El Palacio de la Música Manzana congelada
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Manzana congelada



Nunca había visto la nieve. Los pequeños copos se pegaban al cristal del taxi amarillo y Melissa los observaba fascinada.

Jamás se imaginó que fueran como diminutas estrellitas cayendo del cielo.

Cada una distinta, cada una única en el mundo.

Al bajar del taxi, con el cuerpo encogido por el frío, retiró uno de sus guantes dejando al descubierto la mano derecha.

Estiró los dedos hacia el aire y tocó algunos copos que se deshacían en cuanto rozaban su piel tibia.

Una alegría inexplicable la invadió mientras las pequeñas partículas heladas se posaban sobre la punta de sus dedos.

Leandro y Melissa llegaron a un hotel ubicado a lo alto de un rascacielos, con una vista impresionante.

Por un lado se veía el río Hudson y por otro la grandeza de la ciudad.

Ella estaba agotada por el vuelo y prueba de ello eran los párpados, que empezaban a ceder, pero no quiso dormir así que subieron a la terraza del hotel a tomar una copa, desde donde podían ver el Empire State iluminado de rojo.

Esa vista podría enamorar a cualquiera. Un paisaje glacial.

Al día siguiente tendrían que asistir a uno de sus ensayos y después encontrarse con Ada, aunque Melissa no quería que esta noche terminara jamás.

El tiempo en Nueva York transcurría muy aprisa.

Al día siguiente, apenas habían terminado de desayunar cuando ya era momento de salir hacia el ensayo.

Aquí las personas se movían a un ritmo veloz, siempre caminaban hacia sus trabajos como ríos de hormigas que saturaban las calles.

En esta ciudad ruidosa las sirenas de los bomberos creaban música con su enorme estruendo.

El ensayo fue en un espacioso salón, en el décimo piso de un rascacielos, cuyas ventanas tenían la vista de Central Park.

Los pisos y las paredes estaban cubiertos de madera clara.

Melissa se sentó en los asientos al pie de la ventana mientras escuchaba la música y las correcciones que un director italiano les hacía a los músicos.

Bajó la vista hacia el parque, había un lago congelado donde personas en miniatura patinaban haciendo círculos y piruetas.

Desde ahí arriba, parecían bailarines diminutos dentro de una cajita de música. Melissa rió en silencio.

Estuvo dibujando en su libreta unos árboles cubiertos de nieve, y de fondo la pista de patinaje que se observaba, mientras transcurría el ensayo de Leandro.

Sentía una paz extraña en aquel lugar, tal vez porque estaba lejos de Marcelo.

Cerró los ojos y respiró profundamente, intentando no olvidar nunca esa sensación. Estaba donde debía estar.

Las hojas de la mayoría de los árboles ya se habían caído; solo quedaban los pinos intactos, las ramas desnudas cubiertas de nieve y algunas estalactitas colgando como pequeños cristales.

Melissa y Leandro estaban a un par de semanas de Nochebuena, y después del ensayo, a Leandro se le ocurrió llevarla a un mercado de artesanías navideñas no muy lejos del hotel.

En Union Square existía un lugar mágico que solo abría en esta época del año: un mercado donde se vendía toda clase de artesanías, café molido, chocolate caliente, especias, mitones tejidos a mano, gorros, bufandas, joyería y tarjetas de regalo.

Un pintoresco mercado donde los olores a chocolate y bombones flotaban en el aire.

Melissa estaba acostumbrada al olor dulce por su trabajo en la cafetería, pero este era distinto: era un aroma especial, fragante y delicioso, achocolatado y lleno de invierno.

Se sentía plena viajando, de la mano de Leandro, disfrutando del frío y la magia de aquel sitio. Compró un dije de oro rojizo con forma de hoja, tan delicado que le pareció que podría romperse si no tenía cuidado. Sería un lindo regalo para Nora.

Tras pasear por el mercado navideño, se reunieron con Ada, quien no pareció muy contenta de verla.

Para ella, la simple presencia de Melissa representaba una distracción innecesaria para Leandro.

Aun así, mantener las apariencias era parte de su trabajo, y en eso, había que reconocerlo, era bastante buena.

Cenaron en un restaurante de comida tailandesa, un tipo de cocina que Melissa nunca había probado y que resultó ser un placer exótico para el paladar. Mientras degustaban el segundo plato, hablaron de algunos asuntos relacionados con el concierto del día siguiente.

El director italiano había hecho comentarios poco favorables sobre la interpretación de Leandro; debía mejorarla antes de salir a escena o, de lo contrario, el concierto podría ser cancelado. El mundo de la música era así: exigente, feroz. No perdonaba errores.

Al día siguiente, mientras Leandro asistía a su segundo ensayo —el cual duraría todo el día—, Melissa aprovechó para conocer más de la ciudad y hacer algunos bocetos.

Se dirigió a la Quinta Avenida para observar los coloridos escaparates de las tiendas.

Los dueños sabían cómo crear las más bellas ilusiones, y esas vitrinas parecían cobrar vida en los ojos de los niños que se detenían a mirar los juguetes y regalos tras los ventanales.

Llegó a un pequeño parque con la idea de sentarse en una de las bancas y dibujar un poco.

Se acomodó frente a la fuente de Bryant Park , que estaba completamente congelada.

Parecía que el tiempo se había detenido.

Las estalactitas que colgaban alrededor de la fuente la hacían parecer una corona de hielo, como las de los cuentos de hadas.

Todo estaba cubierto de blanco. Los rayos del sol se filtraban a través del hielo y se descomponían en destellos de color, como pequeños caleidoscopios.

Se imaginó esta escena pintada al óleo, y pensó que, al regresar a su estudio, ese sería un cuadro espectacular.

Encontró después una cafetería muy concurrida cerca de ahí.

Necesitaba una bebida caliente para entrar en calor.

Con el clima tan frío, no se podía permanecer mucho tiempo en la calle, así que pidió un café con leche y se sentó en una mesa junto a la ventana, con vista a la avenida.

No recordaba otro momento en su vida tan lleno de felicidad.

Hizo más bocetos: un farol cubierto de nieve, la silueta de una calle neoyorquina con sus altos edificios de fondo.

Ese lugar le brindaba tantas ideas para futuros cuadros glaciales.

Finalmente, llegó la hora de partir hacia el concierto, así que guardó su libreta en el abrigo y se dispuso a caminar.

El metro de Nueva York le parecía fascinante: los vagones expulsaban aire al avanzar, como enormes ballenas metálicas; la decoración de mosaicos blancos en la estación, los ríos de gente malhumorada subiendo y bajando escaleras, incluso la mugre y las ratas lo convertían en una inmunda belleza.

Tomó la línea roja hacia el Lincoln Center y, al salir de la estación, se encontró con un enorme árbol de Navidad junto a la fuente de la entrada.

Los edificios y las lucecitas del árbol combinaban con los tonos violeta del cielo al atardecer.

Su asiento estaba reservado en la sexta fila al lado de Ada.

Podía estar nevando y la representante de Leandro no dejaba de usar zapatos de tacón, pues le daba una gran importancia a no perder el estilo.

A Melissa le pareció aburrido, para ella había otras cosas mucho más importantes en el mundo que la ropa, como la música.

Ada la saludó cortés pero fría y sacó su lápiz labial rojo el cual embadurnó en sus carnosos labios mientras iniciaba el concierto.

Iniciaron los aplausos y, finalmente, entraron a la sala Leandro, con su violín negro en la mano izquierda, y el director italiano, de paso firme y entusiasta.

El famoso Concierto para violín en mi menor de Mendelssohn sería la presentación estelar de esa noche.

Melissa contuvo el aliento apenas se escucharon las primeras notas: todo había valido la pena.

El viaje, el frío, el tiempo lejos de casa… todo cobraba sentido en ese instante.

Por supuesto, guardó el programa del concierto con sumo cuidado. Sería una pieza más para el álbum musical de Leandro que, con tanta emoción, había estado confeccionando en silencio.

Ada aplaudía con los ojos brillantes, fijos en Leandro, orgullosa de su querubín.

El joven violinista había pasado toda la mañana afinando hasta el más mínimo detalle de aquella pieza que, antes, lo había hecho dudar.

Ahora lo veía erguido en el escenario, firme, seguro, conquistando a la audiencia como ella siempre supo que lo haría.

Al terminar el concierto, el público no dejó de aplaudirle durante varios minutos.

Leandro mostraba una expresión de felicidad absoluta, de éxtasis, de fascinación.

Sostenía su violín negro con la mano izquierda y posaba la derecha sobre su pecho en señal de agradecimiento, haciendo múltiples reverencias ante la ovación.

Entonces, el silencio volvió a llenar la sala.

Colocó nuevamente el violín sobre su hombro: era momento del encore, el Capricho número 17 de Paganini, una pieza breve pero deslumbrante, perfecta para cerrar la noche con virtuosismo.

Interpretaba con gracia y seguridad, y justo al tocar la última nota, una de las cuerdas se rompió de forma abrupta, lanzándole un latigazo que rozó peligrosamente su ojo izquierdo. El público contuvo la respiración.

Una señora entre el público lanzó un grito ahogado.

Melissa sintió un fuerte sobresalto y abrió los ojos como platos.

Varios espectadores se pusieron de pie. Después de unos segundos Leandro limpió con el dorso de su palma su rostro, quitando una mancha de sangre de su mejilla y su ojo.

Se escucharon los cuchicheos de las personas del público que se preguntaban si Leandro se encontraba bien.

Ada dibujó una expresión de terror en su cara.

El director le preguntó en voz baja cómo estaba y Leandro al fin exclamó con voz firme: