El mar

Marcelo venía hacia los brazos de Melissa y comenzaban a besarse.
Metió los dedos entre sus cabellos perfectos, despeinándolo por primera vez en la vida, durante un apasionado beso.
De pronto le ardieron los labios, y la boca le sabía a sangre.
El suelo comenzó a incendiarse y se vieron rodeados por un aro de luz.
El fuego les rozó la piel, las llamas comenzaron a consumirlos.
Morir en un beso. Quemarse juntos. Un intenso calor comenzó a sentirse en todo su cuerpo hasta que fue inevitable gritar de dolor.
Entre gritos ahogados Melissa despertó esa mañana. Encendió el reproductor de música y el concierto de Dvořák comenzó a sonar en el aparato. Leandro lo había dejado puesto. Tal vez sin querer.
Tuvo que apagarla. No podía escuchar música clásica, le resultaba insoportable. El dolor era demasiado grande. Se preguntaba por qué le habían quitado lo que más amaba en el mundo. Leandro se había ido, se había llevado el placer por la música y dejado dolor en su lugar.
Intentó apartar sus pensamientos, sacarlos de su mente como quien sacude el polvo de una prenda, pero le resultaba imposible. El concierto de Dvořák permanecía en su cabeza como un eco, repitiéndose una y otra vez, hasta causar una quemadura profunda en el pecho.
La música de Leandro se había quedado.
La profecía se había hecho realidad.
Recordó que no le había dado el álbum al que tanto empeño le había puesto. Lo tomó entre las manos y lo miró con cuidado. Estaba incompleto, faltaba el último programa, el del último concierto.
Por suerte, lo había guardado en su bolsa al inicio y no se quemó junto con todo lo demás.
—No lo terminé. No se lo di —lloró.
Todo parecía incompleto, como suspendido en un silencio incómodo. No solo el álbum, sino también su mundo, ahora interrumpido por la ausencia de Leandro.
Lo hojeó desde el principio, recordando cada concierto al que lo había acompañado, desde aquel primero donde quedó hipnotizada por su música, hasta el último, tan distinto a como lo había imaginado.
Finalmente, tomó el último programa y lo pegó al final. Al menos, lo había completado.
—¿Ahora qué se supone que debo hacer con esto? —se preguntó aunque no se refería exactamente al álbum.
Se refería a su vida.
Dejó el álbum sobre la cama y tomó el joyero de Niloofar del buró, observándolo con atención.
Antes no había logrado abrirlo, aunque la llave coincidía.
Algo faltaba. Pasó los dedos con suavidad sobre el borde superior, sobre las plateadas patas en forma de hoja, sintiendo las texturas frías y rugosas.
—¿Qué tendrá en su interior? —se preguntó, con un leve suspiro.
Comenzó a repasar mentalmente los objetos que le había dado Niloofar: la pequeña llave plateada, el joyero, y el zafiro.
Tomó el zafiro entre las manos. Era una joya hermosa, de un azul profundo y, sin duda, valiosa. La prueba tangible de que la música vivía en el alma. Pensó que debía poder guardarla en ese joyero, como si de algún modo formara parte del conjunto.
Curiosamente, la piedra era del mismo tamaño que el relieve redondo de la tapa del joyero. La colocó con cuidado sobre el relieve y, al presionarla ligeramente, escuchó un suave clic . La piedra embonaba perfectamente, ajustándose con precisión al joyero. Ese había sido su lugar todo este tiempo.
Su corazón, como el de un colibrí, latía rápido. Tomó la llave plateada y la introdujo en el cerrojo con cuidado.
¡Abierto! La tapa se levantó revelando en su interior un espejo pequeño, una delicada manivela en forma de hoja, una pulsera de plata con un detalle en forma de infinito y un papel amarillento enrollado.
No era solo un joyero. Era una caja musical. Con manos temblorosas, giró la manivela para darle cuerda y dejó que la melodía llenara el aire.
Era el Concierto para piano "Emperador" de Beethoven, el segundo movimiento.
Las notas, con su sonido metálico y un poco apagado, resonaron en la habitación.
Melissa cerró los ojos y dejó que la música la envolviera.
No pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas al escuchar aquellas notas, cargadas de recuerdos y de dolor.
Cada compás era como abrir una herida, una mezcla agridulce de belleza y pérdida.
De todas las piezas musicales, ¿por qué Niloofar había elegido precisamente esta para la cajita? ¿Por qué escoger la que más le dolía, la que le atravesaba el corazón cada vez que sonaba?
Su mente se elevó entre memorias hasta el Palacio, a aquel día en que habían hallado sus pasadizos secretos.
Recordó a Leandro, sus ojos negros llenos de misterio, el instante en que descubrió que tenía manos de leñador.
Un eco lejano del olor a maderas viejas impregnó su mente, llenando su pecho de un dolor agudo.
Intentó retener en su memoria cada detalle de aquel lugar ahora inexistente, cargado de historia y de amor, como si al hacerlo pudiera impedir que se desvaneciera por completo.
—¡Bruja! —exclamó entre sollozos, con la voz rota—. ¡Si no me hubiera lanzado esta profecía, nada de esto hubiera pasado! ¡Hubiera continuado con mi vida, sin haberlo conocido! ¡Cuántas penas me habría ahorrado! —lloró, llena de rabia y tristeza, con las lágrimas brotando sin control.
Tomó el papel amarillento y lo desenrolló. Había un poema con la letra pequeña y casi ilegible:
Aquellas tardes, tú sentada enfrente,
En medio dos deliciosos tés chai,
el mío a mi gusto, claro, lo preparaste tú.
Tus piernas cruzadas haciéndote aún más elegante.
Y tus dedos musicales,
volteando las hojas de tu libro con ritmo,
con la calma y la paz que te acompaña.
Tus ojos, preciosos, paseándose sobre las letras.
Yo, leyendo llena de satisfacción mi libro.
La satisfacción de verte cerca y sentirme amada.
De vez en cuando una nota interesante.
La promesa de no distraernos, rota tantas veces.
Qué tardes aquellas.
Le dio la vuelta a la hoja con mucho cuidado y encontró una carta:
Querida Niloofar:
Niloofar mía, mandé a hacer este joyero para guardar el zafiro que ahora es tuyo.
Es demasiado hermoso para vivir encerrado y mandé incrustarlo en la tapa para que no se pierda nunca.
Ese zafiro me recuerda a tu alma, azul oscuro, con la fuerza que llevan las olas, y a tus ojos, profundos como la inmensidad del mar. Sabes ya su historia, cuídalo siempre.
Habrá ocasiones en que te sientas sola. Lleva la melodía de este joyero contigo, mi favorita, para que me traigas siempre cerca de tu corazón, y sobre todo lleva la música a tu vida, a donde quiera que vayas, porque la música es la mejor compañera.
La música puede doler entre recuerdos pero al final nos cura el alma. La música ha guiado mi camino y así confío, que guiará el tuyo.
Te preguntarás, querida nieta, por qué te he enviado esta pulsera, es para que no olvides que dentro de ti existe una fuerza infinita. Dentro de tu corazón llevas la fortaleza de los mares. Siempre que necesites ayuda recuerda que en tu interior habita el más grande de los poderes.
Tu abuela
Melissa tomó la pulsera de plata con el símbolo de infinito y se la puso en la muñeca derecha con la convicción de no quitársela nunca, un recordatorio de la fuerza que llevaba adentro.
En su memoria se formó nítidamente el momento en el parque, cuando había perdido el miedo a aquella abeja que, con su danza del infinito, le había hablado de eternidad.
Era un hermoso regalo.
Tenía que encontrar la fuerza dentro de sí para acabar con el dolor. No podía quedarse atrapada en ese lugar oscuro. Caminó hacia la Tetera Roja, decidida a continuar con su vida.
Seguiría preparando cafés, sirviendo pasteles, riendo en compañía de quienes siempre habían estado ahí para ella. A su lado estarían esos dos seres maravillosos, fieles y luminosos, que nunca la habían dejado sola.
Melissa se quedó un momento en silencio, dejando que el peso de todo lo vivido se le asentara en el pecho.
—Es tan difícil aceptar que somos solo un ciclo en esta vida —pensó—, enamorarse tanto de las personas, aferrarse a lugares y momentos que tarde o temprano tendrán que terminar.
Es tan complejo hacer todo lo posible por quedarse, por estar presente, por sostener lo que, al final, siempre encuentra su forma de escaparse.
Se mordió el labio, sintiendo que una parte de sí misma quería rebelarse contra esa verdad.
—Y sin embargo, cómo es posible que, aun con ese dolor, hayamos sido tan felices —se preguntó—. Cómo es posible que, sabiendo que un día se acabará, hayamos permitido que el corazón se llene hasta rebosar. Tal vez porque solo así entendemos lo que significa realmente vivir.
—Es difícil tener que reconstruirse una y otra vez, juntar los pedazos de uno mismo y volver a armarse, seguir adelante —reflexionó—. Pero si no lo hacemos, si no elegimos levantarnos después de cada caída, ¿qué sentido tendría todo esto?
—No quiero perderme del amor solo por miedo al dolor —dijo para sí misma—. Prefiero reconstruirme mil veces si hace falta. Prefiero quedarme con cada recuerdo, aunque duela, a no haber vivido nada.
Con la pulsera de infinito ajustada en su muñeca y el corazón ligeramente más firme, Melissa llegó a la Tetera Roja.
Al abrir la puerta, un cálido aroma a café y pastel recién horneado la envolvió, como un abrazo invisible. Dania y Nora, al verla entrar, dejaron de hacer lo que estaban haciendo y fueron hacia ella.
—¡Ahí estás! —exclamó Dania con una sonrisa, rodeándola con un abrazo suave.
—Ya te estábamos esperando —añadió Nora, tomándola del brazo y llevándola hacia la barra.
Melissa se dejó llevar, dejando que el calor de su pequeño refugio y el cariño de sus amigas le llenaran un poco el vacío que había dejado la despedida.
—Aquí seguimos, ¿eh? —dijo Dania—. Y aquí vamos a estar.
Melissa sonrió, agradecida por tenerlas.
Le ardía respirar, pero la vida debía seguir. Cada bocanada de aire era como fuego en su pecho, pero no podía detenerse.
Las lágrimas brotaban constantes de sus ojos, deslizándose por sus mejillas sin que ella pudiera impedirlo. Aun así, Melissa caminaba, un paso tras otro, avanzando con la determinación de quien sabe que no hay más remedio.
Aunque el corazón se le hiciera pedazos a cada paso, aunque la pena le nublara la vista, la vida debía continuar. Así caminara llorando.
El tiempo había tomado un sentido distinto. Ya no había prisa para nada. No había decisiones pendientes, no había dudas. Ya no tenía que decidir si debía irse con alguien, si debía quedarse en algún lugar. Ya estaba en su lugar.
Pero aún quedaba mucho por hacer. Melissa sabía que debía reconstruirse, igual que el Palacio.
Pensaba en Leandro todo el tiempo. Su imagen estaba presente en su mente como una obsesión que se negaba a desvanecerse.
—¿Qué estará haciendo en estos momentos? —se preguntaba—. ¿Cómo estaría en Rusia? ¿Habrá logrado todos sus objetivos? ¿Pensará en ella como ella pensaba en él a cada momento?
Aunque esas preguntas iban y venían, ninguna parecía tener verdadera importancia ahora. Todo se había terminado. Lo único que importaba era que deseaba que él fuera feliz. Y que ella debía seguir adelante y encontrar su propia felicidad.
En cuanto a la música, le tomó algún tiempo recordar que en realidad ella había estado en su vida mucho antes de Leandro.
Recordó que desde niña la música la había acompañado, que había pasado horas escuchando música de Schubert con su madre, que su padre le había enseñado a apreciar las voces más finas de los tenores, que había crecido siempre acompañada en sus brazos, que Melissa la había amado desde siempre y que ahora vivía dentro de ella.
Pasó intensas horas escuchando conciertos de violín que al principio le eran desgarradores y que después, con paciencia y con ayuda del tiempo le hicieron sentir mejor.
No servía de nada huir de los recuerdos sí al final estarían presentes formando parte de su historia.
Huir de aquellas canciones solo resultaba en más desgaste, era mejor escucharlas y que la misma música la ayudara a sanar.
Cada vez que se sentía débil miraba la pulsera de plata que colgaba de su muñeca como un recordatorio de que podía con esto. Dentro de ella existía una fuerza infinita que no siempre se mostraba tan intensa pero era constante y cuando la recordaba se hacía presente.
En ocasiones cerraba los ojos e imaginaba a Leandro con su negro violín tocando música solo para ella, así como inició esta historia. Pensó que al comienzo de un concierto la emoción no era la misma que cuando este se acaba, pero siempre habrá una nueva cartelera de conciertos a los cuales asistir.
Después de algunos días, tomó sus brochas y comenzó a pintar dando salpicadas de azul por todo el lienzo.
Puso música para acompañar este bello momento.
Sabía que la música habitaba en su interior y que nada ni nadie se la podría arrebatar.
Y entonces comprendió entre brochazos y acordes, todo lo que Niloofar había querido decirle.
Se encontraba en una inmensidad tan profunda como el mar, nadando a veces en contra de la corriente, a veces fluyendo con ella; con los brazos cansados y el alma hecha trizas, pero sintió paz. Una paz que solo podía brotar entre los tonos azules y verdes del mar que ahora pintaba para sí misma.