El Palacio de la Música Sibelius #3
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Sibelius #3

Melissa descendió las escaleras del Palacio, aún envuelta en la vibración del concierto. Había quedado de encontrarse con Leandro al final, justo ahí, en la entrada. Mañana él partiría temprano a San Francisco, y ella sentía que cada minuto de esa noche tenía el peso de la despedida.

Eran cerca de las once, y para su mala fortuna, él aún no aparecía.

No le quedó otra opción que esperarlo afuera.

La noche era fresca, y el aire le resultó casi terapéutico tras la intensidad de la función.

Buscó un sitio donde apoyarse y, sin pensarlo, se recargó contra un cartel rígido.

Solo después de unos segundos se dio cuenta, era el rostro de Leandro lo que tenía a la espalda. El cartel del concierto.

Los minutos comenzaron a pasar, lentos pero constantes, como gotas marcando el ritmo de una espera sin respuesta. Medianoche. Silencio. Celular apagado.

La entrada del Palacio se fue vaciando poco a poco, hasta quedar solo el eco de los últimos pasos sobre la piedra. El vigilante cerró las puertas con un golpe seco, que resonó más fuerte de lo esperado. Melissa se abrazó a sí misma, sin moverse del lugar.

—Melissa —escuchó a sus espaldas, con una voz que no esperaba.

Se giró de inmediato. Para su sorpresa, era Ada. Estaba de pie bajo una farola, la sombra de su figura alargándose sobre el suelo mojado.

—Leandro no vendrá. Me ha dicho que te adelantes a casa —dijo Ada con una media sonrisa, encendiendo un cigarrillo con la calma de quien disfruta prolongar un mensaje incómodo. Luego dio media vuelta, como si ya no hubiera nada más que decir.

Melissa la observó, sin moverse.

—¿Qué te ha parecido el concierto? —preguntó entonces, con voz firme, aunque por dentro sentía que el suelo se deslizaba bajo sus pies.

Ada se detuvo a medio paso. El humo del cigarro dibujó una espiral en el aire nocturno.

—¡Ah, sublime! —exclamó Ada, girándose apenas, con una media sonrisa—. Leandro es un encanto, ¿no es así?

—Pero bueno, querida… —añadió mientras exhalaba una voluta de humo— no queremos que llegues tarde a casa. Ya es medianoche, y debes de estar agotada de tanto trabajar en tu... cafecito.

Esta vez no le creía. Leandro había dicho que se verían en la entrada.

—Sí, es un encanto, Leandro —respondió, manteniendo la voz serena mientras tomaba aire—. ¿Sabes, Ada? Creo que hay algo que todavía no has entendido.

Ada se detuvo por completo y giró un poco el rostro, intrigada.

—¿A qué te refieres?

Melissa sostuvo la mirada, sin titubear.

—Leandro y yo nos amamos, Ada. No lo olvides.

Leandro finalmente apareció, caminando hacia ellas con paso decidido.

Melissa lo vio venir y entonces, sin apartar del todo la vista de Ada, dijo:

—En fin, parece que platicaremos en otra ocasión.

Ada no respondió, solo alzó una ceja antes de dar la última calada a su cigarrillo.

Melissa se volvió hacia Leandro apenas él llegó a su lado.

—Pensé que no llegarías —le dijo, con un tono más suave, aunque todavía cargado de la espera.

—¿Qué dices? —preguntó Leandro, sorprendido—. Le pedí a Ada que te dijera que no tardaba. Estaba recogiendo mis cosas y se me acercaron unas personas a pedirme autógrafos.

Se pasó la mano por el cabello, aún despeinado, con esa mezcla de agotamiento y euforia que solo viene después de una buena presentación.

—Estoy cansadísimo —añadió, sonriendo con los ojos todavía brillantes por la emoción del escenario.

—No te preocupes. ¿Nos vamos? Tienes un vuelo que tomar mañana —dijo Melissa, tomándolo del brazo.

Leandro asintió, aún sin notar del todo la tensión que flotaba en el aire.

Se despidieron brevemente de Ada, quien permanecía inmóvil, con el cigarro apagado entre los dedos y el rostro endurecido. La mirada que les dirigió fue tan gélida como inútil.

Partieron en direcciones opuestas. Melissa no necesitaba voltear para saberlo: Ada estaba furiosa. Negra de coraje. Había intentado, una vez más, sembrar discordia entre ellos. Y quizás aún estaba dispuesta a llegar a las últimas consecuencias. Pero esta vez, no la había engañado.

Leandro y Melissa no estaban del todo bien. Lo sabían ambos. Pero tal vez, pensó ella, aún podían hablar. Aclarar las cosas antes de que él partiera a San Francisco.

—Melissa, todo esto ha sido muy complicado para nosotros —dijo él, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia ella, como si le costara soltar las palabras—. Mañana me voy… y no me quedo tranquilo sabiendo que te quedas aquí, sola, con ese loco suelto. Tenemos que encontrarlo. Hacer algo.

Se frotó el rostro con una mano y luego bajó la mirada.

—Me hubiera gustado que me lo dijeras desde el principio. Hubiéramos podido actuar juntos.

—¿Podrás perdonarme? —preguntó en voz baja—. Quiero que estemos bien.

Leandro la miró entonces, como si la viera por primera vez esa noche.

—Te amo, Melissa. Desde aquel día… desde el primer minuto en que te vi, cuando casi te tropiezas con aquella piedra —dijo con una sonrisa que se le escapó entre el cansancio y el recuerdo.

—¿Eso es un sí? —preguntó Melissa, alzando las cejas con una chispa de esperanza.

Leandro no respondió con palabras. Solo se inclinó y la besó.