La Sala de los espejos #2
Este había sido el golpe más bajo que Marcelo había asestado, se trataba de una venganza terrible y meticulosa.
La había despojado de sus valiosas pinturas, que eran únicas.
Era imposible volverlas a pintar. Un trazo jamás podrá ser idéntico a otro, cada cuadro era parte de su alma.
Su intento por destruirla había llegado a extremos que la habían lastimado en lo más profundo.
Era brutal. Años de trabajo perdidos en un arranque de ira.
«¿Qué había hecho? ¿Por qué no detuve esto antes?», se increpó mientras se dejaba caer a un lado de Leandro y las lágrimas corrían por sus ojos. Permanecieron en silencio unos minutos, tomados de la mano. El silencio lo decía todo.
Con la voz hecha un hilo, Leandro tomó su teléfono e hizo una llamada.
—¿Hola? —dijo una voz de mujer.
—¡Lo han robado! —contestó Leandro con la voz alterada.
—¿Qué han robado?
—Mi violín. Lo hemos perdido todo.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—¿Qué? No estoy para bromas —replicó aquella voz incrédula y molesta.
Él no respondió. Soltó el teléfono sobre la cama y se recostó sobre la espalda dejando el celular a un costado con la llamada aún activa, con la mirada perdida en el techo.
—¡¿Leo?! ¿¡Leo?! ¡Me lleva! —insistió la voz antes de colgar la llamada.
Melissa vio sus ilusiones desmoronarse una a una. Las lágrimas continuaron rodando por sus mejillas y así en silencio se lamentó.
Dos policías, uno delgado con cara de aburrimiento y el otro, gordo con bigote; acudieron casi una hora después para revisar los hechos.
—No, pues no se ve que se hayan robado nada —dijo el delgado, encogiéndose de hombros mientras revisaba el espacio sin demasiado cuidado. —Solo hicieron destrozos.
—¿Qué hay de mi violín? ¿Puede encontrar a quien hizo esto? —preguntó Leandro con el rostro aún pálido.
El oficial más robusto se aclaró la garganta, sacó una pequeña libreta arrugada del bolsillo trasero y contestó:
—Esto parece más un crimen de odio. No fue un robo, fue algo personal. Vamos a levantar una investigación e iniciar una carpeta del caso —replicó el oficial regordete. —Toma nota, Sánchez —añadió, mientras el delgado sacaba su bolígrafo como si le costara el alma.
En ese momento, se escuchó un auto frenar en seco y una figura descendiendo a toda prisa. Era Ada, hecha un mar de lágrimas y sin comprender la situación completamente.
—¿Qué ha sucedido, Leo, cariño? ¡¿Dónde está el violín?!—gritó tratando de llamar la atención de todos y volteando a ver a Melissa con la mirada más dura que de costumbre.
—No sabemos, Ada —respondió la joven.
—Todo esto es tu culpa —dijo mientras la apuntaba con un dedo.
Melissa tragó saliva, pero no contestó. En parte sí había sido su culpa. Debió detener a Marcelo antes de que todo esto sucediera, y ahora, era muy tarde.
— Vámonos, Leo. Ya no tienes nada que hacer aquí —dijo Ada con el rostro encendido de furia y la voz cortante.
Leandro la miró contrariado.
—Ada, nos vemos mañana para ver qué hacemos. Vete por favor. Necesito descansar —dijo finalmente, serio y molesto, mientras hacía el ademán de despedirla a la calle junto con los policías.
Sin esperar su réplica, hizo un gesto hacia la puerta, como despidiéndola no solo de la casa, sino del caos que había traído consigo.
Ada le lanzó una mirada de odio a Melissa antes de subir a su automóvil. Se fue dejando tras de sí olor a perfume caro, rabia contenida y un rechinido de llantas.
Los policías subieron a su patrulla y partieron también después de explicar de nuevo que darían su informe para iniciar la carpeta de investigación correspondiente.
Luego arrancaron sin prisa, como si lo ocurrido fuera apenas una nota más en su jornada rutinaria.
Melissa los observó alejarse desde la entrada.
En el fondo sabía que no pasaría nada, que Marcelo no enfrentaría consecuencia alguna y que su crimen quedaría impune. Estaban perdidos.
Al entrar a la casa nuevamente contempló todos los fragmentos de sus pinturas.
No tuvo fuerzas para recogerlos y tirarlos a la basura.
La casa seguía oliendo a madera rota. Un pedazo de tela roja colgaba del sofá, deslizándose lentamente hacia el suelo.
Era un fragmento de su Cielo rojo . Se inclinó para recogerlo cuando observó que detrás del sillón había un objeto oscuro, parecía algo de piel.
—¡Leandro! ¡Ven! —gritó con urgencia e incredulidad, para que pudiera escucharla y mientras señalaba aquel objeto —Es…
Leandro acudió de inmediato, se agachó a su lado, y al verlo exclamó:
—¡Mi violín!
Lo tomó con manos temblorosas, como si no pudiera creer que realmente estuviera ahí. Abrió el estuche con rapidez. El violín negro seguía dentro, con un par de rasguños visibles, pero entero. Cerró los ojos un segundo y lo abrazó con fuerza, apoyando la frente sobre el instrumento.
Parece ser que mientras Marcelo destruía las pinturas, el violín debió caer a la parte de atrás del sofá y Cielo rojo lo cubrió como un manto protector.
Leandro tomó el violín en sus manos y lo sujetó contra su pecho.
—¡No puedo creerlo, aquí está, Melissa! —exclamó eufórico. —Mañana mismo lo llevaré a reparar.
Todo rastro de preocupación se borró de su rostro, Leandro había vuelto a la normalidad, actuando como si no hubiera sucedido nada.
Para él, todo lo anterior —los cuadros, la policía, Ada, el caos— quedó reducido a un mal recuerdo.
Subió a la recámara y no pasó mucho tiempo antes de que se quedara profundamente dormido.
Melissa, en cambio, no se movió del sofá. Su arte, su refugio, sus años de esfuerzo… yacían hechos pedazos a su alrededor y la ilusión de realizar una exposición ahora se sentía lejana.