Kremlin

D’un soir triste - Lili Boulanger
Amanecer en sus brazos era lo mejor que le había sucedido.
Leandro dormía plácidamente, convertido en una maraña de cabellos negros entre las sábanas blancas.
Cuando abrió los ojos, lo primero que vio fueron los de él, entrecerrados aún por el sueño.
Se miraron durante unos segundos que parecieron horas.
Un instante suspendido que Melissa deseó eternizar.
Pero el mundo, y el día, seguían su curso.
El aroma a café recién hecho empezó a filtrarse por la habitación, despertando sus sentidos como una caricia cálida. Esta era, sin duda, una de las mañanas más agradables que había vivido. Estiró los brazos queriendo alcanzar el cielo con los dedos.
—En la noche tengo una cena, con Ada. ¿Quieres venir? —le comentó Leandro mientras se cepillaba los dientes, mirándola de reojo por el espejo.
La idea no le causó gracia. Una cena con Ada no era precisamente lo que imaginaba para una noche tranquila. Pero lo miró y, al ver su gesto despreocupado, supo que quería acompañarlo. Aunque fuera solo para estar a su lado.
—Claro —dijo, disimulando su incomodidad.
—Dijo que tenía noticias de un próximo concierto y quería celebrar, así que creo que es buena idea que me acompañes y pasemos una velada alegre juntos.
Melissa asintió, aunque no del todo convencida. Sin embargo, quería estar con él, compartir ese momento, aunque Ada estuviera presente. Quedaron de verse más tarde en un restaurante en Polanco. Leandro tendría un ensayo por la tarde, y ella debía ir a trabajar.
Partió hacia La Tetera Roja. Mientras caminaba, dejando atrás las calles empedradas que ya conocía de memoria, no pudo evitar que su mente se desviara hacia Marcelo.
—Quizá su enojo ya habría bajado —pensó—, aunque con poca convicción. No quería más sobresaltos ni corazones de cerdo en la entrada de su casa. Lo único que deseaba era paz y un poco de calma para reconstruir su vida sin miedo.
Melissa tenía la sensación de que había perdido un poco el miedo desde que había hablado con Marcelo.
Pero solo un poco. Aún sentía que estaba tratando con un hombre inestable, así que debía proceder con cautela.
Podía aparecerse en cualquier momento en la cafetería, y, de alguna forma, prefería que eso sucediera allí a tener que enfrentarse a otro de sus arranques de enojo en otro lugar.
En La Tetera Roja se sentía segura. Estaba acompañada.
Alicia había preparado panecillos de vainilla con semillas de amapola, y la cafetería estaba impregnada de un aroma espléndido, lleno de dulzura y calidez, cada rincón respiraba suavemente el perfume de la vainilla.
Dania, en su rincón habitual, preparaba tés con miel que envolvían el aire de forma tranquilizadora, mientras que Nora, aunque aún no había llegado, seguramente aparecería en cualquier momento para unirse a la rutina del lugar.
Todo parecía en calma. Ahora que Leandro estaba de mejor humor, y Melissa también, por un instante se permitió creer que las aguas turbulentas habían encontrado un remanso, aunque sabía que eso podría cambiar en cualquier momento.
El día transcurrió sin sobresaltos, en una normalidad casi sospechosa, y cuando la tarde empezó a caer con su luz tibia y dorada, Melissa decidió salir un poco antes, con la intención de arreglarse con tiempo para la cena. Aún tenía la esperanza de que esa velada fuera sencilla, sin incidentes.
Al llegar al restaurante en Polanco, Melissa los vio desde lejos.
Leandro y Ada ya estaban sentados en una mesa de la terraza, donde el aire fresco de la noche apenas levantaba los manteles.
Ese lugar siempre le había fascinado, con sus tiras de focos colgando desde el techo, guirnaldas de pequeñas luces anaranjadas que parecían encender un cielo propio, un mundo aparte que brillaba en la oscuridad.
Un lugar encantado, un espacio donde los días y las preocupaciones podían desvanecerse por unas horas, arropados por una atmósfera cálida y la promesa de una cena deliciosa.
Ada se había arreglado como nunca, cada detalle cuidado. Lucía espectacular, salida de una portada de revista. Parecía haber tenido un día excelente, porque traía una sonrisa que podía verse a kilómetros, esa sonrisa amplia y luminosa que jamás le había visto tan radiante.
—¡Querida! —exclamó al ver a Melissa.
—Hola, Ada. Te ves muy bien hoy —la saludó amablemente.
Ada sonrió aún más. Con ese labial rojo encendido, su boca parecía una rebanada de sandía. Rápidamente pidió una ronda de tragos para festejar.
—Bueno, pues tengo noticias que darte, querido —dijo Ada, dirigiéndose a Leandro mientras les servían a cada uno un caballito con tequila y un limón.
—¡Dime pues! —exclamó Leandro, impaciente y con los ojos brillantes.
—He conseguido un gran concierto para ti —anunció Ada con un aire triunfal—. Tocarás el concierto para violín de Dvořák.
Leandro la miró fijamente, emocionado. La noticia lo había tomado por sorpresa. Era una obra impactante, un reto fascinante que lo hizo sentir un vuelco en el pecho.
—¿Y bien? ¿Para cuándo? —inquirió, impaciente, con una mezcla de ansiedad y entusiasmo.
—Dentro de dos semanas, Leo —respondió Ada con tono firme, alzando una ceja—. Tendrás tiempo para perfeccionarlo. Es bastante tiempo, pero no quiero errores.
Leandro asintió lentamente, aunque sus ojos se quedaron fijos en un punto lejano, como si de pronto algo le hubiera nublado la mente, atrapándolo entre el vértigo de la oportunidad y el peso de una responsabilidad que ya se le dibujaba demasiado grande.
—¡Salud! —exclamó Ada, levantando el caballito de tequila y dándole un sorbo con gesto decidido.
—Ese no es el único anuncio que tengo que hacer —añadió, dejando el caballito sobre la mesa con un leve golpe.
Desvió la mirada hacia Melissa, esbozando una sonrisa que parecía deslizarse entre la amabilidad y algo más sutil, algo que le hacía erizar ligeramente la piel.
—Te he conseguido un contrato importantísimo y definitivo para tu carrera —dijo Ada con voz ceremoniosa, mientras giraba el caballito de tequila entre los dedos—. Pues, como siempre me has dicho que querías darle la vuelta al mundo, te he conseguido una sede. En Moscú.
—El contrato incluye el triple de tu sueldo —continuó Ada con aire triunfal—, y, bueno, conciertos en los teatros más importantes de toda Rusia.
Podrás tocar en Moscú, San Petersburgo y otras ciudades.
Además, tendrás una gran cercanía con todos los teatros europeos.
Estamos hablando de un vuelo de cuatro horas para llegar a París.
Hizo una pausa breve, como para que las palabras se asentaran.
—Tendrás un departamento para ti solo, y yo me he conseguido uno buenísimo no muy lejos del tuyo. Claro, una vez que aceptes —remató, volviendo a sonreír.
Un aire que pareció salido de Siberia le dejó a Melissa la sonrisa estática.
—Nos quieren allá lo antes posible —dijo Ada, con ese tono de quien anuncia algo irrefutable—. He comentado tu agenda y, bueno, te esperan ansiosos después del concierto de Dvořák.
Aplaudió sola, con un entusiasmo tan forzado como inquietante.
—¡Pero eso es en quince días! —exclamó Melissa, reflejando sorpresa y una angustia que apenas logró disimular detrás de su voz temblorosa.
Leandro volteó a verla, con el rostro aún marcado por la sorpresa de las palabras que Ada acababa de soltar.
—Sí, bueno, es en quince días, pero se trata de una oportunidad única para su carrera. ¿No lo entiendes, Melissa? —inquirió Ada, con esa mezcla de entusiasmo y reproche que la caracterizaba.
Claro que lo entendía. Lo entendía mejor que nadie. Era evidente que ese contrato era necesario si Leandro realmente deseaba convertirse en ese violinista triunfador que soñaba ser, el que recorrería el mundo llevando su música a cada uno de los teatros del globo terráqueo.
Esta era la oportunidad de abrir más puertas, mejores, más grandes, hacia un futuro donde los escenarios lo esperaban con los brazos abiertos.
Se imaginó, casi sin querer, cómo sería visitar el Kremlin y la Plaza Roja, esos lugares lejanos que ahora parecían tan próximos y, al mismo tiempo, tan inalcanzables.
—Claro que entiendo, Ada —contestó perpleja, con una voz que no terminaba de convencerse.
—No tenemos mucho tiempo para aceptar, querido —dijo Ada a Leandro, con un tono que dejaba claro que la decisión debía tomarse pronto—. Dale una pensada.
Leandro y Ada parecían alegres, celebrando las noticias, brindando y compartiendo sonrisas que llenaban el aire de la terraza. Mientras tanto, Melissa se sumergía en sus propios pensamientos.
—¿Qué pasará con nosotros? Moscú. ¡Está lejísimos!
¿Y mis amigos y familia? Tengo que tranquilizarme.
Es lo mejor para él. Por otra parte, ¡qué alegría verlo triunfar!
Leandro llegará tan lejos como se lo proponga —pensó, intentando convencerse a sí misma mientras su corazón latía cada vez más rápido.
—¡Qué emocionante propuesta! —exclamó Leandro, sosteniendo el caballito de tequila en la mano con una mezcla de euforia y asombro—.
¿Qué piensas, Melissa? Podría ser un lugar maravilloso para tocar con los más grandes.
¡Allá están Dmitri Moskov y Anya Vasilyevna!
¡Y ni se diga la cercanía con París! ¡Las posibilidades son infinitas!
Levantó el caballito, casi brindando con el aire.
—¡Ahora sí a darle la vuelta al mundo! ¡Sabía que los sueños se pueden hacer realidad!
Melissa sonrió, aunque una leve inquietud se instaló en su pecho. La posibilidad de perderlo la hacía sentirse vulnerable, pero al mismo tiempo, verlo tan feliz le llenaba el corazón de alegría. Era desconcertante sentir esa mezcla de emociones.
—¿Tal vez podría irme con él? ¿Y si quiere irse solo? ¡No es bueno adelantarse! —pensó, intentando calmar su mente.
—Creo que es una oportunidad de oro y que debes tomarla —respondió finalmente, esforzándose por mantener la voz firme.
Leandro le devolvió la sonrisa, pero sus ojos parecieron leer algo más profundo en los de ella.
—En la noche lo platicamos, amor —dijo, con suavidad, intuyendo la preocupación que Melissa no terminaba de ocultar.
Melissa estuvo algo callada el resto de la noche. No podía evitar que su mente se llenara de millones de escenarios posibles, con finales inciertos y emociones encontradas. En cambio, Ada sonreía cada vez más, su entusiasmo parecía crecer a cada palabra, a cada brindis.
Cuando llegaron a casa, Leandro y Melissa se acurrucaron en el sillón. Ella se recostó, apoyando la cabeza sobre sus rodillas, buscando algo de calma en la cercanía de su cuerpo.
—Estoy preocupada. Es muy pronto y un cambio muy drástico —le dijo sin voltear a verlo, con un hilo de voz que apenas rompía el silencio.
—Sí, pero creo que es momento de que mi carrera despegue, de que pueda acceder a los teatros europeos —respondió él, con una mezcla de convicción y anhelo—.
Parece ser que desde allí podré finalmente expandir mis horizontes.
¡Ada es increíble! —La ilusión se le escapaba de los ojos, como si las palabras hubieran liberado algo que llevaba tiempo esperando decir.
—¿Qué pasará con nosotros? —susurró Melissa, temiendo que la respuesta confirmara sus peores presentimientos.
—No sé. Lo iremos platicando, supongo. Lo importante es que acepte la sede —dijo Leandro, intentando sonar sereno, aunque su voz delataba cierta inquietud—. Aunque… yo me había imaginado más en Alemania. ¿Crees que Rusia sea una buena opción?
Melissa se incorporó, sentándose a su lado, con los ojos fijos en él.
—Leandro, ya estamos a dos semanas. ¿Cuándo lo iremos platicando, un día antes de irte? —dijo, dejando entrever su molestia, que iba creciendo con cada palabra.
—¡Acabo de recibir la noticia, Melissa! ¡Yo tampoco sé qué hacer! Déjame al menos asimilarlo —respondió él, elevando un poco la voz, con un gesto de frustración.
—La pregunta es ¿qué quieres hacer? ¿Qué pasará con nosotros, Leandro? ¿Qué quieres conmigo? —lo cuestionó, dejando salir su ansiedad, esperando que, por fin, él le diera al menos una respuesta clara.
Leandro cerró los ojos.
—Melissa, te amo, eres la mujer de mi vida —dijo Leandro, sintiendo el peso de sus palabras solo por un instante, antes de que el eco de sus propios deseos se impusiera—.
Pero tengo que irme. Necesito tomar ese trabajo.
Y tú… bueno, tendrías que seguirme si quieres continuar a mi lado, porque no puedo quedarme.
Es momento de que tú pienses qué quieres hacer.
El aire entre ellos se volvió más denso, casi irrespirable. Melissa lo miraba como si buscara una respuesta, un resquicio de esperanza. Pero Leandro apenas la veía. No podía.
En su mente solo resonaban las palabras de Ada, las imágenes de los teatros rusos, de las ciudades europeas, de los aplausos interminables que tanto había soñado.
—Este es mi momento —pensó—. No puedo quedarme atrapado aquí. No puedo dejar que nadie, ni siquiera Melissa, me detenga.
Ella era maravillosa, sí. La mujer de su vida, tal vez. Pero también era un ancla, un recordatorio constante de todo lo que debía dejar atrás si quería realmente ser grande. No podía atarse a ella, a su amor, a su miedo.
—Lo importante es que acepte la sede —repitió casi en un susurro, ya no tanto para ella como para sí mismo.
No había respuestas para Melissa, porque nunca había tenido la intención de dárselas.
Se quedó quieta, como suspendida en un momento que ya no le pertenecía. Leandro sintió un leve tirón en el pecho, una punzada breve que rápidamente se disolvió cuando recordó todo lo que estaba por venir.
—Lo siento, Melissa —pensó—. Pero no lo dijo. No lo diría nunca.