El Palacio de la Música Corazón
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Corazón



La casa lucía exactamente como la había dejado, parecía que el tiempo se hubiese detenido a esperarla.

Todo estaba en su sitio, intacto, envuelto en el silencio de los lugares que han permanecido encerrados por mucho tiempo.

Melissa se quedó dormida algunas horas, agotada por el vuelo.

Despertó a media noche con la garganta seca y bajó a la cocina en busca de un vaso de agua.

Al pasar junto a su estudio, algo se detuvo en su interior.

Las pinturas seguían ahí en su lugar, un lienzo nuevo descansaba en el caballete, esperándola. Lo miró de reojo y, por un segundo, sintió que le devolvía la mirada. Suspiró y caminó hacia lo inevitable, dejándose llevar por el impulso de quien no sabe decir que no. Se acercó al lienzo.

—Unas pinceladas no le harían daño a nadie —murmuró.

Cubrió el lienzo blanco con una base de verdes y azules que se fundían como niebla. Tras algunos brochazos secos que difuminaban los colores, trazó unas líneas verticales color marrón. En este cuadro había árboles alargados, un bosque inundado tomaba forma.

La mitad de la pintura estaba cubierta por agua, y un hilo blanco marcaba el nivel de profundidad.

Bajo el nivel de agua se ocultaba todo un mundo marino.

Melissa deseó sumergirse y nadar en ese lago rodeado por los troncos de los árboles.

Aquel bosque alguna vez estuvo lleno de lobos, ardillas e insectos; pero ya no quedaba rastro de ellos.

Los lobos se habían ido, las ardillas treparon los troncos y los insectos se enterraron en las cortezas de los árboles más cerca de las copas.

La luz se filtraba entre las verdes y brillantes hojas, brindándole claridad y luminosidad al cuadro.

En el agua, había ranas y algunas víboras que serpenteaban entre los juncos, y también había algunos peces que nunca antes habían pertenecido a un bosque.

El agua era asombrosamente clara, casi transparente.

En el suelo, antes lleno de pastos y piñas secas, ahora crecían largas algas verdes que parecían danzar en movimientos ondulados con el pasar del agua.

Capturar esa transparencia era algo delicado, demasiada pintura la volvía opaca; muy poca, desaparecía el efecto.

Por encima del agua había una ligera niebla blanca, la niebla, irradiaba calma. Quietud.

Melissa contempló el lienzo.

—La quietud de estar en un mundo sumergido, bajo el agua no hay ruido —pensó en voz alta.

Dejó el pincel y se limpió las manos con un trapo. Lo guardó junto al caballete, estiró los hombros y se quedó unos segundos en silencio, observando su obra. Luego, se levantó y fue en busca de una toalla limpia.

Se detuvo un instante frente al espejo. Tenía pintura en la mejilla y en el cabello. El vapor ya comenzaba a llenar el baño cuando colgó la toalla en su lugar.

Al poner un pie fuera de la regadera, con la piel aún húmeda, escuchó sonar el teléfono.

—¿Hola?

—Hola Melissa.

Estuvo a punto de colgar al reconocer la grave voz. El cabello mojado le goteaba en la espalda.

—Escucha… no quiero molestarte. Solo quiero decirte algo si me lo permites —habló la voz.

—Marcelo, déjame en paz de una vez por todas —intentó ser más firme.

—Yo sé que me excedí, no terminaré en mil vidas de arrepentirme ni de pedirte perdón Melissa. Es lo único que quiero. No he dormido desde entonces… Dame la oportunidad de verte para poder disculparme, por favor.

—Tú y yo no tenemos nada más que hablar. Nada. No vuelvas a llamarme.

Marcelo guardó silencio unos segundos, resistiéndose a hablar.

—Hay cosas que no terminan solo porque tú lo decides.

Su cuerpo se tensó.

—Adiós, Marcelo —murmuró.

Y colgó el teléfono.

El silencio que siguió no trajo alivio. Necesitaba apartarse lo más posible de Marcelo. Desde aquel último encuentro, algo dentro de ella no volvía a estar en calma. Melissa comenzaba a temer por su vida, cada vez que lo veía o lo escuchaba.

Se vistió con rapidez, temblando ligeramente; debido a la llamada.

Se puso un abrigo pesado gris y una bufanda negra.

Era temprano y, aunque en la Ciudad de México no nieva como en Nueva York, el aire helado se colaba por debajo de la puerta.

Su cabello aún estaba húmedo, y no quería enfermarse. Salió a toda prisa hacia la cafetería.

Abrazó a Nora en cuanto la vio.

—Te extrañé tanto, Melissa —le dijo ella, alegre, mientras se soltaban de aquel apretado abrazo.

—Y yo a ti —le sonrió emotiva—. Toma, para que no se te olvide nunca que, para mí, tú eres de oro —dejó el dije de hoja en la mano de Nora, recordando el mercado de Nueva York y por unos segundos soñó con regresar a ese lugar de hielo.

Dania llegaba también a la cafetería. Le había gustado tanto el ambiente que decidió quedarse a trabajar medio tiempo, sin dejar de tocar el ukulele los jueves.

Melissa se emocionó al reencontrarse con las personas que tanto amaba.

Estar de vuelta en La Tetera Roja le hacía sentir que todo podía estar bien.

Mientras los primeros clientes comenzaban a llenar las mesas, Melissa hablaba con entusiasmo.

Sus ojos brillaban al describir los paisajes helados, el crujido de la nieve bajo las botas, los árboles de Central Park.

Dibujó con las manos la altura de los rascacielos, como si aún le costara creer cuánto se inclinaban las sombras sobre ella.

Cuando mencionó a Leandro y el concierto, su voz bajó un poco. Se llevó una mano al pecho, como si la música aún le vibrara adentro.

—No tienen idea —dijo con una sonrisa suave—. Fue... maravilloso.

—Acá estuvo todo bien, pero Marcelo venía diario a preguntar por ti.

Parecía muy pendiente de si ya habías vuelto a trabajar.

Debe haber pensado que estabas enferma, porque se le notaba preocupado —comentó Nora, mientras acomodaba un bagel con un frasquito de mermelada en un plato—.

Me cansé de decirle que no viniera, que no estabas, pero parece que no entiende. ¡Vaya que es persistente!

—La última vez que nos vimos estaba muy alterado. Me gritó. No quiero volver a verlo. Hoy me llamó para disculparse, pero lejos de calmarme, algo en su voz me puso aún más nerviosa.

Dania abrió los ojos.

—Oigan… creo que ahí está otra vez —susurró, señalando con la mirada hacia la puerta.

Ahí estaba tan apuesto como siempre, peinado y con el traje impecable. Aquel rostro que algún día le había parecido tan encantador, aún tenía algo… pero ya no lograba conmoverla. Respiró hondo y caminó hacia la puerta para impedir que él pudiera entrar a la Tetera Roja.

—Marcelo, ¿qué haces aquí? —dijo en un tono que denotaba molestia y preocupación.

—Te traje un regalo de disculpa —alargó la mano para ofrecerle una pequeña cajita blanca.

—Marcelo, no quiero regalos. ¿Entiendes? La última vez que nos vimos me amenazaste.

—No sé qué me pasó —dijo con voz quebrada, su rostro reflejó un gesto que entremezclaba aflicción y remordimiento. —De verdad, discúlpame, por favor. Estaba fuera de mí, pero yo no soy así, no volverá a suceder… Melissa por favor discúlpame —le imploró.

Marcelo había estado dándole vueltas a sus pensamientos durante días. Había estado preocupado por no haber visto a Melissa, y pensó, entre otras cosas, que tal vez ella ya no trabajaría ahí, que se había ido para siempre, lo cual le dolía en el alma.

La había visto con Leandro, y sentía que la perdía, y después de su reclamo, gracias a que no había podido controlarse, la perdía nuevamente.

Parecía que se le escapaba de entre las manos.

Pero él la quería, y ahora, lleno de arrepentimiento, se presentaba ante ella aferrado a la esperanza de que no fuera demasiado tarde.

—No me estás buscando a mí, Marcelo. Estás buscando a la versión de ti mismo que se creía valiosa cuando yo te quería. No me hagas llamar a la policía.

Su voz intentaba sonar firme, pero por dentro sentía miedo ante lo que él pudiera hacer. Lo último que quería era hacer una escena frente a todos. No solo porque odiaba los escándalos, pero además, porque tampoco quería perder su trabajo.

Pudo ver en la tensión de la quijada que su respuesta no le había agradado en absoluto. Sabía que sus palabras dolerían pero lo único que deseaba era que finalmente se alejara de ella. Melissa se dio la media vuelta.

Marcelo permaneció inmóvil unos segundos. Apretó los dientes con fuerza, conteniendo un grito, bajó la cabeza y se marchó sin decir una palabra.

Mientras se alejaba notó que sus ojos ardían, como si algo dentro de él se quebrara en silencio.

Una oportunidad. Solo había pedido una oportunidad para explicarse, para arreglar lo que antes había roto; y ni eso se le había concedido. No comprendía como podía dolerle tanto, ni por qué a pesar de todo, seguía deseando que ella lo mirara de nuevo.

Se había vuelto a quedar atrapado en sí mismo.

La Tetera Roja se veía maravillosa, envuelta en el espíritu navideño.

Nora, Dania y Melissa tardaron varias horas en adornar el árbol con lucecitas y esferas de colores, que colocaron a un lado del rincón donde Dania solía tocar el ukulele.

También colgaron adornos en varios puntos del techo, pusieron escarcha roja y pegatinas con figuras de copos de nieve en todas las ventanas.

El café parecía un pequeño mundo mágico.

Melissa, aún inspirada por las decoraciones vistas en Nueva York, sonreía mientras colocaba los últimos detalles.

La Navidad siempre había tenido un lugar muy especial para ella, como una promesa de calma.

Aunque este año esa calma parecía más frágil.

Hicieron galletas de jengibre decoradas con el glaseado y detalles de colores. Las acomodaron en el mostrador principal de la tienda, justo al lado del fruitcake que Alicia había horneado y remojado en coñac desde la tarde anterior.

Al terminar el día, Melissa se despidió de sus amigas con un abrazo apretado y una sonrisa algo más cansada de lo habitual. Caminó sola hacia casa, con las manos en los bolsillos y la bufanda apretada contra el cuello.