El Palacio de la Música Zafiro
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Zafiro



Piano Quartet in A minor: I. Nicht zu schnell - Gustav Mahler

Centro de Coyoacán. Una pared de piedra cubierta de hiedra verde se extendía a lo largo de la avenida.

Melissa recorría la banqueta y con la mano iba rozando la hiedra mientras admiraba aquellas verdes hojas ordenadas, que se aferraban a la piedra con firmeza.

El viento se llevaba el sonido de sus pies al tocar el concreto.

Era Víspera de Año Nuevo y deseaba con fuerza el inicio de un año que brindara nuevos colores.

Pensaba en lo que vendría, cuando vio una catarina color azul rey que se posaba sobre una hoja muy cerca de su rostro.

Sus ojos se detuvieron en ella. Recordó el sueño que tuvo en Nochebuena y supo que no era una coincidencia.

Melissa se inclinó para verla mejor, pero la catarina azul alzó el vuelo y se posó unas hojas más adelante.

Era tan ligera que la hoja permaneció quieta ante su nulo peso.

Así que se acercó aún más. ¡Qué color tan hermoso y único, era deslumbrante!

Un brillo parecido al de un zafiro. Cuando estuvo a punto de alcanzarla con la mirada, volvió a volar.

Parecía que jugueteaba, moviéndose justo lo suficiente para mantenerse cerca pero fuera de alcance.

Melissa comenzó a seguirla hasta que se posó sobre una reja antigua, también cubierta de hiedra.

La catarina voló hacia adentro de la reja y Melissa la empujó para descubrir un enorme jardín.

Al fondo de este, había una casa amarilla de un estilo afrancesado, que parecía sacada de otro tiempo.

La mansión tenía varias ventanas con los bordes blancos y rectangulares a lo largo de la fachada, cada una con un balcón, y cada balcón cubierto por una guirnalda de flores blancas.

El césped estaba perfectamente cortado y olía a verde fresco; y en el centro del jardín había una enorme fuente, apagada.

El agua se había estancado y estaba plagada de nenúfares con flores lilas y blancas, que flotaban plácidamente sobre la superficie inmóvil.

La catarina de zafiro se posó sobre uno de los nenúfares.

Melissa se sentó en la orilla de la fuente y alargó su mano para tocar el agua verdosa.

Al escuchar una dulce voz, retiró rápidamente la mano.

—Las catarinas zafiro son únicas. Solo existen tres ejemplares en el mundo —dijo la aterciopelada voz a sus espaldas.

Melissa se sobresaltó y sus mejillas se colorearon inmediatamente por haber entrado a una propiedad privada sin permiso. No sabía en qué estaba pensando. Giró su cuerpo para ver quién poseía esa voz bellísima.

Melissa volteó con cierto nerviosismo y descubrió a una mujer delgada que traía un vestido blanco y largos cabellos negros matizaban el misterio que emanaba de su ser. Su mirada amable la tranquilizó un poco. Tenía los ojos tan azules que semejaban pedazos de cielo.

—Yo… seguí a una catarina —intentó explicar la intromisión a aquella mansión y a aquel jardín, aunque seguir a una catarina azul le parecía una excusa deficiente.

Entonces la reconoció. Se trataba de la misteriosa mujer del concierto, aquella que le había advertido acerca de los músicos y que le había lanzado aquella profecía.

—Yo te traje hasta aquí —dijo con voz calmada mientras levantaba la mano apuntando con un dedo hacia la fuente. La catarina zafiro se posó sobre la punta de su dedo índice —Ahora, si gustas podemos continuar nuestra conversación adentro.

Melissa asintió sin saber que esperar y comenzó a seguirla.

Subieron unas escaleras que indicaban la entrada de la mansión, las puertas se encontraban abiertas de par en par.

En el vestíbulo principal, el piso de mármol blanco se encontraba cubierto por una alfombra de estilo persa con tonos rojos.

Una enorme escalera bajaba por el lado derecho con un barandal cubierto de adornos dorados.

Pasando el vestíbulo, bajaron unos cuantos escalones más. Melissa la siguió hacia una amplia sala, al fondo, había un enorme vidrio moderno que contrastaba con la decoración clásica del interior. Desde allí podía verse el jardín que rodeaba la mansión, inmenso y perfectamente cuidado.

La mujer la invitó a sentarse en el antiguo sofá de terciopelo rojo, con patas de madera tallada, y se sentó frente a ella. Melissa levantó la vista y observó que el techo estaba decorado con figuras geométricas doradas que reflejaban el brillo del sol. Parecía un lugar de ensueño.

—Me llamo Niloofar —le dijo melodiosa, parecía que casi cantaba al hablar.

—¿Niloofar? —repitió Melissa sin darse cuenta. Nunca había escuchado ese nombre y algo le pareció tanto inusual como familiar.

—Significa Nenúfar, en persa —sonrió.

Melissa le devolvió la sonrisa, le parecía un nombre precioso.

Entonces le hicieron sentido los nenúfares de la fuente de la entrada.

—Te he traído aquí porque hay una historia que debes escuchar —dijo Niloofar.

Con un movimiento suave, deslizó las manos entre las telas de su vestido y extrajo una piedra preciosa, que depositó con delicadeza entre las manos de Melissa. Luego aclaró la garganta.

Su voz comenzó a llenar la sala, y Melissa, con los dedos cerrándose lentamente alrededor de la piedra, sintió como entraba en un trance. Era como si el tiempo se suspendiera.

Estaba a punto de escuchar algo que no se parecía a nada que hubiera oído antes.

—Este Zafiro que ahora tienes en tus manos perteneció a mi abuela, Azura.

Debes saber que cuando ella era muy joven, Irán pasó por una etapa de hambruna y cólera.

Las personas caían poco a poco ante la enfermedad y, tras la muerte de toda su familia, no le quedó más opción que buscarse un futuro lejos de ahí.

Una mañana fresca, tomó un bolso que había tejido con sus propias manos y guardó en él las pocas pertenencias que aún conservaba; entre las que había un alhajero de plata que había pertenecido a su madre y al que le tenía un gran afecto, unas cuantas monedas, y un naan , un panecillo duro que había guardado para el camino.

Azura cubrió su rostro con un pañuelo para pasar desapercibida y, escondiéndose entre los callejones, llegó al puerto de Bushire, en el Golfo Pérsico.

Escabulléndose sigilosamente pudo burlar a un guardia que se encontraba encendiendo un cigarrillo y, entonces, caminó por la rampa que daba entrada a un enorme barco que sería su morada durante algunos meses.

Al abordar, buscó un escondite cuidando que los marineros no la vieran; y como mi abuela era de complexión pequeña se ocultó entre unas cajas de madera que afortunadamente nadie movió.

Aguardó tras ellas, agazapada, en silencio, hasta que el barco logró zarpar.

No sabía a dónde se dirigía, pero el horizonte le indicaba una nueva vida lejos del cólera y del que hasta ese entonces había considerado su hogar.

Melissa abría cada vez más los ojos y aguantó la respiración.

—No te haré la historia muy larga Melissa, debes saber que fue descubierta al poco tiempo, como era de esperarse.

Pero Azura tenía un don. Sabía contar historias.

Cuando los marineros la enfrentaron, les habló de su familia, de la enfermedad y cómo había perdido todo.

Sus palabras enternecieron los corazones de todos y decidieron adoptarla a cambio de trabajo, que consistía en ayudarles a trapear la cubierta.

Además, ya era demasiado tarde para regresar, se encontraban mar adentro.

—Al menos la aceptaron entre los marineros —dijo Melissa aliviada.

Niloofar sonrió.

—El barco continuó su rumbo entre días soleados y largas y frías noches.

Un día, mientras los marineros descansaban, Azura se sentó sobre la orilla del barco a hacer lo que mejor sabía hacer, cantar.

Interpretó a las olas, dulces canciones de su corazón, y cantó al mar las tristes melodías que sabía, para al fin llorar a su familia.

Azura no sabía que detrás de ella los marineros se habían sentado a escucharla con los ojos húmedos y las caras apoyadas sobre sus manos.

Cuando volteó a verlos sorprendida, uno inmediatamente exclamó: ¡No estoy llorando, es la sal!

Pero era la sal de sus lágrimas, la que se confundía con la que el viento dejaba en su cara al soplar.

Todos rieron y desde entonces se sentaban todas las tardes a escuchar como Azura entonaba música para el enorme cuerpo azul que los rodeaba, turnándose para pilotear el barco.

Melissa suspiró ante sus palabras e imaginó que la voz de Azura y la de Niloofar eran similares.

—Viajaron por el mar Arábigo y el océano Atlántico, navegaron por cielos estrellados que se reflejaban sobre el agua; y Azura con su voz clara, sentada en la proa del barco cantaba con fuerza los versos que le había enseñado su madre y los himnos de su tierra.

Las olas la escuchaban y mecían el barco al ritmo de la música, agitándose tempestuosas cuando Azura cantaba con pasión; y llevando quedas la barca al compás de la melodía, cuando ésta se volvía apacible.

—La última noche, después de algunos meses en alta mar, Azura se acercó a la proa como lo había hecho antes.

Quería dedicarle a las olas una última canción antes de desembarcar en el puerto de Veracruz.

El mar, agitado en el dolor de la despedida, levantó sus olas y como cascadas heladas comenzó a salpicar la embarcación.

Una columna de agua se alzó frente a ella y, con un enorme estruendo, se lanzó sobre la cubierta, empapándolo todo.

Azura quedó mojada de pies a cabeza, con los cabellos negros escurriéndole sobre la cara.

Entonces sintió algo en su mano derecha, que aún tenía cerrada en un puño.

Abrió la palma despacio para revelar lo que se encontraba en su interior, y descubrió un zafiro circular y brillante de un tono azul profundo idéntico al de las olas.

El mar puede ser violento, pero da los más grandes regalos.

Había transformado la música de Azura en un zafiro.

Azura guardó esta joya y continuó su vida, pero nunca más volvió al mar.

Por eso conservaba esta piedra como uno de sus tesoros más preciados, hasta que un buen día, antes de partir, se lo entregó a mi madre —dijo Niloofar con dulzura.

Melissa la miró embelesada con cada palabra. Sentía que en el fondo esta historia también era suya, algo en lo profundo de ella la reconocía.

—Ahora Melissa, quiero darte esta joya. Es la prueba de que la música vive en nuestra alma.

Así como mi abuela guiaba con su canto al barco en alta mar, la música también puede guiarnos, llevarnos hacia donde nosotros verdaderamente pertenecemos.

A veces la vista nos engaña, estamos ciegos, creemos en algo que es solamente el reflejo de una parte de la verdad; pero eso no le sucede al alma Melissa, el alma no puede ser engañada.

Así que, cuando llegue el momento en que no puedas ver con claridad, entonces, escucha.

—No puedo, no, no. No puedo aceptarla. Perteneció a tu abuela, Niloofar. Esta joya pertenece a tu familia —dijo Melissa, sorprendida.

—Lo sé, y es por eso mismo que te la doy. Quizá ahora no lo comprendas, pero esta piedra preciosa te guiará. Aprende a escuchar dentro de ti y encontrarás la música verdadera.

—Niloofar, no quiero dejar de ver —le dijo con miedo.

—Entonces aprende a escuchar —le respondió con una cálida sonrisa.

Salió del lugar con la piedra en la mano, cerrada con cuidado entre sus dedos.

¿Quién era esta mujer? ¿Por qué confiarle algo tan valioso?

Bajó la mirada hacia el zafiro.

—Traigo el mar en mis manos —pensó.

Lo guardó con cuidado en su bolsa, asegurándolo con un cierre para no perderlo. Después echó un último vistazo a la casa amarilla antes de dar media vuelta y comenzar a caminar.

Al llegar a la cafetería, el aroma a café recién molido y las voces familiares de Nora y Dania la recibieron como si no se hubiera ido nunca.

Nora alzó una ceja divertida al verla cruzar la puerta, y Dania le hizo un gesto para que se acercara a probar un pan recién salido del horno.

Melissa sonrió. En su bolsa, bien guardado, el zafiro seguía brillando.

Y así cerraba el año, con calor en el pecho, risas flotando en el aire y un pedazo de mar latiendo muy cerca de su corazón.