El violín negro

La Nuit et l’amour: Interlude de l’ode symphonique - Augusta Holmès
Melissa se sentó en la sala, tomó la bolsa de pinturas rotas e intentó separar las piezas de tela por cuadro.
Todo estaba mezclado: orquídeas rasgadas, trazos de bosque destrozado, colores que ya no contaban nada por sí solos.
Eran partes de su alma desperdigadas. Había creado esos cuadros con amor, con paciencia, con fe.
Y ahora yacían ahí, como cuerpos tras una tormenta.
Entre los restos, encontró una pieza que reconoció de inmediato: la mano de la mujer. La que extendía una llave plateada. Se quedó mirándola, detenida. Luego llevó la mano al pecho y tocó la verdadera, la que colgaba de su collar.
Cerró los ojos e imaginó a Niloofar frente a ella. La veía como siempre: serena, con esa voz pausada que parecía saber más de la vida que cualquier otra persona. Niloofar le diría que tuviera paciencia, que lo que se construye desde la calma perdura.
Pero en ese momento, Melissa sentía un nudo en el estómago. Le hervían las entrañas de rabia. Rabia por Marcelo, por su violencia silenciosa, por todo lo que ahora tenía que hacer para que él, finalmente, la dejara en paz.
A veces hay que ensuciarse las manos en el dolor para poder reorganizarse.
No hay otra forma. Melissa quitó todo lo que había sobre la mesa del comedor con un solo gesto decidido.
Unas hojas con bocetos cayeron al suelo y en su lugar, colocó la montaña de retazos de tela: fragmentos de paisajes, de orquídeas, de rostros inacabados. Formaban una montaña.
Tomó un cuchillo para retirar los pedazos de madera que aún estaban pegados a la tela y comenzó con cuidado a retirarlos sin que se dañaran, y los extendió sobre la mesa para finalmente terminar con un enorme y colorido rompecabezas.
Aún no sabía que hacer con todas esas piezas pero no podría jamás deshacerse de ellas, ni si quiera se había puesto a pensar en ello. Eran fragmentos de Melissa.
Leandro abrió la puerta, y ahí estaba: de pie frente a ella, con la maleta en la mano derecha y el estuche del violín colgando de la espalda. Se le notaba cansado, pero sus ojos seguían brillando con esa intensidad que a Melissa siempre le conmovía.
Ella lo invitó a pasar sin dejar de sonreír.
—Cuéntame —dijo enseguida, sin poder contener la avalancha—. ¿Cómo estás? ¿Cómo te fue en el concierto? ¿Pudiste descansar?
Leandro soltó una pequeña risa al oír tantas preguntas juntas. Melissa se dio cuenta y se encogió de hombros, divertida. Lo había extrañado más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—¡Muy bien! —exclamó Leandro, dejando la maleta a un lado—. El concierto estuvo increíble. Las piezas… maravillosas. Creo que lo hice bien. Al final, la gente aplaudió tanto que no quería bajarme del escenario.
Sus ojos brillaban como si aún pudiera oír el eco de esos aplausos. Se pasó la mano por el cabello, agitado, emocionado con el recuerdo.
—Es un momento que me llena, Melissa. Si tan solo pudieras sentir lo que yo siento ahí arriba… —hizo una pausa, como buscando las palabras exactas—. Me lleno de energía. Acabo hasta medio alterado. ¡Ja! Bueno, eso ya lo sabes —añadió con una sonrisa cómplice.
Melissa lo miró con orgullo y ternura. Lo tomó de los hombros con fuerza suave.
—Me da tanto gusto, Leandro. Quiero verte triunfar. De verdad.
—Y lo haremos. Vamos a triunfar —dijo él, seguro, antes de acercarse y besarla.
Melissa sonrió mientras descorchaba una botella de vino.
Era su forma de celebrar, de ponerle pausa al mundo por un momento.
Tan solo habían pasado un par de días desde que Leandro se había ido, pero a ella le parecía una eternidad.
Quizá era eso lo que más le pesaba: que cada vez lo extrañaba más, incluso antes de que partiera.
A veces, cinco minutos separados le sabían a una década.
Se abrazaron, y el silencio entre ellos no pedía ser llenado. Solo querían quedarse así, pegados, suspendidos en algo que parecía inmune al tiempo.
—Escucha, Melissa. Quiero decirte algo —dijo él, pasándose los dedos por el cabello, un gesto que solo hacía cuando estaba nervioso o pensativo. Luego la jaló suavemente hacia el sillón—. Ven, siéntate aquí.
Melissa obedeció y se sentó a su lado, mirándolo con los ojos muy abiertos.
—Dime.
—Estos días en San Francisco fueron maravillosos —comenzó Leandro, sin apartar los ojos de ella—.
La música estuvo presente en todo momento.
En los ensayos, en las caminatas, en el aire mismo.
Creo que mi participación fue buena… sí, muy buena.
Pero cuando subí al escenario, cuando estaba ahí, con el violín en las manos y la orquesta esperando…
—hizo una pausa— no podía pensar en otra cosa que en ti.
Melissa lo miró con atención, inmóvil.
—No podía dejar de pensar que no estabas entre el público —añadió él, con la voz más baja—. Como siempre lo estás. Siempre estás. Y esta vez, no.
Leandro tomó sus manos entre las suyas. Estaban tibias, firmes. Y por primera vez desde que lo conocía, Melissa notó que estaba nervioso. Había algo distinto en su mirada, una vulnerabilidad nueva. Algo que no había visto jamás en él.
—Te amo, Melissa —dijo Leandro al fin, con una firmeza serena—. Nunca había amado a alguien así. No podía dejar de pensarte. Extrañé tu cabello y tus ojos… pero también tenerte cerca todo el tiempo. Tus risas, ese carácter tuyo tan alegre, tan vivo.
—Hizo una pausa y sonrió con ternura—. Sobre todo, extrañé tus cejas.
Melissa soltó una risa suave, casi contenida por la emoción.
—Mi vida es a tu lado —continuó él—. Y estos días que hemos estado separados solo me han enseñado una cosa: el camino que quiero tomar es contigo. Siempre contigo.
Melissa no pudo contenerlo más. Cerró los ojos y se acercó hasta él, fundiéndose en un beso largo. Por dentro, se derretía de felicidad. Era como si algo hubiera caído por fin en su lugar.
—Yo te amo a ti, Leandro —murmuró al separarse apenas—. Solo sueño con estar a tu lado en esta vida.
—¡Vámonos, Melissa! —dijo Leandro con los ojos encendidos—.
¡Vamos a darle la vuelta al mundo juntos!
Podemos viajar y llevar música a donde sea que lleguemos.
Y tú puedes pintar, crear en cada rincón, repartir colores y hacer de este mundo algo más bello.
Tal vez vender tus cuadros en cada ciudad.
¿Te imaginas los paisajes? ¿Los nuevos horizontes?
Cada palabra caía como una nota perfecta en el corazón de Melissa.
Por supuesto que quería eso. Por supuesto que lo soñaba. Desde que Leandro había llegado a su vida, todo se había llenado de música, de ritmo, de momentos inolvidables.
—No deseo nada más, Leandro —respondió sin dejar de sonreír, con los ojos brillando como si ya estuviera viendo esos paisajes por venir.
Se abrazaron largo rato, sin hablar. Casi se quedaron dormidos así, envueltos en el cansancio del día: él con las ojeras del vuelo, ella con la fatiga del trabajo. Pero en medio del agotamiento, había algo más profundo, descanso.
Melissa cerró los ojos y disfrutó el calor de su abrazo. Como si por fin, después de tanto, hubiera encontrado el lugar exacto al que pertenecía.
—Cuéntame una historia, me encanta cuando lo haces —dijo Melissa, recostándose suavemente sobre su pecho.
Leandro rió, acariciándole el hombro con ternura.
—¿Cuál historia?
—Mmm… cuéntame la historia de tu violín. ¿Cómo fue que lo elegiste?
—Yo no elegí este violín. Él me eligió a mí —dijo, poniéndose serio y enderezándose un poco sobre el sillón.
Melissa abrió los ojos, llena de curiosidad. Siempre se había preguntado la historia de aquel violín tan extraño. Había algo en su forma, en el color oscuro de la madera, en la manera en que Leandro lo sostenía, que parecía contener un secreto.
Se incorporó un poco, sin romper el abrazo por completo, atenta.
—¿Cómo fue eso? —preguntó, con una sonrisa leve, como si temiera interrumpir algo sagrado.
Leandro bajó la mirada un segundo, buscando las palabras exactas.
—Sus maderas negras provienen de un árbol de un bosque canadiense de arces negros —comenzó Leandro, su voz bajando un poco, como quien cuenta un secreto antiguo—.
Generalmente los arces tienen la madera clara en su interior, pero un leñador al derribar aquel árbol descubrió que éste, en lugar de ser claro, tenía las maderas negras. Ningún otro árbol era así por esa zona.
Melissa lo miraba, absorta.
—El leñador, maravillado, decidió llevarlo a su padre, un viejo carpintero que vivía no muy lejos y que le había enseñado a apreciar la calidad de la madera —continuó—.
Al observarlo, incrédulo de lo que sus ojos le mostraban, el carpintero quedó fascinado con la calidad de esa madera negra.
Pasó sus manos avejentadas por la superficie y decidió guardarla como un tesoro.
Leandro hizo una pausa, dejando que las imágenes llenaran el aire.
—Ese fue un invierno inclemente. Así que, como necesitaban calor, retiraron las ramas más delgadas y las echaron a la chimenea.
La sorpresa fue enorme: las llamas ardían más brillantes de lo que jamás habían visto.
Los tonos amarillos y rojos que brotaban de las chispas los dejaron hipnotizados.
¿Te has puesto alguna vez a ver el fuego?
—preguntó Leandro, mirándola con una mezcla de sonrisa y misterio.
—Sí —respondió Melissa, concentrada, cautivada por la historia.
—Ese elemento tiene la propiedad de atrapar la mente —dijo Leandro, bajando aún más la voz—.
Es una artimaña para llevarse entre sus brazos a quien no logra zafarse de sus encantos.
Y así, se quedaron viendo cómo se consumían algunas de las ramas de aquel arce negro, permitiéndoles vivir una noche más con calor.
Hizo una pausa.
—Frente a ellos quedó el sólido tronco, y, al igual que al fuego, lo contemplaron por un tiempo, sin decidir qué hacer con él.
Era evidente que debía convertirse en algo especial.
Mientras las ramas crujían en la chimenea, creando una extraña melodía de chasquidos y sonidos casi armoniosa, el viejo carpintero finalmente habló: "Este arce será música”.
Melissa contenía el aliento.
—Y comenzó a tallar la madera —continuó Leandro, con la voz cargada de un suave respeto—. La trabajó con sus viejas manos hasta que creó este violín negro.
Melissa lo miró embelesada, como siempre que él le contaba historias. Podría haber pasado horas así, escuchándolo, dejando que sus palabras llenaran el aire con imágenes y sonidos que solo existían entre ellos.
—¿Pero cómo llegó a ti? —preguntó Melissa, con los ojos aún llenos de asombro.
Leandro sonrió levemente y retomó el hilo de la historia.
—El carpintero logró vender el preciado violín a un joven que coleccionaba instrumentos raros.
Tocaba en una taberna en uno de los pueblos cercanos al bosque de arces.
Desde el momento en que comenzó a usar ese violín, su técnica mejoró de forma sorprendente.
Era como si el instrumento le hubiera regalado una parte de su alma.
Se convirtió en un prodigio, un joven talentoso con un violín extraño que atraía a todos en el pueblo.
Melissa lo escuchaba embelesada, como si el relato llenara la sala con imágenes invisibles.
—Pero vivir cerca de un bosque no era suficiente para su carrera musical —prosiguió Leandro—.
Así que viajó hacia el sur, llevando su música por dondequiera que pasaba.
Tocaba en las calles, en escenarios pequeños y grandes, en restaurantes, en cualquier lugar.
Era como un gitano del hielo, un nómada con un violín mágico.
Se inclinó un poco hacia ella, como si compartiera un secreto.
—Las personas se desvivían en aplausos, le lanzaban monedas y billetes, que él usaba para viajar aún más lejos.
Las mujeres le rogaban que las llevara consigo, pero él siempre prefería viajar solo.
Con el tiempo, comenzó a exigir aplausos, a necesitar que las personas se levantaran a gritarle “¡bravo, bravo!”.
Si no lo hacían lo suficientemente fuerte, se molestaba.
Leandro hizo una pausa, su tono tornándose más grave.
—Y como suele pasar, se consumió en ego y enojo. Se volvió cada vez más solitario, cada vez más exigente. Hasta que su corazón... se enfermó.
—Qué terrible... ¿Qué pasó después? —preguntó Melissa, sin apartar los ojos, atrapada en la historia.
—En sus viajes hacia el sur, llegó a la Ciudad de México —continuó Leandro—. En realidad, su plan era llegar a la Patagonia y recorrer todo el continente. Tal vez, de ahí, iría a Europa o incluso al mundo entero.
Hizo una pausa, recordando.
—Cuando estuvo en la Ciudad de México, tuve la oportunidad de verlo tocar.
Era realmente hipnotizante, como si su música atrapara a todos los presentes en un fuego invisible.
Pero ya no era joven. Se notaba enfermo, consumido.
Su piel tenía el tono pálido del invierno, y su mirada… bueno, su mirada ya no tenía brillo.
Leandro bajó la vista unos segundos antes de continuar.
—Le pedí algunos consejos. Incluso tomé clases de violín con él, aunque solo llevaba el viejo violín de mi abuelo, un instrumento modesto comparado con el suyo.
Se quedó unos segundos callado, como si las palabras pesaran más de lo que esperaba. Sus ojos se nublaron un poco, con un brillo nostálgico.
—Él fue uno de mis maestros. Estoy seguro de que, para cuando lo conocí, ya estaba bastante enfermo del corazón. Pero justo antes de morir, me entregó su violín. Este violín —dijo, pasando la mano por el contorno del estuche.
Melissa lo abrazó con fuerza, como si pudiera envolver con sus brazos todo el peso de la historia que acababa de escuchar.
—Entonces —continuó Leandro, con una sonrisa nostálgica—, guardé el violín de mi abuelo en una vitrina, para que no se maltrate nunca más. Regresó a su lugar, como había estado tantos años: guardado, protegido por unos vidrios. Y me dediqué a tocar con el nuevo violín negro.
Melissa se separó ligeramente, con un destello de inquietud en la mirada.
—Pero… ¿no temes enfermarte por tocar el mismo violín negro? —preguntó.
Leandro esbozó una sonrisa tranquila, como si disipara con ella cualquier sombra.
—No, Melissa —dijo con suavidad—. No te preocupes. Esas son solo historias.