El Palacio de la Música La Sala de los espejos
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La Sala de los espejos



Bajo la gran escalinata que se encontraba a la entrada, había un pasillo cubierto de hiedra y helechos que le daban un aire de frescura. Por momentos le daba la impresión de que estaba fuera de la ciudad, en un lugar rodeado de tanta naturaleza.

Una gran explanada se hallaba al pie de la escalera donde las personas se reunían antes de los conciertos.

Algunos conversaban en voz baja, otros hojeaban programas, y había quienes simplemente esperaban en silencio, observando el ir y venir de la gente con ojos atentos.

El pequeño restaurante a un costado de la explanada, siempre estaba abarrotado por servir deliciosos bocadillos antes de cada presentación.

Frente al restaurante, el museo de arte contemporáneo ofrecía exposiciones itinerantes de artistas plásticos de todo el mundo.

Melissa lo observaba desde lejos, en silencio.

Cerró los ojos un momento e imaginó algo imposible de ignorar: un día, sus cuadros colgados en aquellas paredes.

No se trataba solo de una fantasía. Era una promesa silenciosa que se hacía a sí misma.

La Sala de los Espejos llevaba su nombre debido a que estaba completamente cubierta por enormes espejos en su interior, que corrían desde el piso hasta el cielo y que le daban una sensación de amplitud, multiplicando la luz, el movimiento y hasta el sonido.

Estar dentro de ella era como entrar en un espacio suspendido entre el cielo y la tierra, donde la realidad se fragmentaba en reflejos infinitos.

El escenario, ubicado al centro, parecía flotar sobre la superficie pulida.

Era un círculo de madera clara, sutilmente elevado, sin cortinas ni telones que ocultaran su interior.

Sobre él, colgaban varios candelabros de cristal tallado, cuyas luces cálidas caían como lluvia dorada sobre los músicos.

Durante las funciones, esa luz se mezclaba con los destellos de los instrumentos, haciendo que todo brillara con un fulgor casi sobrenatural.

La música no solo se escuchaba: parecía correr por las paredes, multiplicarse en los cristales, envolver a los asistentes como un eco que no se quería marchar.

El Concierto para violonchelo en mi menor de Elgar, que se presentaría esa noche, la colmaba de emoción.

Desde que lo escuchó por primera vez, se había convertido en una de sus piezas favoritas: melancólico y profundo.

Además Leandro iría como su acompañante.

La idea de compartir esa música con él le provocaba una vibración distinta.

No era solo su compañía, ni el hecho de volver a tenerlo a su lado después de su viaje; era saber que, por un rato, estarían los dos sumergidos en la misma música.

En la entrada se encontraron con Valérie Bellerose.

Iba sola, como siempre, envuelta en un abrigo de lana negra con detalles dorados en los puños y el cuello, y un peinado alto que no dejaba un solo cabello fuera de lugar.

Como siempre, elegante, emperifollada hasta el cuello, caminaba con la barbilla ligeramente alzada, como si ya hubiera emitido su veredicto antes de que la primera nota sonara.

—Ah, Leandro —dijo con una sonrisa—. Qué gusto verte de nuevo. Luego volvió la mirada hacia Melissa y asintió con la cabeza.

—Espero que el concierto esté a la altura de este recinto. Y del repertorio, claro está —añadió, antes de avanzar hacia su asiento reservado en una de las primeras filas.

Melissa se quedó unos segundos mirando su figura alejarse. Valérie era conocida por su columna musical, afilada como una hoja recién afilada, y no había artista que no temblara un poco al saber que estaba entre el público.

En su siguiente columna verían si el violonchelista sería devorado ferozmente o halagado de acuerdo a su desempeño en la presentación de hoy.

—¿Siempre es así? —preguntó Melissa en voz baja mientras caminaban hacia sus lugares. Leandro sonrió, resignado.

—Siempre. Pero cuando te elogia… lo hace con palabras que puedes colgar en la pared.

Este concierto le representaba mucho más que una salida nocturna, era un respiro, un momento en el cual podía simplemente escuchar música al lado del hombre al que amaba.

Una pausa. Mientras esperaban que las luces bajaran y el murmullo del público se desvaneciera, Melissa se permitió imaginar, solo por un instante, que nada malo estaba ocurriendo en su vida, que Marcelo estaba lejos y que nada malo podía ocurrirle.

Y si no podía librarse del miedo, al menos podía cubrirlo con música.

Le gustaba observar a todos los músicos de la orquesta e intentar identificar uno por uno los sonidos que iban produciendo con sus respectivos instrumentos.

El violonchelista movía sus manos con una gran destreza brindándole a la pieza la emocionalidad perfecta.

Dolor, dulzura a momentos y belleza inigualable.

La obra de Elgar era magnífica, sí, pero en esa interpretación se sentía poderosa, cada segundo que pasaba le cortaba la respiración.

Había momentos en que el sonido la quebraba por completo.

Otros en los que la elevaba. Y en todos, se sentía profundamente humana.

Al terminar el concierto debían saludar a las personalidades del mundo musical que se encontraran presentes. A ese pequeño universo de nombres que daban forma al círculo artístico más selecto de la ciudad.

Leandro, acostumbrado ya a estos encuentros, caminaba con naturalidad entre los asistentes, intercambiando saludos, breves frases de cortesía, algún elogio bien colocado.

Melissa lo observaba con cierta distancia, admirando su soltura y al mismo tiempo sintiendo que ella aún era una visitante en ese mundo.

—Ya te están haciendo competencia en popularidad, Leandro —le mencionó el maestro Maurizio en un tono bromista pero amable, refiriéndose al violonchelista que acababan de escuchar.

Leandro sonrió.

—¡Sería imposible, no hay otro como él! —Melissa contraatacó, lanzando una mirada cómplice a Leandro.

Afortunadamente todos rieron.

—Me gusta la actitud de Melissa —dijo el Maestro—. Sabe bien quién lleva la delantera.

Parecía que la música clásica era una eterna competencia entre colegas por ver quién era el mejor, el más astuto, el más famoso y por supuesto el más grande.

Parecía más a una pista de competencia que a un escenario de arte.

A Melissa le parecía que a veces se olvidaban que las interpretaciones son distintas, que cada quien hace su mejor esfuerzo y que la música es bellísima en sí misma, gracias a aquellos compositores que ya no estaban y que habían dejado un legado maravilloso.

Se despidieron con sonrisas corteses, estrecharon algunas manos más, y finalmente emprendieron el camino a casa.

—Yo creo que el violonchelista estuvo fantástico —dijo a Leandro impresionada aún por el concierto.

—¡Así es, cuánta pasión! —comentó animado —deberíamos asistir a más de estos. A veces practico demasiado para ser yo quien se suba al escenario, y se me olvida lo que es ser un espectador. Escuchar y disfrutar sin la presión de estar allá arriba.

Melissa lo miró de reojo y sonrió.

—Leandro, ¿dejaste la luz de la sala prendida? Recuerdo haber apagado todo antes de salir —comentó la pintora mientras se aproximaban a la casa. Al dar los siguientes pasos comenzó a sentir que poco a poco le faltaba el aire.

Leandro no dijo nada, solo apretó los músculos de su mandíbula y exprimió el aire de sus manos hasta que quedaron dos puños como rocas. Había terror en sus ojos.

Fue a través de la puerta forzada que se percataron con horror de los destrozos. Melissa sintió en lo más profundo de su alma una gran intrusión a su hogar y a su vida entera. Algo irrecuperable acababa de quebrarse.

La casa estaba vacía, no había ni un solo rastro de vida humana en ese lugar.

Al entrar, Melissa descubrió con gran dolor todos sus cuadros destrozados.

Todo su trabajo y esfuerzo desgarrado a navajazos.

Desgarrados con furia, como si alguien hubiera querido borrar su existencia.

Los lienzos yacían en trozos de tela de colores, pedazos de madera provenientes de los marcos, desparramados por el piso junto con todas las ilusiones de algún día tener una exposición.

Los marcos de madera habían sido rotos con saña, astillas dispersas entre manchas de color y sueños rotos.

—¡El Zafiro! — gritó con la voz rota por el pánico. La idea de perder el valioso zafiro le generó un miedo tal que sobresalía al dolor de ver todos sus cuadros estropeados. Sentía que si el zafiro desaparecía, se llevaría con él la última hebra de esperanza que aún le quedaba.

Corrió a su recámara para revisar los cajones lo más rápido que le dieron las piernas, tropezando con algunos restos de madera por el camino.

Recorrió los compartimentos una y otra vez hasta que, por fin, lo vio: el zafiro seguía ahí, oculto donde lo había dejado.

La persona que había hecho esto no lo había visto.

Se apoyó en el buró, cerrando los ojos por un segundo, dejando que el aire volviera a sus pulmones.

—¡Mi violín! —exclamó Leandro desde el pasillo. —¡No está mi violín!

—¡No puede ser! ¡Tiene que estar por ahí! —gritó sumida en una profunda angustia, casi suplicando.

Melissa comenzó a recorrer de prisa cada rincón, buscó detrás de las cortinas, desesperada, sujetándose los cabellos mientras intentaba sin éxito encontrar el violín negro.

Leandro en cambio, no se movía, simplemente se sentó en la cama con la mirada perdida, completamente desconsolado.

No podía creer lo que estaba sucediendo.

Aquel violín negro no era un simple instrumento: era su historia, su voz, su más importante posesión.