El Palacio de la Música Cielo rojo #3
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Cielo rojo #3

Terminó por cerrar los ojos y se dejó llevar por lo que estaba escuchando. Las notas que parecían brotar del violín hacia sus oídos la hicieron sentir que el corazón se le salía del pecho. El violín negro lloraba de amor y Melissa lloraba junto con él.

De las que le gustaban, esta era una de las piezas más arrebatadas y terminó de forma majestuosa como debía ser.

Los aplausos se escucharon en toda la sala, las personas se levantaron de sus butacas rojas para ovacionar a la orquesta, a Leandro y por supuesto al director Antoine, quienes saludaban con una reverencia.

A Melissa siempre le había parecido curioso ese gesto.

Le gustaba pensar que venía de épocas antiguas, cuando los músicos tocaban para la realeza y debían inclinarse al final como señal de respeto.

Algo de eso se mantenía, aunque el público ya no llevara coronas.

Miró hacia atrás, curiosa por ver las caras de las personas entre el público.

Observó expresiones conmovidas, sonrisas, ojos brillosos.

Pero algo llamó su atención al fondo de la sala: un rostro que le pareció familiar, un peinado perfectamente acomodado y una nariz afilada, inconfundible.

La silueta alta de un hombre vestido con un traje oscuro.

Uno de los asistentes se movió y bloqueó su vista por un segundo.

Cuando volvió a mirar, el hombre ya no estaba. En su lugar, una butaca vacía.

Sintió un escalofrío. Se obligó a volver la vista al frente, pero su mente no le dio paz.

Entre la multitud no podía distinguir con certeza quién estaba y quién no.

Tuvo la impresión clara, punzante, de haber visto a Marcelo.

Como si por un momento se hubiera materializado ahí, rígido como una estatua sombría, observándola desde la distancia.

Se llevó la mano al pecho. El concierto le había conmovido, sí, pero ahora sentía algo distinto. Un nudo en el estómago. Un desorden emocional en el que se encontraba atrapada.

Salió de la sala por el lado derecho y caminó hasta el fondo del pasillo, donde se encontraban las escaleras.

Iba atenta, aguzando la vista. Había demasiadas personas con traje negro; el Palacio reunía a una audiencia elegante, y entre tanto movimiento era difícil distinguir a alguien en particular.

No vio a Marcelo por ninguna parte. Lo buscó con la mirada, recorriendo cada rincón visible desde donde estaba, pero no había rastro de él.

Subió las escaleras con paso más lento, aún con el corazón algo inquieto. En un descanso entre los pisos, notó una puerta entreabierta que daba hacia uno de los costados del Palacio. Sintió la necesidad de saber qué había detrás, como si algo la llamara. Empujó la puerta con suavidad.

La terraza se abrió ante ella como una escena secreta.

Grandes columnas de mármol enmarcaban un balcón espacioso con piso de ajedrez.

La luna llena colgaba del cielo como una lámpara blanca sobre la noche helada.

Inhaló profundo. Quiso guardar esa imagen en la memoria.

Ese instante. Era un cuadro perfecto. Uno que ninguna pintura podría igualar.

Unos pasos interrumpieron su ensoñación. Leandro entraba al balcón, despeinado, con el estuche al hombro —porque, según decían, ningún violinista que se respeta debe alejarse de su instrumento más de dos pasos.

Se acercó y le tomó las manos. Estaba temblando, eufórico. Siempre que terminaba un concierto le costaba volver a la normalidad; la música lo dejaba en un estado alterado, con los sentidos aún encendidos. Reía, y ella podía ver el vapor salir de su boca con cada exhalación.

Melissa también sentía el frío. Era el mismo que había sentido desde los aplausos finales, ese aire helado que parecía haber llegado con la silueta fugaz de Marcelo. Su figura seguía ahí, en algún rincón de su mente, como un eco que no terminaba de irse.

—¡Ah! —gritó Leandro mientras estiraba los brazos con los puños en alto y reía escandalosamente.

A pesar de que no había nadie más que ellos en aquella terraza de ajedrez, Melissa pegó un brinco con el grito. Volteó hacia la puerta de reojo, aunque no vio nada. La adrenalina aún recorría su fino cuerpo.

Leandro se acercó hacia la joven y con la enorme lámpara del cielo que los veía, besó sus labios, entonces ella perdió la noción del tiempo y cerró los ojos.

No había otro lugar donde había que estar, la única presencia que importaba era la de Leandro y la suya, sus labios, y la luna como espectadora.

—¿Ya terminaron? —dijo una voz seca, cargada de seriedad.

De pronto, la luz de la luna ya no parecía tan mágica. Ahora era como el reflector de la policía iluminando a los ladrones saliendo de un banco con el botín en las manos, sin posibilidad de escape.

Una mujer de tacones afilados, brazos cruzados y ceja alzada los observaba con expresión acusatoria. Miró a Melissa de arriba abajo, y luego de abajo arriba, como quien evalúa algo que no le gusta ni un poco.

—Melissa, ella es mi agente. Te presento a Ada —dijo Leandro, con la cara enrojecida como un niño al que acaban de atrapar en plena travesura.