1 Zoe #2
Cuando se marcharon, comprobó las últimas llamadas en el móvil de su abuelo.
Había dos: la suya después de aterrizar y otra de un número internacional unas horas antes.
Si alguien había llamado al abuelo desde Europa, podría haber sido el desencadenante de su confusión. Apretó el botón de rellamada.
— Hallo —respondió un hombre—. Die Kaiserin Hotel, wie kann ich ihnen behilflich sein?
El saludo en alemán la sorprendió.
—¿Habla usted inglés?
—Sí. Ha llamado al Hotel Empress. ¿En qué puedo ayudarla?
—Tengo una llamada de este número e intento averiguar por qué —explicó.
—Quizá la llamara uno de nuestros huéspedes.
—¿Dónde se encuentra su hotel?
—En la calle Kärntner Ring, en Viena.
No se le ocurría quién podría haber llamado al abuelo Aron desde Viena.
Había vivido con sus abuelos desde los once años y conocía a todos sus amigos.
No conocían a nadie en Europa. Puso el altavoz y abrió la página web del hotel.
Una foto de un edificio majestuoso de paredes de color crema ocupó toda la pantalla.
Elegante. Más parecido a un palacio que a un hotel.
—¿Puedo hacer algo por usted? —dijo el hombre, impaciente.
Se le aceleró el pulso; no se creía que fuera a preguntarlo.
—¿Le importaría pasarme con Chana Rosenzweig?
—Un momento, por favor. —Después—: No tenemos ningún huésped con ese nombre. ¿Puedo ayudarla en alguna otra cosa? Pues claro que no. Lo que había preguntado era una locura.
—Lo siento —dijo—. Se habrán equivocado de número.
Cuando Zoe fue al piso de arriba, encontró a su abuelo metido en la cama, con las gafas de leer apoyadas en la punta de la nariz mientras leía un artículo escrito por ella para Savouries , una prestigiosa revista culinaria en la que trabajaba como redactara.
—Es magnífico —dijo el anciano—. ¿Quién hubiera sabido que el pollo asado podía cambiarle la vida a alguien?
—¿Eso es lo que has sacado en claro? —Se rio.
—Estoy orgulloso de ti. —Dejó la revista en la mesita. Al lado había un bote de Ambien, prescrito para ayudarlo con el insomnio.
Sabía que estaba orgulloso de ella. Siempre le decía que su escritura era beshert .
Su destino, aunque últimamente no lo tenía tan claro.
Entrar en Savouries había impulsado su carrera, pero en los últimos dos años el editor jefe de la revista, Wes Donnelly, la había obligado a escribir historias superficiales como El mejor pollo asado de América .
Solo de pensar en insistir en que le asignaran encargos más serios le revolvía las tripas.
Tras perder a sus padres, Zoe evitaba los conflictos.
Aunque, de vez en cuando, sacaba el tema a relucir.
Recientemente, había propuesto un reportaje sobre el efecto del cambio climático en la recolección de ostras.
La respuesta de Wes había sido la esperada: Cíñete a los artículos sobre estilo de vida. Se te dan bien .
Alisó las sábanas de su abuelo.
—Debería irme.
El anciano tenía los ojos cerrados y Zoe bajó las luces como a él le gustaban.
—¿Chana? —dijo en voz baja.
Se le cortó la respiración. Se regañó a sí misma: ¡Dile que eres Zoe! Pero cuando se enfrentó a la mirada vidriosa de su abuelo, no tuvo fuerzas para romper el hechizo.
El abuelo Aron se dio dos golpecitos con dos dedos en el pecho y la miró expectante.
Ella imitó el gesto y el anciano se relajó sobre las almohadas.
Zoe y su abuelo llevaban intercambiando aquel gesto desde que tenía uso de razón.
Era una forma abreviada de decirle que la quería y de pronto se preguntó si también lo habría compartido con su hermana.
Dejó la puerta entreabierta y se reunió con Katherine en el salón mientras la auxiliar doblaba la ropa limpia.
—Está más confuso —dijo Zoe.
La mujer terminó de doblar una camiseta blanca y la miró con simpatía.
—Estuvo haciendo un puzle y murmurando para sí mientras le hacía la comida. —Señaló la mesa de la esquina, donde yacía la mitad completada de un puzle del estadio Tottenham Hotspur—. Por lo poco que oí, estaba en otro mundo.
—Mañana llamaré al médico. Gracias, Katherine.
Recogió la mochila y el abrigo y se marchó.
La preocupación por su abuelo la acompañó durante las cinco manzanas que la separaban de su estudio en el mismo barrio de Oakwood. Un lugar que nunca había sentido como un hogar. Deseó, no por primera vez, detener el deterioro del abuelo Aron, aunque sabía que no tenía forma de hacerlo.
A la mañana siguiente, estaba en Walgreens recogiendo los medicamentos de su abuelo y comprando los caramelos de limón que le gustaban cuando la llamó la auxiliar de las mañanas, Phyllis.
—Lo siento, tengo malas noticias —dijo.
Zoe apretó los caramelos con fuerza.
—Por favor, no me digas que se ha vuelto a caer.
El mes pasado se había resbalado en una escalera y, por suerte, solo se había hecho un moratón en la cadera. No se había roto ningún hueso.
—No, no es eso. —La auxiliar dudó y la menté de Zoe se aceleró. ¿Había conseguido salir de casa de alguna forma y se había perdido? Tenía que acudir de inmediato—. Lo siento mucho. —La voz de Phyllis era sombría—. Zoe, se ha ido. Falleció durante la noche. Debió de tener otro derrame.
En los segundos transcurridos entre el instante en que recibió la noticia y cuando el dolor se la tragó por completo, el mundo se quedó en silencio y Zoe experimentó una extraña sensación de paz.
El abuelo Aron había muerto creyendo que había hablado con su hermana fallecida y que estaba a salvo, aunque Zoe no tuviera ni idea de qué.