Una estrella en el horizonte

En algún momento tenía que empezar a reconstruirse y la única manera en la que Melissa sabía hacerlo era a través de los colores.
Solo podía pensar en un cielo negro, profundo, con la luna brillante y redonda suspendida como un faro solitario. Las nubes se acomodaban a su alrededor, dejándola clara y libre, como si le cedieran su lugar en el cielo. Tomó una brocha y comenzó a cubrir el lienzo con ese negro absoluto.
—Una pintura tan oscura debe tener algo de esperanza— se dijo, y dejó espacio para una estrella lejana. Un diminuto punto de luz que iluminaba, aunque fuera, un fragmento de esa inmensidad negra. En cada cielo, aunque fuera por instantes, podía verse el brillo de una estrella.
En la parte inferior del cuadro, pintó una ciudad completamente iluminada por miles de pequeños focos amarillos y rojos.
La ciudad parecía cobrar vida ante sus ojos, como si respirara, como si murmurara historias entre las sombras.
Le agradaba esa combinación: la noche cerrada con una ciudad que se negaba a extinguirse.
—Tal vez así está mi corazón— pensó—, sobreviviendo a la oscuridad.
Pero la verdadera protagonista del cuadro era la luna llena. Con todo el cuidado, dibujó las sombras y los cráteres que le daban esa forma única, como si cada trazo le perteneciera.
—Todos tenemos cráteres en el alma y sombras que nos hacen únicos e irrepetibles— reflexionó mientras la brocha rozaba suavemente el lienzo.
Se detuvo un instante, contemplando su obra inacabada. El silencio del estudio la rodeaba, solo interrumpido por el roce de las cerdas sobre la tela.
Se dio cuenta de que había vuelto a pintar, sin preámbulos.
Sin decidir hacerlo, simplemente lo había hecho y ya.
Los fragmentos de sus pinturas anteriores seguían desperdigados sobre la mesa, aguardando pacientemente su destino final.
Y sin embargo, ella ya había iniciado un nuevo cuadro, negro y lleno de sombras y nubes grises.
Le gustó el balance de luces que equilibraba toda la imagen, como si los claroscuros se hubieran dispuesto por sí mismos.
Pero le gustó aún más la naturalidad con la que la pintura se resbalaba sobre el lienzo, cómo los colores fluían de su cabeza a la tela sin esfuerzo alguno.
Como si no hubiera un solo obstáculo entre su mente y su mano.
Recordó quién era. Volvía a ser ella misma. Esa mujer que usaba la pintura para expresar el interior de su alma, que finalmente tenía algo que decir. Mientras pintaba, todos sus pensamientos e ideas se acomodaban en su sitio. Los trazos hablaban por ella, contaban lo que sus palabras callaban.
Pensó en Leandro y en su vida, que cambiaría en tan solo unos días. Y entonces, viendo de frente al cuadro que acababa de pintar, comprendió que aunque las nubes pudieran ocultar gran parte del cielo, en el fondo siempre habría millones de estrellas resplandeciendo.
Todo se volvió claro, como la luna que reflejaba en su cuerpo la luz de un sol lejano. Recordó que todo este tiempo le había pedido a Leandro una decisión, pero se había olvidado de decidir por sí misma.
De pronto se encontró frente a su propio mundo, pintado como un cielo infinito. Ahora que había abierto los ojos, no podía dejar de ver, ni podía olvidar lo que ya había visto.
Ahora todo estaba en sus manos.
Tomó sus cosas y salió hacia la sala de ensayos donde Leandro se encontraba. El director Antoine y él afinaban detalles para la próxima presentación, trabajando junto con la orquesta.
Aún le quedaba mucho por hacer en la Ciudad de México, aunque sus días allí estaban contados. Melissa no tuvo problema para entrar, la conocían bien en la entrada.
—Tal vez este sea el último ensayo que pueda presenciar —pensó mientras se acomodaba silenciosamente en uno de los rincones de la sala.
El director Antoine explicaba a los músicos, con esa dulzura tan suya, algunos aspectos del segundo movimiento del concierto de Dvořák, cuando decidió hacer una pausa y sacó una manzana de su maletín.
—Disculpen, muchachos. No desayuné, así que tomemos unos minutos de descanso —dijo mientras comenzaba a morder la manzana por la parte de abajo, dejando que el crujido llenara el aire de la sala.
El director Antoine comenzó a comerse la manzana de abajo hacia arriba, con todo y el corazón, masticó las semillas, y continuó hasta que quedó únicamente el pequeño rabo de la manzana entre sus dos dedos y lo guardó en la bolsa de su pantalón.
Melissa se rio en silencio, el Director tenía una forma muy peculiar de ser y la manzana lo demostraba perfectamente. Era un ser amable y diferente, divertido pero profesional. Y aparentemente, preocupado por el medio ambiente y el cuidado de los espacios.
Entonces, después de unos minutos de pausa, todos continuaron con el segundo movimiento exactamente donde se habían quedado. La música maravillosa inundaba sus oídos, aunque los músicos hacían interrupciones y correcciones bajo la batuta del director Antoine.
Leandro se mostraba concentrado en ejecutar el concierto con precisión. Tomaba notas en la partitura y mejoraba casi al instante. A Melissa le dio gusto verlo crecer como músico durante todo el tiempo que llevaban conociéndose. Era, sin duda, un excelente violinista.
Una lágrima recorrió su mejilla. ¿Sería la música, con sus poderes para conmoverla, o sería la inminente despedida lo que la hacía sentir así? El sonido del violín, vibrante y profundo, parecía aferrarse a cada fibra de su ser, como si intentara consolarla o tal vez romperla del todo.
—¿Cómo se aprende a despedirse? ¿Cómo se sigue caminando cuando sientes que algo se te quiebra por dentro?—.
Sus ojos se posaron en Leandro, absorto en su música, como si en ese instante solo existiera él y el violín.
—¿Él lo sabe? ¿Se dará cuenta de lo que me está haciendo? O quizás esto solo me pasa a mí, porque yo sigo aquí.
Otra lágrima se deslizó, más silenciosa que la anterior.
Del otro lado de la sala vio a Ada, callada y absorta en su celular, desde donde parecía controlar el mundo de Leandro. Ninguno de los dos había notado su presencia.
Melissa decidió secar la lágrima con el dorso de la mano antes de que alguien la viera. Recobró la templanza.
—No puedo mostrarme débil —pensó, apretando los labios.
Esperó a que terminara el ensayo desde el fondo de aquel salón de luz tenue.
Se mantuvo en silencio mientras los músicos recogían sus cosas, las sillas arrastrándose y los estuches de instrumentos cerrándose con un eco metálico.
Poco a poco, el bullicio se fue disipando y el lugar recobró su quietud.
Melissa se acercó a Leandro.
—¡Melissa! No esperaba verte aquí —dijo, sorprendido, acercándose para darle un beso rápido, como solía hacer cuando estaban en público.
Ada se aproximó también, con su celular aún en la mano y la sonrisa triunfante que parecía no abandonarla nunca.
—Hola querida, ¿cómo va todo? —dijo con voz dulce, aunque sus ojos reflejaban un brillo distinto.
—Excelente, Ada —respondió Melissa con una sonrisa controlada, dirigiéndose enseguida a Leandro—. ¿Podemos hablar a solas?
Ada hizo una pausa breve antes de tomar su bolso.
—Ya me iba de todas formas —comentó, con un gesto de soberbia—. Leo, no olvides el ensayo de esta tarde —añadió, guiñándole un ojo mientras se alejaba, haciendo resonar sus tacones sobre el piso.
El director Antoine también se marchaba, saludando amablemente desde lo lejos.
Melissa le devolvió el saludo con una leve inclinación de cabeza, apenas un movimiento cargado de resignación.
Mientras salía de la sala de ensayos, el Director retiró la ramita de la manzana de la bolsa de su pantalón y, con un ágil movimiento de sus dedos, la lanzó acertando en el bote de basura.
Finalmente se habían quedado solos.
—He venido a decirte que está bien —lo miró fijamente, tragando saliva para contener el temblor en su voz.
—¿Qué está bien qué, Melissa? —preguntó Leandro, su confusión empañada de tristeza.
—Está bien que te vayas a Rusia. Puedo ser muchas cosas, pero no quiero ser alguien que te corte las alas. Tu sueño es irte a llevar la música por todo el mundo y eso está bien —sus palabras salieron mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
Leandro permaneció callado con las palabras atravesadas en el pecho.
—Eres libre —le dijo Melissa, tratando de evitar que le temblara la voz, pero esta se quebró al pronunciar la última sílaba.
—¿Podemos quedarnos juntos hasta que me tenga que ir? —susurró Leandro finalmente.
—Sí —asintió Melissa.
Se abrazaron, pero esta vez el abrazo fue distinto, desesperado, como si intentaran detener el tiempo entre sus brazos. Melissa se aferró a él con todas sus fuerzas, deseando que ese momento durara para siempre, aunque supiera que el adiós ya había comenzado a escribirse.
—Debo ir a la Tetera, me esperan ahí —comentó, aunque supiera que esas palabras interrumpirían uno de sus últimos abrazos.
—¿Te veré más noche? —preguntó Leandro, su voz un poco más baja, como si temiera escuchar la respuesta.
—Sí. Después del último ensayo de hoy —asintió, aunque por dentro se sintiera al borde del precipicio.
Melissa salió a toda prisa del lugar. El cielo se veía gris y las nubes estaban cargadas de agua.
No tardaría en llover. Su corazón tampoco tardaría en llorar, pero sabía que había tomado la decisión correcta.
Quedarse y pintar su propio camino. Tenía una carrera por delante y una galería por lograr.
Antes que llenar la vida de alguien más de colores tendría que comenzar a pintar la suya.
Llegó empapada a la Tetera Roja, donde sus amigas la esperaban con los brazos abiertos, sin preguntas, sin juicios. Se dejó caer al lado del horno de Alicia, esperando secarse mientras ella preparaba cuernitos de pasta de hojaldre.
Y, pese a tener los ojos llorosos y la voz quebrada, sonrió.
Aún tenía toda una vida por delante.