El último concierto

Leandro seguía dormido, pero Melissa había despertado desde muy temprano, junto con el alba.
Se sentó en la cama, envuelta en el silencio tenue de la mañana, y tomó el joyero en sus manos.
Pesaba muchísimo, como si estuviera hecho de plata pura.
Lo examinó con cuidado, dejando que sus dedos recorrieran lentamente las hojas talladas en las patas y el relieve circular que adornaba la tapa.
Toda la orilla estaba decorada con pequeñas flores grabadas, que parecían estar ahí desde siempre, que custodiaban un secreto imposible de abrir.
Se preguntó qué podría tener en su interior.
Debía ser algo importante para estar tan pesado.
No tendría sentido que Niloofar le hubiera dado un joyero que no podía abrirse.
Recordó entonces la llave plateada que colgaba de su cuello.
Se quitó la cadena con cuidado, sujetando la llave entre los dedos, y la introdujo con delicadeza en el cerrojo.
La llave encajó a la perfección, pero no giró.
—No entiendo… parece que sí es la llave adecuada, pero no puede abrirse. Es del mismo tamaño, del mismo color. Es perfecta, pero no abre —murmuró para sí, la frustración temblándole en la voz.
Lanzó un suspiro profundo y dejó el joyero junto con la llave en el cajón del buró.
—¿Dijiste algo? —Leandro se había despertado, su voz aún cargada de sueño.
—Nada, duerme. Tienes que descansar, hoy es tu último concierto en México —le dijo mientras se cercioraba de que el joyero estuviera bien guardado. No quería involucrarlo en sus asuntos con Niloofar.
—Tengo toda la mañana para descansar, el concierto es hasta tarde —repuso él, atrayéndola suavemente a sus brazos.
Habían acordado permanecer juntos hasta que tuviera que irse, pero Melissa no se sentía cómoda. Sabía que tenían las horas contadas, y que cada minuto juntos era solo una tregua antes del inevitable adiós.
—Escucha, Melissa. Tengo que decirte algo. El vuelo a Rusia es mañana —le acomodó los cabellos cenizos con sus manos de leñador.
Se quedó unos segundos paralizada. No podía creer que sería tan pronto el que dejaran de verse, de un día para otro. Las estrellas fugaces duraban más tiempo en el cielo.
—Tengo que arreglarme, debo trabajar medio día en la Tetera. Te veo más noche en tu concierto —le contestó dándole un beso e ignorando por completo el comentario.
Le hubiera gustado tener más tiempo para despedirse, pero debía ir a trabajar. Además, no quería pensar demasiado en ello. Las cosas tenían que ocurrir, y ya.
Corrió a arreglarse y se fue a la Tetera Roja, donde sus amigas confidentes la esperaban. Allí, con el corazón encogido, les dio las últimas noticias. Leandro se iría mañana.
—¿Pero… mañana? —dijo Dania, con los ojos abiertos como platos.
—Mañana, sin previo aviso —contestó Melissa, con la voz rota.
—¡No lo puedo creer! —exclamó Nora, incrédula.
Melissa respiró hondo y, con lágrimas en los ojos, soltó:
—¿Pero saben qué? Siento una extraña paz… la guerra en mi interior cesó.
—¿Entonces por qué lloras, Melissa? —preguntó Dania con dulzura, acercándose para secarle las lágrimas con un gesto suave.
—Porque aún lo amo —respondió Melissa, dejando que el dolor la quebrara solo un instante más.
Nora le lanzó una mirada compasiva y después la abrazó.
—Nosotras siempre estaremos a tu lado. Tendremos días buenos y días malos, pero los sobrellevaremos juntas, como siempre lo hemos hecho —dijo Nora sin soltarla, con una firmeza que le recordó por qué siempre había sido su hogar.
Dania se acomodó en su rincón musical, con el ukulele que la había acompañado en tantos días y comenzó a cantar una melodía suave que hablaba de la amistad. Melissa sintió una gratitud enorme por su generosidad, por esa manera sutil de transformar el dolor en algo soportable.
Nora, de nuevo, se convertía en ese árbol fuerte y sereno que siempre la había sujetado en los momentos difíciles. Y Dania, como un ramo de flores, llenaba el aire de algo dulce que hacía todo más llevadero.
Salió temprano de trabajar y se dirigió al centro comercial. Tenía que comprarse un vestido para la noche; si se trataba de la última vez que lo vería en el Palacio y la última velada juntos, valía la pena.
Recorrió los escaparates de las tiendas durante casi una hora sin encontrar un vestido adecuado. Entró a una tienda donde una señorita le mostró amablemente varios modelos, pero ninguno le agradó. Eran demasiado coloridos o exagerados para su gusto.
—Para ser alguien que ama los colores, ¿cómo es posible que solo me guste vestir de negro? —pensó.
Continuó caminando entre los estantes hasta que lo vio. Un vestido negro largo, con los tirantes a medio hombro, cruzados sobre el pecho. Al probárselo frente al espejo, se sintió hermosa. El vestido se ajustaba perfectamente a su figura, con una sencillez que resaltaba su esencia.
—Es este —se dijo. Y decidió llevárselo.
Corrió a casa a vestirse y maquillarse. Se recogió el cabello en un chongo para poder lucir los hombros de su nuevo vestido. Delineó sus ojos con una raya gruesa para que lucieran más grandes y se puso unos tacones negros antes de partir hacia aquel imponente recinto.
Al llegar al Palacio, una bocanada de aire frío y perfume antiguo la envolvió.
Avanzó despacio, recorriendo con la mirada todos los recovecos del lugar, desde las puertas altas hasta los mosaicos del piso de mármol, donde se reflejaba tenuemente la luz de las lámparas.
El eco de sus pasos le devolvía una compañía que no era del todo real.
Había estado allí más veces en los últimos meses que en toda su vida anterior a Leandro. No tenía planeado regresar pronto, así que dejó que la nostalgia le llenara el pecho. Observó cada rincón, cada tallado en las paredes, intentando absorberlos hasta quedar impregnada.
Recordó el paseo por la parte trasera del Palacio, ese pasillo oculto que no muchas personas conocían. Aquel día, el aire olía a madera vieja y polvo suspendido, a secretos antiguos. Cerró los ojos un instante, evocando ese perfume como si pudiera retenerlo entre sus manos.
—No quiero olvidar jamás ese olor— pensó—, ni el eco del ensayo que escucharon juntos aquella vez, cuando la música se deslizaba por las paredes destinada solo a ellos.
Valérie Bellerose caminó airosa hacia su acostumbrado palco. Aquella mujer, con su porte impecable, era un espectáculo por sí misma. Poseía una gran clase y nunca se perdía ninguno de los conciertos de su adorado Leandro.
Melissa se adentró en la sala, dejando que el murmullo del público y el olor tenue a terciopelo la envolvieran. Caminó con cuidado, asegurándose de no tropezar en los escalones. Los tacones nunca habían sido de su predilección, pero esta vez se trataba de una noche especial.
Se dirigió hacia la quinta fila en la luneta, uno de sus lugares favoritos para escuchar la música. No muy adelante, no muy atrás. Melissa siempre había considerado que desde ahí la acústica era perfecta, como si los sonidos la envolvieran sin sofocarla. Se acomodó en la butaca junto al pasillo.
—Así no tendré a nadie a mi lado —pensó, recordando con un leve escalofrío la incomodidad que le provocaban los conciertos presenciados junto a Ada.
Ahora era momento de esperar, de dejar que el silencio expectante se llenara con las acostumbradas campanadas que indicarían el inicio del concierto.
Como siempre, recorrió con la mirada las butacas, observando cómo poco a poco se iban llenando de personas, cada una acomodándose en su sitio, murmurando saludos, hojeando programas.
Vio a Ada, quien también se encontraba en uno de los palcos, su figura destacándose entre las demás.
El lugar quedó completamente abarrotado. Parecía que, por ser el último de los conciertos de Leandro en México, las entradas se habían agotado.
Los aplausos rompieron el murmullo con un estruendo suave y creciente, llenando el aire con esa mezcla de entusiasmo y nostalgia. Entonces se abrieron las puertas laterales, y por ellas salieron Leandro, con su violín negro en la mano, y el director Antoine junto con él.
Se colocaron al frente de los músicos para hacer una reverencia. Leandro lucía impecable, exactamente como lo había visto aquella primera vez.
Recordó ese primer concierto y lo mágico que había sido, cómo su música había entrado en su mente, como si tejiera un lazo invisible entre ambos. Recordó también la profecía de Niloofar, flotando ahora como un eco lejano. Todo parecía tan distante, aunque apenas hubiera pasado un tiempo.
Leandro la buscó entre la multitud, y al encontrarla, le lanzó un beso. Sabía exactamente dónde estaba sentada, y esta vez no era una ilusión.
El beso era real y sabía a despedida.
Las luces se atenuaron y el concierto comenzó. La música de Dvořák, perfecta, inundó la atmósfera como un río imparable. Este concierto, enérgico al principio, alebrestaba su corazón, que ya estaba hinchado de emociones por todo lo que estaba sucediendo en su vida.
Durante el primer movimiento no pudo apartar los ojos de Leandro y de su forma de tocar. Había vuelto a hacerlo de esa manera hipnotizante, que tanto la había cautivado la primera vez. A pesar del tiempo, Leandro no había perdido su magia.
Los ojos de Melissa se enrojecieron al recordar que todo había comenzado en ese lugar, rodeada de música divina.
Y allí mismo debía terminar su historia.
Había momentos delicados en los que únicamente podía escucharse el violín negro de Leandro, que chillaba dolorosamente, como si cada nota le desgarrara el alma.
El director Antoine agitaba magistralmente la batuta y la música brotaba de todos los instrumentos, en el tiempo correcto y con la intensidad adecuada, creando un mar de sonidos que la envolvía por completo.
El segundo movimiento le estrujaba el alma, apretándole el pecho hasta dejarla sin aliento.
—Tal vez no había sido tan buena idea venir —pensó Melissa mientras miraba hacia ninguna parte.