El panadero de Viena 1 Zoe
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El panadero de Viena

El panadero de Viena

Por Sharon Kurtzman

© inepub.com

1 Zoe

ZOE

Raleigh (Carolina del Norte)

E ra una noche de invierno sin estrellas, el viento aullaba en las calles y el frío penetraba desde el suelo, calando hasta los huesos a Zoe Rosenzweig.

No le importaba; siempre había preferido el invierno.

Los días de verano sofocantes la ponían de los nervios.

Buscó la cerradura con la llave a tientas en la oscuridad.

La luz del porche se había vuelvo a fundir.

Se colocó la bolsa con el globo de nieve debajo del brazo, giró la llave y llamó dos veces al timbre.

El souvenir cursi de la línea del horizonte de Chicago era para su abuelo, igual que lo de llamar al timbre dos veces, para indicar que no hacía falta que corriera a recibirla.

Aunque desde el derrame, ya no iba corriendo a ninguna parte.

—Soy yo —anunció mientras entraba en la ordenada casa de una planta de Raleigh y dejaba las llaves en el cuenco de cerámica deformado que había en la mesita del vestíbulo, el que le había hecho a la abuela Tess hacía veinte años.

—Zoe, ¿ya has vuelto del viaje? —gritó Katherine desde la cocina. La fuerte y amable Katherine era una mujer corpulenta con una espesa masa de rizos grises y la auxiliar favorita de Zoe de todas las que se turnaban para cuidar al abuelo Aron en su casa.

—He venido directamente desde el aeropuerto. —Dejó el abrigo y la mochila en una de las sillas de la cocina—. Hay que cambiar la bombilla del porche.

Katherine llevaba puesto uno de los delantales de la abuela Tess.

El verde con limones. La abuela de Zoe había muerto hacía ya casi un año y al ver a la mujer con su delantal se le calentaron las mejillas.

Quiso pedirle que se lo quitase. En vez de hacerlo, se obligó a sonreír.

Se recordó que Katherine era un regalo del cielo y no era más que un delantal.

—¿Cómo está hoy? —preguntó. La auxiliar no respondió de inmediato—. ¿Qué ocurre?

—Está más confuso que de costumbre.

—¿Por algo en particular?

El médico del abuelo le había asegurado que su condición debería mantenerse estable durante el tiempo que estaría de viaje.

Antes de que Katherine llegase a responder, oyó al abuelo Aron:

—¿Esa es mi Zoe?

Los escalones crujieron con sus pasos, seguidos por el roce de las pantuflas por la moqueta. Apareció en la cocina vestido con un pijama azul marino y peinado con esmero. Su sonrisa torcida a causa del derrame le encogió el corazón.

—Ya te has duchado. —Zoe le dio un beso en la mejilla e inhaló el olor a pino del jabón.

—¿Has disfrutado de Chicago y del festival?

—La comida era espectacular. Un puesto vendía solo platos con queso. Macarrones con queso, palitos de mozzarella , sándwiches de queso fundido, quesadillas. —Los fue contando con los dedos.

— Meshuga —dijo él—. ¿Te quedas a cenar?

Zoe echó un vistazo al reloj del microondas. Eran más de las nueve.

—Aron, cenaste hace tres horas —dijo Katherine con amabilidad.

—Cierto. Lo olvidé. No sé dónde tengo la cabeza. —Se dio un toquecito en la sien. Cuanto más viejo se hacía y más empeoraba su demencia, más pronunciado se volvía su acento.

Zoe sacó el globo de nieve.

—Para ti.

—¡Ja! —Sacudió el regalo y una ventisca engulló las plateadas siluetas del interior.

La curiosidad le iluminó el rostro con un brillo infantil que se desvaneció cuando la purpurina se asentó—.

De niño aprendí que la guerra hace desaparecer el mundo de esta misma manera, la diferencia es que después no vuelve a ser como era antes.

El comentario la perturbó. Su abuelo casi nunca hablaba de aquella época. A lo mejor a eso se refería Katherine con lo de que estaba confuso.

El anciano se volvió hacia la auxiliar.

—¿Has encontrado mi móvil?

—No, lo siento —dijo Katherine.

—Dónde se habrá metido. —El abuelo Aron dejó el globo de nieve junto a la hilera de otros similares que había en un estante sobre los fogones.

De Los Ángeles, Filadelfia, Nueva York, Texas, Londres…

Todos los lugares a los que Zoe había ido por trabajo en los últimos años.

Se había convertido en una tradición, como los llaveros que su abuelo le traía de las conferencias de la Asociación de Comerciantes.

Cuando estaba en secundaria, llevaba la colección entera colgada de la mochila.

Su favorito era uno de Seattle que representaba la Space Needle delante de un cielo azul.

El abuelo le había contado que el emblemático edificio tenía un restaurante en la cima.

Se puede cenar y contemplar el infinito a la vez.

Quizás incluso saludar a tus padres en el cielo .

Aunque sabía que su abuelo tenía buenas intenciones, le respondió: Ya no soy un bebé.

Sé que eso es imposible . Aun así, una diminuta parte de ella deseó que no lo fuera.

El abuelo Aron se sentó a la mesa de la cocina y dijo:

—Tienes refrescos de los tuyos en la nevera.

Zoe agarró una lata, encantada de que su abuelo todavía se preocupase de comprarle su bebida favorita, aunque ella ya no viviese allí. Justo cuando iba a cerrar la nevera, descubrió el móvil perdido detrás de un bote de salsa César.

—Mira lo que he encontrado.

Le entregó el teléfono.

—Eres un genio. —Se quedó mirando la pantalla y frunció el ceño.

—¿Qué ocurre?

—Creo que le he colgado a Chana. Llamó desde el aeropuerto.

Zoe se quedó de piedra con la lata en la boca y Katherine le hizo un gesto como diciendo: ¿Ves lo que te decía?

—No, abuelo. —Zoe le tocó el brazo—. Hablaste conmigo. Yo te llamé desde el aeropuerto para avisarte de que había aterrizado.

El anciano alternó la mirada entre su nieta y el teléfono mientras se esforzaba por recordar.

—Claro, sí, me llamaste.

No era la primera vez que su abuelo confundía a su nieta con su hermana mayor, a pesar de que Chana había muerto mucho antes de que ella naciera.

Zoe se sentó.

—¿Cómo te sientes, abuelo?

—Igual que se siente un viejo. —Rechazó la preocupación con un gesto de la mano—. Cada día te pareces más a Chana. Dos auténticas bellezas.

Nunca se cansaba de oír cómo había heredado el pelo rubio rizado y los ojos ambarinos de la tía abuela por la que siempre había sentido una extraña afinidad.

—¿Tienes alguna foto suya? —preguntó Katherine.

Aron la miró como si intentase comprender la pregunta.

—Por desgracia, no —dijo Zoe.

La atención del abuelo pasó a los globos de nieve del estante. Zoe se levantó y le indicó a la auxiliar con un gesto que la siguiera fuera de la cocina.

En el pasillo, le explicó en susurros:

—Mi abuelo, su hermana y su madre fueron supervivientes del Holocausto.

Las fotos y los recuerdos familiares se perdieron en la guerra.

Nunca habla mucho del tema. Sé que sobrevivieron a dos guetos judíos en Polonia y a un campo de concentración.

Después de la guerra, vivieron en un campo para refugiados antes de escapar a Austria —susurró Zoe—.

Una semana antes de que emigrasen a Estados Unidos, Chana murió en un incendio en un hotel de Viena.

—Qué espanto. —Katherine se llevó una mano al pecho.

—¿Zoe? —llamó su abuelo.

—Ya voy…

—Quédate con él mientras le preparo la cama —dijo Katherine.

—Aquí estás —dijo el abuelo cuando Zoe volvió junto a la mesa. Se inclinó hacia ella—. Tengo un secreto. ¿Puedo confiar en ti?

—Pues claro. ¿Qué es?

Los ojos de Aron se llenaron de lágrimas cuando habló:

—Chana y yo nos veremos pronto. Dice que estamos a salvo y que me va a preparar cremeschnitte . —Se inclinó hacia mí—. Mi hermana es la mejor repostera del mundo. Creaba tartas que eran auténticas obras de arte en uno de los mejores hoteles de Austria. ¡El mejor de Viena!

Aquella noche estaba obsesionado con Chana. Zoe sabía que a su tía abuela le había gustado mucho la repostería cuando era niña y que el padre del abuelo Aron había regentado una panadería antes de la guerra. Sin embargo, nunca había oído que Chana se hubiera dedicado profesionalmente a ello.

—¿Tu hermana trabajaba en el sector alimentario, como tú?

—No se parecía en nada a mí. Yo me pasé la vida vendiendo mercancías a restaurantes y tiendas familiares. —El sudor le perlaba la frente—. Mi hermana cocinaba como nuestro padre.

¿Trabajaba en el hotel dónde se produjo el incendio?

—¿Cuándo, abuelo? ¿Antes o después de la guerra?

¿Cómo era posible que su abuelo nunca le hubiera mencionado aquellos detalles?

—Chsst. La repostería de Chana tenía que ser un secreto.

Se llevó un dedo a los labios.

Zoe sabía que debería devolver a su abuelo a la realidad con tacto, pero…

Ahí estaba, con los ojos brillantes y más feliz de lo que lo había visto en meses.

Se le hundieron los hombros. El fin de semana la había dejado agotada.

Había tenido la agenda llena para cubrir el festival de food trucks del Medio Oeste y la temperatura en Chicago no había subido de los cero grados ni una vez.

Había trabajado durante todo el vuelo de vuelta para redactar, revisar y enviarle dos artículos a su editor.

Lo único de lo que tenía ganas era de visitar a su abuelo y relajarse.

¿Tan malo era dejarlo pasar sin corregirlo?

—No se lo contaré a nadie. Tu secreto está a salvo conmigo —dijo tras meditarlo.

El abuelo frunció el ceño.

—¿Eres la hija de Chana?

Zoe le apretó las manos.

—Soy Zoe. La hija de tu hijo Steven. Soy tu nieta.

La miró a la cara.

—Zoe, sí. —Le tocó la mejilla y luego señaló la lata de refresco—. Los he comprado para ti. Son tus favoritos.

—Eres el mejor.

Le besó el dorso de la mano. En sus veintiocho años, Zoe había sufrido lo suyo.

Amores no correspondidos. Amistades que se habían distanciado.

Y la pena más devastadora de todas: la muerte de sus padres a los once años.

Detestaba tener que añadir a su abuelo a la lista, su única familia, que se estaba olvidado de quién era.

—Son las nueve y media —dijo Katherine cuando volvió.

—Hora de dormir. —El abuelo se levantó con dificultad.

—Ahora voy a darte las buenas noches —dijo Zoe.