La llave plata

Melissa acomodó la pequeña llave en una cadena de plata y se la colgó alrededor del cuello. Le parecía extraño no saber quién le había enviado la pequeña caja de regalo. Aún así, algo en esa llave la inquietaba y al mismo tiempo le resultaba familiar.
En La Tetera Roja, mientras preparaba una orden de capuchinos, vio entrar a Ada.
Le sorprendió verla tan temprano, luciendo fresca, como si no hubiera pasado la noche anterior bebiendo copas en la Schuberteada.
Con sus acostumbrados tacones y los lentes oscuros que usaba incluso en interiores, se sentó en una de las mesas para dos.
Su expresión inquisitiva la intrigaba. Melissa se acercó, y sin esperar siquiera un saludo, Ada habló con voz suave pero directa:
—Melissa, voy a ser sincera contigo —dijo mientras se quitaba los lentes oscuros y la miraba fijamente—. Estoy algo preocupada. Veo a Leo muy... ¿cómo decirlo? Enamorado. Nunca lo había visto así de distraído. ¡Es francamente preocupante!
—¿Leo? —sabía bien a quién se refería, pero le resultaba extraña la cercanía con la que lo nombraba.
—Leandro, cariño, obviamente —respondió con una sonrisa tibia, levantando la mano para llamar a Nora—. Un café bien cargado, por favor.
Nora alzó una ceja hacia Melissa, extrañada por el tono de la señora. Melissa la miró de reojo y casi se le escapa una risa.
Ada se inclinó un poco sobre la mesa, como si fuera a compartir un secreto importante.
—Yo no suelo meterme en la vida personal de los artistas con los que trabajo —continuó—, pero esta vez estoy alarmada.
Leandro tiene un futuro brillante, una carrera que podría llevarlo muy lejos…
y bueno, tú sabes cómo es este mundo. Las distracciones pueden costarle demasiado caro.
Solo te lo digo porque sé que tú también lo aprecias.
—¿Y cómo podría yo ayudarte? —Se le quedó viendo fijamente. A Melissa nunca le había gustado que las personas disfracen sus advertencias de buenas intenciones.
Ada ladeó la cabeza y bajó un poco la voz:
—Ayúdalo a no desviarse. Él te escucha, y a veces, los artistas se ciegan cuando están enamorados. No dejes que eso le haga perder el rumbo. Es todo lo que te pido.
Luego sonrió, con esa cortesía venenosa que dolía más que cualquier insulto directo. El café llegó y lo tomó con delicadeza, como si no hubiera dicho nada grave.
—Las mujeres podemos hacer todo, tú sabes. Únicamente tienes que ayudarme a que siga por este camino, el camino hacia el estrellato —añadió con tono de complicidad, y lanzándole una sonrisa falsa.
La verdad no, no sabía a qué se refería, o tal vez sí, pero más que una conversación, le pareció abiertamente una intimidación de su parte.
Leandro, que siempre tenía la necesidad de hacerse notar por donde pasaba, llegó en ese momento al café haciendo ruido con sus botas cafés y la infame chamarra que Melissa no soportaba.
Justo detrás de él, una abeja entró volando y se posó sobre una tarta de zarzamora que reposaba en el mostrador, sobre una base de cerámica blanca.
—Llegaste antes, Ada —dijo con su sonrisa habitual.
Parecía que se habían citado ahí.
—Aquí están los papeles —dijo Ada, sacando unas hojas dobladas de su bolsa, junto con una fina pluma fuente.
Fue directo al grano—. La siguiente semana vuelas a Nueva York, tienes un concierto allá y después regresas para el recital navideño.
Necesito que firmes el contrato para mandárselo a Michel ahora mismo.
Leandro tomó la pluma y firmó sin leer una sola línea. Podría haberle entregado su alma al mismísimo diablo y no se habría enterado. Así de ciega era su confianza en Ada.
Melissa observó en silencio, le pareció peligroso que Leandro firmara con tanta ligereza, sin leer, como si se tratara de una postal y no un contrato.
—Ahora los dejo, que tengo mucho por hacer —dijo Ada, apresurándose a tomar sus cosas. Se levantó de la silla justo después de guiñarle un ojo.
—Qué molesta es... ¿qué pretende? —pensó Melissa, aún con el eco de aquella conversación rondándole la cabeza. Sacudió esos pensamientos como si fueran polvo y agradeció, al fin, que se habían quedado solos.
—¿Entonces qué? ¿Vienes conmigo a Nueva York? —Leandro la miró de forma seductora.
—¿Yo? —puso la mano en el pecho, entre divertida y desconcertada—. No sé si estás bromeando o si hablas en serio…
—Habla en serio —interrumpió Nora desde el mostrador, levantando una cesta de panes—. Pero ni se te ocurra dejarme sola en diciembre, ¿eh?
Melissa rio y volteó a ver a Leandro buscando una confirmación.
—¡Sí, Melissa! Vamos, serán solo unos cuantos días, es ir al concierto y de vuelta. Prometo que pronto estarás de regreso en la cafetería y con tus pinturas adoradas. Pero ven conmigo, ¿sí? —su mirada se tornó enternecedora—. Será parecido a una pequeña vacación.
Melissa cerró los ojos por un momento y se imaginó paseando por las calles de esa ciudad tan concurrida y maravillosa, llena de edificios altos que brillaban como enormes espejos resplandecientes.
Nueva York debía ser un sueño en invierno.
Dudó unos segundos, pero al final le dijo que sí.
Solo tendría que encontrar a alguien que cubriera su turno en el café durante algunos días, y eso no sería tan complicado.
Recordó por un instante la conversación con Ada y pensó que, definitivamente, esto no le agradaría. Por eso, sonrió y asintió.
Se sintió alegre toda aquella mañana, emocionada por el futuro viaje.
Nora y ella prepararon panqués de naranja con arándano, típicos de la época, y rieron con las historias que escuchaban de los comensales.
Los días de invierno eran muy concurridos en La Tetera Roja, que se llenaba de personas agradables en busca de una taza de café que les quitara el frío.
Este momento de su vida estaba lleno de felicidad. Todo parecía ir de maravilla.
El lugar se tornaba alegre gracias a las personas que inundaban de risas el ambiente; gracias a Nora, cuyo carácter podía alegrar hasta a los muertos; gracias a los grupos de amigas de todas las edades que se sentaban a pasar la tarde juntas; y también gracias a Dania, que tocaba el ukulele y cantaba como los ángeles.
Una vez a la semana, los jueves, deleitaba a todos desde una esquina del café con sus canciones originales y su melodiosa voz.
Cuando Dania sonreía, se le formaban dos hoyuelos muy marcados en las mejillas. Tomaba su ukulele con delicadeza y, con esa voz dulce y clara, cantaba historias de amor y desamor, de sueños e ilusiones. Le cantaba también a la luna y al mar.
Las personas en el café siempre bajaban la voz para escucharla, casi sin querer. Dania arqueaba sus curveadas cejas negras y cerraba sus grandes ojos mientras la música brotaba directo de su corazón.
Ese día cantó especialmente bien. El brillo en los ojos de Doña Luz la delataba, a pesar de sus esfuerzos por contenerse. Y es que a Doña Luz, la música la removía como aguas tempestuosas por dentro. A veces, la música le dolía. Pero canciones como las de Dania terminaban por aliviarle las penas.
Ese había sido un día lleno de amor en La Tetera Roja.
Uno como tantos que Melissa había vivido ahí, rodeada de sus amigas del alma y de todas esas personas que hacían que trabajar en ese lugar fuera un verdadero placer.
Había días buenos, otros caóticos, pero días como este, donde la calidez se respiraba en cada rincón, le recordaban por qué amaba tanto estar ahí.
Al salir de la cafetería, se colocó los audífonos y eligió algo de Brahms para el camino. Caminaba absorta en la música, observando el semáforo antes de cruzar, cuando de pronto Marcelo la interceptó.
—¡Melissa! ¡Ey! —gritó, tomándola de la muñeca.
Su corazón dio un salto. No lo esperaba, no sabía qué hacía ahí. Se retiró uno de los audífonos con la mano libre para poder escucharlo.
—¡Marcelo! ¿Qué ocurre? —preguntó, aún sin entender.
—Quería saber algo, solo una cosa —respondió él, visiblemente alterado, sin soltarle la muñeca—. No he podido dormir. Los pensamientos vuelven una y otra vez a mi cabeza, y necesito saber la verdad.
—¿De qué se trata? —dijo Melissa, incómoda porque no la soltaba.
—Fui a la cafetería hace unos días... y vi al violinista, ese que tanto te gusta, ahí contigo. Vi cómo te tomó de las manos. Vi cómo te besó frente a todos. ¿Por qué, Melissa? ¿Qué tiene él que no tenga yo? ¿Por qué lo prefieres a él? ¿Cuántas flores más necesitas para quererme?
Su voz subía de tono con cada palabra, y Melissa sintió cómo la presión de sus dedos aumentaba alrededor de su muñeca.
Lo miró confundida. Leandro había estado ahí y sí, la tomó para besarle la mano, pero ¿besar sus labios? Eso jamás había sucedido dentro de la cafetería.
—Marcelo, ¿qué estás diciendo? —dijo con voz firme, pero sin alzarla.
Él la observó detenidamente, como si quisiera leer la verdad en su rostro.
—Yo sé lo que vi, Melissa. No soy ningún ingenuo, así que por favor no me trates como tal, no me mires con esos ojos acusadores —dijo, tomando una bocanada de aire—.
¿Estás contenta por hacerme ver como un payaso que no merece tu amor?
Sabes bien que al café acuden siempre las mismas personas, todas aquellas que sabían que yo te visitaba, porque te amo…
te han visto. Y eso no te detuvo. No te hizo siquiera pensarlo dos veces.
¿Acaso no te importo? ¿Acaso nuestra cena no significó nada?
¿Te parece justo? ¿Tan poco valgo yo? Me paseaba por ese café como un tonto enamorado mientras tú...
tú le sonreías a él. ¡Apagaste cualquier indicio de dignidad que me quedaba, dejándome ver como un imbécil!
—¿Marcelo, qué te sucede? ¡Déjame, tú no sabes nada ni tengo por qué darte explicaciones! —de un fuerte tirón soltó su muñeca, cosa que lo enfureció todavía más.
—¡Mi corazón y mi alma eran tuyos, Melissa!
¡Y ahora no puedo dejar de pensar en que otro hombre te bese, te toque, no lo tolero!
¿Puedes entenderlo? ¡No puedo dejar de preguntarme por qué y para qué fuiste conmigo al restaurante!
¿Por qué creaste esta ilusión en mí? ¡Si solo estabas jugando conmigo, debiste habérmelo dicho! —alzaba cada vez más la voz.
Sus ojos, amarillos y desorbitados, la hicieron estremecerse, desatándole una alarma interna. A Marcelo se le salía una vena en la frente que parecía palpitar con cada palabra que gritaba.
Las personas en la calle los miraban, pero nadie se atrevía a mencionar nada o a detener lo que estaba sucediendo.
—Marcelo, escúchate por favor. Escucha lo que estás diciendo. Yo no tengo nada que ver con esto. Salí contigo porque me gustabas pero después conocí a alguien más. Fue un azar de la vida —dijo Melissa desesperadamente.
—¡Claro! Ahora resulta que soy un monstruo.
Una mala persona, alguien falto de sentido.
¿Eso es lo que piensas de mí, no es así?
—gritó fuera de sí—. ¡Nunca debí confesarte mi amor!
Si tan solo me hubieras aceptado en tu vida, me habría dedicado a tu felicidad, Melissa.
Pero claro... ¿cómo vas a quererme a tu lado si piensas que soy un monstruo?
Melissa estaba confundida, no entendía de dónde había salido todo esto.
—No pienso eso, Marcelo, pero tampoco puedo escucharte un segundo más —giró para finalmente cruzar la calle, cuando él la tomó fuertemente del brazo.
—¡Suéltame de una vez por todas! —gritó Melissa, alzando la voz aún más.
Finalmente, una señora que presenciaba todo se detuvo al lado de Melissa.
—¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda? —le preguntó, mirando a Marcelo con expresión dura.
—Estoy bien, gracias —respondió Melissa, con los ojos llenos de lágrimas, mientras aprovechaba el momento para soltarse del brazo y alejarse lo más rápido que pudo.
—¡Te vas a arrepentir, Melissa, juro que te vas a arrepentir! ¡Me has hecho quedar como un loco frente al mundo! ¡Nadie juega conmigo de esta manera! —gritó Marcelo con una furia desbordada.
Melissa comenzó a acelerar el paso, la respiración se le agitó en un segundo mientras vigilaba, sin voltear demasiado, que Marcelo no la siguiera.
Podía escuchar sus propias pisadas contra el asfalto, cada vez más veloces, como si todo su cuerpo hubiera entrado en estado de alarma.
Finalmente llegó a su casa, cerró con todos los seguros y atrancó la puerta con una silla.
El corazón le galopaba en el pecho y las piernas se le hacían como hilos sin fuerza.
La quietud y la felicidad que había sentido durante el día en La Tetera Roja se habían esfumado.
Marcelo se había comportado como un loco, un hombre completamente fuera de sí.
Cayó sobre sus rodillas, vencida, y comenzó a llorar desconsolada.
Los muslos aún le brincaban del susto, y el cabello, hecho una maraña por el viento, le caía sobre el rostro empapado de lágrimas.
Se preparó un baño de burbujas. Llenó la tina con agua caliente y, aún temblando, se metió en el agua.
Intentó tranquilizarse con música suave.
Tomó la llave que colgaba de su cuello con la mano izquierda y comenzó a respirar despacio, sintiendo sus relieves, la forma, la temperatura.
El metal estaba frío, pero su contacto le daba una sensación extraña de compañía.
Finalmente, con el vapor tibio y el agua envolviéndola, logró calmarse un poco.
Esa noche, el insomnio la atacó sin piedad.
Daba vueltas en la cama, con los ojos abiertos en la oscuridad, mientras el eco de las palabras de Marcelo retumbaba en su mente.
¿Qué debía hacer? ¿Llamar a la policía? ¿Hablar con alguien?
No sabía si estaba exagerando o si, por el contrario, estaba minimizando algo que podía volverse peligroso.
Todo esto era su culpa. Se sentía atrapada entre la incredulidad y el miedo.
La idea de verlo otra vez la erizaba. Lo único que deseaba era huir, subirse a ese avión, llegar a Nueva York y respirar otro aire.
Empezar de nuevo, aunque fuera por unos días.