El último concierto #2
De pronto, apareció la catarina color zafiro, despertándola de su ensoñación, posándose momentáneamente sobre el borde del asiento, como un diminuto recordatorio de vida.
—¿Qué hacía aquí? —susurró, comenzando a seguirla con los ojos.
Siempre que se mostraba era para hacerle notar algo.
El pequeño insecto azulado voló hacia atrás, flotando entre la gente que permanecía absorta en la música.
Melissa giró la cabeza lo más que le permitió el cuello, intentando seguir su rastro, cuando una silueta llamó su atención.
Una nariz respingada sobresalía unas cuantas filas atrás de donde ella se encontraba.
—¡No puede ser! ¿Qué hace Marcelo aquí? —pensó mientras una gran inquietud le colmaba el pecho.
El tercer movimiento comenzó y sus manos comenzaron a sudar.
Volteó de nuevo. Marcelo estaba ahí. No apartaba los ojos amarillos de Leandro y su violín, movía la cabeza a ritmo de la música como si la disfrutara y nada más existiera.
La agitación del violín y de todos los instrumentos ahora dominaba el ambiente, llenándolo de una energía caótica y vibrante que parecía encerrar cada rincón de la sala.
El concierto debía terminar pronto, y Melissa lo sabía. Debía apartarse, poner distancia entre ella y Leandro, porque intuía que Marcelo no estaba allí solo para escuchar música. En cuanto cayera la última nota, tenía que irse, antes de que él hiciera alguna insensatez.
Por primera vez, la inquietud le robó el placer de la música.
El peso de esa presencia, de esa amenaza velada, nubló su mente y empañó el aire a su alrededor.
Ardió en coraje. Marcelo ya le había arrancado demasiado de su vida: su tranquilidad, su confianza, sus noches de sueño.
No podía permitir que también le arrebatara lo único que le quedaba, el placer de la música.
Los violines resonaban con una energía vibrante, y su respiración comenzó a acelerarse, acompasándose con cada nota, con cada crescendo. Sintió una oleada de calor recorrerle el rostro, el pecho. La música y el miedo se mezclaban en una única corriente indomable.
El aire se volvió denso, sofocante. El murmullo de las notas se convirtió en un torbellino que la arrastraba, que llenaba cada rincón del Palacio y se metía en su piel. Intentó calmarse, respirando hondo, pero la angustia seguía adherida a ella como un ancla.
El violín de Leandro comenzó a tocar ligera y ágilmente, preparando el camino para el majestuoso final.
La orquesta entera se unió con fuerza, llenando la sala con aquellas últimas notas que retumbaban en cada rincón.
El público, emocionado, esperó el momento culminante antes de estallar en aplausos.
El concierto había sido un éxito. Pero para Melissa, no había tiempo de celebraciones. Ahora debía escapar.
Se inclinó para recoger su bolso, y con un movimiento rápido se puso de pie, dispuesta a salir discretamente. Dio dos pasos por el pasillo, pero apenas había avanzado cuando escuchó la voz de Leandro.
Todos en el recinto guardaron silencio, expectantes, mientras él hablaba.
—Como ustedes saben, este es mi último concierto en México.
No es para siempre, traigo a este país en el corazón.
Parto hacia otras tierras para llevar la música al mundo del hielo, a otros horizontes, a seguir mi carrera.
Pero antes de irme, quiero pedirle a la mujer que amo que suba a este escenario —dijo con voz firme, haciendo un ademán hacia el público.
Melissa se quedó de pie en medio del pasillo, inmóvil.
El aire pareció detenerse a su alrededor.
Sintió un nudo en la garganta y comenzó a agitar la cabeza de lado a lado, intentando detenerlo, rogándole en silencio que no lo hiciera, que no la expusiera así.
Pero ya era demasiado tarde. Las miradas se clavaban en ella.
—Anda, Melissa, ven —le pidió Leandro, mientras las personas del público comenzaban a aplaudir y a animarla a subir al escenario. ¿Cómo se atrevía a hacerle esto? No tenía otra opción que ir hacia él, mientras recorría con la mirada a todos los espectadores.
Con pasos temblorosos, parecía que flotaba, subió al escenario, sintiendo el peso de todas las miradas sobre ella. Frente a todos, Leandro tomó su violín y comenzó a tocar una melodía dulce y melancólica, esta vez solo para ella.
Era la melodía que había escuchado en el primer concierto, aquella que nunca supo de qué se trataba, aquella que había creído imaginar, pensando que solo había sonado en su mente.
Esta vez no pudo contener las lágrimas, por más que lo intentó. La orquesta comenzó a acompañarlo, llenando el aire de armonías envolventes que la rodearon por completo. La música era un abrazo, una despedida, una promesa no dicha.
—Esta vez no se trata de un sueño —pensó, dejando que la música la cubriera.
No entendía bien por qué Leandro hacía esto, por qué la exponía así, pero en ese instante pudo sentir su corazón latiendo a través de las notas, conectándolos por última vez.
Buscó con la mirada a Marcelo entre el público, pero las luces sobre el escenario no le permitían ver con claridad quién se encontraba más allá. De nuevo lo había perdido de vista.
Al finalizar la melodía, las luces se apagaron por un instante y luego el reflector se encendió con fuerza, iluminándola por completo. Leandro se acercó y, sin dudarlo, besó sus labios.
El calor comenzaba a acrecentarse, subiendo por su cuello y extendiéndose hasta las mejillas. No sabía si era por el gran foco que la iluminaba o porque los nervios le estaban haciendo arder la piel. Tal vez ambas cosas.
El público comenzó a aplaudir con fuerza y a gritar con emoción, llenando el Palacio con un rugido vibrante.
Leandro realizó una reverencia, acostumbrado a los aplausos que lo rodeaban como una ovación merecida. El director Antoine también aplaudía y, con un gesto elegante, indicó al resto de los músicos que se pusieran de pie para hacer sus reverencias.
Melissa, atrapada en el centro de todo, no supo qué hacer. Los aplausos, los vítores, las miradas… todo se mezclaba de forma abrumadora. Finalmente, comenzó a hacer ansiosas reverencias también.