Sin firma

Petite suite: I. En bateau (arr. Henri Büsser for orchestra) - Claude Debussy
Song of Time - Abel Korzeniowski
Los días sin él transcurrieron como de costumbre, entre pasteles, cafés, óleos y colores.
Y sin embargo, todo tenía un matiz distinto.
Leandro tenía una forma extraordinaria de hacerse presente aún cuando se encontraba a kilómetros.
Melissa se aferraba a la idea de que faltaban pocos días.
Lo contaba en el calendario como si tachar cada número le acercara a su cuerpo.
Extrañarlo se había convertido en una sensación que le ardía en la boca del estómago.
A veces se sorprendía pensando en voz alta:
¿Cómo es Luxemburgo? ¿Qué lugares tan maravillosos estará conociendo? ¿Me extrañará tanto como yo a él?
Europa, con sus castillos cargados de historia debía ser un lugar impresionante, o al menos así lo imaginaba.
Hablaban por teléfono todas las noches cuando Leandro al fin llegaba al hotel después de asistir a ensayos y audiciones, y él le contaba qué era lo que había ocurrido en su día, cuál era la música que había estado estudiando y también que lugares había conocido.
Ella añoraba ver su rostro pero sobre todo el poder tocar su piel de canela.
—Solo son unos días… no se irá para siempre —se repetía Melissa una y otra vez, como si la frase pudiera amortiguar el vacío.
Era el mantra de una enamorada que intentaba convencerse.
Por suerte, Nora y Dania no la dejaban sola. Sus tardes transcurrían entre cantos, risas y el aroma constante de café recién molido. El aire en La Tetera Roja olía a azúcar, harina y compañía.
Dania se había integrado como si siempre hubiese estado ahí.
Tenía ese tipo de alegría que no necesita esfuerzo, una calidez genuina que envolvía a todas como si fueran hermanas.
Con ella cerca, los silencios no pesaban.
Y Melissa agradecía, en el fondo, tener a alguien así cuando su pecho se sentía un poco más hueco de lo normal.
Durante el turno de la mañana, mientras Nora preparaba una jarra de café especiado y Dania canturreaba algo en voz baja, don Horacio —cliente habitual y lector empedernido— levantó la vista de su periódico.
—Mire, señorita Melissa —llamó con su tono pausado, arrugando la hoja entre sus dedos—. ¿Ya vio esto?
Le tendió el periódico abierto, marcando la nota con una uña gruesa. Melissa tomó el papel y leyó.
Hallan cuerpo sin vida de una joven en calle de Coyoacán; autoridades investigan
Ciudad de México, 24 de febrero de 2014 — La mañana del lunes, vecinos de Coyoacán reportaron el hallazgo del cuerpo sin vida de una mujer joven en una pequeña calle adoquinada, conocida por su tranquilidad y cercanía a diversas cafeterías y centros culturales.
La víctima fue identificada de manera preliminar como Martina “N”, de aproximadamente 29 años.
De acuerdo con versiones extraoficiales, su cuerpo fue hallado recostado sobre una jardinera, sin signos visibles de violencia a simple vista, aunque peritos de la Fiscalía General de Justicia capitalina realizaron el levantamiento correspondiente para iniciar las diligencias.
“ La vimos ahí, como dormida. Al principio creímos que se había desmayado, pero no respondía. Llamamos a una patrulla y llegaron en unos minutos ”, relató una mujer que pidió permanecer en el anonimato.
Hasta el momento, las autoridades no han revelado la causa de la muerte.
Versiones extraoficiales mencionan que no se encontraron documentos con la víctima, y que fue una persona cercana quien logró reconocerla horas más tarde.
Elementos de la policía acordonaron la zona y varios negocios aledaños permanecieron cerrados durante parte de la mañana.
Por ahora no hay detenidos ni se ha confirmado si se trató de un crimen.
Sintió cómo el estómago se le apretaba con un movimiento seco. Las palabras brincaban: joven , jardinera , sin signos visibles de violencia , no hay detenidos . La calle descrita le sonaba demasiado.
—Dicen que parecía dormida —murmuró don Horacio, volviendo a su asiento—. Muy extraño, ¿no cree?
Melissa asintió en silencio. La tinta del periódico manchaba ligeramente sus dedos. No pudo evitar mirar hacia la ventana, como si algo pudiera acechar desde allá afuera.
Después del trabajo, Melissa salía casi corriendo. No saludaba mucho, no se detenía en el camino. Al llegar a casa, cerraba la puerta con dos vueltas de llave y se lanzaba de lleno a su refugio: el estudio.
Pintaba por horas, perdida en los detalles. A veces, se sorprendía esperando que esas figuras en el lienzo respiraran por sí mismas. Pero algo había cambiado.
Desde hacía unos días, caminaba con los sentidos tensos.
Miraba hacia atrás con más frecuencia. Cruzaba la calle si veía a alguien detenerse.
Bajaba el volumen del celular. No había vuelto a dormir del todo bien.
Entre la pintura y el desvelo, las noches se volvían pesadas, y los días parecían arrastrarse como si se negaran a pasar.
Marcelo le había dejado un nuevo hábito: el de mirar por encima del hombro. Desde el incidente del corazón, ya no se permitía caminar distraída admirando las calles de su adorado Coyoacán.
Pasaron varios días en una calma tensa. Melissa seguía su rutina como si todo estuviera en orden, pero cada gesto revelaba algo de inquietud.
Salía de casa temprano, regresaba directo, evitaba callejones y acortaba conversaciones.
Pintaba por las noches hasta que los párpados no podían más, pero no siempre por inspiración: a veces, solo por no pensar más en aquello que estaba viviendo.
El miedo no la había paralizado, pero sí la había transformado.
Había aprendido a moverse como alguien que sabe que está siendo observado.
Variaba sus rutas, tomaba atajos inesperados, y se detenía estratégicamente antes de cruzar las esquinas.
Empezó a entrenarse con pequeños ejercicios de memoria: ¿Qué llevaba puesto la mujer que cruzó a su lado?
¿De qué color eran los ojos del desconocido que la miró desde la banca?
¿Cuál era la placa del auto que aceleró al doblar la calle?
Esa mañana, como todas, giró dos veces la llave y tiró suavemente de la puerta para confirmar que estuviera bien cerrada. Respiró hondo antes de salir. El aire estaba frío y nítido. Empezó a caminar con paso firme, intentando enfocarse en el día por delante.
Pero al llegar a la Tetera Roja, todo se detuvo. Frente al ventanal, en la blanca pared que siempre había estado vacía y limpia, ahora se leía una frase:
MELISSA MÍA
Las letras eran rojas, trazadas con una precisión escalofriante: cada una del mismo tamaño, perfectamente alineadas. La pintura aún brillaba con esa humedad tibia de lo recién hecho. No llevaba mucho tiempo ahí.
Desde dentro de la cafetería, cualquiera podía leerlo. No era un mensaje privado. Era una declaración.
Melissa sintió que algo le empujaba el estómago hacia el suelo. Se quedó quieta unos segundos, sin poder moverse, como si al hacerlo la frase pudiera cambiar o borrarse. Pero no lo hizo. Seguía ahí, inamovible, y dirigida a ella.
—Ese enamorado tuyo sí que tiene buenos detalles —declaró doña Luz sin sospecha de que aquello había representado para Melissa un acto de hostigamiento y no uno de amor.
Nora y Dania que ya se encontraban en el lugar, intercambiaron una mirada rápida. Fue como una chispa silenciosa que estalló entre ambas: incredulidad, alerta, una rabia contenida.
Dania fue la primera en hablar.
—Melissa… mira esto —dijo con voz baja, sin apartar los ojos de la entrada.
Señalaba hacia la maceta de margaritas que decoraba la puerta del café. Allí, cuidadosamente apoyado bajo las hojas, había un sobre blanco con el nombre de Melissa escrito con tinta negra. A Melissa se le heló la piel.
Esas eran las flores favoritas de la madre de Melissa, a ella le gustaban porque a su vez habían sido las flores favoritas de su madre, un cariño floral que había sido aprendido a través de generaciones.
Melissa se inclinó y tomó el sobre blanco con las manos temblorosas. Lo abrió para descubrir una nota escrita con la misma letra que el espeluznante grafiti que ahora adornaba la pared frente a la cafetería.
Melissa mía,
Ayer por la tarde mientras recogías tus cosas para salir del trabajo, pensé en lo hermosa que te veías.
Tu cabello suelto que volaba dulcemente con el viento delineaba tu rostro y marcaba tus cejas color avellana.
A pesar de tu evidente cansancio no pude apartar los ojos de ti y la belleza que te caracteriza.
Y cuando te agachaste para recoger las llaves que se te habían caído, justo antes de cerrar la puerta de la cafetería, me volví loco.
Melissa mía, no puedo dejar de soñar con el día en que, por fin, estemos juntos. Aquel alegre día llegará pronto, como lo he imaginado desde hace tanto.
Parece que no le has dicho nada de lo nuestro a tu novio, el músico. Lo he visto contigo, sonriente e inseguro. ¿Qué espera alguien como él? ¿De verdad cree que puede sostener lo que hay entre nosotros?
Más vale que lo termines y que no tardes mucho, Melissa. Recuerda que soy algo impaciente. No voy a descansar hasta que seas mía.
No sabes de lo que soy capaz.
[Sin firma.]
—Ya no le importa nada —pensó mientras doblaba la carta y la guardaba en su bolsillo para que nadie la viera, ni siquiera Nora.
Aunque Nora con su sensibilidad e inteligencia no necesitaba leer una carta para saber que algo no andaba bien.
La conocía lo suficiente para observar cómo apretaba la mandíbula sin darse cuenta.
—¿Y bien? ¿Qué dice? ¿Quién será aquel afortunado que te llama suya? —mencionó una de las amigas de Doña Luz, sonriendo entre inocente y entrometida.
Melissa levantó la vista sin sonreír. El miedo no le permitía fingir.