El Palacio de la Música Schuberteada
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Schuberteada



Vilja-Lied de “La viuda alegre” - Franz Lehár

Ada siempre estaba arreglada y perfumada; no podía pasar un día sin ponerse su fragancia favorita.

Tenía un aroma dulzón, combinado con olor a talco, que a ella le fascinaba, aunque a algunos les daba la impresión de que, en realidad, olía ligeramente a vieja.

Usaba tacones siempre, a pesar de que ya era alta, y peinaba sus cabellos negros con rizos que le caían por la espalda.

Tenía la piel blanca… y las intenciones negras.

Pasaba sus mañanas arreglándose para sentirse bella y llenar el vacío que dejaba la edad.

La verdad, si bien no era una vieja, tampoco era ninguna jovencita.

Aun así, el trabajo le daba una especie de júbilo, esa sensación tan reconfortante de dedicarse a lo que uno ama, sobre todo cuando es lo único que se tiene.

Su trabajo no era sencillo, pero le brindaba grandes satisfacciones.

Realizaba llamadas todo el tiempo, se mantenía en contacto con gente del gremio musical, salía a comer o cenar con personas importantes, proponía eventos, funciones.

Y entonces, cada vez que Leandro se presentaba en un teatro nuevo y hacía su magia, ella disfrutaba de un hermoso cheque que la hacía sonreír de oreja a oreja.

Las relaciones públicas la hacían sentirse como pez en el agua; conseguirle nuevas presentaciones y audiciones la llenaba de una satisfacción que rozaba el orgullo.

En ese sentido, Ada y Leandro eran un gran equipo.

Ada sabía moverse, usar a las personas a su antojo, y hacer hasta lo imposible por obtener algo de cada situación.

Eso, decía, era algo que la vida le había enseñado.

Cuando Ada era una joven de diecisiete años conoció a Ricardo, un hombre mucho mayor que ella cuya experiencia con las mujeres y con la vida le había enseñado a ser un cabrón.

Era un hombre que tomaba lo que quería, y a sus espaldas se quedaba de ver con otras mujeres de vez en cuando, con la frialdad que solamente pueden tener algunas personas.

Ada, por supuesto, no se daba cuenta, y así permanecieron las cosas por años, mientras Ricardo se hacía imprescindible en su vida y se aferraba con fuerza a su corazón.

Ricardo era bien parecido, alto y fuerte.

Vestía casi siempre con traje y le gustaban los negocios.

Había dedicado los inicios de su carrera profesional a las leyes y aunque era joven había logrado ya un crecimiento importante.

Le encantaba su profesión y más aún, engordar su billetera defendiendo casos que parecían imposibles de resolver, eternizándolos a su favor.

Por supuesto, que nada de esto se lo contaba a Ada.

Simplemente no le permitía saber nada de sus asuntos, y a ella no le importaba demasiado, porque a veces el amor es ciego.

Le ocultaba las cuentas bancarias, le hacía regalos a sus amantes, mantenía una vida paralela con otras mujeres y, si a Ada se le ocurría preguntar algo, la callaba diciéndole que no se entrometiera.

Al principio, pocos entendían qué le veía Ada a Ricardo, pero él tenía esa habilidad extraña de ganarse a todo el mundo.

Hasta el perro le movía la cola cuando se acercaba a darle algún manazo cariñoso, siempre con su tosco estilo de ser.

Ricardo amaba a los perros, y gracias a eso, Ada terminó por odiarlos.

Al poco tiempo, Ricardo ya gozaba de una estrecha cercanía con el padre de Ada, mientras que su madre le ofrecía pasteles de manzana, lo que mejor sabía preparar.

Se había ganado su confianza, y Ada estaba más feliz que nunca.

Finalmente, veían en él a una persona capaz de hacerse cargo de su hija, así que concedieron su mano, a pesar de que apenas llevaban unos cuantos meses de conocerse.

Las desilusiones no tardaron en llegar, sobre todo porque, por más que lo intentaban, Ada no había conseguido tener un hijo.

A pesar de su carácter frío, Ricardo guardaba en lo profundo de su corazón la ilusión de convertirse en padre.

Se imaginaba cargando a un niño regordete, consintiéndolo, llenando sus ojos de alegría.

Aquella imagen, casi tierna en un hombre como él, era una de las pocas cosas que realmente le ablandaban el rostro.

Con el tiempo, al no poder ser madre, Ada se convirtió en el blanco del desprecio de Ricardo.

Malas caras, silencios que sabían amargo y reclamos interminables comenzaron a llenar su relación.

“Mujer seca”, la llamaba. Ada se encerraba en el baño a llorar por las tardes, deseando con todas sus fuerzas que Ricardo la amara como antes y poder darle el hijo que tanto anhelaba. Pero eso nunca sucedió.

Ricardo comenzó a irse de la casa por días, quién sabe a dónde, cada vez tardándose más en regresar, hasta que un día simplemente no volvió.

Le dejó los papeles del divorcio firmados sobre la mesa del comedor, como si con eso pudiera desprenderse de ella tan fácilmente como lo había hecho con todo lo demás.

Ada pasó entonces mucho tiempo sola. Demasiado.

Muchas tardes encerrada en las tinieblas de una habitación sin ventilación, con las cortinas cerradas y el aire estancado como sus pensamientos. El silencio de la casa era espeso.

Una tarde, con el filo de un cuchillo, acarició sus muñecas, no con decisión, sino con esa forma extraña y peligrosa en la que a veces se tantea el límite.

Jugaba con la idea de desaparecer de este mundo, no como acto final, sino por desesperación.

Pero no fue capaz de hacer nada. Amaba demasiado la vida llena de lujos, la ropa buena, los restaurantes caros, su perfume.

Le gustaba verse al espejo y reconocerse fuerte, aún si por dentro se sentía hecha pedazos.

Quería dejar de sufrir, sí, pero no quería morirse.

No estaba lista para rendirse, no mientras existiera una mínima posibilidad de volver a tener poder sobre algo, sobre alguien.

Así que guardó el cuchillo, se lavó la cara y entonces salió al mundo con tacones altos, y una decisión: nunca más permitiría que alguien la dejara atrás.

Ada tenía una amiga pianista que se había cansado ya de insistirle que asistiera a una fiesta donde habría músicos y gente interesante.

Llevaba semanas invitándola con la esperanza de que conociera a algún amante que le quitara lo amargada, según decía.

Ada terminó por aceptar, harta de haber desperdiciado su vida y sin más expectativa que salir del encierro.

Aquella noche descubrió en sí misma una fachada maravillosa: podía reír y bailar, aunque bajo una capa de maquillaje y perfume se escondiera una mujer rota.

Fue ahí donde apareció él, un joven violinista recién llegado a la ciudad, deslumbrado por la extrovertida seguridad de Ada.

Sus ojos negros la buscaron entre la multitud con descaro y, entre risas y copas, le pidió que se convirtiera en su agente.

Ella, con la noche encima y el juicio más laxo de lo habitual, no pudo negarse.

Algo en esos ojos le pareció familiar. Decidió ayudarlo.

Y con eso, tal vez, ayudarse a sí misma.

Al irse, Ricardo le había dejado un hueco en el alma, un espacio frío y silencioso que Ada decidió llenar con trabajo.

Desde entonces, se dedicó por completo a la carrera de Leandro.

Él se convirtió en su nuevo proyecto de vida, en su causa.

Cada logro del joven violinista era también un triunfo personal.

La emoción de conseguirle una presentación importante, de escuchar su nombre en boca de críticos, de verlo crecer, le devolvía la sensación de estar viva.

La carrera de Leandro le había devuelto la oportunidad de sentirse útil, fuerte, y sobre todo, de demostrarse a sí misma que aún era capaz de construir algo valioso.

Las famosas Schuberteadas de la Ciudad de México eran reuniones de músicos, directores y agentes; fiestas llenas de excesos en las que Ada aprovechaba para asegurar nuevas presentaciones para su joven artista consentido.

No faltaban los cantantes que, enrojecidos por el alcohol, entonaban melodías a todo pulmón, ni las conversaciones pretenciosas de aquellos que se creían más conocedores de lo que realmente eran.

Claro que también había gente valiosa, verdaderamente importante, con cabeza de biblioteca y oído de gato, pero esos eran los más silenciosos: los que preferían escuchar antes que hablar, los que con los años habían aprendido a distinguir qué melodías valían la pena.

A Ada no le caían bien muchas personas. Tenía que forzar la convivencia con algunas por razones de trabajo, pero en el fondo era una mujer bastante amargada que mantenía una marcada distancia con todos.

Parecía inalcanzable, seria y fría cuando se lo proponía; aunque con Leandro era distinta, amorosa incluso, y lo procuraba más de la cuenta.

Melissa sintió de inmediato su desprecio.

—Tenemos una Schuberteada esta noche —dijo Ada, cortante—. No querrás llegar tarde, ¿verdad?

Leandro asintió, incómodo. —¿Te gustaría venir? —le preguntó a Melissa en voz baja. —Sí —respondió ella, sin pensarlo demasiado.

Y así, dejaron atrás la terraza, con la luna como único testigo de un beso tan mágico que ya no volvió a repetirse esa noche.

Se dirigieron a una de estas fiestas musicales.

—¿Qué es una Schuberteada? —preguntó Melissa con curiosidad.

—Ya lo verás cuando lleguemos —respondió Leandro, aún exaltado por el concierto.

Ada torció los ojos. Le resultaba absurda la idea de introducir en su mundo a esa niñata.

Un entorno tan bien construido no podía contaminarse con presencias improvisadas.

Leandro no lo veía, pero ella sí: esa chica no encajaba.

Era un insecto que se había colado donde no debía.

Y un insecto, tarde o temprano, debía ser eliminado.