El Palacio de la Música Schuberteada #3
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Schuberteada #3

Aunque era testarudo y no le agradaba que le dijeran qué hacer, Leandro la miró y suspiró, intentando conservar la paciencia. Después de todo, Ada trabajaba arduamente para conseguirle conciertos y siempre había estado a su lado. Pero en su corazón, Melissa ocupaba ya un lugar imposible de ignorar.

—Por ahora, esto es lo que necesito vivir, Ada. Acompáñame como siempre lo has hecho —dijo mientras le acomodaba un mechón de cabello negro detrás de la oreja con delicadeza.

Ada solía ceder ante Leandro cuando él se mostraba cariñoso con ella, tal vez por la falta de afecto en su vida personal. Pero esta vez, no estaba dispuesta a ver cómo todo se le escapaba de las manos.

—Como quieras —respondió con un tono neutro—. Pero sabes bien cómo es la vida de los músicos. Estás destinado a esto, a volar alto, a lucir tu talento y convertir tu sueño en realidad. No lo eches a perder, Leo. No amarres tus alas por nadie.

Se encogió apenas de hombros y encendió un cigarrillo, mientras sus ojos oscuros se perdían en algún punto lejano del salón.

Leandro se quedó pensativo unos minutos.

Sabía que, en parte, Ada tenía razón. Pero después volteó a ver a Melissa, que fingía no haber escuchado nada.

Caminó hacia donde ella estaba, uniéndose a la conversación con el director Antoine.

En ese momento, este comentaba que, de no haber sido músico, le habría encantado estudiar psicología, pues le parecía un tema fascinante.

Ada, al notar que Leandro se alejaba de ella, se giró hacia un representante con el que comenzó a charlar. Detestaba que Leandro la dejara sola, y le guardó a Melissa aún más rencor del que ya sentía.

Melissa, por su parte, jamás se había imaginado cómo sería estar en una fiesta llena de personas tan interesantes, donde abundaban el vino, los platillos con entradas delicadas y, sobre todo, la música que impregnaba cada rincón del ambiente.

Sin embargo, al recordar las palabras de Ada, sintió algo en el estómago, como si algo dentro de ella se encogiera bruscamente.

Fue una punzada que la dejó inquieta, como una alarma interna que le decía que debía tener cuidado.

Ada, por cierto, minutos después comenzó ya a perder un poco la compostura con la bebida.

—Espero que estés pasando un momento agradable, Melissa. Luces hermosa.

Ella rio, le resultaba inevitable. En verdad él la hacía sentir como si estuviera caminando dentro de un sueño.

—La verdad estoy un poco cansado, pero tengo que estar aquí. Es parte del trabajo… relacionarme con la gente indicada —añadió, y luego le besó la mano como todo un caballero.

—¿Alguna vez has soñado con vivir en otro país? Francia, Alemania, Suiza... no sé, ver los castillos y paisajes tan distintos a los de aquí. Hay un mundo increíble que ver —le dijo mientras la miraba con esos ojos negros y movía la mano como si pasara las páginas de un libro imaginario.

—La verdad sí —asintió con una sonrisa sincera—. Siempre he querido viajar y conocer el mundo, aunque aún no sé en qué lugar me gustaría quedarme para siempre —respondió, sin entender del todo hacia dónde iba con aquella pregunta.

—No para siempre, eso sería imposible. Un músico siempre está de gira, como el mundo mismo… es difícil quedarse quieto —hizo una breve pausa, bajando la voz—. Pero hay viajes que uno no quiere hacer solo.

Melissa lo miró con los ojos brillantes.

—¿Te gustaría venir conmigo alguna vez? No tiene que ser ahora… solo, no sé, imagínalo —añadió mientras le tomaba la mano con delicadeza.

Ella sintió que el corazón le latía más rápido.

—Me encantaría —susurró, casi sin pensarlo. Y por un momento, en su mente, ya estaba empacando maletas con él.

—Tal vez le demos la vuelta al mundo.

Melissa suspiró, sin saber si lo que imaginaba era una promesa, o apenas un sueño bonito.

La velada terminó tardísimo, casi al amanecer.

Era típico en el mundo de los músicos alargar la noche hasta ver salir el sol.

Melissa volvía soñando despierta, imaginando una vida llena de música, conciertos y fiestas; y, sobre todo, de lugares maravillosos.

Una vida donde pudieran estar juntos en ese camino que apenas comenzaba.

Se sentía emocionada ante las nuevas aventuras que pudieran presentarse.

Al llegar a casa, encontró una cajita blanca con un moño azul justo afuera de la puerta.

No sabía quién podría haberle dejado un regalo.

Hacía demasiado frío, así que se apresuró a entrar, metiéndola consigo y dejándola sobre la mesita del vestíbulo, mientras colgaba su abrigo en el perchero de madera.

Era una caja pequeña. Deshizo el moño con rapidez y vio que sobre la tapa estaba escrito su nombre con tinta negra. La abrió con cuidado: dentro, una pequeña llave plateada. Nada más. No había nota, ni mensaje, ni remitente.

Entonces recordó el sueño de días atrás, aquel en que la mujer de humo le entregaba una llave idéntica, también plateada. Era imposible. No se lo había contado a nadie. Ni siquiera a Nora.

—¿Quién me ha mandado esto? —pensó, sintiendo un escalofrío.

Subió a su recámara, agotada después de aquella Schuberteada donde por primera vez se había sentido parte del mundo de Leandro, y parte de algo más grande. Sosteniendo la llave en la mano, se quedó profundamente dormida.