El Palacio de la Música El diablo #2
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El diablo #2

A las seis de la tarde, volvió a acercarse al trabajo de Marcelo.

No podía quedarse con la duda; necesitaba más información.

Esta vez, caminó con mayor precaución, eligiendo bien cada paso.

Se escondió de nuevo detrás de un árbol de jacaranda, cuyas ramas violetas temblaban suavemente con el viento, como si también ellas intentaran guardar silencio.

Y ahí estaba el auto. Igual que el día anterior, estacionado frente a la entrada.

Sacó una hoja doblada de su bolsa y una pluma. Se arrodilló con cuidado, usando el tronco del árbol como soporte, y escribió rápido, como si el papel pudiera arder en sus manos:

Te veo a las 20:00 en la Tetera Roja.

Tengo algo que decirte.

Dobló la hoja en cuatro partes con cuidado y guardó la pluma.

Cerró los ojos un instante, respirando hondo, como si pudiera contener en ese respiro toda la ansiedad del momento.

Tenía que hacerlo bien. Solo tenía una oportunidad.

Entonces vio a un niño que cruzaba la acera con una bolsa de pan en las manos.

Sin pensarlo demasiado, Melissa lo llamó con un gesto suave.

—¿Me haces un favor? —le preguntó en voz baja, mostrándole la nota—. ¿Podrías dejar esto en el parabrisas de ese auto? Asegúrate de que no se la lleve el viento, ¿sí?

El niño la miró con ojos grandes, serios, y asintió sin decir nada. Tomó la nota con ambas manos, como si le confiaran un secreto.

—Gracias —le dijo soltando una exhalación.

Melissa observó desde su escondite cómo se acercaba al coche, cómo colocaba la hoja con cuidado bajo el limpiaparabrisas, y luego seguía su camino sin voltear.

El corazón de Melissa latía con fuerza. El mensaje estaba en su lugar.

No sabía si estaba haciendo lo correcto. Le temblaban las piernas, pero aun así, regresó a La Tetera Roja. No podía permitirse dudar. Solo tenía que esperar a que Marcelo apareciera.

—Pensé que ya te habías ido —dijo Dania desde detrás del mostrador, al verla cruzar la puerta.

—Tengo un asunto que arreglar aún —respondió Melissa sin mirarla directamente. Su voz sonó más firme de lo que se sentía.

Dania arqueó aún más las cejas y cruzó los brazos, con las manos firmes en la cintura.

—¿Qué asunto, si se puede saber?

—Marcelo viene para acá dentro de una hora —respondió Melissa mientras se dirigía a una de las mesas—. Necesito hablar con él. De una vez por todas.

Nora y Dania abrieron los ojos como platos. Melissa se sentó con calma, lo más recta que pudo. Era extraño. Pensaba que estaría temblando a estas alturas, que el miedo le cortaría la respiración. Pero no. Una quietud inesperada la envolvía.

—¿Pero qué es lo que le vas a decir? —preguntó Dania, claramente preocupada—. En todo caso hay que exigirle que se aleje. Tal vez no debería venir, Melissa. Ese hombre me da miedo.

—Le tengo que decir algo que debí haber dicho hace mucho tiempo —respondió.

—Estaremos aquí todo el tiempo, por si requieres ayuda —añadió Nora con voz decidida—. Es más, si te rascas la cabeza, llamo a la policía inmediatamente.

Melissa asintió. Ahora solo quedaba esperar.

Pensó en Leandro. En ese instante, probablemente estaría a punto de salir al escenario.

Lo imaginó listo, despeinado como siempre, guapo en su frac, afinando los últimos detalles mientras la orquesta se acomodaba.

Podía casi oír los aplausos del público, sentir la vibración de la sala justo antes del primer compás.

Exactamente a las ocho en punto, ni un minuto más, la campanilla de la puerta sonó y Marcelo entró a la cafetería. Había leído la nota.

Melissa se puso de pie, con los hombros firmes y el corazón latiéndole en la garganta.

—Siéntate —dijo con voz clara, firme.

Marcelo, que parecía el mismísimo diablo con rostro humano, se sentó frente a ella. Lo hizo con esa calma inquietante que lo envolvía.

Dania y Nora aguardaban en la cocina como ángeles protectores. Una sostenía el teléfono con el dedo listo sobre la pantalla, la otra empuñaba un sartén como si fuera un arma medieval. No decían nada, pero estaban listas.

Y Melissa... sonreía.

Porque por primera vez en mucho tiempo, tenía la sensación de que podría respirar tranquila. Solo tenía que ejecutar su plan con precisión. No podía titubear.

Había momentos en la vida donde no se podía fallar.

Lo miró directamente a los ojos.

—Aquí estoy —dijo, con una expresión que mezclaba astucia y una calma inesperada.

Marcelo no respondió, solo la observaba, como midiendo cada movimiento. Melissa respiró hondo y continuó, eligiendo cada palabra como si caminara descalza sobre cristales.

—Creo que nunca me di la oportunidad de escucharte. Siempre que intentabas acercarte, yo huía. Nunca supe realmente qué esperabas de mí... qué era lo que tú querías que sucediera.

Su voz se mantenía serena, pero detrás de cada frase había una tensión invisible, como si todo pudiera venirse abajo con un mal paso.

—Tengo que admitir que algunas de tus actitudes me asustaron —añadió, con cuidado—. Pero ya no es así.

Marcelo seguía en silencio, pero algo en su expresión se movió, imperceptible. Melissa sabía que con él, cada palabra tenía que estar medida. Una sola grieta podía detonar algo irreparable.

Marcelo frunció apenas el ceño, como si las palabras de Melissa lo incomodaran, pero no dijera por qué. Seguía en silencio, clavándole la mirada con ese gesto impenetrable que tanto la había atormentado tiempo atrás.

Hacía mucho que no escuchaba otra cosa que amenazas viniendo de él. Frases veladas, advertencias disfrazadas de cariño. Pero ahora, en ese silencio, había algo distinto. Una incomodidad que no parecía planeada.

Melissa lo notó, y en lugar de detenerse, mantuvo la calma. Sabía que si lo hacía bien, si lograba templar el momento sin encender más fuego, tal vez podría calmar su enojo. Tal vez, incluso, podría darle a Leandro un poco de aire. Un respiro, aunque fuera momentáneo.

—Así que, si está en ti decirme algo... —continuó, mirándolo sin parpadear—. Quiero escucharte. Ya no quiero seguir huyendo.

La voz le tembló apenas. En la cocina, Dania y Nora contenían el aliento.

Había elegido el lugar con cuidado. La Tetera Roja era su territorio. Ahí se sentía fuerte, rodeada de aromas conocidos, de sus amigas, de una atmósfera que le pertenecía. No era casualidad que lo hubiera citado justo ahí, ni a esa hora.

Aún quedaban algunos clientes repartidos entre las mesas, murmurando entre sorbos y platos dulces. La presencia de otras personas era una especie de escudo, invisible pero firme. No se habría atrevido a verlo a solas.

Aquí, al menos, no estaba indefensa. Aquí podía mirarlo sin temblar.

—Tengo tanto que decirte, Melissa… —comenzó, con la voz grave. Le costaba sostener el peso de sus propias palabras —. Pero no puedo hacerlo porque sé que el violinista... ese… Leandro… está interpuesto entre nosotros.

Levantó la mirada y la clavó en ella, fija, penetrante.