Sibelius #2
Se levantó de un salto, con el corazón acelerado.
Apenas si tuvo tiempo de darse un baño rápido y elegir lo primero que encontró en el armario.
Mientras se vestía, se recogió el cabello aún húmedo en un moño desordenado, se aplicó un poco de perfume en las muñecas y salió corriendo, esperando alcanzar algo de la noche que ya comenzaba a desplegarse.
Se encontró con Ada en las escaleras de la entrada del Palacio. Por un instante dudó, apunto de detenerse para saludarla, pero Ada giró el rostro, fingiendo no verla.
«¡Qué mala educación! Definitivamente debe odiarme» —pensó.
Así que siguió adelante adentrándose en el Palacio para encontrar su asiento.
El aire del Palacio la envolvió con su mezcla de terciopelo y madera antigua.
Tomó el programa de la noche y lo guardó con cuidado en su bolsa, para pegarlo en el álbum que aún estaba en proceso.
Cada vez que guardaba un repertorio, era su manera de atrapar un pedazo de lo que sentía al verlo en el escenario.
Este concierto la ponía especialmente nerviosa.
Leandro debía hacerlo perfecto; de lo contrario, los directivos del Palacio no quedarían satisfechos.
Su carrera estaba en riesgo. Además, la última vez que había estado en ese lugar, todo se había desmoronado: aún recordaba el estruendo del balazo, el caos repentino, y aquella luz blanca que los había dejado momentáneamente ciegos.
El recuerdo le erizaba la piel, como si todavía pudiera oler el humo en el aire.
Giró ligeramente el rostro, echando un vistazo por encima del hombro.
Sus ojos recorrieron las filas de asientos con una tensión silenciosa, esperando no encontrarlo.
Por suerte, esta vez, no lo vio. Ningún rostro perturbador, ningún indicio de su sombra.
Aun así, la incomodidad no se disipó; estaba ahí presente junto con ella.
El director Antoine había trabajado con dedicación, afinando cada detalle en los ensayos, corrigiendo hasta el más leve desfase de la orquesta. Había hecho su parte. Ahora, el escenario pertenecía a Leandro. Todo dependía de él. Debía hacer su magia.
Las luces se atenuaron lentamente, envolviendo la sala.
El murmullo del público se desvaneció mientras todos se acomodaban en sus asientos.
En el centro del escenario, el director Antoine y Leandro ya estaban en posición.
De pie bajo la luz tenue, se convirtieron en figuras suspendidas entre la sombra y el silencio.
Y así, en esa quietud, todos aguardaron el inicio sutil de la obra.
Leandro acompañado por una casi imperceptible orquesta comenzó a tocar el concierto para violín de Sibelius.
La expresión en la cara del director Antoine era seria, concentrada, pero la música fluía.
Cada nota se extendía con la tensión justa, cargada de presagio, preparando el terreno para ese clima doloroso y arrebatado que caracterizaba la obra.
No había espacio para errores. Solo para sentir.
Ada se encontraba sentada en uno de los palcos del lado derecho.
Desde abajo su rostro reflejaba un gran nerviosismo, los labios apretados, los dedos entrelazados con mayor fuerza de la necesaria; era evidente su malestar aunque nunca sería capaz de admitirlo.
Melissa la observó unos segundos y luego desvió la mirada.
Se alegraba de no compartir asiento con ella esa noche.
Ada se había vuelto cada vez más áspera, más intolerante, y Melissa se había cansado ya de fingir cordialidad.
La única razón por la que aún la soportaba era porque Leandro la quería cerca.
A Melissa le sudaban las manos. Sintió que el aliento se le quedaba atrapado en el pecho mientras la coda del primer movimiento estallaba.
El violín de Leandro parecía arder y arrastraba a toda la orquesta en su intensidad.
Melissa se aferró al borde del asiento, con los ojos clavados en el escenario.
Leandro interpretó el segundo movimiento sin una sola equivocación, parecía poseído por las notas del apasionante concierto.
El director Antoine era transparente, se podía ver lo que estaba sintiendo, como si la música atravesara cada uno de sus despeinados cabellos y entonces lograra transmitirla a toda la orquesta. Respiraba la obra.
Mientras tocaba, Leandro no pensaba en la partitura.
Una idea le atravesó el pecho como un relámpago: Sibelius destruyó la primera versión de este concierto.
La había quemado, borrado del mundo; y luego la volvió a escribir desde las cenizas.
Leandro sintió que eso hacía ahora mismo.
Tocaba no solo para interpretar, sino para reconstruirse.
El favorito de Melissa era el tercer movimiento, el más cargado e intenso, atrevido y el que parecía ser el más difícil de todos.
El más feroz. Le fascinaba esa clase de música que parecía imposible de tocar, la que empujaba al intérprete al límite.
Y, sin embargo, incluso en medio de esa tempestad rítmica, Sibelius encontraba espacio para fragmentos de dulzura inesperada, y destellos de grandiosidad.
Sintió sus latidos fusionarse con el tempo de la obra.
Las manos le continuaban sudando, y la respiración se cortaba por momentos.
La música le robaba el aliento. Y entonces, el final llegó. Majestuoso.
Al fin pudo respirar de nuevo. Sintió el aire llenar sus pulmones como si saliera de un largo encierro, y aplaudió con todas sus fuerzas, dejándose llevar por la ovación general. Levantó la vista hacia los palcos, todavía con el corazón agitado, y alcanzó a ver a Ada salir apresuradamente.