El Palacio de la Música El diablo
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El diablo



Adagio of Spartacus and Phrygia - Aram Khachaturian

El concierto de Sibelius había sido un éxito rotundo, y esa certeza le traía un alivio inmenso.

Las noticias no tardaron en replicarlo: los titulares hablaban de una interpretación magistral, las redes compartían fragmentos del programa, y las críticas más influyentes coincidían en lo esencial.

Valérie Bellerose se había agasajado escribiendo una reseña espectacular, llena de elogios a la ejecución de Leandro y al rigor interpretativo de la orquesta. El futuro profesional de Leandro, al menos por ahora, parecía a salvo. Todo comenzaba a encontrar su cauce.

Él estaba de mejor humor. Más ligero. Y con eso, también lo estaba Melissa.

No le gustaba estar mal con él.

Al día siguiente, Leandro partió temprano rumbo a San Francisco, tal como estaba planeado. Aquella ciudad de brisa salada, juventud constante y ritmo relajado le sentaba bien. El aire fresco le golpeaba el rostro, despeinándole los cabellos oscuros sin misericordia.

Caminó hasta uno de los embarcaderos. A su izquierda, se alzaba el icónico Golden Gate, rojo y majestuoso. A su derecha, las tranquilas aguas de la bahía se extendían bajo el cielo. Se sentó en la orilla, con los zapatos casi rozando el agua helada. Ya había caído la tarde, pero no tenía prisa.

Pensó en Melissa. En sus ojos color café, en el olor a mermelada de durazno que parecía envolverse en su ropa y quedarse flotando en el aire. Se descubrió sonriendo sin darse cuenta.

El viento soplaba fuerte, arrastrando consigo pequeñas porciones de su enojo, disipándolas sobre el océano. Sin embargo, una parte de él seguía aferrada a esa opresión en el pecho que no terminaba de ceder.

El atardecer comenzaba a desvanecerse cuando Leandro se puso de pie. Tenía que llegar al teatro. Esa noche volvería a tocar.

La mañana en el café había transcurrido con calma.

Nora y Dania llenaban el aire con su plática ligera, entre risas y órdenes de café.

Melissa se sentía mejor. Más liviana. El ambiente cálido del lugar, el aroma a pan recién horneado y el murmullo constante de los clientes habituales le devolvían algo de esa normalidad que tanto necesitaba.

—Oye, ¿y Marcelo? ¿Sabes algo de él? —preguntó Nora, mientras secaba unas tazas.

Melissa alzó los hombros con indiferencia estudiada.

—No sé nada. Y, la verdad… entre más lejos esté, mejor para todos.

Rieron como siempre lo hacían cuando estaban juntas, con esa complicidad que solo se construye entre café, confidencias y madrugadas compartidas. Además, hoy era día de música con Dania.

Sus canciones, ligeras y dulces, emergían desde el rincón más acogedor de La Tetera Roja y tenían el poder de alegrar a cualquiera. Pero sobre todo, alegraban a Melissa, que amaba la música más que nadie en ese lugar. Para ella, cada nota era una caricia, una pausa, una forma de seguir adelante.

Dania había aumentado sus sesiones de canto en el café: de una vez por semana, ahora eran dos.

Su ukulele la acompañaba como una extensión de su alegría, cálido y constante, llenando La Tetera Roja con acordes suaves.

Esa mañana le cantaba al amor, como casi siempre.

Dania estaba hecha de eso: de enamoramientos espontáneos, risas fáciles y una luz que no se apagaba.

¿Qué haría Melissa sin su música? Nunca se lo había dicho, pero lo pensaba seguido: Dania tenía la capacidad de cambiar la energía de una habitación solo con su voz. Aún no era consciente de ello, pero Dania tenía un don.

Ahora lo único que le inquietaba, aunque tratara de no pensarlo demasiado, era Marcelo. Sabía que no podía quedarse de brazos cruzados. Tenía que hacer algo para detenerlo, pero no sabía por dónde empezar. Esa incertidumbre la desgastaba, le rozaba los pensamientos cada vez que bajaba la guardia.

Esa tarde, al salir del café, tomó una decisión. Caminó hacia su oficina con paso firme, procurando no ser vista. Necesitaba encontrar algo. Cualquier información que pudiera servirle para ponerle un alto. Un nombre, una dirección, una pista. Lo que fuera.

Se ocultó tras un árbol grueso, lo suficiente para que las ramas la cubrieran. Desde ahí vio el auto de Marcelo, estacionado justo frente a la entrada de la oficina. El corazón le dio un vuelco. Lydia le había mentido. Él seguía yendo.

El sol se filtraba entre las hojas, lanzando destellos sobre el parabrisas. Melissa esperó. Pasaron más de treinta minutos. Sentía la corteza del árbol en la espalda, y aun así no se movía. Solo observaba, quieta, como si su respiración pudiera delatarla.

Entonces Marcelo apareció. Abrió la cajuela con naturalidad, como si nada en el mundo estuviera fuera de lugar. Cargaba unas cajas; las acomodó con prisa, miró hacia ambos lados, y regresó a la oficina.

—Ahora sé que sigue viniendo aquí. Lydia lo está encubriendo —pensó. —Tengo que ser cuidadosa, esto es lo único que tengo.

Regresó a casa por una ruta distinta, evitando las avenidas conocidas, doblando esquinas como si cada vuelta la protegiera un poco más. No podía arriesgarse. Aún no. Tomar precauciones era parte de su rutina ahora.

Se sentía un poco más tranquila. Saber que Leandro y ella estaban mejor le devolvía un poco el aire. Él la amaba, lo sabía.

Intentó pintar. Los pinceles tocaron el lienzo, pero los trazos no terminaban de encontrar su forma.

Aun así, no forzó nada. Cerró los ojos y se permitió descansar.

Esa noche durmió como hacía tiempo no lo hacía, con el cuerpo ligero y la mente clara, como si alguien hubiera corrido las cortinas de una habitación en penumbra. No todo estaba perdido.

Esa noche tuvo un sueño distinto, profundamente reconfortante.

Soñó en colores. Se encontraba suspendida en un espacio completamente blanco, sin forma ni gravedad.

Flotaba, como si nadara sin agua, sin esfuerzo.

Alrededor de ella, oleadas de color se desplegaban en silencio, esparciéndose por el aire como si el mundo respirara junto a ella.

Era como volar dentro de un arcoíris, pero su piel permanecía intacta.

Azules y violetas la envolvían con calma.

Rojos y anaranjados la rodeaban con calor.

Rosas y amarillos se entrelazaban con sus cabellos, deslizándose como cintas vivas.

Inhalaba luz, y al exhalar, los colores salían de su cuerpo en espirales suaves.

Una música delicada flotaba en el ambiente —ni lejana ni cercana— simplemente parte del lugar.

No había frío ni calor. Solo ese resplandor líquido, esa danza de luces cayendo alrededor.

Despertó animada, con una idea fresca rondándole la cabeza, la de hacer un pay de piñas con crema durante el trabajo.

Melissa y las chicas, solían buscar maneras de renovar el menú.

No querían que los clientes se acostumbraran siempre a lo mismo.

Jugaban con ingredientes, combinaban sabores inesperados, reinventaban bebidas.

Era parte de la magia del lugar. La Tetera Roja se había ganado su reputación por algo más que su atmósfera acogedora: su cocina era exquisita.

Solo usaban los mejores ingredientes, y cada creación, por pequeña que fuera, se pensaba con esmero.

No solo vendían café o pastelitos; ofrecían una experiencia.

Y para eso, había que atreverse a inventar.

La Tetera Roja demandaba mucho trabajo, pero lo hacían con amor. Era un lugar que exigía presencia, manos ocupadas y corazón despierto. Y eso, ellas lo sabían hacer bien.

Afuera, el sol caía con fuerza, derramándose sobre la ciudad como un jarabe dorado.

En el interior, los rayos se filtraban a través de las ventanas, trazando líneas de luz sobre las mesas recién limpias.

El aire acondicionado rugía suavemente en el fondo, sosteniendo una calma artificial que contrastaba con el ajetreo de la cocina.

Era uno de esos días donde todo parecía en movimiento, pero bajo control. Donde el calor no incomodaba, solo recordaba que la vida seguía su curso con sabores nuevos.

—Este va a ser un verano infernal —comentó Melissa mientras limpiaba el mostrador—. Ya parece que los hornos están encendidos a todo lo que dan.

—Deberíamos hacer un menú de helados exóticos —sugirió Dania, sin levantar mucho la voz, casi como si pensara en voz alta.

—¡Qué gran idea! —saltó una clienta que acababa de entrar y, al parecer, tenía el oído más agudo que nadie en el lugar. Sonreía mientras se dirigía a su mesa, como si llevara rato esperando el momento perfecto para intervenir.

Se voltearon a ver las tres con una sonrisa que no necesitaba palabras.

Había entre ellas esa complicidad que solo nace en las cocinas donde se trabaja con gusto.

Melissa casi podía ver los pensamientos de Nora, chispeando detrás de sus ojos como una máquina a mil revoluciones.

Seguramente ya tenía al menos cinco sabores planeados, con nombres, toppings y todo.

En La Tetera Roja las ideas no tardaban en transformarse en recetas, y las recetas, en recuerdos.

Esa noche sería el concierto de Leandro en San Francisco. Melissa no podía apartarlo de su mente, ni por un segundo. Mientras lavaba una taza o servía un café, su pensamiento volvía a él con la misma insistencia con la que vuelve una melodía cuando no se la ha terminado de cantar.

Le deseaba lo mejor. Aunque no podía estar a su lado, enviaba sus buenos deseos como quien lanza pétalos al viento, con la esperanza de que alguno le rozara la frente justo antes de salir al escenario.

Se preguntaba si estaría bien, si el cansancio no lo había vencido, si en ese momento estaría afinando los últimos detalles.

Imaginaba su rostro concentrado, sus manos templadas y esa expresión suya que solo aparecía cuando estaba a punto de tocar.