedo por la estantería llena de libros del abuelo y acarició los lomos gastados.
Siempre le había gustado una buena novela de misterio.
Una colección de historias de Agatha Christie ocupaba dos estantes, alineadas desde su primer libro, El misterioso caso de Styles , hasta el último, La puerta del destino .
Subió las escaleras hasta la habitación principal.
La quietud le desgarraba el corazón. La cama de caoba oscura de sus abuelos, las mesitas de noche y la cómoda seguían dominando el espacio. Pasó un dedo por una rosa tallada del cabecero, cuya madera era tan suave como un pétalo de flor.
Abrió el armario y se detuvo un segundo a observar las camisas y pantalones que colgaban sin vida de la barra.
Se llevó una manga a la mejilla y captó el leve aroma a nuez moscada y clavo, restos de la loción para después del afeitado favorita del abuelo Aron.
Se le llenaron los ojos de lágrimas al recordar cómo los dos juntos habían guardado las cosas de la abuela.
No pasaría nada por que la ropa del abuelo esperase otro día.
Zoe arrastró tres cajas llenas desde el fondo del armario con la intención de revisarlas.
Seguramente, casi todo el contenido sería basura.
La primera caja que vació contenía todo tipo de objetos: un montón de recibos viejos, sobres con fotos de una época muy anterior a los teléfonos móviles e incluso una copa de kidush astillada.
Sacó un sobre de manila de otra caja, se sentó en el suelo y le dio la vuelta. Su nombre estaba escrito en la parte delantera con la letra recta de su abuelo. Tenía fecha del 26 de febrero de 2018. El día en que había regresado de Chicago. El día en que él había fallecido.
Se estremeció al sacar el contenido y encontró varias páginas grapadas, junto a un sobre más pequeño y amarillento.
En la parte superior de la primera hoja había escrito con rotulador negro: ¡Importante! Para el futuro de Zoe .
Después del derrame cerebral, el abuelo se dejaba notas a sí mismo como recordatorios.
Las garabateaba en sobres y notas adhesivas que pegaba en la nevera y a las encimeras de la cocina.
Zoe hojeó las páginas. Eran artículos de revista.
Según la fecha que figuraba en la esquina, el abuelo también los había impreso el 26 de febrero.
La confusión y la curiosidad se entremezclaron en sus tripas mientras ojeaba un perfil de tres páginas, publicado en 2017, sobre la Martin Baking Company, una empresa australiana.
El artículo se centraba en su transición el año pasado de empresa privada a propiedad de los trabajadores y en cómo la compañía había alcanzado el éxito mundial desde su sede en Sídney.
Separó otra hoja impresa, ansiosa por comprender por qué su abuelo había querido que tuviera todo aquello.
El segundo artículo procedía de los archivos de la revista Life .
Publicado en 1960, también trataba sobre la Martin Baking Company y su popular Fudgies, una galleta recubierta de chocolate.
Una búsqueda en Google la recompensó con imágenes del familiar envase azul de las galletas de chocolate y barquillo.
El abuelo Aron había trabajado en el departamento de ventas de un distribuidor de alimentos y, al menos una vez al año, llevaba a casa un paquete de Fudgies de una tienda especializada de la zona.
Pasó a la única fotografía del artículo, en la que salía un hombre de perfil con una boina calada, apoyado en un camión de la empresa y con un cigarrillo en la mano.
El humo emborronaba la imagen. La descripción decía: Henri Martin, junto a un camión de reparto de la Martin Baking Company, 1960 .
Zoe no entendía qué tenían que ver aquellos artículos y aquella empresa con ella.
Se centró en el sobre más pequeño y se preguntó qué habría dentro. Esperaba encontrar algún mensaje de su abuelo, pero lo que desplegó fueron tres hojas de papel amarillentas. La primera tenía una pequeña foto en blanco y negro, como una foto de pasaporte.
Estampado en la parte superior se leía lo siguiente: Certificado de identidad en sustitución de pasaporte. VÁLIDO PARA UN ÚNICO VIAJE . Debajo figuraba el nombre de Aron Rosenzweig.
—Santo Dios. —Se acercó la página a la cara. Era un documento oficial y la foto era de su abuelo de adolescente. La fecha le llamó la atención. 25 de julio de 1946.
Eran los documentos de viaje del abuelo Aron que había usado después de la guerra.
Le temblaban las manos. Zoe nunca había visto una foto de su abuelo de niño o adolescente.
Estaba sosteniendo un pedazo de historia.
Los otros documentos también eran papeles de viaje, uno de su bisabuela Ruth y otro de su tía abuela Chana.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
No era como mirarse en un espejo, pero, como siempre le había dicho el abuelo, el parecido era innegable.
Zoe y su tía abuela tenían el rostro en forma de corazón, los ojos muy separados y la nariz pequeña.
Se acercó más la foto. La boca de Chana era más ancha y tenía los labios más arqueados, pero no eran muy diferentes a los suyos. Además, las dos eran rubias.
Su tía abuela la contemplaba desde la foto con determinación.
El documento procedía del Consulado General de Estados Unidos en Wien.
Viena . Las fechas de salida coincidían en los tres documentos: 25 de julio de 1946.
Zoe rebuscó en sus recuerdos, intentando rescatar lo poco que el abuelo Aron le había contado sobre la muerte de su tía abuela.
Había fallecido una semana antes de la fecha prevista en la que se marcharían de Viena.
Eso significaba que Chana había muerto alrededor del 18 de julio. Leyó el resto:
Nombre: Chana Rosenzweig
Estatura: 1,63 m
Color de pelo: Rubio
Color de ojos: Avellana
Marcas distintivas: Cicatrices en el pecho
Fecha de nacimiento: 21 de enero de 1927
Lugar de nacimiento: Vilna, Polonia
Tenían el mismo color de ojos, aunque Zoe consideraba que los suyos eran más bien ambarinos. Sabía que Vilna ahora se llamaba Vilnius y estaba en Lituania, aunque durante la Segunda Guerra Mundial había formado parte de Polonia. La última línea del documento decía:
Acompañantes: Aron Rosenzweig, hermano; Ruth Rosenzweig, madre; Meyer Suconick, marido
También incluía las fechas de nacimiento de cada uno.
¿Marido?
El abuelo Aron nunca había mencionado que su hermana estuviera casada.
Según las fechas que figuraban en el documento, tenía diecinueve años.
No era demasiado joven para casarse en los años cuarenta.
En una clase de historia sobre el pueblo judío, Zoe había aprendido que los matrimonios eran habituales y abundantes entre los supervivientes del Holocausto en los campos de refugiados y que la tasa de natalidad se disparó en la primera mitad de 1946.
Si Chana se había casado, ¿qué había sido de Meyer Suconick?
Era posible que hubiera muerto con ella en el incendio.
¿O no? Zoe miró por la ventana el roble que empezaba a lucir nuevos brotes.
Tal vez aquel hombre pudiera arrojar algo de luz sobre la historia de su familia.
¿Quería el abuelo Aron que lo encontrara?
Volvió a examinar el documento de Chana y se fijó en las fechas de nacimiento de sus acompañantes.
Según la fecha de nacimiento registrada de Meyer, tenía veintiún años entonces, lo que significaba que en la actualidad tendría… Decepcionada, dejó el papel en el suelo. Tendría noventa y tres años. El abuelo Aron había fallecido a los ochenta y siete.
Revisó los demás documentos de viaje y encontró una foto en blanco y negro pegada en la parte posterior de una de las hojas. Con cuidado, la despegó.