El Palacio de la Música Decisión inevitable #2
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Decisión inevitable #2

Melissa admiraba esa capacidad suya para sorprenderse, para llenarse de vida con solo hablar de música. Parecía que nada más importara en su mundo.

—Escucha, ¿qué haremos con el viaje a Rusia? Me imagino que ya tienes decidido qué quieres hacer... —le dijo, sintiéndose como un trapecista suspendido en el aire.

—Sí, debo ir, Melissa. No me ha tomado más de unos minutos decidir.

Este es el camino que tengo que seguir por ahora.

Los músicos somos trotamundos. Estamos destinados a llevar la música a diferentes lugares —dijo, tomando sus manos con una mezcla de ternura y determinación—.

De hecho, he hablado con Ada al respecto y ha mencionado varias cosas.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Melissa, aunque en el fondo ya intuía la respuesta.

—Me ha dicho que es una oportunidad que debo tomar y creo que tiene razón —dijo Leandro, con una mezcla de convicción y resignación en su voz—.

Ella siempre ha creído que los músicos no podemos establecernos en un solo lugar.

Incluso esta sede en Rusia es temporal. Tal vez, en un año, pueda tocar en otros lugares.

Eso sería lo mejor que pudiera pasarme para continuar con mi carrera allá.

Creo que hemos trazado una línea importante para mi profesión como violinista y voy cumpliendo poco a poco con todos nuestros objetivos.

Pero no puedo quedarme estático. No puedo establecerme en un solo lugar, no puedo quedarme —repitió, casi como si necesitara convencerse a sí mismo.

Melissa lo escuchaba, sintiendo cómo cada palabra que pronunciaba pesaba más que la anterior.

Así que esta era la eterna lucha entre el amor y la música, dos pasiones que jamás podrían conjugarse para crear un gran amor completo.

Lo entendía. Era una línea de trabajo trazada cuidadosamente para su carrera, para el éxito que siempre había deseado, pero…

—¿dónde quedo yo en todo esto? —se preguntó con el corazón apretado.

—Así que te vas —dijo, con una calma que le dolía más que cualquier grito.

—Sí —respondió él, poniéndose serio, bajando la mirada por un instante.

—¿Sabes? Todo el día le he dado vueltas al asunto. ¿Qué pensarás acerca de lo nuestro? ¿Tendremos la oportunidad de estar juntos o es un camino que debes tomar solo? —le preguntó, con la voz quebrándose apenas, esperando una respuesta que quizá ya sabía.

Leandro permaneció callado durante unos minutos, como si buscara la respuesta adecuada entre las sombras que se dibujaban a su alrededor.

—Siempre he sido un lobo solitario. Te conocí y mi mundo cambió, Melissa —dijo Leandro, con una voz quebrada y ausente—.

Has llenado de colores mi vida en muchos sentidos.

Esto es muy difícil de decir porque no quiero apartarte de mi lado, pero tampoco quiero perder una oportunidad así de importante para mi carrera.

Siempre me he visualizado viajando, eso quiero hacer.

—Lo que no logro entender es por qué no puedes tener las dos cosas. La música es una cosa, tu vida conmigo es otra. Es muy absurdo tener que decidir entre las dos —dijo Melissa, con el corazón latiendo a contratiempo, luchando por contener las lágrimas.

Leandro guardó silencio por un momento, como si las palabras pesaran demasiado para ser dichas.

—Es que no sé si puedo llevarte conmigo —confesó finalmente, dejando caer la verdad que había evitado durante tanto tiempo.

Melissa enmudeció.

—Tal vez sí es un camino que tengo que hacer solo. Siempre he estado solo. —Agregó, desviando la mirada al piso, incapaz de sostenerle los ojos.

Melissa se llevó las manos a la cara. Una sensación de frío que quemaba la recorrió, como un fuego helado que la consumía lentamente desde dentro. En el fondo, deseaba con todas sus fuerzas que sus palabras fueran mentira.

—¿Entonces, esto es todo? ¿Aquí termina nuestra historia? —preguntó Melissa, con los ojos rojos y la voz quebrada.

—No lo sé, Melissa. Te amo en verdad y no estoy listo para que todo termine, pero en estos momentos no sé qué hacer —respondió Leandro, con un tono que más que consolar, hundía.

—Está bien. Es lo mejor para todos. Tú debes partir y yo dedicarme a pintar —dijo Melissa, sintiendo que esas palabras eran una sentencia más para sí misma que para él.

Caminó hacia la recámara, con la luz apagada, y se asomó por la ventana con los ojos llorosos. El negro de la noche disipaba todo a su alrededor, como si absorbiera su dolor.

—Será bueno para mí —pensó—, entender que hasta aquí llegaba todo y poner fin a mis ideas de viajar por el mundo, y sobre todo, de continuar a su lado.

La decisión estaba tomada. Ese no sería más su camino. Finalmente tenía la respuesta que tanto necesitaba.

Escuchó que encendía la luz a sus espaldas.

—Apaga la luz —le pidió, con un hilo de voz, porque no quería que la viera llorar.

Leandro se acercó a su nuca y ella sintió su respiración. Un suspiro de tristeza se le escapó, mezclado con la calidez de su cuerpo, que parecía inundarle la mente y nublarle los pensamientos.

—Qué difícil será alejarse de esto, de él —pensó, mientras las lágrimas silenciosas se deslizaban por su rostro.

Se dio la vuelta para mirarlo a los ojos mientras la tomaba entre sus brazos.

—Te amo. No puedo dejarte, Melissa —susurró Leandro, apretándola contra su pecho como si pudiera fundirse en ella.

Las lágrimas que escurrían de sus ojos mojaron la playera de Leandro, arruinando el momento con una mancha de rímel corrido. Separó la cara de su cuerpo, dejando la marca visible en la tela.

—Lo siento —intentó quitarlo con su mano, dejando todo aún peor.

—No pasa nada —murmuró él, con una sonrisa tenue que dolía más que cualquier despedida.

—¡No entiendo por qué no podemos seguir si nos amamos como tú lo acabas de decir! —gritó Melissa, su voz quebrándose en pedazos.

—No es el amor el problema, el amor está ahí, pero tengo que hacer esto —Leandro bajó la mirada, incapaz de sostenerle los ojos. —Melissa, mi amor por ti seguirá aunque estemos separados. A mí no me interesa nada ni nadie más.

Besó sus labios y se entregó a su amor como siempre, con la ilusión de que no terminara nunca.