El Palacio de la Música El último concierto #3
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El último concierto #3

Entre agradecimientos y aplausos, con la luz aún a medias, un extraño olor comenzó a inundar la sala. Melissa nunca había tenido un excelente olfato, pero esta vez lo notó. Primero fue sutil, luego, poco a poco, se hizo más denso, más penetrante.

—¡Humo! —gritó una voz femenina, cortando el aire cargado de aplausos.

—¡Fuego! ¡Corran! —exclamó alguien más con fuerza, desatando el caos.

Las luces se encendieron de inmediato, revelando el humo negro que se había acumulado bajo el escenario. Nadie lo había notado, ensordecidos por la música y los aplausos, cegados por la luz tenue. Ahora, el pozo debajo del escenario ardía con intensidad.

—¡Melissa, cuidado! —Leandro tiró fuertemente de ella, apartándola del borde del pozo y llevándola consigo mientras intentaban bajar lo más rápido posible del escenario.

Una columna de fuego se alzó, devorando los telones rojos de terciopelo desde uno de los costados del escenario.

El calor era sofocante, y las sombras danzaban contra las paredes mientras el incendio se extendía.

La gente comenzó a empujarse y a gritar sin control. Los gritos llenaron el aire, desgarrando el silencio que antes había sido música. Melissa sentía el pecho apretado, y su corazón latía desbocado.

Y entonces lo supo. Supo quién había sido el culpable de todo.

Mientras intentaban escapar, Melissa volteó hacia atrás y vio cómo las llamas trepaban hacia el techo del escenario.

Los pisos de madera vieja, donde alguna vez escuchó aquel ensayo que le había cambiado la vida, se incendiaban en cuestión de segundos.

El pecho le ardió al contemplar cómo aquel lugar, donde había sentido tanto amor, se consumía ahora entre los besos voraces del fuego.

El vitral de Apolo y sus musas estalló en mil pedazos, lanzando esquirlas de vidrio brillante sobre todos los que aún permanecían dentro del Palacio. Una mujer gritó con todas sus fuerzas al escuchar el estruendo y al ver cómo los cristales caían como una lluvia traicionera y deslumbrante.

Las butacas de las primeras filas estaban envueltas en llamas, y la sensación era la de un tiempo que se desvanecía, de un mundo que se cerraba sobre ellos.

El humo comenzó a inundar el lugar, cada bocanada era más densa, más sofocante, y a duras penas pudieron apretujarse hacia las puertas, empujados por el instinto y la desesperación.

Leandro tiraba fuertemente de la mano de Melissa y con la otra se aferraba a su violín negro, como si soltarlo significara perder lo último que le quedaba de sí mismo.

Parecía que estaban atrapados dentro del Palacio, mientras el humo se concentraba y las llamaradas los rodeaban, apretándolos con su aliento ardiente.

Los pies le dolían demasiado. No hubo tiempo para quitarse los tacones, y era casi imposible correr con ellos. Cada paso era una punzada ardiente que se le clavaba en los huesos. Como pudo, había logrado correr hasta allí, aunque había tropezado varias veces y por poco se torcía un tobillo.

Con un gran esfuerzo, y empujados por la desesperación, lograron avanzar. La multitud del público, que hasta hacía unos minutos estaba sentada admirando la música, ahora era una estampida caótica, empujándose para escapar primero, como si la vida dependiera de cada centímetro ganado.

Finalmente, salieron del recinto hacia la gran explanada exterior. El aire frío de la noche les golpeó la piel como un recordatorio de que aún estaban vivos. Melissa se detuvo, jadeante, observando a su alrededor.

En las caras grises de la gente se leía el horror, la incredulidad, el miedo. Había personas llorando, tosiendo, con las manos en el rostro. Una mujer se desplomó cerca, desmayada, y otro grupo intentaba auxiliarla.

El rugido de las sirenas cortó el aire, y el cuerpo de bomberos acababa de arribar.

Los hombres con cascos y mangueras pedían a gritos a todos que se hicieran a un lado, abriéndose paso entre la confusión para poder entrar al Palacio y aplacar las infames flamas que ya lamían las paredes como lenguas hambrientas.

Desde afuera del Palacio, vieron a los bomberos luchar contra el fuego feroz que devoraba cada rincón. Las mangueras lanzaban torrentes de agua sobre las llamaradas, pero el incendio parecía resistirse, aferrándose a su presa.

Una columna de humo oscuro se elevaba hacia el cielo, extendiéndose como un velo de luto, mientras el Palacio, al igual que el amor entre Melissa y Leandro, daba sus últimos suspiros.

Los helicópteros de los noticieros comenzaron a sobrevolar la zona, dando vueltas en espiral alrededor del desastre, iluminando con sus reflectores la escena apocalíptica.

Melissa se quedó inmóvil, observando cómo el lugar que había formado parte de su historia desde que era niña, ahora se cubría de humo y cenizas.

Recordó los conciertos a los que la traían sus padres, las risas y los silencios, el asombro ante cada nota. Todo eso se desvanecía ahora, reducido a escombros humeantes.

El director Antoine se encontraba a solo unos metros de ellos. Por primera vez en la vida, lo vio llorar. Sus lágrimas se deslizaban silenciosas por sus mejillas, mientras contemplaba el Palacio en ruinas, como si él también estuviera despidiéndose de un viejo amigo.