El Palacio de la Música La danza del infinito
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La danza del infinito



A Winter’s Night - Cecilia McDowall

Lullaby for viola and piano - Rebecca Clarke

Nora y Dania llamaron a la puerta cerca de las siete de la noche. Habían pasado algunos días desde aquel incidente, y aunque Melissa había intentado retomar su rutina, no lo lograba del todo.

Cada Nochebuena Nora y Melissa se reunían para cenar y preparaban sus platillos favoritos de la temporada. Este año, también habían invitado a Dania, quien aceptó con entusiasmo. Era una excelente ocasión para relajarse y tal vez, recuperar algo de calma.

—Gracias por estar conmigo. Son las mejores… Estoy algo sensible —les dijo levantando las cejas con una sonrisa, mientras sus ojos comenzaban a humedecerse.

—Nos tenemos la una a la otra, Meli. Así funciona entre nosotras —respondió Dania mientras le tomaba una mano.

—La vida a veces da golpes raros —añadió Nora—, pero con dos amigas que te quieren cerca, todo se siente un poco menos pesado.

Melissa no dijo nada más. Solo asintió en silencio, siendo cuidada sin tener que pedirlo.

Desde que Dania llegó a la cafetería, las tres habían formado un gran equipo. Se sentían invencibles juntas. Se abrazaron, sintiendo ese refugio que solo dan las amistades verdaderas.

Melissa recordaba las navidades de su infancia, llenas de dulces, juguetes y regalos bajo el árbol adornado.

El olor a romeritos y bacalao invadía toda la casa, platos que su madre comenzaba a preparar con días de anticipación.

Pero esa Navidad era distinta. En lugar de juguetes, tenía algo aún más valioso.

A dos seres maravillosos con quienes compartiría la cena.

Prepararían lasaña de carne, ensalada y brindarían con vino rosado, uno de sus favoritos.

El menú estaba completo, sin postres. Coincidían en algo: el olor a dulce era para el trabajo.

Cenarían temprano y se darían el gusto de tomar un día de descanso de la Tetera Roja.

El día veinticinco, la cafetería permanecería cerrada.

Nora aprovecharía para dormir sin horarios, Dania para componer canciones, y Melissa, por fin, dedicaría tiempo a sus pinturas.

La música no podía faltar en esa casa. Melissa puso algo suave para llenar la atmósfera mientras preparaban todo.

Dania cortaba lechugas, Nora pelaba jitomates para la salsa, y ella se encargaba de la carne de la lasaña.

Estar juntas en Navidad les resultaba mejor que cualquier otro plan.

Porque juntas eran más fuertes, y porque el amor que se tenían era indestructible. Para eso eran las amigas.

Pensó en Leandro y le sobrevino una tristeza.

Hablaban todos los días, pero estaba más distante.

Tenía un concierto esa misma noche y los artistas nunca descansan especialmente en fechas como esta.

Leandro se volvía inaccesible los días previos a cada presentación, pasaba horas estudiando y perfeccionando su música; y además, dedicaba todas las mañanas a hacer ejercicio.

Prefería no hablar con nadie. Era un hombre bastante disciplinado para tener el cabello tan rebelde.

Las risas llenaban el comedor entre bocados y anécdotas. Dania hacía imitaciones que provocaban carcajadas, y Nora no dejaba de servir un poco más de todo. Melissa las observaba, con la mejilla apoyada en la mano, sintiendo que el calor del hogar le llegaba hasta los huesos.

Había brindis, música suave, platos vacíos que se volvían a llenar.

La cena se vivía justo como la habían imaginado.

Platicaron hasta altas horas de la madrugada, rieron hasta que les dolió el estómago y cantaron acompañadas del sonido suave del ukulele.

Decidieron dejar a un lado las nostalgias y los sentimientos turbios.

Quisieron bailar como si nadie las estuviera viendo.

Por una noche, Melissa lo olvidó todo. Las angustias, la incertidumbre, el miedo, el corazón de cerdo; y aquellos ojos amarillos que tanto la atormentaban, se desvanecieron entre risas color rosa.

Después de no comer postre, tras escuchar mil historias subieron para descansar y se quedaron en silencio. Ya en la quietud de la noche, Melissa agradeció a la vida por tenerlas a su lado y se dejó llevar hacia otro mundo más etéreo.

En el museo, los cuadros coloridos resaltaban con grandes marcos dorados sobre las blancas paredes. Melissa se encontraba caminando entre los pasillos, buscando la salida. Se sentía atrapada en un laberinto de pinturas.

Una catarina color zafiro volaba en el aire. De vez en cuando se posaba sobre alguno de los cuadros, y giraba, ligera, como una bailarina sobre el viento. Melissa comenzó a seguirla.

La catarina de zafiro voló sobre un cuadro que mostraba un castillo rodeado de pinos.

Tenía un arco de piedra, a través del cual pasaba un riachuelo sereno.

Qué belleza tenía esa pintura. Parecía una fotografía, pero al observarla con detalle, Melissa notó finísimas pinceladas que revelaban el trabajo de una mano maestra.

Se sintió atraída a tocarlo, aunque sabía que estaba prohibido tocar las obras en los museos.

No pudo contenerse. Acercó el dedo lentamente.

Al rozar la superficie, escuchó un silbido agudo y breve.

La catarina zafiro salió revoloteando de inmediato, y entonces, el cuadro se separó de la pared.

Se trataba de una puerta oculta, así que, motivada por la curiosidad, la abrió. Parecía la salida del museo que había estado buscando.

Se encontró en una calle con paredes de ladrillos.

El sol brillaba frente a ella, al final de la calle, y entonces vio una silueta conocida entre los rayos dorados.

Sus cabellos llenos de vida, y una sonrisa cálida aparecieron ante sus ojos.

Leandro la tomó de la mano y echaron a correr entre risas, jugando como niños.

Una inmensa felicidad le llenó el pecho.

Sabía que tramaban algo, que algo habían hecho, que estaban escapando, pero mientras corrían, solo podía pensar en que estaban juntos.

Avanzaron hasta el fondo de la calle de ladrillos y, al girar a la derecha, vieron un auto convertible antiguo, un clásico gris cubierto de polvo. Subieron a toda prisa.

Leandro conducía por calles estrechas de una ciudad vieja.

Iban a alta velocidad. Se miraban de reojo, cómplices de una travesura, mientras reían sin parar.

Melissa volteó hacia el asiento trasero y vio un maletín de piel negra, repleto de billetes.

Se estaban alejando de la ciudad y descubrió que habían resultado victoriosos en sus fechorías.

Tal vez habían robado un banco o un casino.

Sentía los rayos del sol calentar su cara y una brisa refrescante sobre su piel.

Ningún dolor, ninguna presión. Solo libertad.

Entonces vieron algo sobre la autopista que parecía una piedra.

Melissa le avisaba a Leandro para que pudiera detenerse.

Alcanzaron a disminuir la velocidad y a detenerse justo frente a aquel objeto.

El cielo de pronto, se oscureció. El viento comenzó a aullar tan fuerte que generaba algo de temor.

Bajaban del auto y ahí estaba: El corazón muerto.

Un charco de agua negra comenzaba a inundar el piso casi tocando sus pies y manchándolo todo a su paso.

El hedor era cada vez más intenso y el agua casi le llegaba a los pies.

Intentó gritar pero no lograba emitir más que un soplo de aire, lo intentó de nuevo con todas sus fuerzas y no logró nada. Despertó de un sobresalto bañada en helado sudor.

Todo había sido un sueño. A veces sus sueños la sorprendían, eran tan intensos y vívidos que la hacían dudar de lo que era real.

Nora y Dania dormían a su lado, serenas, así que no quiso despertarlas.

Se recostó otra vez, cerrando los ojos, intentando mantenerse despierta para no regresar a esa pesadilla.

Permaneció inmóvil, con la respiración cada vez más lenta.

Sus pensamientos, antes nítidos, comenzaron a deshacerse como tinta en el agua.

El peso de la noche se deslizó sobre ella, y sin darse cuenta, se dejó llevar por la oscuridad suave del sueño.

Después de desayunar, recogieron la mesa entre risas.

Nora buscó sus llaves en el bolso mientras Dania se ponía la chamarra y le daba a su café los últimos sorbos.

Se abrazaron en la puerta, intercambiaron algunas palabras más, y luego salieron, cada una rumbo a su día.

Melissa las despidió desde el marco, viendo cómo se alejaban calle abajo, y luego cerró la puerta.

Melissa pasó la mañana frente al lienzo, mezclando colores sin mirar el reloj. El olor a óleo llenaba el aire, y sus manos se movían con seguridad mientras el pincel deslizaba capas de azul, blanco y gris.

Sobre la tela, poco a poco, comenzó a aparecer la fuente de Bryant Park, la que había visto congelada, cubierta de estalactitas plateadas que brillaban bajo un sol frío. Tal como la recordaba, de ese maravilloso momento que ahora parecía apenas un instante.

Más tarde se reunió con Leandro. Caminaron juntos por el parque, abrigados, entre luces que titilaban en los árboles y familias que paseaban despacio.

Era Navidad, y aunque no habían estado juntos la noche anterior, Melissa se aferraba a su mano.

No dijo cuánto lo había necesitado, pero su manera de mirarlo, lo decía todo.

Estas fechas siempre terminaban por remover todas sus emociones, aunque no entendía del todo por qué. Tal vez era la nostalgia, o una sutil obligación de sentirse feliz cuando su corazón pedía silencio.

—A veces pienso que fue un mensaje —dijo Leandro, mirando al frente mientras caminaban—. Que alguien quiso asustarte.

—Lo logró —respondió Melissa, sin voltear a verlo.

—¿Tienes alguna idea de quién pudo haber sido?

Ella tardó unos segundos en contestar.

—No lo sé… Tal vez alguien desequilibrado. Alguien que no sabe lo que es un límite.

Leandro apretó un poco su mano.

—Me preocupa que no quieras denunciarlo.

—¿Y qué van a hacer? ¿Ir a revisar un tapete limpio y una bolsa vacía?

—Aunque sea, que quede registro —insistió él, en voz baja.

Melissa bajó la mirada.

—No quiero vivir con más miedo del que ya tengo.

Leandro la observó en silencio un momento.

—Si hay algo que no me estás diciendo… prefiero saberlo.

Ella le sostuvo la mirada por primera vez en varios minutos.

—No es que no quiera decírtelo. Es que ni yo misma sé cómo enfrentarlo.

Melissa no se atrevió a decirle lo que en verdad sospechaba. No pudo confesarle quién creía que estaba detrás de todo eso.

Se detuvieron en una banca verde, sin prisa, simplemente a estar.

A compartir el momento sin hablar demasiado.

Melissa intentaba alejar de su mente aquel recuerdo y concentrarse en el presente, como el sonido de las hojas.

Una abeja zumbó cerca, muy cerca de su oreja, y se estremeció.

Aunque le gustaban mucho —sobre todo por la miel—, les tenía miedo desde que una le había picado el dedo anular cuando era niña.

—Déjala, no hace nada. Mira —dijo Leandro, levantando la palma de la mano a la altura de sus ojos oscuros. La pequeña abeja revoloteó en círculos hasta posarse, delicadamente, sobre su mano.

Melissa sonrió. La naturaleza era maravillosa, como el tono cálido de su piel de canela.

—¿Ves? Si no le haces nada, pronto volará hacia las flores… y entonces tendremos un mundo lleno de vida —dijo él con una sonrisa suave.

Ella sintió como el miedo se desvanecía. Puso su mano junto a la de él, palma arriba. La abeja caminó despacio hacia ella, provocándole un leve cosquilleo. Leandro acercó los labios a su mano, donde aún estaba la abeja, y le susurró algo que Melissa no logró entender.

Entonces la abeja alzó el vuelo, flotando cerca de su rostro, y comenzó a danzar en el aire dibujando ochos invisibles.

—La danza del infinito… ya veo. Simboliza la eternidad —murmuró él.

—¿Qué significa?

—Dice que le gustas, Melissa.

Y también me gustas a mí.

Hasta el infinito.

Después de bailar, la abeja voló hacia unos rosales tapizados de flores que estaban cerca. Melissa la siguió hasta que se perdió entre los pétalos. Leandro observaba en silencio, como si entendiera algo que los demás no podían ver. En verdad, tenía una conexión especial con aquellas criaturas.

Un joven de ojos verdes se acercó a ellos con una cámara en la mano.

—Disculpen, no quisiera molestarlos, pero estoy haciendo una colección de fotografías de besos de desconocidos. ¿Podría tomarles una foto, aprovechando el día soleado? —preguntó, con la cámara ya lista.

Voltearon a verse con cara de pícaros.

—Por mí está bien —Melissa rio.

—¡Claro! ¡Pero después nos das una copia, mano! —dijo Leandro soltando una carcajada.

—Desde luego que sí —respondió el joven, feliz de haber encontrado a alguien que accediera a posar. Parecía que ese día había intentado, sin fortuna, fotografiar a varias personas.

Leandro la tomó con delicadeza del cuello, y se acercaron, uniendo los labios lentamente mientras el joven fotógrafo los eternizaba en una imagen.

Les agradeció y ellos le dieron una dirección de correo para que enviara la copia de la fotografía. Después se despidió deseándoles felices fiestas.

Nunca volvieron a saber de él ni de la fotografía, pero a Melissa le gustaba pensar que hay un beso suyo en una colección de besos de desconocidos, en algún lugar de la ciudad.

Aún era de día, pero ya la luna alcanzaba a verse, colgada del cielo color violeta. En el horizonte se alzaba un cerro plagado de casas y una columna de humo gris claro. Bajo el humo, un resplandor naranja intenso contrastaba con los colores del atardecer.

—Mira eso… ¿qué se está quemando? ¿Es una casa? —preguntó Melissa, con la mirada fija en la ladera.

—No. Es parte del cerro —respondió él, sin apartar la vista—. A veces hay que quemar la tierra para que vuelva a ser fértil.

Suspiró, como si hablara de algo más que tierra.

Melissa alzó la vista hacia la luna, que brillaba imponente sobre ellos, blanca y serena. La noche caía despacio, mientras el humo se difuminaba en el cielo.