El Palacio de la Música Cenizas
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Cenizas



Adagio in G minor - Tomaso Albinoni

Fuego en la música, sombra en nuestros corazones.

La noche de ayer quedará grabada en la memoria colectiva, tanto por su magnificencia musical como por la tragedia que le siguió. Fue una velada marcada por contrastes que ningún cronista del arte podría haber anticipado.

Desde temprano, la sala se llenó de expectación.

El joven violinista Leandro Álvarez deslumbró a un público cautivado, interpretando con maestría el repertorio de Dvořák.

La acústica del Palacio, perfecta y envolvente, nos transportó a un mundo donde la música reinó por encima de cualquier otra emoción.

La interpretación fue impecable, y su violín negro, casi un símbolo en sí mismo, se convirtió en el hilo conductor de una velada que auguraba perfección.

Sin embargo, lo que parecía una velada memorable por su arte terminó siendo inolvidable por la tragedia que se desató.

Un incendio voraz devoró parte del recinto, atrapando en su abrazo mortal a un lugar que ha sido cuna de historias, de música y de arte.

La música aún resonaba en nuestras mentes mientras las llamas consumían los telones, el escenario y los sueños que allí se tejieron.

Desconozco las circunstancias que provocaron este desastre —si fue la obra de una mente macabra o un accidente terrible—, pero lo cierto es que todos hemos perdido un patrimonio invaluable.

La escena fue desoladora: humo, gritos, lágrimas, y un caos que contrastaba con la serenidad musical que poco antes nos había envuelto.

A pesar de la tragedia, celebro que el fuego haya podido ser contenido y que nuestro amado Palacio tenga la oportunidad de renacer. La fuerza del arte siempre ha residido en su capacidad para sobrevivir a las sombras.

Leandro Álvarez, con su interpretación magistral, nos deja un recuerdo imborrable antes de partir hacia nuevas tierras. Le auguro éxito y espero que, dondequiera que esté, continúe tocando con la misma pasión y entrega.

El Palacio se alzará de las cenizas, y con él, la música que nunca se apagará.

Valérie Bellerose

Melissa dejó el periódico sobre la mesa de la cocina.

La nota de Valérie Bellerose le causó una extraña tranquilidad.

Al menos, ahora sabía que ella había logrado escapar de la catástrofe.

Mientras tanto, Leandro se encontraba en el cuarto, concentrado en preparar todas sus cosas para irse.

Guardaba cuidadosamente cada objeto en dos grandes maletas. Finalmente, el día había llegado.

Las noticias continuaban comentando lo sucedido ayer en El Palacio. El nombre de Leandro Álvarez resonaba en todos los noticieros. “El Palacio ardió y después de toda una noche lograron contener el fuego”, comentaban los reporteros con tono sombrío.

Melissa apenas prestaba atención, pero una frase se quedó suspendida en el aire.

“Luego de trabajar durante toda la noche, los bomberos indicaron finalmente que el incendio se había originado en el pozo, donde fue encontrado el cadáver de un hombre adulto. Debido a las quemaduras, el cuerpo no ha podido ser identificado.”

Los daños al Palacio fueron graves, aunque por fortuna no afectaron su estructura.

Se perdió el escenario, gran parte de las butacas, los telones de terciopelo rojo, el hermoso vitral de Apolo y sus musas, y los pasadizos de madera vieja que había aprendido a amar.

Aquel día que había conocido toda la parte de atrás y los bastidores, ahora se había convertido en un sueño.

No podría regresar jamás tal como lo había conocido. Ahora todo se había reducido a cenizas.

Pensó en las fotos de los famosos que aguardaba el Palacio como un tesoro. Melissa lloró solo de recordar todo lo que se había perdido en ese infame momento, sintiendo que algo dentro de ella también se había consumido.

Marcelo había cometido un último acto fatal.

Melissa podía imaginar sus gritos confundidos entre el crujir de las maderas, acompañado por un coro de dolor y desesperación.

Nadie pudo identificar su cuerpo, pero ella sabía que era él.

Sabía que era Marcelo, un hombre tan egoísta que prefirió morir calcinado antes que soportar la visión de verla en los brazos de Leandro.

Una muerte tan espantosa, llena de dolor por las quemaduras y asfixia por el humo que debió colmar sus pulmones. Una tortura lenta, sofocante, sin escapatoria. Melissa apenas podía imaginar el sufrimiento, el terror, los gritos ahogados que se perdieron en el fuego.

De todas las formas de morir, habría elegido cualquier otra menos esa. Una muerte que no permitía dignidad, que borraba el rostro y el nombre, que lo reducía todo a un cuerpo calcinado e irreconocible.

A pesar de todo lo que Marcelo le había hecho, no pudo evitar estremecerse, sintiendo en el pecho un retorcido resquicio de compasión. Pensar en él atrapado, gritando mientras se quemaba, le provocaba un nudo en el estómago.

—Nadie merece eso —pensó, aunque otra parte de ella murmuraba que tal vez sí, que Marcelo había elegido su propio final, uno que sellaba su destino.

Le temblaban las manos solo de pensarlo.

Se preguntó si, en esos últimos instantes, habría sentido remordimiento.

Si habría deseado que las cosas fueran distintas.

Si, por un segundo, se habría arrepentido de todo el daño que había causado, del amor distorsionado, del egoísmo que lo consumió por completo. Pero no encontró respuesta.

Marcelo se había ido, el fuego lo había consumido todo.

Se iniciaron los trabajos de reconstrucción de inmediato.

Al día siguiente, ya había camiones sacando cargas completas de escombros, mientras otros llegaban repletos de materiales nuevos.

Los trabajadores parecían estar decididos a levantar al Palacio tan pronto como fuera posible, como si reconstruirlo pudiera borrar las cicatrices del incendio.

Ese día, Melissa no fue a trabajar. Era el último día con Leandro, el día de la despedida. Una última salida antes de que él partiera a Rusia.

Después de hacer maletas y dejar todo listo, salieron juntos al Centro de Coyoacán. Aún les quedaba un poco de tiempo antes de que Ada pasara por él para llevarlo al aeropuerto.

Ada, al igual que Valérie Bellerose, había logrado escapar por una de las salidas laterales del Palacio. Ambas habían sobrevivido a las llamas, aunque Melissa no podía evitar imaginar lo que habría sido encontrarlas atrapadas entre las sombras y el humo.

Caminaron por aquellas calles empedradas que los habían visto tomarse de las manos, y se sentaron en la misma banca donde, tiempo atrás, alguien les había tomado una fotografía mientras se daban un beso.

—Qué gran día aquel —dijo Melissa, dejando que las palabras se escaparan al aire.

—Lo recuerdo perfectamente, así como la sensación de tus tibios labios contra los míos —respondió Leandro, como si hubiera leído sus pensamientos.

—Ese día le perdí el miedo a las abejas —contestó ella, con una sonrisa pequeña y melancólica.

—Y yo le perdí el miedo al amor —pareció que aquella frase se le había escapado.

En el fondo, no lo creía así. Melissa sabía que Leandro aún le tenía miedo al amor. ¿De qué otra forma podía ser? Todos tenemos miedo al amor, miedo a ser lastimados, miedo a que el amor nos impida llegar tan lejos como queremos. Él no le había perdido el miedo al amor. Ni ella.

Se quedó callada, dejando que esas palabras no dichas se quedaran suspendidas entre ellos. Ya no tenía caso decir nada.

El aire alrededor parecía detenerse mientras se inclinaban el uno hacia el otro. Sus labios se encontraron en un beso largo y amargo, cargado de lo que no se había dicho, de lo que no se podía decir. Un beso que lo decía todo: la tristeza, la aceptación, la despedida.

Porque hay besos que son de bienvenida, y besos que nos despiden. Y este, sin lugar a dudas, era uno de esos segundos.

Melissa se aferró por un instante a ese beso, como si en su sabor pudiera quedarse el tiempo detenido, como si en él pudiera anclar todo lo que había sido y todo lo que ya no sería. Pero incluso el beso se rompió, como se rompen las promesas que no se cumplen.

Fueron a comer pizzas. Una última comida juntos, tratando de fingir que no pasaba nada, ignorando que el final estaba ya decidido, que las horas compartidas se reducían a minutos. Sonreían, reían incluso, engañándose a sí mismos, aferrándose a la ilusión de que nada cambiaría.

Aquel restaurante era su refugio habitual, el lugar donde la comida y la compañía tejían pequeños recuerdos.

La pizza estaba deliciosa, como siempre, pero esta vez cada bocado tenía un sabor distinto, a despedida.

Rieron, conversaron, se miraron a los ojos, parecía que el tiempo no fuera a terminarse, y la felicidad pudiera sostenerse para siempre.

Jugaban a creer que Leandro no tenía que partir a otro país, o que Melissa no tendría que quedarse. Que podían quedarse allí, congelados en ese instante, como una fotografía en la memoria.

Melissa deseó que el tiempo se detuviera, que el reloj dejara de avanzar, aunque fuera solo un poco. Y al mismo tiempo, deseaba que corriera rápido, que la despedida doliera menos, que todo terminara pronto. Pero el tiempo avanzaba, implacable.

Las nubes en el cielo comenzaron a oscurecerse, extendiendo su sombra sobre las calles. Se apresuraron a regresar a casa, caminando uno al lado del otro, con pasos que parecían querer desafiar a la lluvia que se avecinaba.

Ya no quedaba nada por guardar. Las maletas estaban listas en la entrada, pesadas de recuerdos y de despedidas. La recámara se veía vacía, como un escenario después de la última función. El violín negro aguardaba sobre el sofá, esperando el momento de partir.

Se quedaron en la sala por unos minutos que parecieron segundos, envueltos en un silencio que pesaba tanto como las maletas.

Lo único que podía escucharse era el retumbar lejano de las nubes, cada vez más grises, comenzando a tronar.

El viento agitaba las ramas de los árboles, y las hojas sonaban como sonajas al moverse.

Se sentía la humedad cargada en el aire, anticipando la lluvia.

Un rayo cruzó el horizonte, iluminando por un instante el cielo plomizo. Los pájaros se precipitaron hacia sus nidos, buscando refugio. A pesar de la tormenta que se avecinaba, aún había ventanas claras entre las nubes, por donde se colaban tenues destellos de luz. Pero la noche ya había caído.

Melissa pensó si habría algo más que decirle, algo que pudiera romper el silencio, algo que pudiera detener el tiempo.

—Leandro, te amo mucho. Ten la carrera que tanto añoras y logra el éxito que deseas. Tal vez en algunos años, si es que regresas, pueda verte en algún concierto y recordar esta historia, nuestra historia —dijo Melissa, con la voz temblorosa y cargada de todo lo que ya no podría contener.

Así como el cielo se cargaba de agua, sus ojos se llenaron de lágrimas, desbordando todo lo que había intentado callar.

Leandro la abrazó, fuerte, como si quisiera retenerla consigo un poco más, como si al rodearla con sus brazos pudiera retrasar lo inevitable. Sintió su respiración pesada contra su cuello, sus grandes manos de leñador sujetándola por la cintura con una mezcla de desesperación y ternura.

Ambos estaban deshechos. Y el cielo también.

Melissa cerró los ojos mientras las primeras gotas comenzaron a caer del cielo, deslizándose sobre su piel y sobre sus mejillas, confundidas con sus lágrimas.

Los truenos resonaron más intensos, desgarrando el aire, y el viento sopló con mayor fuerza.

El cielo también entendía lo que ocurría en su corazón.

El estruendo de un claxon interrumpió aquel instante suspendido. Ada había llegado. Su llamada ineludible a la realidad los sacudió, avisando que era momento de partir.

Melissa abrió los ojos y vio a Ada al volante, emocionada, con el cabello suelto ondeando ligeramente con el viento y los labios rojo vivo, lista para su nueva aventura en otro continente.

Ada no tenía nada que perder.

Leandro salió de la casa e hizo una seña a Ada para que esperara, luego volvió hacia Melissa para despedirse.

—Melissa, eres mágica. No tengo más que palabras de agradecimiento para ti, no tengo más que un amor enorme por todo lo que me has dado y por esta historia que construimos juntos.

Te llevo en mi alma, Melissa —susurró, tomándola del cuello con ambas manos, acercándose hasta fundirse en un beso profundo.

—Ada te espera, no pierdas el avión —le dijo ella, con la voz temblorosa, señalando el auto que aguardaba afuera.

Leandro la abrazó con fuerza, con esa fortaleza suya que parecía envolverla por completo, mientras el aroma de su piel se impregnaba en las fosas nasales de ella, intentando quedarse allí para siempre.

Por un instante, deseó que ese abrazo no terminara nunca, que el tiempo se detuviera y pudieran quedarse así, pegados, respirándose. Pero ya era demasiado tarde. Tenía que dejarlo ir, y lo supo cuando sus brazos se soltaron lentamente, casi sin querer.

Leandro se acercó a las maletas y se colgó el violín negro sobre la espalda. Ese violín que le había dado a Melissa tantas melodías, tantos recuerdos, y que ahora quedaba atrás, como todo lo demás. Tal vez no volvería a verlo nunca más.

—Leandro, dame un último beso —dijo Melissa con voz quebrada, tomándolo del brazo y jalándolo hacia ella.

Sus labios se encontraron por última vez, en un beso amargo, un beso que no sabía decir otra cosa más que adiós.

Leandro tomó sus maletas y caminó bajo la lluvia hacia el auto que lo esperaba. Se detuvo un momento, levantó una mano, se la puso sobre los labios y le lanzó un beso. Las gotas de lluvia caían sobre su cabello revuelto.

Subió al auto mientras Ada, impaciente, hacía muecas y ademanes desde el asiento, ansiosa por no perder el vuelo.

Melissa permaneció en la puerta, inmóvil, viendo cómo el auto avanzaba despacio, alejándose. Lo siguió con la mirada hasta que las luces se desvanecieron en el horizonte, tragadas por la oscuridad y la lluvia.

Y entonces, no quedó nada más.