Sin firma #2
—¡Yo no soy de nadie! —gritó dejando impactada a la señora. El silencio que siguió se sintió más pesado que el bullicio de antes. La señora se quedó con la boca entreabierta, sorprendida, como si no entendiera por qué una frase tan simple podía sonar tan cargada.
Melissa salió de La Tetera Roja con una cubeta de agua y sin pensarlo lanzó el agua con todas sus fuerzas hacia el muro, esperando que la pintura pudiera deslavarse y borrar su nombre.
El chorro golpeó la pintura roja con un sonido sordo.
La palabra se escurrió, pero no desapareció.
Su nombre seguía ahí. Solo logró que la pintura se escurriera.
Alterada se dobló en un llanto frente a la pared con las rodillas sobre el concreto, mismo que se acompañaba de coraje, de impotencia y angustia.
Se cubrió el rostro con las manos mojadas, mientras las lágrimas le corrían por los dedos, mezclándose con los restos de pintura.
Ya no podía fingir que todo estaba bien.
Sintió entonces una mano cálida sobre su hombro derecho. Se apoyaba con dulzura sobre ella. Al voltear, descubrió a Nora. Le sostenía el hombro con la mano izquierda, mientras que en la otra traía una cubeta con agua.
—A un lado, Melissa —dijo de pronto Dania, que acababa de salir del café con una tercera cubeta y una escoba. Se arremangó la blusa y lanzó el agua contra la pared con fuerza, salpicando todo. Luego empezó a tallar. Sin pedir permiso. Sin hacer preguntas.
—Tú harías lo mismo por nosotras —contestó Nora mientras llenaba otra cubeta con agua clara y la lanzaba de nuevo contra la pared. Poco a poco, con las talladas, iba perdiendo el rojizo color.
Ríos rojos corrían por la acera mientras lágrimas cristalinas lo hacían por el afligido rostro de Melissa.
Esa noche, al llegar a casa, intentó hacer lo de siempre: puso música suave, preparó un té de manzanilla y dejó encendida solo una lámpara cálida en la sala.
Pero no funcionó. No tenía cabeza para pintar, ni ganas.
El color no servía cuando el miedo estaba tan cerca del cuerpo.
No encontraba la salida y ni siquiera la pintura podría calmarla en este momento.
Fue a su recámara y se dirigió al buró de madera oscura que tenía a un lado de la cama. Tomó el zafiro de entre los dedos.
—¿Qué debo hacer, Azura? —lo apretó firmemente contra su pecho.
Se suponía que la ayudaría a guiarse, pero no pasaba nada.
Marcelo cada vez estaba más imprudente e impaciente; era un hombre que aparentaba estar perfectamente alineado y en el fondo estaba desequilibrado, roto.
Tomó la nota que le había enviado y la volvió a leer.
Se sintió enojada, acorralada, en esencia Marcelo quería que terminara con Leandro.
—¿Que le diga de lo nuestro? —dijo con la voz quebrada por la incredulidad—. ¡Si entre nosotros no hay nada!
—¿Qué audacia la suya, la de creerse con derecho de decirme a quién debo amar? —continuó, ahora con rabia—. ¿Cómo se atreve a intentar alejarme del hombre al que amo?
Melissa presenció sus advertencias y amenazas como lo que eran: un verdadero peligro.
No sabía de lo que sería capaz de hacer si no cumplía lo que Marcelo decía.
Y precisamente eso era lo que le daba terror, no conocer los límites de alguien que ya había cruzado varios.
Se reprochó en silencio no haber ido a la policía antes.
Pero ¿qué podían hacer ahora? No había pruebas reales. Marcelo había sido cuidadoso. Ninguna firma, ninguna cámara, ninguna mano visible. Solo un nombre pintado con perfección escalofriante en una pared, y una carta escrita como si supiera exactamente cómo entrarle al alma.
De pronto, sonó el timbre.
El corazón le dio un salto. El cuerpo reaccionó antes que la razón: se quedó inmóvil. Una parte de ella quería gritar. Otra, esconderse. Tal vez sería conveniente quedarse adentro y no abrir la puerta.
Sonó el timbre de nuevo.
Tomó aire y se obligó a caminar hasta la puerta y asomarse por la mirilla. Era Leandro.
Sus ojos se humedecieron al instante, y el nudo que tenía atorado en la garganta pareció aflojarse solo un poco. No era el fin del miedo, pero era un respiro.
—¡¿Qué haces aquí?! —exclamó entre risas y un suspiro que parecía devolverle el alma al cuerpo. Dio un brinco hacia él y Leandro la sostuvo con fuerza—. ¡Deberías aún estar en Europa! ¡No sabes el susto que me has dado!
Se abrazaron y besaron con esa mezcla de ternura y urgencia que solo tienen los reencuentros deseados. Por un instante, todo pareció detenerse.
—Entra, entra —le dijo tratando de que avanzara rápido mientras ella intentaba arrastrar su pesada maleta.
—Regresé antes y quise sorprenderte. ¡Tenía tantas ganas de verte! —Volvieron a abrazarse, esta vez durante más tiempo. —¿Puedo darme un baño? Estoy agotado y necesito refrescarme.
Leandro alzó la maleta sin esfuerzo, como si no pesara nada y la acomodó cerca de la puerta. Melissa, en cambio, se apresuró a cerrarla con doble vuelta, lanzando una mirada fugaz hacia afuera. El corazón le martillaba el pecho: no por la emoción, sino por el miedo.
¿Y si Marcelo los había visto? ¿Y si ya sabía que Leandro había regresado? No podía tener un solo minuto de paz.
—¡Sí que fue una sorpresa! No me lo esperaba en absoluto —exclamó, forzando una sonrisa.
Él no tenía idea del alivio real que le provocaba tenerlo de vuelta. Y tampoco del peligro que los rodeaba.
Leandro abrió el agua de la regadera y tras probar la temperatura del agua con la mano, se metió a bañar.
Mientras tanto Melissa decidió esperarlo en la cocina y preparar un plato de frutas para cenar. Subió el volumen a la sonata de Brahms que sonaba de acompañamiento.
De pronto se escuchó un ruido estruendoso que venía de la calle, justo afuera de la casa. Melissa se quedó inmóvil por un instante.
«¿Qué está pasando?» pensó, a la par que sus ojos se movían por instinto hacia la ventana.
Al asomarse alcanzó a ver un auto negro que arrancaba con violencia, las llantas patinando sobre el pavimento. Lo reconoció al instante: era el auto de Marcelo. El mismo modelo, el mismo color.
—Ya nos vio… —murmuró en voz baja, asustada. Sintió un ardor en el estómago. Las lágrimas le subieron a los ojos sin el menor esfuerzo. No sabía cómo detenerlo.
Leandro salió del cuarto de baño.
—¿Escuchaste eso? —preguntó Leandro, frunciendo el ceño mientras caminaba hacia la ventana—. Pareció un accidente… como un banquetazo. ¿Qué habrá pasado?
Se inclinó ligeramente para intentar ver desde el ángulo opuesto al de Melissa, pero la calle ya estaba vacía. Solo el silencio.
—No lo sé —respondió ella en voz baja, aún temblorosa—. Pero ya no hay nada.
—¿Qué tienes? ¿Estás llorando? —le inquirió preocupado, mientras la rodeaba con sus brazos.
—He estado intranquila desde hace días, cualquier ruido por pequeño que sea, me altera —le contestó con tristeza al observar el problema tan grande en el que ahora estaban metidos, gracias a Marcelo.
—Ya estoy aquí —le dio un beso en la frente.
Precisamente eso temía.