Decisión inevitable

Melissa se sentía desconsolada. Un extraño pesar le cargaba los hombros.
—Me dijo que pensara qué quería hacer —recordó, dejando que las palabras resonaran como una herida abierta.
Melissa veía una vida a su lado, pero había quedado claro que de estar juntos, sería en otro continente. Él no quería quedarse aquí.
—¿Qué haría yo en Moscú? En un país tan extraño, con un idioma que no hablo y donde no conozco a nadie —se preguntó, sintiendo cómo la incertidumbre se le instalaba en el pecho.
Tendría que dejar La Tetera Roja, a Nora y Dania, y ellas eran como su familia.
—Haría todo esto, lo dejaría todo, pero él nunca me respondió qué quería —pensó, y esa idea le dolió más que cualquier despedida.
La idea de viajar y darle la vuelta al mundo sonaba maravillosa, y era algo que también le parecía emocionante. Sin embargo, había que darle algo de realidad a esas fantasías y convertirlas en planes concretos.
Melissa tendría que buscar un trabajo. —Tal vez podría dar clases de español o de pintura en inglés —pensó, intentando trazar un bosquejo de futuro, aunque las imágenes se le desdibujaban.
Cerró los ojos e imaginó cómo sería caminar por la Plaza Roja, con un viento helándole la cara, obviamente. Había visto el Kremlin en fotos, pero no podía imaginar la belleza que debía tener en vivo aquel monumento.
—Por supuesto que me gustaría visitarlo algún día —se dijo, con un dejo de melancolía, como si intentara convencerse.
La realidad la despertó de su ensoñación. —¿Qué pasará con mis sueños de pintar y armar una galería? —se preguntó, sintiendo cómo esas ilusiones parecían desvanecerse.
Marcelo ya se había encargado de destrozarlos, pero aún quedaba en su interior una luz, tenue pero certera, que seguía brillando a pesar de todo. En el mejor de los casos, tendría que postergarlos.
La otra opción sería que Leandro se fuera primero y, en algún momento, ver la posibilidad de alcanzarlo. Pero nada de esto tenía sentido si Leandro no le decía qué quería hacer o si no podían hablarlo claramente.
—¿Soy yo quien quiere irse, o es él quien espera que lo acompañe? —se preguntó, sintiendo la confusión y el peso de la incertidumbre. —¿Verdaderamente quiero ir o solo pienso esto por estar a su lado? ¿Podría vivir sin él? —Las preguntas se le amontonaban sin respuesta.
—Tal vez más tarde tenga más suerte o alguna respuesta —se dijo, dejando que un atisbo de esperanza flotara en su mente.
En La Tetera Roja, Nora y Dania la escucharon atentas, como siempre, mientras atendían a los clientes.
—¿Entonces ya está decidido que se irá de México? —preguntó Dania, con una mezcla de curiosidad y preocupación.
—Estoy casi segura de que así será. Todavía tiene que aceptar el trabajo y realizar todo el papeleo. Tiene que tomar la decisión final —dijo Melissa, con la mirada algo apagada.
—¿A Rusia? No entiendo. ¿Ahí es la cuna del violín o qué? —exclamó Nora, con los ojos bien abiertos.
—¿Y si Ada buscó el lugar más lejano posible para poder llevárselo?
—dijo Melissa, con una mezcla de frustración y tristeza—.
Nunca me ha querido, siempre me consideró una amenaza.
A mí me interesa que él triunfe, por supuesto, y esta es la oportunidad perfecta, pero me duele que se vaya y que tengamos que terminar.
Tenía que poner en una balanza sus propios deseos o los de Leandro, las ganas de mantener la relación viva o su carrera como violinista.
—Claro, y eso es perfecto para Ada, quien ya hasta departamento se buscó en Moscú —dijo Nora, cruzándose de brazos—. ¿Está enamorada de él o qué?
—Creo que solo a su manera. Es una relación muy extraña.
Creo que a veces lo ve como a su cliente, a veces como a un hijo, a veces como a un amigo, a veces como a un cheque en blanco…
pero la verdad es que Leandro es de las pocas personas capaces de soportarla.
Es lo que los ha hecho triunfar juntos. Eso, y que como agente es excelente, no puedo dudarlo, consigue todos los contratos que quiere —dijo Melissa, levantando los hombros.
—¿Y Leandro? ¿Quiere que te vayas con él? —preguntó Dania con su melodiosa voz, dejando flotar la pregunta en el aire.
—No lo sé, a veces me da la impresión de que no es así —respondió Melissa, dejando escapar un suspiro—.
Está tan entusiasmado con el mundo por delante que se le olvida ver quién camina a su lado.
Intenté hablar ayer en la noche, pero creo que tiene que pensarlo.
¡No dice nada! Creo que sigue asimilando la noticia.
La mente le daba vueltas y vueltas al tema. —¿Por qué no me dice directo que sí o que no? ¿Realmente me querrá a su lado o será este un camino que tendrá que recorrer solo? —se preguntó, sintiendo que la incertidumbre la ahogaba.
Marcelo entró a La Tetera Roja y se dirigió a la mesa de siempre, como si nada en el mundo pudiera alterar su rutina.
—Lo que me faltaba —pensó Melissa, sintiendo cómo una mezcla de incomodidad y resignación se instalaba en su pecho.
—Solo vengo por un café para llevar y a saludarte —dijo Marcelo, con una amabilidad que parecía demasiado medida para ser real.
—¿El de siempre? —preguntó ella, intentando mantener un tono neutro.
—Sí —respondió con una sonrisa que le pareció casi ensayada.
Esta versión de Marcelo, menos amenazante, más cortés, le resultaba inquietantemente agradable.
Corrió a prepararle el café mientras notaba cómo Nora lo vigilaba con una mezcla de discreción y alerta.
Marcelo parecía tranquilo, diferente, y por un momento pensó que tal vez hablar con él había dado resultado.
—¿Qué tienes? Te veo más callada de lo normal —comentó, rompiendo el silencio mientras ella terminaba de preparar el pedido.
—He tenido un mal día y pasé mala noche, estoy cansada —respondió Melissa, evitando a toda costa entrar en detalles. No podía, por obvias razones, contarle lo que realmente sucedía.
Pero mientras le entregaba el café, sintió que Marcelo se daba cuenta de algo. La forma en que comenzó a sonreír, ese destello de satisfacción apenas perceptible, le hizo pensar que había adivinado que algo andaba mal con Leandro. La amabilidad de Marcelo le inspiraba desconfianza.
Le pasó el café y sus manos rozaron levemente, un contacto breve que le dejó un escalofrío.
—Deberías descansar, aunque de todas formas te ves hermosa —le dijo Marcelo, antes de acomodar sus cosas e irse, dejando tras de sí un aire cargado de dobles intenciones.
—Al menos fue más civilizado —comentó Dania, con un gesto escéptico mientras recogía unas tazas.
—No me gusta nada cómo te habla. ¿Hermosa? Sí lo eres, pero ¿quién se cree para llamarte con tal desfachatez? ¡Después de lo que ha hecho! —mencionó Nora, frunciendo el ceño mientras echaba una mirada hacia la puerta por donde había salido Marcelo.
—Parece que está funcionando esto de escucharlo —dijo finalmente Melissa, intentando cerrar la conversación—. Prefiero este Marcelo calmado que aquel monstruo incontrolable.
Pero mientras las palabras salían de su boca, su mente estaba en otro lado, sumida en una maraña de pensamientos que la arrastraban a los recuerdos de la noche anterior, a los ojos de Leandro, a la inminente distancia.
Entre ensoñaciones transcurrió el día. Melissa se imaginó viajando, visualizándose en una Rusia blanca, cubierta de nieve, con el invierno implacable pegándole en el rostro.
No sabía si realmente podría vivir en un lugar tan frío, tan lejano.
Su mente cruzaba fronteras mientras trataba de buscar qué podría hacer allí.
—Tendría que aprender a hablar ruso —pensó, y esa idea le pareció más un desafío que una preocupación. —Sí, definitivamente podría empezar algún curso para aprender el idioma. Después de todo, los idiomas se me facilitan.
Era fácil para ella sumergirse entre fantasías, dejar que su mente volara a otro país, a otra vida, como si en tan solo unos segundos pudiera convertirse en alguien más. Pero no podía olvidar lo importante, lo real.
—¿Sería esta la vida que quiero? ¿Una vida en un lugar tan diferente, con costumbres extrañas y un idioma que ni siquiera entiendo? —se preguntó, sintiendo cómo el corazón le pesaba.
No podía sacarse a Leandro de la cabeza. —¿Qué es lo que él quiere? ¿Por qué no me da una respuesta? ¿Qué tanto tiene que pensar? —se repetía una y otra vez, sin encontrar consuelo.
Caminó a casa, con los pasos marcando un ritmo lento y pesado.
Durante el trayecto, su mente se llenó de intentos por encontrar una solución, por imaginar todas las posibilidades de resolver esta situación.
Pero en ninguna se sentía favorecida. Cada alternativa parecía llevarla a un callejón sin salida, a una elección dolorosa, a un sacrificio que la hacía sentirse atrapada.
Leandro había llegado a casa antes que ella y estaba practicando la música para lo que podría ser su último concierto en México.
Melissa permaneció unos minutos afuera, solo escuchando.
Jamás había pensado que el sonido del violín pudiera filtrarse tan profundamente a través de las paredes.
Las ondas que producía el instrumento viajaban con precisión, como flechas que finalmente se disolvían en el silencio de la noche.
Respiró hondo, se armó de valor y dio el paso firme que la llevó a adentrarse en el mundo donde Leandro la esperaba. Abrió la puerta.
—¿Cómo te fue hoy? —le preguntó Leandro, sonriéndole mientras dejaba a un lado el violín negro.
Su sonrisa la derretía. Verlo ahí, sentado en la sala, con el cabello enredado y esos ojos negros, le hizo sentirse débil. Amaba su piel morena, sus manos grandes, todo de él.
—Hoy fue un día bueno, aunque sí he estado muy pensativa. ¿Cómo te fue a ti? —respondió, con poco ánimo.
—Muy bien, ya tengo estudiada la primera parte del concierto.
Ha sido un trabajo pesado pero estoy contento.
Me entretuvo todo el día. Tengo poco tiempo, pero es un concierto hermoso, yo creo que será espectacular —dijo con entusiasmo, con la mirada iluminada por la pasión que siempre le despertaba la música.