Manzana congelada #2
—¡Bah, que no pasa nada! ¡Vamos con el veinticuatro! —Y siguió tocando Paganini.
Ahora las personas, algo confundidas, aplaudían al ver que el concierto continuaba, observando un espectáculo que se tornaba escarlata. Melissa sintió un gran alivio, al ver que Leandro no se detenía, y Ada también, puesto que la delató un suspiro.
Al terminar, Leandro y el director hicieron sus reverencias, uno aún exaltado por la música y con la cara chorreada de sangre, y el otro contento porque finalmente todo había terminado sin mayores incidentes.
Después del concierto se encontraron los tres en la fuente.
Leandro llegó con una bolsa de hielo en la cara y su violín colgando en la espalda.
Por suerte la herida era superficial y no necesitó suturas.
Ada corrió a abrazarlo puesto que casi moría de un infarto al ver que su adorado Leo estaba malherido.
Lo tomó del cabello para examinarlo a detalle lo cual comenzaba a incomodar a todos los presentes.
—¿Querido, estás bien? —Ada se hiperventilaba.
Leandro respondió aún en un estado un poco frenético.
—¡Sí! Todo bien, Ada —le dijo sonriendo y apartándola de una forma un poco brusca por lo que Ada hizo una mueca de desagrado.
—Salió todo perfecto como siempre, Leo, te felicito. Vendrán muchos proyectos gracias a esto. ¡Felicidades mi cielo! —exclamó emocionada.
Leandro comenzó a despedirse de Ada y ella hizo un ademán con la mano, muy sonriente y más amable que de costumbre, mientras se alejaba. Melissa pensó que tal vez finalmente habían compartido un momento juntas y podrían comenzar a llevarse mejor.
Leandro, como siempre se encontraba aún movido por todo lo que había ocurrido durante el concierto, pero aún más que eso, se encontraba famélico. Fueron a un lugar de pizzas deliciosas, las mejores de Nueva York, el aroma de la masa se filtraba hasta la calle.
Durante la cena no dejó de hablar acerca de lo emocionante que había sido tocar en ese recinto, de la acústica, del público, de lo viva que se sentía la música en cada rincón del escenario.
Melissa lo escuchaba atenta, con una sonrisa que no se le borraba del rostro.
Le causaba un gran gusto verlo tan pleno, tan lleno de emoción.
Le brillaban los ojos mientras gesticulaba con las manos, como si aún estuviera tocando en el escenario.
De regreso al hotel, Melissa se recostó unos minutos sobre la cama con la ropa aún puesta, vencida por el cansancio.
Leandro salió un momento al pasillo cuando sonó su celular. Contestó la llamada en voz baja.
—¿Sí? Ada, dime.
Guardó silencio durante un rato, escuchando con el ceño fruncido.
—No ahora. Está dormida… hablamos mañana —dijo finalmente, antes de colgar.
Hacía muchísimo frío y Melissa estaba agotada.
Después de un día entero caminando entre el hielo y la emoción acumulada del concierto, su cuerpo la vencía.
Al día siguiente terminaba esta pequeña escapada que apenas había durado unos días.
Así era la vida de los artistas, siempre entre un viaje y otro, de teatro en teatro, sin tiempo de echar raíces.
Había sido una aventura breve pero intensa, y le había gustado mucho alejarse de México, aunque fuera por poco.
A veces, cambiar de aire parecía indispensable para el alma.
Las vacaciones, aunque cortas, siempre le parecían necesarias, y agradeció la oportunidad de haber conocido ese lugar, de haberse sentido parte de algo tan grande.
Los primeros rayos de sol la despertaron. Miró por la helada ventana el paisaje citadino, blanco e inmóvil. La nieve se acumulaba sobre las escaleras de incendio de los edificios. Leandro aún dormía. Y ella soñó, por un instante, con vivir ahí.
Preparó una taza de café. El aroma fue lo que lo despertó.
—Buenos días. ¿Quieres un café? —preguntó Melissa con una sonrisa.
—No. Gracias —respondió Leandro, seco.
Solo un loco se privaría del placer de un buen café al despertar en Nueva York —pensó Melissa.
—¿Estás bien? ¿Pasaste mala noche? —No se le ocurría qué más decir. Francamente se sorprendió: era la primera vez que Leandro se comportaba así con ella.
—Se nos hace tarde. Vámonos. No puedo perder este avión —dijo, sin mirarla.
Le extrañó mucho la forma en que le hablaba.
Era como si la nieve, antes tan hermosa tras la ventana, ahora se hubiera colado al cuarto del hotel, congelando el ambiente entre ellos.
No quiso darle más vueltas y decidió apresurarse.
Después de todo, tenían un vuelo que tomar en unas horas, y ella tampoco podía ausentarse mucho más del trabajo.
Dania había aceptado cubrirle con gusto durante esos días, pero ya era tiempo de volver.
En el taxi amarillo, mientras avanzaban rumbo al aeropuerto entre el hielo y los rascacielos, Melissa se atrevió a preguntarle:
—¿Qué pasa? ¿Por qué te portas así conmigo? ¿Me puedes explicar?
—Mira Melissa, si no entiendes esta vida no puedo hacer mucho por ti. Así somos los músicos, viajamos de un lugar a otro sin establecernos en ningún lado. Vivimos en movimiento, pues. Esto es demasiado importante, ¿entiendes?
—¿A qué viene todo esto? —respondió ella.
—A que no has estado bien durante el viaje, me lo ha contado Ada.
Me dijo que antes del concierto te habías portado rara, que no te había gustado estar sola en Nueva York, que estabas incómoda con todo esto.
Si yo tengo ensayos o conciertos no puedo estar para ti todo el tiempo.
Necesito estar concentrado, tengo que preocuparme por que todo salga bien y no puedo estarte cuidando ni acompañando. Esto es trabajo, esto es mi vida.
Fue entonces cuando entendió la sonrisa de Ada al despedirse. Qué ilusa había sido al pensar que habían limado asperezas.
—Lo siento, Leandro, pero yo en ningún momento te dije que lo he pasado mal. Al contrario, ha sido un viaje maravilloso, lleno de ideas para mis pinturas. Creo que deberías preguntarme a mí, en lugar de asumir cosas. ¿Quién es Ada para saber lo que yo siento? —replicó ella.
Leandro se disculpó, pero a Melissa la invadió una tristeza silenciosa. Después, vino el coraje. Coraje por haber caído en la trampa de Ada, y más aún porque Leandro también había caído, como un niño inocente.
Al final del viaje, todo transcurrió en calma.
Pero al despegar el avión, vinieron a su mente las imágenes de Marcelo, su rostro crispado, su enojo.
Pensó en su vida de vuelta en la Ciudad de México, en los días grises, en Ada.
Y sintió un malestar, como si la realidad la estuviera esperando con los brazos cruzados.
Su corazón se rehusaba a dejar Nueva York. Mientras el avión volaba de regreso, una parte de ella se quedaba allá, flotando entre las luces, la nieve y el bullicio de una ciudad que la había hecho soñar. Se despidió en silencio, deseando con todas sus fuerzas volver pronto.