Luz blanca #2
Mientras caminaba intentó hacer memoria.
¿Qué sabía realmente de Marcelo? ¿Dónde trabajaba?
¿Dónde podría empezar a buscarlo? Sus ojos no dejaban de moverse como si las respuestas pudieran leerse en las fachadas de los edificios.
Entonces lo recordó. Arquitecto. Marcelo era un arquitecto, y tenía su despacho cerca de la Tetera Roja puesto que acudía diario por su café antes de ir a trabajar.
Para encontrarlo tenía que ir al origen de todo, así que partió a la Tetera Roja intentando recordar si habría algún detalle que pudiera delatarlo o que le proporcionara un poco de más información para encontrarlo.
—¡El maletín! —murmuró en voz alta, como si acabara de descubrir una pista clave. Marcelo lo había llevado a la cafetería y tenía una insignia de tres triángulos, probablemente de su trabajo.
— ¿Dónde he visto esa imagen antes? ¿Dónde la he visto? —i ntentó forzar su memoria dándose golpecitos en la sien izquierda pretendiendo reconocer la imagen de algún lugar, tal vez de algún espectacular o edificio cercano a la Tetera Roja. Tres triángulos entrelazados. Sabía que no era un invento.
Tomó un taxi hacia la cafetería, y caminó cerca de ahí tratando de recordar hacia qué lado de la calle se iba Marcelo siempre que salía del café.
Rodeó la esquina, miró hacia ambos lados de la calle.
¿Hacia dónde se iba Marcelo después de tomar su café?
¿A la izquierda? ¿A la derecha? ¿Cruzaba la avenida o doblaba la esquina?
Parecía una misión imposible de lograr, pero tenía que encontrar la forma de adelantarse a él.
Algo dentro de ella se negaba a rendirse.
Melissa sabía que en algún lado había visto esa insignia, así que siguió caminando.
Parecía que buscaba la salida a un laberinto. La respuesta no podía estar tan lejos.
Ya se había alejado lo suficiente. Exhausta y con las manos vacías, comenzó a caminar de regreso a la Tetera Roja.
Tal vez no lo lograría. Tal vez él ya se había ido para siempre.
Volteó hacia arriba, obligándose a dejar de mirar el suelo.
Si seguía con la vista clavada en las piedras, jamás encontraría lo que estaba buscando.
Y entonces, después de unas cuadras, pudo hallar una casa moderna con un enorme ventanal.
Se elevaba limpia y desafiante, junto a una pared negra y otra, cubierta de piedras en la fachada; con un estilo inusual que contrastaba con esa zona de la ciudad de aire colonial.
Un enorme portón metálico brillaba bajo la luz de la tarde, creando un contraste aún mayor a todas las puertas de madera vieja que se encontraban en la zona.
Para su sorpresa, justo a un lado del portón, estaba la placa con la insignia que tanto había buscado.
Tres triángulos entrelazados.
Melissa se detuvo en seco. Se encontraba a tan solo dos cuadras de la Tetera Roja. Todo este tiempo Marcelo había estado tan cerca. Se llenó de miedo. El peligro estaba a la vuelta de la esquina.
Cerró los ojos, tomó aire, dio un paso hacia el timbre y lo presionó. La puerta se abrió casi de inmediato, con un clic suave. Nadie se asomó pero la entrada estaba libre. Alguien la había dejado pasar.
Atravesó un pequeño jardín pisando unas lozas negras que hacían parecer que caminaba sobre agua negra.
A un costado había una elegante pared cubierta de bambú, que oscilaba con la brisa, y en el otro una fuente vertical.
El sonido de la fuente creaba el efecto de estar en un jardín Zen.
Era un lugar diseñado para transmitir paz.
Entró a una pequeña sala revestida de mármol y maderas claras, donde una señorita sentada atrás de un mostrador de espejo la saludó amablemente.
—Bienvenida ¿puedo ayudarle en algo? —dijo con una suave voz.
—Estoy buscando al arquitecto Marcelo Draeven —respondió Melissa algo nerviosa.
La joven alzó ligeramente las cejas, sin perder la compostura.
—¿Al Arquitecto? —emuló un gesto de cierta sorpresa —Él ya no trabaja aquí, señorita.
—¿Cómo dice?
—Qué él ya no labora en esta empresa —afirmó—. Tiene cerca de un mes que no se ha aparecido por aquí, así que ya le han dado de baja. Lamento no poder ayudarla.
Melissa asintió, aún procesando la información. Trataba de unir todos los cabos sueltos.
—¿Cuál es su nombre? —le preguntó a la amable señorita, casi por instinto.
—Lydia —respondió sonriente y conservando ese tono de amabilidad.
A Melissa se le fue el aliento.
Lydia.
La misma Lydia de la que Marcelo había hablado con voz rota, con mirada perdida, con esa falsa herida que parecía tan real. No había sido su ex pareja. Ni su gran amor. Ni la mujer que lo traicionó. Simplemente era su secretaria.
Y todo aquel relato había sido una historia inventada para despertar su compasión, para que bajara la guardia. ¿Cuántas mentiras más le habría contado? ¿Qué más había fingido?
Melissa se dio cuenta que no sabía nada de él. Se sentía como una completa estúpida, engañada.
—Por casualidad, ¿usted sabrá dónde puedo encontrarlo? —le preguntó intentando sonar neutral, mientras en la cabeza le daban vuelta muchos pensamientos.
La joven, aun sonriente, negó con la cabeza.
—Lo siento —dijo simplemente, bajando un poco la mirada, como si supiera más de lo que estaba dispuesta a decir.
Melissa comprendió que no iba a obtener nada más. Lydia no quiso, o no pudo, darle más información. Tal vez tenía órdenes. Tal vez no le importaba. O quizás, simplemente, sabía demasiado bien con quién estaba tratando.
Salió de ahí. Había llegado tan cerca. Había encontrado el lugar, la pista, el nombre. Y sin embargo, Marcelo seguía siendo un fantasma.
Al regresar, lo primero que notó fue el silencio.
Un silencio distinto al habitual. No era paz, era su ausencia.
Caminó por la casa sin quitarse el abrigo, con el presentimiento clavado entre las costillas.
Lo confirmó al pasar por la sala, no estaba el estuche del violín.
Y al llegar al cuarto, lo supo con certeza.
El clóset estaba vacío. Las camisas ya no colgaban en su sitio.
No había una nota, ni un mensaje en el teléfono, no había nada. Era como si Leandro se hubiese esfumado, llevándose todo consigo.
Tomó el celular con manos temblorosas y marcó su número. Una vez. Dos. Tres. Nada.
Se dejó caer sobre la cama sin siquiera quitarse los zapatos. El techo parecía girar sobre ella, como si todo el peso de los últimos días se le viniera encima de golpe. La rabia que hasta hace unas horas la había impulsado a moverse, a buscar, a pelear, se deshacía ahora en angustia.
Seguramente se había enfurecido. Todo se escapaba de su control y no le quedaron ánimos de nada.
—Mañana es el siguiente concierto, tal vez pueda hablar con él —pensó—. Tal vez.
Cerró los ojos, y se apagaron las luces desde adentro.