Joyero

Cello Sonata, II. - Tamara Konstantin
Caminó hacia el parque como siempre que necesitaba aire.
El amanecer aún estiraba su luz dorada sobre los árboles.
El aire era fresco, casi frío. Se sentó en su banca predilecta, la de siempre, la que miraba directo hacia la fuente.
Pasó la mano sobre los relieves de hierro pintados de verde, sintiendo el tacto rugoso y frío bajo sus dedos.
Se detuvo en uno de los arabescos, dibujando el contorno con la yema del dedo.
Siempre que necesitaba paz venía aquí. El sonido del agua le llegó claro, salpicando como un leve aplauso que estallaba y moría antes de tocar el suelo. Levantó la vista y se dejó envolver por el vaivén hipnótico de la fuente. Pequeñas gotas se suspendían en el aire, temblorosas, antes de caer.
No más música por unos instantes. Nada de Beethoven o Brahms. Estaba ahí temprano para evadir todo sonido, especialmente el ruido de la ciudad. Inspiró profundamente, dejando que el aire frío le llenara los pulmones y le aclarara los pensamientos.
Silencio.
—¿Cuándo fue que todo se complicó tanto? ¿Cuándo dejé de ser yo?—.
La pregunta flotó entre el aire y la fuente.
Se dejó caer un poco hacia atrás, apoyándose en el respaldo de hierro de la banca, dejando que el frío del metal le tocara la espalda. Cerró los ojos y se permitió ese momento.
Una lágrima se deslizó por su mejilla como una cascada en miniatura. Aunque solo se trataba de una sola lágrima, corría con la misma fuerza que un gran chorro de agua. O tal vez era el agua de la fuente la que se escuchaba como una cascada.
Ahora lo único que importaba era el silencio. Cerró los ojos para escuchar al parque. El viento que movía sus cabellos tenía su propio sonido. Las aves despertando desde las copas de los árboles comenzaban a orquestar la mañana.
—El mundo sigue, aunque yo me detenga— pensó.
Inspiró profundamente, dejando que el aire le llenara los pulmones hasta doler.
—Todavía respiro. Todavía existo—.
La lágrima que seguía viajando llegó a la comisura de su boca. Sabía a sal.
Le recordó al mar y le surgieron unos deseos intensos de ir a la playa. Siempre había creído que el mar tenía propiedades curativas. Sanaba el alma y curaba el corazón.
—Tal vez deba ir al mar— pensó.
La idea se quedó flotando en su mente, suave como una espuma que se disuelve en la orilla.
Se imaginó allí, escuchando las olas romper una y otra vez, el viento llevándose consigo los fragmentos de sus pensamientos.
Recordó a la abuela de Niloofar y su odisea por el océano. Se necesita una gran valentía para cruzar el mundo en un barco, sola. ¿Tendría Melissa la valentía que necesitaba para afrontar su propia vida?
Permaneció con los ojos cerrados cuando escuchó una dulce voz que decía su nombre. La voz flotó ligera. Al abrir los ojos encontró a Niloofar sentada a su lado en la banca, su cabello flotando suavemente con la brisa.
—¡Niloofar! ¡No esperaba verte aquí! —respondió con un sobresalto.
—No quería asustarte. Pasaba por aquí cuando te vi sentada —contestó, como siempre, melodiosa, con esa forma de hablar que parecía encajar perfectamente con el aire tranquilo del lugar.
Siempre resultaban extraños los momentos en los que Niloofar se aparecía, como hada. Su presencia llegaba sin anunciarse, envuelta en esa serenidad suya que parecía imposible. Miró sus ojos tan profundos y azules, reflejando el cielo de la mañana.
—Tu corazón no está en calma —dijo pausadamente mientras tomaba sus manos, sus dedos cálidos y suaves contra los suyos.
Sintió que se le encogía el pecho y permaneció callada, las palabras enredándosele en la garganta.
—¿Qué tiene tu alma, Melissa? —repitió Niloofar, en un tono apenas más bajo.
—A veces tenemos que tomar caminos distintos a los que habíamos imaginado.
Yo me imaginé a su lado, pero él se apartará de mí.
Tal vez es el problema de imaginar demasiado, o tal vez solo era la persona equivocada.
Pero la verdad es que no quiero que las cosas sean así —contestó, la voz un poco más baja, el temblor escondido detrás de cada palabra.
—En momentos como este, el agua tiene las respuestas —dijo Niloofar, con un tono tranquilo que parecía chocar con la angustia que Melissa sentía en el pecho.
La miró contrariada, frunciendo levemente el ceño, tratando de encontrarle sentido a sus palabras.
—¿Recuerdas la historia de mi abuela? El mar y la música le dieron fuerza para cruzar continentes y encontrar un nuevo destino —dijo Niloofar.
¿Quería un nuevo destino? ¿Los destinos se encuentran? ¿No tendría que crearlo ella misma?, le revoloteaban los pensamientos, como hojas arrastradas por el viento.
—No olvides el agua, te sorprenderían los regalos que el agua tiene para nosotras —añadió, señalando hacia la fuente mientras se alejaba con paso ligero, dejando tras de sí un aire casi etéreo.
Niloofar siempre le hablaba en acertijos, así que se acercó a la fuente y notó algo plateado en el fondo. El agua estaba increíblemente clara y transparente. Se inclinó sobre la fuente para intentar alcanzar aquel objeto, pero, resbaló y sin querer terminó empapada dentro.
Tomó el objeto entre sus manos. Era un joyero de plata, cerrado y con un mecanismo que parecía imposible de abrir. Redondo, con un círculo marcado en relieve en la parte superior, descansaba sobre cuatro patas estilizadas que imitaban hojas.
Pesaba bastante. ¿Por qué le habría regalado este objeto que parecía invaluable? ¿Qué podría tener en su interior?
Apretó el joyero contra su pecho, sintiendo el frío del metal traspasarle la piel. La tapa seguía cerrada, sellada como si contuviera algo que aún no debía descubrir.
Se incorporó, con la ropa empapada pegándosele al cuerpo. Miró hacia la fuente, hacia el parque.
—¿Qué quieres decirme, Niloofar?— murmuró al aire, pero ya no había nadie.
El viento se llevó sus palabras.