El Palacio de la Música El diablo #3
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El diablo #3

—Todo este tiempo, yo he muerto de amor por ti. Lo sabes. Y entiendo… entiendo que a veces pierdo la cabeza, que me dejo llevar por el enojo. Lamento haberte asustado.

Hubo un silencio tenso, pero él no bajó la voz. Al contrario, cada palabra parecía salir con más convicción, más cerca del límite.

—Pero no puedo verte con alguien más. No lo entiendo. No me cabe en la cabeza. No pretendo compartirte, ni aceptar que debas alejarte de mí.

Se inclinó apenas hacia adelante.

—Por más que intento desesperadamente tenerte cerca, tú me evitas.

—Lo siento tanto, Marcelo —dijo Melissa, con sinceridad—. Nunca fue mi intención lastimarte.

—Tú sabes... en los asuntos del corazón, la cabeza no manda. Y lo que siento por Leandro no es algo que pueda apagar. No puedo alejarlo, como me pediste en tu nota. No sería justo con él… ni conmigo.

Hizo una pausa. No apartó la mirada.

—Tal vez no puedo darte lo que más deseas —continuó con suavidad—, pero eso no significa que quiera hacerte daño. Estoy aquí porque quiero que sepas que no te odio. Que no te deseo ningún mal.

Marcelo cerró los ojos en un intento por contener sus emociones.

Su rostro, impecable como siempre, parecía tallado con intención: cada cabello en su sitio, el cuello de la camisa perfectamente alineado, las mangas sin una sola arruga.

Una imagen pulcra, cuidada, casi fría. En su rostro se reflejaban las palabras acomodándose en su interior.

No era lo que él quería escuchar, y sin embargo, no se le veía del todo molesto. Ahora una sensación de paz inundaba su rostro.

Melissa no podía equivocarse. Cada palabra debía ser elegida con la misma precisión con la que él se alisaba el cabello cada mañana. Sin margen de error, sin un solo hilo fuera de lugar.

—¿Podrás perdonarme? —le dijo tomándolo suavemente de las manos, con ese temblor apenas perceptible que nace del miedo y la compasión.

Marcelo no respondió de inmediato. Abrió lentamente sus ojos color miel, como si cada parpadeo fuera un acto medido.

—¿Qué significa perdonarte, Melissa? ¿Que te deje ir?

Hizo una pausa, y la serenidad de su tono volvió más inquietante lo que siguió.

—No puedo.

—Significa que me perdones si en algún momento te he lastimado —dijo ella—. No deseo otra cosa, Marcelo. Solo que entiendas, en el fondo de tu corazón, que nunca quise hacerte daño. Quiero dejar de huir. Quiero poder hablar contigo con normalidad, sin miedo.

Él la miró fijamente, sin pestañear.

—¿Y qué pasará con Leandro?

—¿A qué te refieres?

—¿Seguirás con él? —insistió, sin apartar de ella sus ojos color ámbar, que en ese momento parecían atravesarla.

Marcelo sujetó sus manos con fuerza. Melissa sintió el latido en sus propios dedos. No podía mentirle. Fingir solo empeoraría todo.

—Por ahora sí, Marcelo —respondió, sin bajar la mirada.

Él giró el rostro hacia otro lado. No dijo nada durante varios segundos. Solo repitió:

—Por ahora…

Melissa volteó hacia la ventana que daba a la cocina. Nora y Dania estaban pegadas al vidrio como si de ahí dependiera el destino del mundo. Al verlas, les lanzó una mirada breve pero clara. Todo iba bien. Hasta ahora.

Marcelo rompió el silencio con un suspiro, como quien deja caer un peso invisible.

—Me has dado mucho que pensar —dijo finalmente, con la voz un poco más baja—. Quiero intentarlo, Melissa. Intentar perdonarte... continuar con mi vida. Me he sentido herido todo este tiempo, y no puedo seguir así.

—No ha sido mi intención —repitió ella con sinceridad.

Él asintió despacio.

—Me voy. Tengo que resolver unas cosas del trabajo. No quería perderme tu cita, pero aún tengo varios pendientes que atender.

—Está bien —respondió ella con una pequeña sonrisa.

Marcelo se levantó y salió de la cafetería sin decir una palabra más.

Apenas la puerta se cerró tras él, Nora y Dania se acercaron como un torbellino. Melissa les contó, en voz baja, lo esencial de lo que habían hablado.

—Espero que esto lo calme... y que podamos evitar otra catástrofe —concluyó, más para sí misma que para ellas.

—Espero que sí —dijeron al unísono, aunque sus miradas seguían cargadas de preocupación. Ninguna se atrevió a sonreír.

Para Melissa, hablar con Marcelo de esa forma, mostrarse amable, serena, no había sido fácil.

Era el mismo hombre que había destrozado sus pinturas, que había pisoteado una parte de su mundo.

Pero aun así, lo había hecho, porque en el fondo, lo que deseaba con más fuerza era ser libre.

Y tal vez, si él comprendía al fin, si lograba soltarla…

entonces podría vivir en paz. Era su última vía. Intentarlo por las buenas.

Cuando se quedó sola, Melissa sintió que algo dentro de ella también se había levantado y salido por la puerta. No era alivio todavía, pero sí una primera grieta en el muro.

Pensó en todo lo que había perdido. En los cuadros rotos, en las noches en vela, en las veces que se había callado lo que sentía por miedo a empeorar las cosas. Había aprendido que el silencio, muchas veces, no evita el daño.

Si esto no funcionaba, lo sabría, pero en ese momento solo podía confiar en tratar de endulzarle el corazón a aquel hombre que tanto la había herido…

…Y esperar lo mejor.