El Palacio de la Música Schuberteada #2
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Schuberteada #2

Llegaron al Centro Histórico de la Ciudad de México, a la mansión del maestro Maurizio Varnesi, uno de los directores más renombrados del Palacio. Antiguo pianista, ahora figura de poder indiscutible en el mundo de la música clásica.

El maestro Maurizio Varnesi era joven para el nivel de reconocimiento que tenía en el mundo de la música clásica.

Su presencia imponía respeto sin necesidad de alzar la voz.

Siempre vestía impecable, con trajes oscuros y un pañuelo de seda en el bolsillo.

Tenía una mirada cálida, de esas que inspiran confianza, como si viera más allá del talento y supiera reconocer el alma de los músicos.

Era meticuloso, brillante, y dueño de una seguridad serena que contagiaba calma incluso en los momentos más exigentes del escenario.

Pasando la entrada, en uno de los salones principales, un majestuoso piano de cola negro se imponía en el centro, como el corazón del lugar.

Las paredes, recubiertas de espejos, multiplicaban la luz y los movimientos de los presentes.

Del techo colgaba un candelabro de cristales, que dejaba caer destellos suaves cada vez que se movía el aire.

Algunos personajes ya se encontraban ahí: la maestra Amelia, la cantante de ópera más reconocida del momento; Andrés, el contrabajista más joven de la Sinfónica, con apenas veintidós años; el siempre bien recibido director Antoine, y algunos cazadores de talento, amigos del maestro Maurizio, que de vez en cuando pescaban a alguna futura estrella.

A estas reuniones solían asistir personajes importantes, y quienes lograban ser invitados disfrutaban de pertenecer al círculo más exclusivo del mundo de la música clásica.

Poco a poco fueron llegando más personas, y entre todos comenzaron a deleitar al público con sus dotes musicales.

A Melissa le pareció divertido conocer a aquellas personalidades.

Corría a mares la champaña y los bocadillos llenaban las charolas.

En esta ocasión, la Schuberteada se celebraba por el cumpleaños número ochenta de una de las directoras, aunque en realidad todos estaban ahí por el gusto de reunirse, disfrutar de la música y el alcohol, y la habrían organizado incluso sin tener motivo alguno.

Por supuesto que Valérie Bellerose no había faltado. Ahí estaba, disfrutando como una diva de la plática y la fiesta, tomando nota mental de todo lo que incluiría en su próxima columna.

Aunque los cantantes siempre intentaban acaparar el espectáculo, llegó el momento de Leandro, quien, a pesar de haber tocado en el Palacio horas antes, tenía energía de sobra. Interpretó una versión para violín de la Danza Española No. 1 de Manuel de Falla y dejó a todos boquiabiertos.

Los aplausos no cesaban; el maestro Maurizio se veía encantado y, tras la presentación de Leandro, se dispuso a sentarse al majestuoso piano que solía ser el centro de atención en aquellas reuniones, junto con la maestra Amelia.

—Voy a cantar Vilja , de La viuda alegre , del maestro Franz Lehár. Una canción preciosa sobre una doncella del bosque… una criatura mágica que aparece, enamora y desaparece.

Uno de los músicos, entre risas, comentó:

—Y el pobre cazador queda vagando como un tonto enamorado.

Todos rieron, incluida Melissa.

La voz de la maestra Amelia era dulce y potente a la vez; la melodía, bellísima. Melissa, fascinada, observaba todo y Leandro, junto a ella, le apretó la mano suavemente.

—¿Sabías que Franz Lehár amó profundamente a su esposa toda su vida? —dijo Leandro en su oído.

—¿De verdad? —Melissa lo miró, curiosa.

—Sí. Dicen que siempre fue su musa silenciosa. Cuando ella murió, Lehár quedó devastado… y solamente vivió dos años más.

“Un pobre cazador, vagando como un tonto enamorado…” Las palabras de aquel músico se quedaron unos segundos flotando en su mente.

La historia hablaba de un hombre que se enamora de una mujer fugaz.

Melissa pensó por un momento en Marcelo y en la única cita que habían tenido.

No quería sentir culpa pero Leandro había cambiado todo.

Así que trató de disipar esos pensamientos y se concentró en él…

y el paraíso de música que tenía en frente.

Aquello era más que una fiesta, era un mundo entero donde la música unía, encantaba, y revelaba quién era quién.

Ada sabía muy bien cómo moverse en ese ambiente.

Se le veía desenvuelta codeándose con los artistas y con los directivos, sirviéndose burbujeante champaña y riendo a carcajadas sin notar el volumen de su voz entre melodía y melodía, más alto de lo necesario, como si temiera volverse invisible si no ocupaba el centro de atención.

En un momento en el que el director Antoine le preguntaba a Melissa acerca de su carrera como pintora, ella logró escuchar algo que captó inmediatamente su atención.

—No entiendo por qué mezclas de esa forma tu vida personal con el trabajo, Leo —decía Ada mientras acariciaba el tallo de su copa con los dedos—. ¿No ves que todo esto que has construido puede venirse abajo? Leandro intentó decir algo, pero ella se adelantó.

—Eres grande, mi cielo, lo sabes. Tienes talento, tienes presencia, tienes todo.

Llegarás tan alto como las estrellas, pero tienes que dejar de distraerte.

Esta carrera exige todo de ti, incluso partes que a veces no quieres entregar.

Tomó un sorbo largo de champaña y continuó, mirándolo con una mezcla de ternura y determinación.

—No puedes permitir que nadie —y mucho menos alguien que no entiende este mundo— se cruce en tu camino. No ahora. No cuando estamos tan cerca. He invertido mucho en ti, Leandro.