Un nuevo comienzo

El nuevo año había llegado sin anunciarse.
El tiempo seguía avanzando sin detenerse a mirar atrás.
Melissa sintió el frío en los pies al cruzar la sala.
Se detuvo frente a la pared. Ahí estaban sus cuadros, acomodados con cuidado: Cielo rojo , El bosque inundado , La fuente de Bryant Park .
Todas sus obras juntas. Algunos le gustaban más que otros, pero sintió gratitud al ver todo el esfuerzo por fin plasmado en tantos colores.
—Tal vez teniendo algunos cuadros más pueda finalmente montar una exposición. Este año sí —pensó orgullosa de lo que hasta ahora había logrado. Después preparó el caballete y un lienzo en blanco.
La luz entraba por la ventana y caía justo sobre la mesita de la sala donde las orquídeas de Melissa descansaban.
Las blancas se erguían con elegancia, las magenta abrían sus alas en distintos matices.
Había una amarilla que parecía encendida por dentro y dos de un color rosa tan sutil que parecía casi transparente.
Melissa se acercó despacio, e inhaló profundamente.
El perfume era casi imperceptible, unas ligeras notas dulces en el aire.
Solo podía apreciarse si atendía con todos los sentidos, olía delicioso.
Eran extrañas las orquídeas, dotadas de una belleza agresiva, y al mismo tiempo tan delicadas.
Hermosas pero sin ser dóciles. Parecía que estaban enojadas aunque no podrían estarlo luciendo aquellos colores.
Melissa las amaba, así como ellas amaban la mañana.
Tomó sus pinceles para retratarlas, era sin duda el cuadro más difícil de todos.
Su belleza natural trascendía los colores al óleo.
Leandro llegó temprano con el violín negro colgando a la espalda.
—¿Puedo pasar? —preguntó, mirándola con media sonrisa.
Melissa le abrió paso hacia a la sala, no dijo nada pero le gustaba tenerlo ahí.
—No quiero interrumpirte —dijo mientras dejaba el estuche del violín junto al sillón—. Tengo que repasar el concierto, pero pensé que tal vez podía hacerlo aquí… contigo. Pensé que sería un buen momento para estar juntos.
La joven entonces hizo a un lado sus pinceles y el caballete, dejándole espacio.
Leandro sacó el violín y lo afinó sin decir palabra.
Pronto, las notas comenzaron a fluir, suaves al principio, como si tantearan el aire.
Ella creaba orquídeas de un ciruela profundo, con gotitas de agua clara en los pétalos que parecían recién bañados.
La música era el perfecto acompañamiento para las pinturas. Los trazos se iban como hilos junto con las notas que se deslizaban por las cuerdas del violín. De vez en cuando volteaban a verse con una mirada de cómplices del arte. Melissa no necesitaba más pruebas, estaba completamente enamorada.
—¿Es esto real? —Dijo la joven refiriéndose a aquello que estaban viviendo, a veces le costaba trabajo pensar que algo pudiera ser tan maravilloso.
Leandro la miró como si la pregunta no necesitara respuesta.
—Claro que es real. No hay nada más real que tú y yo. Solamente tus orquídeas son más reales. ¡Mira nada más! ¡Casi se salen del cuadro! —Contestó exaltado. —Pronto tendrás listos tus cuadros y yo te ayudaré a que tus sueños se hagan realidad.
—Y yo te ayudaré a realizar los tuyos, Leandro —sonrió.
Se dieron la mano con un fuerte apretón, sellando un pacto de amor. Melissa no cabía de felicidad de haber encontrado a alguien con quien compartir su arte. La música de Leandro llenaba su pecho y sus pinturas coloreaban el lugar. Por primera vez en mucho tiempo sintió que no podía pedir nada más.
—¿Quieres que me quede esta noche? No me siento tranquilo desde aquel… incidente, prefiero quedarme cerca, si tú quieres —le dijo refiriéndose al corazón muerto.
Melissa asintió. Cada vez que recordaba aquel corazón, el repugnante olor a podrido regresaba a su mente y el temblor de las manos volvía también.
—Claro que sí, por mí quédate toda la vida —dijo soltando una risa nerviosa.
—Será una maravillosa forma de comenzar el año.
Melissa se perdió en esos ojos negros en un enorme abismo, flotando en la nada, amando sin sentido, dejando que el amor la envolviera.
Entonces recordó las palabras de Niloofar.
“Una vez que amas a un músico se queda su música contigo” —repitió en su mente. Quizás no era una condena, y no estaba tan mal quedarse con su música después de todo.
—Mañana tengo otra reunión con algunos directivos del Palacio. ¿Quieres acompañarme? —dijo emocionado.
Melissa asintió sin pensarlo. Le gustaba estar cerca de él, incluso en los espacios donde todo giraba en torno a la música. Sentía que también formaba parte de su mundo.
Al día siguiente quedaron de verse en un restaurante lujoso en Polanco.
Las lámparas colgantes proyectaban reflejos dorados sobre la mesa de mármol donde esperaban a los demás: Ada, el maestro Maurizio, el siempre atento director Antoine y la maestra Ángeles, encargada de la planeación de los eventos.
La primera en llegar fue Ada, con sus cabellos negros y lentes oscuros, dando taconazos como un metrónomo descompuesto.
—¡Ah, cariño! —Sonrió hipócritamente. —No esperaba verte aquí —le dijo a la joven pintora.
Tomó asiento a un costado de Leandro después de darle doble beso como si fuera europea.
Los maestros y el director Antoine no tardaron en llegar. Pronto, unas copas brillaban sobre la mesa, llenas de colores ámbar y rojo.
A la derecha de Melissa se acomodó el maestro Maurizio Varnesi, siempre sonriente, con esa calidez de quien sabe hacerse querer sin esfuerzo.
Frente a ella, la maestra Ángeles—subdirectora del Palacio—le extendió la mano con gesto firme.
Era una mujer de rostro amable, cabellos rizados perfectamente colocados y una forma de hablar pausada, antigua, casi teatral.
Melissa la escuchaba con atención. Cada frase parecía ensayada, cada palabra pulida, con un lenguaje muy idéntico a aquellas damas refinadas que aparecían en las películas de los años cuarenta.
—Nos hemos reunido en esta ocasión porque queremos hacerte una propuesta especial, Leandro, dado el enorme éxito de la temporada anterior —tomó la palabra la maestra Ángeles mientras extraía de su bolso unos diminutos lentes y se los colocaba sobre la nariz.
—Pensamos en un par de conciertos de Primavera, comenzando el 14 de febrero y otro para principios de marzo.
Ahora bien tengo algunas ideas... —continuó mientras tomaba también una pequeña libreta de piel.
—Disculpe que la interrumpa, maestra —dijo Ada levantando un dedo. La falta de paciencia era uno de sus defectos. —Justamente esa fecha ya está ocupada. Leandro tiene una audición importante en Luxemburgo. —¡Pero para marzo estamos más que disponibles!
«¡En Luxemburgo! ¡Estamos! ¡En plural!» Pensó Melissa. Intentó disimular su sorpresa aunque Ada levantó la comisura de la boca en señal de triunfo.
—Muy bien, entonces dejaremos solamente el de marzo —añadió la maestra Ángeles levantando las dos cejas y cerrando levemente los ojos mientras intentaba a través de sus diminutos lentes enfocar su libreta—. No me complace.
—Usted sabe, maestra, que Leandro siempre estará encantado de tocar para ustedes en el Palacio, sin embargo considero esta es una oportunidad de oro para su carrera —dijo el director Antoine, mientras se acomodaba los cabellos crespos que de cualquier forma quedaron igual.
—Entiendo… —intervino el maestro Maurizio con tono conciliador—. Tal vez podríamos mover ambos conciertos a marzo.
La maestra Ángeles desvió lentamente la vista hacia él. No dijo nada, pero la mirada que le dedicó bastó para incendiar el aire entre ellos.
Leandro, con una expresión casi inocente, disimuló una sonrisa mientras tomaba un sorbo de su copa.
Mientras la conversación seguía su curso, Melissa apenas oía las palabras. Un remolino de pensamientos comenzaba a girar en su mente.
Miró a Leandro. Él, con esa calma que sabía disfrazar cualquier tormenta, le apretó la mano por debajo de la mesa.
Tanto tiempo juntos… ¿y no me había dicho nada de Luxemburgo?
Se obligó a sonreír, pero el gesto le temblaba. Tal vez —quiso creer— Ada lo había mencionado sin su permiso. Después de todo, Leandro solía firmar sin leer cualquier hoja que ella le pusiera enfrente.
Y sin embargo, esa posibilidad no alcanzaba a calmarla.
—Está bien —concedió la maestra Ángeles—. Podemos reagendar ambos conciertos para marzo, pero el programa tendrá que ser aún más espectacular.
Sacó su pluma con cuidado y anotó algo en su libreta.
—Te enviaré los detalles por correo, Ada. Quiero pensar con calma qué obras nos convienen.
Hizo una pausa larga, como si ya estuviera escuchando la música en su cabeza.
—Tal vez… algo de Beethoven —dijo por fin, mientras se quitaba los lentes y los guardaba en su bolso.
Ada sonrió como si acabara de ganar una partida. Leandro, entusiasmado, apoyó las manos en la mesa.
—¡Comamos pues! ¡Muero de hambre! —exclamó soltando una risotada.
Melissa sonreía, pero la expresión le pesaba en el rostro.
Por dentro, le estaba quemando la vida. Claro que quería celebrar a Leandro.
Lo admiraba, lo amaba. Pero enterarse de su viaje por boca de Ada le dejó un sabor amargo que no lograba disolver.
Le desconcertaba verlo tan callado, tan ausente de las decisiones que marcaban su camino.
Era Ada quien negociaba, quien hablaba, y decidía.
Los meseros comenzaron a servir: cortes gruesos, ensaladas, pan recién horneado. Leandro devoraba con entusiasmo, como si no hubiera comido en días. Melissa empujaba un trozo de lechuga con el tenedor, sin tocar apenas su plato. El hambre se le había ido.
—Tal vez no lo sepas, Melissa —dijo el maestro Maurizio en tono bajo, aprovechando que los demás conversaban animadamente—, pero para un músico es vital mantenerse inspirado. Las musas han acompañado a los artistas desde siempre.
Hizo una breve pausa, mirándola con intención. —Y en el caso de Leandro… se nota. Le sienta bien estar enamorado.
Melissa alzó la vista, sorprendida por el comentario. Le devolvió una sonrisa contenida, de esas que nacen cuando uno se siente visto en lo que importa. Ser reconocida por alguien como el maestro Varnesi era más de lo que esperaba.
Durante un segundo, su mente voló al Palacio, a los vitrales de colores filtrando la luz como si viniera de otro mundo.
Recordó que incluso Apolo, dios de la música, tenía sus musas.
El maestro Maurizio Varnesi no solo era reconocido por su talento musical, sino por algo más raro y valioso: su generosidad.
A lo largo de los años, había abierto puertas para decenas de jóvenes artistas —no solo músicos, también pintores, escultores, bailarinas, actores, poetas— que sin él quizá jamás habrían llegado tan lejos.
Tenía un don para ver potencial donde otros veían inseguridad, y una pasión sincera por compartir lo que sabía.
A muchos les había ofrecido no solo oportunidades, sino también confianza.
De esas que transforman una carrera, pero también la vida.
Gracias a él, había sopranos cantando en Berlín, clarinetistas cruzando continentes, flautistas construyendo nuevas escuelas, bailarinas recorriendo teatros con el cuerpo encendido de arte.
Todos llevaban algo de él encima. Un impulso invisible, pero real.
Maurizio lo sabía: no hay mayor grandeza que la de levantar a otros. Y si la música podía lograr eso, entonces su misión estaba cumplida.
Al salir del restaurante, caminaron en silencio por unas calles tranquilas de Polanco, tomados de la mano. Cuando por fin estuvieron solos, Melissa se detuvo.
—¿Cuándo te vas? —preguntó sin rodeos, mirando el suelo.
—A finales de enero —respondió Leandro. Hizo una pausa breve, como si eligiera las palabras con cuidado—. Pero… esta vez no podré llevarte conmigo, aunque es lo que más quiero.
Ella asintió lentamente, pero la pregunta siguiente se le escapó antes de poder contenerla.
—¿Cuánto tiempo?
—Tres semanas. Aprovecharé para hacer varias audiciones, pero estaré de vuelta antes de los conciertos, como escuchaste.
Le levantó el rostro con una mano y le acarició la mejilla con los dedos, con esa ternura que se reserva para alguien frágil.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—No lo tenía confirmado… y tal vez no supe cómo —murmuró, bajando la mirada.
—Está bien… solo serán unas semanas —dijo ella, forzando una sonrisa que no le alcanzó los ojos.
—Pasará rápido. Y cuando menos lo esperes, estaré aquí. Aún no me voy, falta tiempo —intentó consolarla, sin mucha convicción.
Melissa asintió. Sabía que no podía cortarle las alas, que él debía audicionar y solo serán unos días, pero en el fondo sintió una tristeza que no podía comprender del todo.
No quería apartarse de él y tampoco de su música, no era solo miedo a la distancia.
De nuevo recordó las palabras de Niloofar, y esta vez con un amargo sabor de boca. Tal vez tendría razón después de todo.
Regresaron a la casa aún temprano y Leandro la miró desde la entrada.
—¿Aún quieres que me quede?
—Quédate… hasta que tengas que irte.