El Palacio de la Música Luz blanca
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Luz blanca



Concerto for Violin and Horn in A Major - Ethel Smyth

Antes de la presentación, los ensayos se realizan a puerta cerrada en la sala.

Pocos podían presenciarlos, y eso los volvía aún más valiosos.

Melissa jamás podría olvidar aquel al que asistieron en secreto, ocultos desde la bóveda del Palacio, conteniendo la respiración para no delatarse.

Cerró los ojos y llegaba a su mente el olor a madera vieja que impregnaba sus recuerdos.

Y así con los ojos cerrados, sonrió añorando una época en la que la tranquilidad reinaba.

Ahora estaba de nuevo allí, pero ya no en las alturas. Se sentó en una de las butacas laterales, cerca del escenario, procurando no interrumpir.

Para ella, presenciar un ensayo de Leandro era un privilegio íntimo. Esta vez, Leandro había tenido poco tiempo para preparar el Concierto en re menor de Sibelius, una obra exigente y emocionalmente compleja.

Además, tenía que hacerlo mejor que sus conciertos anteriores, o se arriesgaría a ver su reputación por los suelos. Nada lo heriría tanto como eso. Ya no tendría otra oportunidad, necesitaba una presentación impecable.

Ella, desde su butaca, lo amaba en silencio. Esa obra de Sibelius le provocaba escalofríos desde la primera nota. Era de un carácter oscuro y, al mismo tiempo, había pasajes tan delicados que resultaban tan dulces. Melissa la consideraba fascinante.

Durante el ensayo con la orquesta todo fluía con una precisión maravillosa.

El director Antoine daba indicaciones exactas, ajustando a los músicos como si se tratara de perillas de un controlador de audio; realizaba lo que fuera necesario para lograr el sonido perfecto, buscando ese equilibrio perfecto donde ningún instrumento sobresale, pero todos brillan.

Organizó una práctica por instrumentos: metales, cuerdas, vientos.

Todos tenían que equilibrarse uno con otro, como el mecanismo de un reloj suizo.

Ajustó el tempo, marcaba las entradas, con la seguridad de alguien que domina la partitura.

Por eso el director Antoine era el mejor, gracias a su trabajo impecable.

Solamente así podían surgir atmósferas verdaderamente mágicas.

Cuando todos los músicos dejaban de tocar por separado, y comenzaban de pronto, a sonar como una sola alma.

Melissa pensó en lo afortunada que era por poder estar allí, envuelta por aquella apasionante música que parecía brotar desde el centro mismo de la tierra. Sus ojos centelleaban con las melodías que los instrumentos emitían. Cada uno tenía una voz y, creaban entre todos, una maravilla.

Esto era el arte.

Al finalizar el ensayo, los músicos comenzaron a guardar sus instrumentos y se retiraron en grupos.

La sala fue quedando vacía poco a poco, hasta que solo quedaron ellos y el director Antoine, que permanecía en el escenario junto a Leandro.

Con una amabilidad firme, corregía minúsculos detalles, sutiles y casi imperceptibles para el oído humano.

Melissa observaba desde su butaca, maravillada por la paciencia y la devoción con la que trabajaban.

Durante las correcciones del primer movimiento, un estruendo seco resonó por toda la sala, como el chasquido brutal de algo rompiéndose.

Un instante después, la oscuridad lo envolvió todo.

Se habían quedado en tinieblas. El silencio que lo siguió parecía más denso por contraste, como si hasta el aire se hubiera detenido.

Melissa se quedó inmóvil por un segundo, tratando de entender lo que acababa de ocurrir.

Luego notó que su respiración comenzaba a acelerarse.

Su pecho subía y bajaba con ese ritmo irregular que precede al miedo.

Buscó su celular con manos temblorosas y encendió la linterna, dirigiéndola hacia el escenario, donde se encontraban Leandro y el director Antoine.

—¿Están bien? —preguntó con la voz más alta de lo que pretendía.

Una serie de aplausos lentos pero estruendosos comenzaron a escucharse desde el fondo de la sala.

Melissa aún a oscuras, intentó avanzar hacia el escenario pero las butacas estorbaban el camino.

—Sí que has mejorado, Leandro —dijo una voz grave salpicada de ironía. —Fue una verdadera desgracia tu concierto anterior.

Melissa se paralizó al reconocer la voz.

Leandro aún entre las sombras, contestó.

—¿Quién anda ahí?

Silencio.

Permanecieron los tres en completo silencio por unos segundos.

De pronto un enorme reflector blanco estalló en la sala, dirigiéndose directo hacia sus rostros.

Melissa alzó el brazo para cubrirse los ojos.

La luz era tan intensa que por un momento lo único que pudo ver fue un vacío blanco.

Cuando por fin logró abrir los párpados, vio a Leandro y al director Antoine quienes se encontraban petrificados en su sitio, endurecidos por el sobresalto.

La luz los había dejado casi ciegos.

A contra luz podía verse únicamente una silueta, una figura recortada por el esplendor del reflector.

—¡¿Quién eres?! —gritó Leandro cubriéndose los ojos.

—¡Vamos ya, esto no es gracioso! —exclamó el director Antoine, tratando de reclamar su autoridad.

Entonces la voz volvió a oírse. Áspera.

—Es una lástima que tan brillante carrera termine en silencio. Pudiste haber continuado Leandro y llegado tan lejos como quisieras; pero tuviste que acercarte a ella.

La figura avanzó un paso, aún entre sombras.

—Ahora todos te recordarán como un perdedor, como un hazmerreír. ¿Sabías que el último concierto generalmente es el que las personas recuerdan, cuando sus artistas favoritos desaparecen de este mundo?

Melissa sintió que algo se quebraba dentro de ella.

—¡Basta ya! —gritó Melissa.

—Te dije que le dijeras de lo nuestro Melissa, ¿ves lo que provocas?

Leandro sintió esas palabras como una daga que le atravesaba el corazón.

Melissa apenas podía respirar. Con los ojos adoloridos y haciendo el mayor de los esfuerzos Melissa logró distinguir que Marcelo levantaba el brazo derecho a la altura de su pecho. La silueta negra parecía aún más densa, como si la oscuridad se hubiera concentrado en él.

—¡Marcelo! ¡No! —gritó con todas sus fuerzas, justo cuando un balazo rompió el aire.

El sonido retumbó en la bóveda del Palacio, ensordeciéndolos a todos y dejando el lugar, de nuevo, en la oscuridad total.

Melissa se tiró al piso sin pensar y, arrastrándose, subió al escenario lo más rápido que pudo por las escaleras del lado derecho. Con el corazón desbocado descubrió que Leandro, el Director y el violín negro se encontraban en el suelo.

—¡No! ¡No, por favor! —gritó sintiendo terror.

El eco repitió sus palabras.

—¿Están bien? —exclamó el Director.

—Sí —dijo Leandro incorporándose con dificultad. Volteó hacia ella con el rostro confundido y herido. Sus ojos se encontraron por un instante, y en ellos no solo había miedo, había preguntas sin responder.

Las luces se encendieron de golpe, estaban nuevamente solos, dentro de la gran sala. La música había abandonado el recinto. Marcelo se había desvanecido. Afortunadamente había fallado, ocasionando únicamente un agujero al fondo del escenario.

—¡¿Sabes el nombre de ese tipo?! —su expresión lucía con una mezcla de furia y desconcierto—.

¡¿Todo este tiempo has sabido de quién se trata mientras yo creía que lidiábamos contra un desconocido?

! ¡¿Y no me dijiste nada?! —la increpó, dando un paso hacia ella.

—¿Te das cuenta de lo grave que es esto?

¡Nos apuntó con un arma! ¡Disparó! ¿Por qué?

¿Qué más estás ocultando? ¡¿Qué más no me has dicho?

! —Su voz se quebró apenas en la última pregunta.

—¡No es así! ¡No estoy segura, solo creo saber, no tengo las pruebas suficientes para incriminar a alguien! —sollozó.

—No —dijo él, con una calma que dolía más que los gritos que le había lanzado—. No te creo, Melissa. ¡Tú sabías! Gritaste su nombre sin dudar. No sé qué fue lo que tuviste con ese tipo —dijo él, dando un paso atrás—, pero más vale que empieces a contarme la verdad…

Fue entonces cuando el director Antoine intervino.

—Tranquilos muchachos, cálmense —interrumpió con la firmeza que imponía su cargo dentro del recinto, tratando de dominar sus propios nervios —vamos a resolver esto.

En el interior de Melissa comenzó a crecer una rabia incontrolable, una furia que le hacía hervir la sangre.

Marcelo había destrozado sus pinturas, arrojado un corazón de cerdo a la puerta, la había acosado en su trabajo y ahora atacaba a quien más amaba.

Estaba lleno de odio. No le quedaba la menor duda, Marcelo debía pagar por todo lo que había hecho.

Por suerte, había fallado. Gracias a la poca luz con la que había orquestado todo para no ser descubierto, tampoco pudo ver bien hacia dónde apuntaba con el arma. Había disparado a ciegas, confiando en el caos.

El infierno interior por el que Melissa atravesaba le impedía razonar con claridad.

No pensaba, ardía. Simplemente necesitaba que el enojo que se apoderaba de ella, encontrara una salida, cualquier grieta por la que escapar.

Las manos le temblaban y las sienes le palpitaban, ya no podía más.

Sentía la cara ardiendo y entonces sin pensarlo, se echó a correr.

Sus pies golpearon el mármol. Bajó por los pasillos y giró por las escaleras, cruzó las puertas con el alma rota. Corría como si eso pudiera salvarla.

Pensó en Leandro, en su rostro descompuesto, en ese “ No te creo, Melissa ” que aún le vibraba en los oídos. Pensó en todo lo que dejaba atrás mientras las piernas se movían, los ensayos, la música, sus brazos. Probablemente ya no querría estar con ella después de este suceso.

Salió del Palacio con el corazón desbocado y la respiración entrecortada, sin un rumbo claro, pero sabía que Marcelo no podría estar muy lejos. No sabía hacia dónde dirigirse, pero no podía quedarse ahí.