Corazón #2
Revisó su celular al menos tres veces durante el trayecto, pero no había mensajes. Leandro no había escrito. Supuso que había estado estudiando, como solía hacerlo cuando se concentraba demasiado y perdía la noción del tiempo.
Mientras se quitaba el abrigo, pensó, aunque no lo dijo en voz alta, que le hacía falta.
Aprovechó su ausencia para decorar su casa con los adornos navideños del año pasado.
Arreglarla para Navidad era todo un ritual, le gustaba crear el ambiente ideal, paso a paso.
Ponía música clásica —el Mesías , al igual que cada año— mientras enredaba con cuidado las luces entre las ramas del árbol.
Se preparó un té de canela con leche y miel; el aroma cálido de la canela empezó a llenar la casa, envolviéndola en una sensación familiar que, por un momento, la hizo sonreír.
Luego adornó la sala y las ventanas, y al final, colgó una corona navideña en la puerta de entrada.
Los coros de esta época inundaban la sala y alegraban sus sentidos.
Se imaginaba a las personas cantando al caer la nieve, con sus partituras y sus simpáticos gorros, tal como los había visto en Nueva York.
Siempre había querido pertenecer a uno de esos coros navideños que iban de puerta en puerta, como en las películas.
Se sentó en la sala y cerró los ojos.
Sus sueños comenzaron a aparecerse frente a ella.
Estaba en un lugar con una gran iluminación, paredes blancas y un techo de cristal opaco.
Parecía una habitación sin puertas, completamente vacía.
Puso la mano izquierda sobre su pecho y suspiró, aún con los ojos cerrados.
Imaginó que, sobre una de esas paredes, estaba Cielo rojo .
Bajo el cuadro, había una tarjeta blanca con su nombre, su año de nacimiento y una breve reseña.
Comenzó a caminar por la habitación. Todas sus pinturas iban apareciendo, una a una, con su respectiva tarjeta.
De pronto, había más personas en la habitación: unos cuantos desconocidos que se acercaban a mirar los cuadros, algunos con curiosidad, unos más concentrados que otros.
Abrió los ojos, húmedos. Aún estaba en la sala de su casa con el corazón palpitante y sus sueños frente a ella.
—Tengo que pintar más cuadros. No puedo parar hasta lograrlo —se animó a sí misma.
Sonó el timbre, era algo tarde pero le sorprendió ver a Leandro en la puerta con una botella de vino en las manos.
—¿Qué haces aquí? Pensé que estabas ocupado. —Sonrió con sorpresa.
—Estuve estudiando todo el día, pero incluso a Mozart hay que ponerle un límite. Traje vino —estiró los brazos para estrecharla contra su cuerpo.
Leandro entró dejando su bufanda gris en el perchero del vestíbulo. El aire frío que traía consigo se disipó rápidamente al cruzar la puerta. Se sentaron en la sala, donde aún sonaba de fondo la música navideña.
Melissa tuvo la sensación de que los observaban.
Sintió que alguien, desde algún punto oscuro, los miraba, dándole la impresión de que la quietud de afuera no era real.
Se levantó y se acercó con cautela a la ventana para mirar hacia afuera.
No vio nada. Solo la calle tranquila, los árboles dormidos y la noche.
Aun así, cerró con cuidado las persianas y regresó para acomodarse en los brazos de Leandro.
La incómoda sensación de estar vigilada se fue desvaneciendo poco a poco. Abrió la botella y sirvió dos copas. Estuvieron conversando largo rato, entre sorbos de vino y miradas, hasta que, sin darse cuenta, se quedaron dormidos, abrazados en el sofá.
Antes del amanecer Melissa lo despertó. Leandro tenía que irse a un ensayo con el director Antoine para preparar el siguiente concierto que se llevaría a cabo en el Palacio, y ella también debía alistarse.
Mientras se recogía el cabello frente al espejo, pensó en el primer café del día, en el tintinear de las tazas, en el murmullo suave de los clientes habituales.
Era hora de volver. La Tetera Roja ya estaba despertando. Justo cuando se inclinaba para darle un último abrazo, algo la detuvo.
—¡Espera! ¡Tu bufanda! —le dijo, con la voz aún ronca por llevar poco tiempo despierta.
Volvió por ella y, con el cariño de una enamorada, le acomodó la bufanda en el cuello. Lucía muy bien con el tono de su piel y el cabello desordenado. Se miraron por un momento y se dieron un beso pausado.
Abrió la puerta para que Leandro pudiera salir.
El aire helado entró en la casa y agitó su cabello.
Leandro levantó la bota para dar un firme paso hacia afuera pero entonces Melissa lo vio.
Su cuerpo se tensó en una fracción de segundo.
Gritó con un sonido áspero y lo jaló hacia atrás con tanta fuerza que casi caen sobre el piso.
Y ahí estaba. Un corazón. Litros de sangre se habían escurrido empapando el tapete de la entrada.
Un olor nauseabundo golpeó inmediatamente su nariz.
Su estómago se contrajo. Con la mano derecha se tapó la nariz y la boca, mientras que la izquierda le temblaba.
No solo las náuseas la inundaban sino un miedo profundo y punzante.
Leandro cerró los ojos un segundo, como si necesitara fuerza para enfrentarlo. Cuando volvió a mirar, su rostro estaba pálido. Nunca olvidaría la expresión de repugnancia que se dibujó en su cara.
—Dime que no es lo que parece —logró murmurar, tomándola por los hombros. Pero ella no respondió.
Había moscas, a pesar del frío.
Se abrazaron pero Melissa no dejaba de llorar. El olor quedaría impregnado en su memoria para siempre. Por supuesto que se imaginaba quién podría estar detrás de esto, pero no tenía las pruebas para acusarlo, no podía señalarlo todavía.
—¡Tengo que recogerlo, no soporto tenerlo en mi entrada! —exclamó alterada.
Entró a la casa por una bolsa negra y una cubeta.
—Melissa, espera. Tenemos que llamar a la policía. ¡Alguien dejó esto de forma intencional! ¡No puedes simplemente tirarlo, tenemos que levantar una denuncia! —Leandro estaba sorprendido.
—¡No puedo, Leandro, no lo soporto más! —gritó.
El corazón, que alguna vez bombeó roja sangre colmando de vida a un cerdo, yacía ahora inerte en la entrada de su casa, con un tono pardo y violáceo. Y con él, parecía haber comenzado algo que ninguno de los dos sabía cómo detener.
Al acercarse notó que el olor se intensificaba, era metálico y desagradable.
Las moscas le picaban los ojos. Lo tomó con la bolsa negra cuidando de no tocarlo directamente con sus dedos finos.
Tuvo que contener la náusea mientras anudaba la bolsa.
A través del plástico, aún podía sentir su temperatura.
Estaba duro, frío. Como el corazón de quien lo había dejado ahí.
Después de deshacerse del bulto arrojó varias cubetas de agua. La sangre diluida corría entre las grietas del concreto y comenzó a filtrarse en la banqueta como un río delgado y marrón. No parecía que pudiera borrarse con agua.
Despidió a Leandro y se metió a bañar de inmediato. Él no quería irse pero ella insistió. Finalmente se marchó aún conmocionado y sin poder entender por qué Melissa se negaba a llamar a la policía.
Melissa cerró la puerta y corrió al baño a vomitar.
El cuerpo le temblaba. Luego se desvistió con las manos torpes y entró a la regadera esperando que el vapor la aliviara aunque fuera un poco.
El agua caliente cayó con fuerza sobre su cuerpo, pero no lograba limpiarla.
Las lágrimas se mezclaban con el chorro constante que le golpeaba el rostro.
Se talló los brazos con fuerza, como si el olor de la sangre se le hubiera pegado a la piel, tratando de arrancarlo.
¿Qué le habría querido decir Marcelo con esto? ¿Había sido él quien dejó el corazón a sus pies? ¿Su vida corría peligro o era esto únicamente un acto aislado?
Las imágenes regresaban a su mente una y otra vez. ¿Y si volvía a hacer algo peor?
El reloj marcaba las siete. Para entonces ya debería estar sirviendo los primeros cafés. Pero no se movió. No se levantó. Ni siquiera abrió las persianas.
Envuelta en una toalla, se recostó sobre la cama sin fuerzas. El celular vibraba en silencio sobre el buró, pero no lo atendió.
Cerró los ojos, como si así pudiera deshacer lo vivido. Esa no era la Navidad que había imaginado. Aunque no se atreviera a decirlo en voz alta, lo sabía. Desde ese momento, viviría con miedo.