El Palacio de la Música Concierto de primavera
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Concierto de primavera



Los párpados de plomo se le quedaban pegados sobre los ojos.

El aire entraba por su nariz, pero no conseguía llenar los pulmones.

Sentía la pesadez en los huesos y las venas palpitar en su cerebro.

Si ponía atención podía sentir y escuchar la sangre fluir por las sienes.

Un ligero rayo de luz entró a través de la persiana y la hizo cerrar los ojos con dolor.

El cuerpo le dolía entero, como si le hubieran blandido a golpes el alma y hubieran destrozado sus sueños durante la noche.

—Melissa, levántate, ya es medio día… —le dijo Leandro, mientras corría un poco la sábana para descubrirla.

Su voz tosca y sonora le resonó como martillazos en el cerebro.

—No puedo —murmuró entre lágrimas —me estalla la cabeza.

Cerró los ojos otra vez intentando que la oscuridad la aliviara, pero el dolor no cedía.

Había sido una noche interminable. En la madrugada habían comenzado las punzadas, agudas y sin aviso, interrumpiendo incluso esos breves momentos en los que lograba cerrar los ojos sin pensar en todo lo perdido. Deseó dormir con desesperación, sin embargo, solo conseguía dormitar por momentos.

Leandro le tomó una mano entre las suyas con delicadeza y después la besó.

—Debes bañarte, el agua te caerá bien —le dijo suavemente acariciando su cabello.

Melissa asintió sin palabras, mas no podía moverse, el cuerpo no le respondía. Él se inclinó sobre ella con cuidado, y con sus brazos firmes la ayudó a incorporarse. Ella se sostuvo de su cuello, apoyando la frente en su hombro, mientras avanzaban despacio hacia el baño.

El agua fresca descendió como un bálsamo. Cerró los ojos y dejó que el agua corriera, arrastrando un poco del peso que cargaba. Seguía débil, pero por primera vez en muchas horas, respiraba.

El piso de la sala estaba cubierto de trozos de tela.

Parecía un tapiz de retazos y pinceladas rotas.

Una alfombra de sueños hecha jirones. Al bajar y ver como habían quedado sus preciosas obras no pudo contenerse más.

Se derrumbó sobre las rodillas y comenzó a llorar, cubriéndose la cara con las palmas de sus manos.

—En una noche lo perdí todo —murmuró entre sollozos.

A pocos pasos, Leandro se preparaba para llevar su preciado violín a reparar.

—Llevará algún tiempo para que quede como antes —le comentó contagiado de la pesadez.

Melissa apenas levantó la cabeza, con los ojos enrojecidos.

—Al menos el tuyo puede repararse —dijo ella, casi en un suspiro.

—Regresaré pronto. Ya levántate, ¿sí? Espero que estés más animada cuando vuelva —dijo Leandro mientras terminaba de ajustar la funda del violín a su espalda—. Necesito llevarlo a reparar cuanto antes.

Su voz era firme, tratando de mantener la normalidad. Cerró la puerta tras de sí.

Melissa se quedó sola, en el piso de la sala, rodeada de fragmentos inservibles de tela.

Se arrastró hacia el sofá como una débil lagartija, llevándose consigo el peso del agotamiento y cerró los ojos. Le pareció que solo había sido por un instante, pero cuando volvió a abrirlos, el sol se había movido en el cielo.

Finalmente pudo descansar del dolor de cabeza que la atormentaba y que le impedía ver con claridad. Aún así, no se levantó. No quedaba nada por hacer.

La puerta se abrió con un leve crujido. Leandro entró en silencio, dejando sus cosas sobre una silla sin hacer ruido. Al verla en la misma posición, sin haberse movido ni un centímetro desde que se fue, se detuvo un segundo.

—¿Ya quedó arreglado tu violín? —Le preguntó ella con la voz apagada.

—Tomará más de lo que pensé —contestó molesto e impaciente—.

¿Aún sigues ahí tirada? —le recriminó, lanzándole lo que había tratado de contenerse segundos antes—.

¿Cómo es posible que no te hayas levantado?

¡La vida sigue Melissa, entiendo que eran tus obras, pero igualmente puedes volver a pintar! ¡No veo la razón de hacer tanto drama!

—No se trata solo de mis obras, Leandro. No entiendes —contestó en un sollozo.

—¡Ah, que no entiendo! ¡Lo que no entiendo es porque sigues ahí tendida como un hilacho! ¡Tienes que moverte y empezar de nuevo! —contestó desesperado, agitando una mano en el aire.

Melissa lo observó como si no lo reconociera.

Esa voz que por la mañana había sido cálida, suave, capaz de cargarla hasta la ducha con ternura, ahora la hería.

No eran solo los lienzos lo que había perdido, era la certeza de ser entendida por quien más quería.

Él no lo comprendía. No veía lo que ella había perdido.

La interpretación de una obra musical era por naturaleza, fugaz. Incluso cuando era perfecta, no podía repetirse jamás del mismo modo. Ni el mismo intérprete, en idénticas circunstancias, lograría recrearla por completo. La única forma de perpetuarla era a través de grabaciones.

Una pintura, en cambio, estaba destinada para permanecer.

Bastaba con un trazo acertado, con una capa bien mezclada, para sellar el instante en el tiempo.

Esa era la diferencia entre la música de Leandro y sus pinturas; y quizás por eso dolía tanto, porque lo que ella había perdido no podía repetirse ni grabarse.

Toda la tristeza, que hasta ese momento la había mantenido inmóvil, comenzó a transformarse en coraje. Las lágrimas que escurrían por su cara, ya ahora no eran de pena, sino de furia. Porque de todas las personas que podían fallarle, él era quien más daño le estaba haciendo.

Él había conservado su preciado violín negro. Por eso no podía comprender el dolor que le perforaba el corazón; y aún más, lo estaba causando él con su indiferencia y la insistencia en que todo rápidamente volviera a la normalidad.

Tomó una bolsa negra, de las que eran para la basura, y comenzó a arrojar todos los andrajos que alguna vez fueron arte, ahí dentro. Sus manos temblaban mientras levantaba los jirones.

Marcelo, con esa obsesiva necesidad de control que tanto lo definía, se había tomado el tiempo de destruir todo con precisión. No fue un acto impulsivo, sino uno metódico. Quería asegurarse de que nada pudiera salvarse.

Amargas y saladas lágrimas le corrían por las mejillas al levantar cada uno de los pedacitos de sus obras. Cuando la sala quedó limpia y la bolsa llena, la llevó hasta el rincón más lejano y la dejó caer con un golpe sordo.

—No estoy lista para dejar que se las lleve el camión de la basura —dijo apretando los dientes.

Sin mirar a Leandro, subió las escaleras.

Al día siguiente se sintió un poco mejor. El cuerpo ya no pesaba como el día anterior, y la niebla en su cabeza comenzaba, poco a poco, a disiparse.

Escuchó la puerta cerrarse temprano, sin que Leandro dijera una sola palabra, y no volvió a verlo hasta bien entrada la noche, cuando regresó con su brillante violín ya reparado y reluciente, como si no hubiera sido dañado.

No entendía como lo había conseguido tan rápido.

El instrumento parecía intacto, en un tiempo récord.

El laudero era un viejo amigo suyo que había dejado de lado todo su trabajo con tal de arreglar el famoso violín negro.

El concierto de Primavera era al día siguiente, y no se podían cancelar las fechas.

Las consecuencias serían desastrosas: no solo para él, sino también para el director Antoine y el maestro Maurizio Varnesi.

Su carrera dependía de esa presentación.

—¿Ya quedó? —preguntó Melissa, rompiendo el silencio denso que se había instalado entre ellos desde que él volvió.

Leandro levantó la mirada.

—Sí —respondió con más amabilidad de la que había mostrado en días—. ¿Ya estás mejor?

Hubo un destello de interés en su rostro, un intento de acercamiento.

—Todavía no —admitió ella, bajando un poco la mirada—. Pero no puedo dejar de ir a la cafetería, así que debo dormir ya.

Su voz estaba aplanada, sin brillo.

—Te hará bien ver a Nora —dijo él, acercándose con delicadeza. La rodeó con los brazos y la atrajo hacia sí—. Siento mucho que haya ocurrido todo esto.

Melissa no respondió. Simplemente apagó la luz y se acomodó en silencio, acurrucándose en sus brazos.

—Hasta mañana.

Al día siguiente, tras una jornada larga en la cafetería, llegó por fin el tan esperado concierto de Primavera. Leandro le pidió que lo acompañara. Sabía que a Melissa le haría bien salir un poco, respirar otro aire, dejarse tocar por la música. Después de todo, siempre le sanaba el corazón.

—Quiero que escuches bien esta bellísima obra. He trabajado mucho para lograr la excelencia que requiere. Espero que Beethoven se sienta orgulloso —sonrió mientras se acomodaba el moño en el cuello.

—Verás que sí. Saldrá de maravilla —Melissa lo animó.

Llegaron al Palacio con sus mejores atuendos.

Melissa había elegido un vestido que no usaba desde hacía meses.

Sentía bien volver a arreglarse, volver a entrar en ese mundo donde las luces, los vestíbulos brillantes y el murmullo de la expectativa tejían una atmósfera distinta.

Era un esfuerzo necesario: dejar a un lado los escombros, al menos por una noche. Permitirse disfrutar de la música.

La maestra Ángeles había decidido finalmente que el concierto para violín de Beethoven sería la obra central de la noche.

Melissa tomó el programa del evento en sus manos y lo dobló para poder guardarlo en su bolso.

Le gustaba mucho la idea de hacer el álbum para Leandro de todos sus conciertos, sonrió pensando que le daría mucho gusto a él también.

Habían pasado demasiados días sin sonreír. Pero en ese momento, rodeada del murmullo elegante del público, con la música a punto de comenzar y el corazón un poco más quieto, volvió a sonreír.

El concierto comenzó con una energía contenida en el aire, como si cada espectador hubiera sostenido la respiración en el mismo instante.

El director Antoine ingresó a la sala con su característico andar ligero y ese buen humor inquebrantable.

Saludó con una leve inclinación al público, y el frac impecable.

Había en él una alegría genuina, contagiosa, como si cada vez que empuñaba la batuta fuera la primera.