Concierto de primavera #2
Se rumoraba que el Concierto para violín en re mayor de Beethoven era su favorito, y en cuanto levantó los brazos y la orquesta atacó los primeros compases, nadie en la sala tuvo dudas al respecto. Nadie podía dirigir esa obra como Antoine.
Melissa cerró los ojos un momento. De pronto, vinieron a su mente las imágenes de su madre, sentada junto al tocadiscos con una taza de té entre las manos. Su madre amaba la música clásica con todo su ser; no escuchaba otra cosa. Su alma entera habitaba en esas melodías.
Su padre, en cambio, era un apasionado de la ópera y de las canciones napolitanas.
Cada vez que en casa sonaban los acordes de O sole mio o Core ‘Ngrato , él cantaba por lo bajo, con emoción, como si estuviera en el palco de un teatro italiano.
Asistir a un concierto era, para Melissa, traerlos de vuelta por un instante.
Sentía sus presencias cerca, como si ocuparan los asientos vacíos a su lado.
Había crecido rodeada de música gracias a ellos que la habían enseñado a apreciarla desde pequeña. Esa noche, entre los destellos del violín, los llevaba a ambos en el corazón.
La dulzura de Beethoven comenzó a fluir a través de las cuerdas del negro violín, ese que Leandro sostenía con devoción. El bellísimo segundo movimiento le removió el corazón, tal vez por todo lo que había estado viviendo. Era una melodía contenida. Sentía que la música le hablaba directamente.
Al terminar el segundo movimiento, Leandro tomó una pausa breve. Con elegancia medida, alzó el arco y se acomodó el violín sobre el hombro con la precisión de un ritual bien aprendido.
El tercer movimiento, con su carácter vivaz y alegre, que estaba a punto de estallar, emocionaba al director Antoine de gran manera.
Era una pieza que no se presentaba ante el público de la Ciudad de México desde hacía años.
Traerla de vuelta requería tanto valentía como visión, y la maestra Ángeles, con su instinto afinado, había hecho una elección brillante.
El programa completo tenía el equilibrio perfecto entre lo virtuoso y lo emotivo.
La alegría contenida en los compases que seguían no negaba el dolor, convertía el sufrimiento en belleza.
Para ese momento la maestra Ángeles se encontraba en uno de los palcos escuchando a Leandro, mientras se aireaba con el programa de mano y miraba a través de sus binoculares dorados, sin permitir que un solo gesto en el escenario se le escapara.
No era mujer que confiara en la suerte. Sentía que cada elemento del concierto era, en cierto modo, su responsabilidad.
El maestro Maurizio Varnesi la acompañaba en el palco y ponía especial atención a las notas del violín. Era un perfeccionista al cual las notas desafinadas, por mínimas que fueran, no le causaban gracia alguna. Le resultaban un agravio personal.
Fue entonces cuando ocurrió.
A mitad del tercer movimiento, justo en uno de los pasajes más vertiginosos, Leandro cometió un desliz. Una nota, apenas sostenida, cayó donde no debía.
¡Un gravísimo error, que podría costar caro si no se retomaba el control con maestría inmediata!
El rostro de Maurizio se tensó al instante. Cerró los ojos con pesar, mientras la maestra Ángeles detenía su abanico en el aire. Era como si el tiempo se hubiera congelado entre un compás y el siguiente.
Una sola nota bastaba. Un movimiento apenas equivocado del dedo más entrenado podía significar la diferencia entre la ovación y el abismo. En el mundo de la música clásica, tan meticuloso y feroz, el margen de error era mínimo.
Había errores disimulables, por supuesto, y se podría afirmar que muchas personas dentro del público no se daban cuenta de los errores cometidos por los artistas. Pequeños tropiezos tal vez pudieran pasarse por alto si eran imperceptibles.
Pero también estaban los otros. Existían aquellas equivocaciones tan evidentes que difícilmente podían ocultarse, errores que dolían al oído experto, juzgados duramente por los grandes conocedores de este ámbito, en ocasiones tan cruel.
Hace muchos años que no vivía una situación tan embarazosa. Y también lo sabían quienes tenían en su poder la influencia para convertir un error en un desastre.
El ambiente de la sala cambió drásticamente, todos se mostraron visiblemente decepcionados.
La maestra Ángeles frunció el ceño y el maestro Maurizio abrió los ojos incrédulo como si no pudiera creer lo que acababa de suceder.
El director Antoine reaccionó de inmediato e intentó corregir a la orquesta, alzando los brazos más alto marcando el compás.
Los músicos, por su parte, hicieron lo posible por recuperar la armonía y el tiempo que se había desestabilizado.
Melissa sufrió una inmensa taquicardia puesto que sabía de las consecuencias que esto podría traer para la carrera de Leandro.
Pudo observar a Ada que se encontraba a unas cuantas butacas de la suya, cómo abría la boca como si fuera a soltar un grito aunque no emitió sonido alguno, y después la vio mostrando una cara sombría y la mirada de hielo fija sobre Leandro.
Leandro que pensaba que se había preparado para el concierto con maestría se sintió devastado.
Había repasado cada compás, cada transición, y cada trino con entrega.
Pensaba que todo lo tenía bajo control pero bastó una fracción de segundo, un giro mínimo en la colocación de su mano izquierda para que todo se torciera.
Sabía que un error podría ocurrirle a cualquiera y que incluso los más grandes caían alguna vez, que de hecho así comenzaron y esto era un paso más para su experiencia.
Pero también sabía que en su mundo, no bastaba con el talento, había que ser impecable.
Si tan solo esto no hubiera ocurrido, si tan solo hubiera podido disimularlo, su carrera no estaría en peligro. Nada lograba aliviar su vergüenza, la sensación de haber fallado justo cuando más debía brillar.
Al finalizar el concierto, los aplausos llegaron con tibieza y el público se lamentaba.
Se escuchó un murmullo incómodo y algunos abucheos de la concurrencia que retumbaron en los oídos de Leandro.
Nunca había sentido algo así, lo que más le dolió fue la pausa devastadora que hubo entre la última frase y la reacción del público.
Un abismo que en su interior se sintió eterno.
Desde el escenario alcanzó a distinguir las miradas que se cruzaban entre los altos mandos.
La maestra Amelia no aplaudía, se limitaba a sostener el programa en su regazo, y el maestro Maurizio fruncía el ceño.
Se dio cuenta que a veces el perfeccionismo lo hacía olvidar el propósito verdadero de estos eventos, que era el de alegrar la vida de los espectadores.
Leandro no habló durante todo el trayecto a casa. Caminaban uno junto al otro, pero el silencio se esparcía como bruma espesa, mientras cada uno iba absorto en sus pensamientos.
Por momentos parecía como que Leandro iba a hablar, entreabría los labios, pero no lograba articular ninguna palabra.
—Te salió bien… hasta ese momento. Nadie podrá negar eso —trató de consolarlo.
—Pero ese momento fue el que importó. El que todos van a recordar. Me sentí ridículo, ¿sabes?
Melissa apretó las manos dentro de su abrigo. Quiso decirle que ella también había sentido eso, que al recoger los pedazos de sus cuadros tuvo la misma sensación.
—No eres solo una nota mal tocada.
Leandro giró brevemente el rostro hacia ella. No sonrió, pero sus facciones se suavizaron un poco. Tal vez era lo único que necesitaba oír en ese instante.
Ambos tenían la sensación de ser un par de fracasados.
Melissa, con sus cuadros hechos trizas por un hombre que confundió obsesión con amor; y él, con una carrera que se tambaleaba frente al precipicio.
Sentía que aquel error le había arrebatado el lugar que creía seguro en el mundo, y que a partir de ahora necesitaría buscar otra cosa a la cual dedicarse.
Al llegar a casa no hubo más palabras, cruzaron la puerta y casi por instinto, se derrumbaron uno en los brazos del otro; sabiendo que, aunque todo estuviera mal, al menos en ese instante se tenían el uno al otro.