El álbum

Romance for violin and piano - Amy Beach
Una Noche Inesperada en el Palacio
Periódico El Allegro
¿Cuántas veces, hemos visto a este joven brillar bajo las luces del escenario, arrancándole al público suspiros y aplausos?
La noche pasada hemos escuchado una obra de gran complejidad tanto en cuestiones técnicas como de interpretación.
De acuerdo a los rumores que se escuchan dentro del medio, recientemente su violín tuvo que ser reparado.
¿Tendrá que ver esta situación con la desafortunada noche que hemos todos presenciado ayer en el Palacio?
¿Qué ocurrirá con el segundo concierto que se tenía planeado para el homenaje a la Primavera? ¿Aún seguirá en pie? Esta y tantas preguntas vienen a mi mente al momento de escribir esta nota, pero la que más destaca es: ¿Qué le sucedió a Leandro en la noche?
Sea cual sea la respuesta, me resisto a emitir un juicio definitivo. Me gustaría pensar que somos capaces de perdonar un “error”, incluso uno tan evidente, ante alguien que nos ha regalado tantas presentaciones llenas de pasión por la música a través de su carrera.
¿No es esa la función del artista, la de generar emociones y huracanes dentro de las almas de quien escucha?
Valérie Bellerose
Leandro dejó el periódico sobre la mesa de la cocina, con una delicadeza que contrastaba con el peso que sentía dentro.
Melissa observaba en sus ojos la pena que lo inundaba en silencio.
Leandro se encontraba decepcionado de sí mismo, y eso era lo peor que le podía haber sucedido.
No había peor castigo que el que se imponía a sí mismo.
—No es tan grave como parece —intentó decir ella, con voz baja.
Pero él negó apenas con la cabeza, sin siquiera mirarla.
—Lo es… Me olvidarán —dijo mientras se apretaba las sienes con la mano derecha.
Melissa se acercó en silencio, pero no lo tocó. Se quedó a su lado, con la esperanza de que su presencia ofreciera algo de consuelo.
—¿Cómo crees que se olvidarán de ti? Valérie lo escribió, generaste emociones incluso en medio del error… y hablarán de eso. Eso es más de lo que muchos pueden decir… —dijo Melissa con la intención de animarlo.
—¡No es así como quiero que me recuerden! ¡Quiero ser grande, comparado con los mejores! ¡No quiero ser recordado como el hombre que destrozó el concierto de Beethoven! —alzó la voz, hundido en la desesperación.
Melissa retrocedió levemente.
—Vaya… —lanzó un suspiro. —Ese enojo que traes dentro, no es hacia mí. Ojalá puedas darte cuenta de ello antes de que lastimes a alguien más.
—Discúlpame, estoy muy presionado y no supe cómo soltarlo.
Ada llamó temprano esa mañana. Su voz atravesó el auricular como una ráfaga helada.
Apenas escuchó el saludo le avisó que se reunirían hoy con los directivos, quienes decidirán si el siguiente concierto habría de realizarse o no.
Su mal carácter podía percibirse incluso a metros del teléfono.
Ella tenía la peculiaridad de explotar cuando las cosas no salían a su manera, sin importarle los sentimientos de los demás.
Al colgar la llamada Leandro permaneció unos segundos en silencio.
—¿Vendrías conmigo?
—Sabes que sí, Leandro. Siempre que pueda voy a acompañarte.
Él asintió, como si su respuesta fuera tan natural como respirar.
Leandro parecía verdaderamente presionado y ella no sabía como ayudarlo.
Había llegado la hora de enfrentar las consecuencias de su grave error. Al llegar a la oficina principal, los esperaban el maestro Maurizio Varnesi, la maestra Ángeles y la directora general del Palacio, María Soledad Castillo.
Ada, por supuesto, ya se encontraba ahí desde antes.
Sentada con la espalda recta y las piernas cruzadas, lanzó una mirada de desdén a Melissa apenas cruzaron la puerta.
No se molestó en disimularla. Para ella, todo había empezado a ir mal desde que esa pintora apareció en la vida de su querido Leandro.
Él se encontraba serio, pensativo, evitaba verla a los ojos y parecía estar aguardando una noticia final que destruiría su carrera por completo. Se encontraba en manos de los directivos y de su buena voluntad.
Fue la directora María Soledad quien rompió el hielo, con voz firme.
—He pedido esta junta, Leandro, porque quiero escucharte —dijo, entrelazando las manos sobre el escritorio de madera pulida—.
No me interesa leerlo en una crítica ni enterarme por tu agente.
Quiero saberlo de tu boca, muchacho: ¿Qué fue lo que ocurrió?
¿Por qué semejante error? ¿Por qué me quitan mi tiempo con estos deslices, cuando hay responsabilidades de mayor peso que me esperan?
Sus palabras flotaron un instante en el aire. El maestro Maurizio fruncía el ceño con preocupación contenida, mientras la maestra Ángeles repasaba lentamente su libreta, como si buscara algún indicio entre sus notas.
Ada torció los ojos porque no soportaba que la hicieran a un lado. Ella consideraba que parte de su trabajo consistía en realizar estos arreglos, mediar, negociar, justificar si era necesario, y por supuesto, proteger la imagen de su músico; y sobre todo, que ella lo hacía mejor que nadie.
Estar allí, muda, como si su presencia fuera irrelevante, la hacía hervir por dentro. Estaba decidida a intervenir en cualquier momento, si eso significaba salvar su propio prestigio.
—No sé qué ocurrió, simplemente… no lo recuerdo con claridad. Para mí, estar en el escenario implica perder un poco la consciencia de lo que estoy haciendo. La música se posesiona y comienza a brotar del violín. Yo me preparé, estudié la pieza durante horas…
—Ya veo —levantó una ceja—, ya veo. Entonces… ¿Cómo debemos explicarnos semejante error, Leandro? —continuó con seriedad.
—Bueno… hemos pasado por un tiempo de estrés —intervino Melissa en un impulso por protegerlo.
La directora giró el rostro hacia ella, conservando la ceja arqueada.
—No es por ser indiscreta, pero… ¿quién es esta persona que nos acompaña? ¿Y por qué está hablando cuando no se le ha preguntado absolutamente nada? —su expresión se había endurecido aún más.
La sala pareció encogerse en un segundo.
Melissa sintió la mirada de Ada, triunfal, parecía que llevaba horas esperando ese momento. La pintora se coloreó al instante, mientras volteaba a ver a Leandro, sin saber si la respaldaría o no.
—Se llama Melissa y está conmigo, a cualquier lugar donde yo vaya, ella estará presente. Si esto es un problema, tendremos que irnos —contestó valiente e imprudentemente.
Melissa entonces le dio una patada debajo del escritorio, mientras sonreía de nervios y negaba sutilmente con la cabeza.
Ada volteó con incredulidad, abriendo los ojos, era increíble lo que acababa de escuchar. Su expresión denotaba que el odio se le había subido a la cabeza y estaba intentando controlarse antes de comenzar a decir inclemencias.
Todos los presentes estaban boquiabiertos. Nadie en esa sala esperaba ese tipo de declaración. La directora era alguien con quien no se podía hablar sin pensar.
Melissa sintió que estaban acabados, que la carrera de Leandro había terminado instantáneamente. Saldrían de allí con las manos vacías debido a aquella insensatez.
—Un hombre apasionado y atrevido —esbozó por fin la directora—. Ya veo.
Después se dirigió a la maestra Ángeles.
—¿Por qué lo has elegido a él? —le inquirió sin mover un solo músculo de la cara.
—Por su interpretación, directora. Lo he elegido a él porque, hasta ahora, lo había hecho con un perfeccionismo inigualable.
Es capaz de dominar el escenario con temple y emoción, e interpretar obras que muchos no se atreven si quiera a estudiar.
Definitivamente no sé qué fue lo que le ocurrió en el concierto pasado —argumentó sin titubear aunque la figura de la directora le imponía temor.
—Tal vez podamos seguir con el siguiente concierto, ya hemos mandado a imprimir los programas —añadió el maestro Maurizio levantando los hombros y con una actitud conciliadora —sería complicado cancelarlo a estas alturas.
El Maestro era un hombre sabio, siempre apasionado por los jóvenes talentos. Trató de tender un puente para Leandro, y para todos.
—Bien, pues más te vale que en el próximo concierto lo hagas excelente porque es tu última oportunidad —le dijo la directora a Leandro, mientras lo miraba fijamente. —Y Leandro, esta vez… no falles.
Melissa que ya se estaba acabando el aire de nervios, finalmente pudo respirar.
—Sí, directora —contestó Leandro finalmente apaciguado.
—Ahora váyanse… me tengo que quedar con el maestro Maurizio a hablar de otros asuntos más importantes —les dijo la directora Castillo mientras agitaba la mano derecha, desestimando su presencia.
Al salir Ada estaba pálida. Apenas salieron de la oficina explotó.
—¿Cómo se te ocurre decir eso? ¡¿Es que no piensas?
! —se dirigió a Leandro fulminándolo con los ojos—.
Te quedaste a nada de que te quiten el concierto.
¡A nada! ¡Ahora vas a estudiar hasta que la música te taladre en el cerebro, no quiero más sorpresas, ni equivocaciones, ni heroísmos absurdos!
¡Por eso soy yo quien debería hablar frente a los directores!
Estaba fuera de sí.
—Relájate, Ada —rió y Melissa se rio con él.
A veces Leandro no medía las consecuencias de sus actos pero él simplemente tenía suerte, parecía caminar por la vida con el destino cubriéndole las espaldas.
En efecto, ahora el concierto estaba salvado, y aunque en su interior sabía que había rozado el abismo; una parte de él ya pensaba en la siguiente ejecución, en los siguientes pasajes que estudiaría, en los errores que no podía volver a cometer.
Se encontraba aliviado, en el fondo, de tener una nueva oportunidad.
De regreso en casa, la tarde se llenó con el sonido del violín.
Leandro retomó su práctica con una mezcla de disciplina y pasión.
Mientras Leandro ensayaba, Melissa seguía sin ánimos para pintar.
Aún no estaba lista para tomar sus pinceles y brochas e intentar crear nuevas obras.
Pero eso no significaba que se quedaría inmóvil.
Subió a la recámara en silencio, cerró la puerta con cautela y sacó una caja que había escondido en el clóset.
Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y abrió una libreta en blanco que había hecho con sus propias manos, cosiendo las hojas con cuidado y encuadernándola con una tela de lino de las que usaba para sus lienzos.
Comenzó a colocar uno a uno, los programas que había recolectado de sus conciertos, y también a decorar las hojas con empeño. Le puso fechas y frases, fotografías de los dos y por supuesto su especialidad: dibujos. Era su pequeño proyecto secreto, una memoria en papel y pinturas.
Cuando terminó de pegar los programas que tenía disponibles, envolvió el álbum en una tela, escondiéndolo debajo del colchón y pensó cual sería el mejor momento para dárselo.
No quería que fuera un regalo cualquiera, tal vez se lo daría en algún aniversario o alguna fecha importante, cuando los dos tuvieran tiempo de recordar.
Aún no estaba terminado, había páginas en blanco esperando nuevos conciertos, nuevos triunfos, nuevas imágenes de ese Leandro que ella admiraba en silencio.
Desde el piso de arriba, Melissa escuchaba la música brotar del violín con tanta belleza y dedicación, parecía que nacía directamente del pecho de Leandro. No era solo técnica, era un sentimiento desbordante que llenaba todos los espacios.
Leandro parecía amar la música por sobre todas las cosas. Repasaba partes y perfeccionaba compases, siempre creciendo en su musicalidad. Cada error era corregido con paciencia, cada pasaje pulido con tanto esmero.
Melissa, recostada sobre la cama con los brazos cruzados detrás de la cabeza, lo escuchaba con una mezcla de admiración y un pensamiento doloroso surgió de la nada.
«¿Sería que Leandro amaría más a la música que a mí?» Soltó una pequeña risa, casi sin sonido.
—¡Qué tontería! —murmuró al techo. —Son formas distintas de entregarse, tienen que ser amores diferentes. Yo amo la pintura y no por eso amo menos a Leandro.
En el fondo trató de convencerse de que todo estaba bien. Las dos cosas no tenían por qué competir entre sí. Eran dos tipos de amor que tal vez, podrían encontrarse en algún punto. Como dos notas disonantes que al final, hacen armonía.
Pero no dejaba de preguntarse si ella podría alguna vez alcanzarlo.
No era algo que él dijera, era algo que ella percibía en algunos gestos, en esa entrega total que parecía no guardarse para nadie más.
Estaba en la forma en que sus ojos se encendían al tocar, en ese brillo profundo que nunca había visto reflejado hacia ella con la misma intensidad.
La música encendía un rincón de su alma al que nadie más podía acceder.
¿Cómo se puede amar más a algo que no existe?