El Palacio de la Música Sibelius
70%

Sibelius



La mañana transcurrió envuelta en pensamientos que no lograban disiparse. Se repetía una y otra vez qué decirle, cómo hablar con él, cómo explicarle lo sucedido… o si acaso existía alguna forma de reparar el daño que Marcelo ya había dejado tras de sí.

—Explícale desde el principio —le dijo Nora mientras batía una malteada en la licuadora —pásame las fresas.

—No quiere escucharme, le intenté llamar esta mañana y no me contesta. Me preocupa —le dijo mientras le acercaba un puñado de fresas grandes, recién lavadas.

—Todo estará bien, Melissa —intervino entonces Dania desde la mesa, con la dulzura exacta que ella necesitaba oír—. Más tarde lo verás, y podrán hablar. Se van a aclarar las cosas. Ya lo verás.

La preocupación y la falta de sueño le estaban llegando a los nervios, parecía que todo su cuerpo estaba desajustado.

Por fuera seguía funcionando, sonriendo de vez en cuando, atendiendo la barra de pedidos, pero por dentro había una presión constante, como un zumbido persistente que no la dejaba pensar con claridad.

Don Horacio pedía su café como cada mañana, con la misma voz amable y cansada. Doña Luz y sus amigas ya se habían instalado en la mesa del rincón, entre murmullos, pasteles y servilletas. Nada fuera de lo común, solo ella.

Seguía trabajando porque no tenía alternativa, se acercaba el pago de renta y no podía darse el lujo de faltar, aunque su cuerpo le rogara lo contrario.

Nora y Dania como siempre eran su rescate y guarida, hacían su vida más ligera, sobre todo con bromas durante el trabajo. Siempre parecían saber cuándo dejarla sola y cuándo quedarse cerca. En ese pequeño mundo de café y harina, ellas eran su lugar seguro.

Alicia no paraba ni un segundo. Con sus ojos color azul claro trabajaba más duro que nunca.

La piel blanca de sus brazos estaba enrojecida por el calor constante del horno, pero sus galletas y panqués salían cada vez mejor, con un sabor casero y perfecto.

Era la viva voz de la experiencia en panadería.

Cerca del mediodía, el calor se acumulaba dentro de la cocina. Melissa tenía las mangas remangadas y las mejillas sonrojadas mientras ayudaba a Alicia con la mezcla para los panecillos. A pesar del cansancio que ya empezaba a sentir en los hombros, agradecía tener las manos ocupadas.

Fue entonces cuando se abrió la puerta con un leve chirrido y entró Nora, deteniéndose apenas un instante para observar la escena. Su expresión, como siempre, traía consigo una calma conocida.

—Melissa, será mejor que vengas. Leandro está aquí —volteó a verla con la mirada dulce.

Melissa parpadeó, sorprendida. Su cuerpo reaccionó antes que su mente: limpió las manos en el delantal y asintió.

—No tardo, Alicia

Alicia, que estaba inclinada sobre la masa, soltó un resoplido. Sin embargo, sin dejar de amasar, levantó una mano en el aire para hacerle un gesto de permiso, casi maternal, como diciendo “anda, antes de que me arrepienta”.

Melissa se desató el delantal con manos temblorosas.

Leandro estaba sentado en una de las mesas junto a la ventana, esa que daba a la calle arbolada donde a veces pasaban niños en bicicleta y mujeres con bolsas de pan.

Había pedido un café con leche y un croissant, que yacía a medio comer sobre el plato blanco. Parecía no traer prisa y lucía una playera negra que lo hacía lucir fuerte. Así era él, sencillo, y justo por eso, tan peligroso para el corazón.

Melissa se detuvo a unos pasos, observándolo un instante. Le pareció mentira que estuviera ahí, tranquilo, como si el mundo no se hubiera sacudido por dentro en los últimos días. Se sintió extraña por alegrarse de verlo, cuando aún cargaba con la culpa, el miedo y tensión.

—¿Estás bien? —le preguntó mientras le hacía un cariño en el brazo.

—Sí. Aunque no conseguí dormir más que un par de horas —señaló las ojeras debajo de los ojos.

—No podrías verte mal aunque lo intentaras, Melissa —respondió con la mirada afable.

Ella sonrió, pero sintió un nudo formarse en la garganta.

—¿Por qué no me has dicho nada sobre esta persona?

—Se recargó en el respaldo de la silla y cruzó los brazos—.

¿Quién es ese tal Marcelo? ¿Qué es lo que pretende contigo?

¿Por qué no quisiste denunciarlo cuando ocurrió lo del corazón de cerdo?

—Le tomó la mano con una actitud mucho más dulce de la que esperaba.

No se sentía como un interrogatorio, sino como preocupación.

No tenía escapatoria.

—Marcelo solía venir aquí a tomar café —empezó, con la voz baja, evitando su mirada—. Salí con él una vez. Solo una. Pero lo rechacé en cuanto te conocí. A partir de ese momento… creo que no pudo soportarlo. Y yo… yo no pude resistirme a ti.

Hizo una pausa.

—No te lo conté porque no quería que te enojaras. Porque no pensé que esto… —miró hacia la ventana, como si allí pudiera esconder la vergüenza—. No pensé que todo llegaría tan lejos. Y ahora todo resultó peor.

—¿Pero quién es? ¿Qué quiere? ¿Dónde vive? —insistió.

Melissa negó despacio con la cabeza.

—No lo sé. Lo único que sé es que trabajaba cerca de aquí… y que venía siempre por un café antes de irse a hacer sus cosas. Nunca me habló demasiado de su vida. Es la verdad.

Un silencio se instaló entre ellos. Él apartó la mano. Algo se había roto, aunque Leandro se mostraba amable estaba lejos. Había retrocedido unos pasos por dentro.

—¿Podemos volver el tiempo atrás? ¿Cerrar los ojos y hacer como si no hubiera pasado nada? —preguntó Melissa, con una mezcla de desesperación y esperanza. Lo miró fijamente, buscando en sus ojos que pudiera perdonarla.

Leandro sostuvo su mirada unos segundos, luego bajó la vista.

—No, Melissa. —Su voz fue suave, pero firme—.

Creo que ahora necesito tiempo para entender todo esto que ha sucedido.

Intentaron matarme, y ni siquiera sé cuál es el motivo.

—Sacudió la cabeza—. Te amo, pero estoy profundamente molesto…

porque tú sabías. Pudiste decírmelo. Pudimos enfrentar esto juntos.

Se llevó las manos al rostro un segundo, presionando sus sienes, y luego se recargó en el respaldo con gesto cansado.

—Debí escuchar a Ada…

Leandro volvió a tomar aire, preparándose para decir algo que le pesaba.

—Melissa… tengo que decirte algo —dijo finalmente, en un tono más bajo, casi quebrado.

Melissa lo miró fijamente, el corazón palpitándole con fuerza, como si ya supiera que lo siguiente cambiaría algo más.

—Ada me ha organizado otro concierto fuera del país —dijo Leandro tras unos segundos de silencio.

Su voz ya no titubeaba, como si repetir la frase internamente lo hubiera convencido de su propio rumbo—.

Es con la Orquesta Sinfónica de San Francisco.

El solista que habían contratado se lastimó la muñeca…

y al parecer es más grave de lo que imaginaban. Me llamaron de emergencia.

Melissa no dijo nada, pero el silencio entre ellos se volvió más frágil.

—Serán solo unos días —añadió, bajando un poco el tono—, pero me servirá para alejarme. Pensar con claridad. Todo esto me ha sacudido más de lo que quise aceptar.

—Pero...

—Te amo pero esta es mi vida, Melissa. Mi trabajo consiste en viajar. Tocar el violín y viajar. Siempre será así —Melissa sentía estas palabras como navajas, por la forma en la que las decía.

—Serán solo un par de días, me voy mañana —añadió.

Melissa asintió, aunque ni por un segundo estaba de acuerdo.

—Esta noche es el concierto —dijo mientras le daba el último sorbo al café, ya tibio—. Debo afinar los últimos detalles. No puedo equivocarme otra vez.

—Entonces te veré más noche, a la salida de tu concierto —contestó ella.

Leandro asintió y salió a toda prisa del café. Melissa se quedó inmóvil en su asiento. La taza vacía frente a ella, el aroma del café aún suspendido en el aire, y una sensación que no sabía cómo nombrar. Todo se estaba desmoronando, como los polvorones que Alicia acababa de sacar del horno.

Nora se acercó y le tendió una mano.

—Vamos, a trabajar. Te servirá para distraerte un rato. Es bueno mantenerse ocupada —dijo con una sonrisa ligera.

—Alicia necesita ayuda con los polvorones… se le están rompiendo desde hace rato —añadió, mostrándole una sonrisa. Aunque solo lo decía para animarla un poco.

Nora siempre había sido así: su roble en días de tormenta.

Fuerte, silencioso, lleno de raíces profundas que no se veían, pero sostenían.

No sabía cuántas veces la había visto llorar, ni cuántas habían reído juntas hasta quedarse sin aire.

Solo sabía que, a lo largo de los años, habían caminado lado a lado por un trecho largo.

Se levantó, dispuesta a regresar a la cocina, a los polvorones rotos, al calor del horno y al consuelo de sus amigas.

Al regresar a casa, Melissa no pudo evitar que su mente volviera a Marcelo. ¿Cómo podría detenerlo? La pregunta le martillaba con insistencia. Si tanto la amaba como decía, ¿por qué quería lastimarla? ¿Qué clase de amor era ese que se disfrazaba de amenaza?

No encontraba una lógica. No creía siquiera que existiera una.

Lo había visto ser amable, incluso encantador…

pero ahora se le revelaba como una figura oscura y desconcertante, incapaz de soltar su imagen idealizada de ella.

No entendía qué sucedía dentro de su cabeza, y eso la aterraba más que cualquier amenaza explícita.

De momento se distrajo con el color de las jacarandas de la Ciudad de México que ya estaban floreciendo. El cielo se había teñido de color violeta. Durante unos minutos, dejó que el pensamiento de Marcelo se desvaneciera entre los pétalos que comenzaban a alfombrar la acera.

Al llegar a casa, se dejó caer sobre el sofá con la intención de cerrar los ojos solo un instante. Pero el cansancio la venció. No supo cuánto tiempo había pasado hasta que, de pronto, despertó con un sobresalto.