El Palacio de la Música Cielo rojo #2
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Cielo rojo #2

Te amo Melissa, mi corazón desea tenerte a mi lado con tanta fuerza que soy capaz de cualquier cosa por ti. Como te lo dije antes, yo estoy convencido de que lo que sientes por mí es amor.

Te estaré esperando por siempre,

Marcelo.

Dejó el papel sobre la mesa de la cocina y se sirvió un vaso de agua fresca. Tenía la boca seca. —¿Te estaré esperando por siempre? ¿Qué está pasando? —pensó.

La idea de que Marcelo la estuviera esperando no le pareció para nada tranquilizadora. No era una frase romántica, era una sombra. Una puerta que no se cerraba, aunque ella ya la había cruzado.

De pronto deseó con todas sus fuerzas que Marcelo la olvidara, que hiciera como si nunca la hubiera conocido, como si todo aquello —la cena, el café, las flores— no hubiera sucedido. Quería que la sacara de su mente.

Quería desaparecer de su mundo.

Sintió el impulso de arrugar la carta y tirarla, pero no lo hizo. La dejó ahí, extendida, como si al hacerlo pudiera mantenerla a raya. Quería poder descansar del asunto. Respirar sin sentir esa presión en el pecho. Pero ahora sabía que no iba a ser tan fácil.

Miró el cuadro que había pintado el día anterior, la pintura aún permanecía húmeda en las capas de pintura más gruesas.

Ahora que lo veía con más calma, le gustaba el resultado, le gustaban las manchas de miedo.

Tomó un pincel fino, lo firmó en la esquina inferior derecha y lo colgó en una de las paredes de la sala.

—Se llamará Cielo rojo —murmuró en voz baja.

El título le vino como un reflejo inmediato. Era también el nombre de una canción mexicana que siempre le apretaba el pecho.

Horas más tarde, Melissa se preparó con calma para el concierto de Leandro.

Eligió un vestido negro corto, de tela ligera, con una abertura discreta a la altura del muslo derecho.

No necesitaba más adornos. El negro siempre había sido su color preferido, le gustaba cómo contrastaba con su piel, cómo absorbía las luces y las sombras.

Quería verse bien, pero no distinta a sí misma.

No se maquilló demasiado, solo lo justo para iluminarse el rostro.

Tomó su abrigo del perchero de la entrada y, justo antes de salir, volvió la vista hacia el cuadro que colgaba en la pared de la sala.

“ Cielo rojo ”, pensó.

Había algo de definitivo en ese nombre, algo que la conectaba con una emoción intensa y no del todo clara. Se quedó unos segundos frente al cuadro, en silencio. Luego suspiró, como si soltara con él una parte de su día. Y salió de casa hacia el Palacio.

La oscuridad de la noche le era agradable, hacía más frío que el año pasado, pero era un inicio del invierno bastante tolerable.

A Melissa el frío le sentaba bien. A pesar de lo que había ocurrido el día anterior con Marcelo y de leer la carta que la había dejado con una sensación de inquietud, en el fondo estaba haciendo un esfuerzo para sentirse bien y disfrutar el concierto.

No quería arrastrar esa sensación al Palacio, ni dejar que algo tan turbio opacara una noche que podía ser hermosa.

Se obligó a dejar atrás el nudo en el estómago, a caminar con paso seguro, a respirar profundo.

Esta vez no era solo un concierto: era un reencuentro con algo que había añorado desde siempre.

Con la música, con la emoción, con Leandro.

Y por eso, intentó no pensar más en nada que no fuera eso.

Solo por esta noche.

Al llegar al Palacio, Melissa entró a la sala principal y encontró su asiento entre las butacas rojas.

Se acomodó con calma, expectante. Volteó hacia el techo, como solía hacer siempre que asistía ahí, y sus ojos se toparon con el vitral del dios Apolo, vibrante en sus colores, rodeado de sus bellas musas, encargadas de infundir inspiración.

Le pareció que aquella imagen no solo embellecía el techo, sino que lo llenaba todo.

Desde lo alto, el vitral parecía derramar una luz especial, como si fuera el guardián secreto de las emociones.

A los músicos les regalaba energía, al público la pasión por escuchar.

En uno de los palcos estaba Valérie Bellerose con unos zapatos rojos, siempre luciendo elegante, abanicándose con el programa de mano con estilo y tenía la pierna derecha cruzada sobre la izquierda y el pie izquierdo apoyado apenas sobre el tacón.

Del otro lado del recinto, en un palco opuesto, una figura femenina llamó su atención. Una mujer de cabellos largos y negros. Había algo en ella que le resultaba inquietantemente familiar, aunque no podía verla con claridad.

¿Sería la mujer de la profecía?

En ese instante, sonó la tercera llamada. Las luces del público se atenuaron y las del escenario comenzaron a brillar con fuerza. El concierto estaba por comenzar.

Comenzaron los aplausos. Leandro apareció en escena con su oscuro violín, seguido por el director Antoine, que cruzó el escenario con su característico andar airoso, casi flotante.

Ambos se detuvieron en el centro, frente al público, aguardando ese silencio absoluto que precede a los instantes mágicos.

El director Antoine, levantó su mano izquierda ligeramente para indicar un suave comienzo y movió la derecha con la batuta dando delicados golpecitos en el aire. Las luces del escenario resplandecían entre sus crispados cabellos grises. Y así, a contraluz, inició la melodía.

Leandro no había querido revelarle a Melissa cuál sería la pieza que interpretaría esa noche.

Le hizo prometer que no la buscaría, ni siquiera en el programa de mano, hasta no escucharla en vivo.

Melissa respetó su palabra y sostuvo el programa cerrado en su regazo, con una sonrisa contenida. Decidió que lo guardaría como recuerdo.

Entonces se le ocurrió una idea: reunir todos los programas de los conciertos de Leandro, pegarlos en una libreta, decorarla con recortes, notas, fotografías de ambos, y regalársela cuando estuviera completa.

Sería un detalle íntimo, una especie de álbum de su carrera desde su mirada.

Imaginó entregársela algún día, y verlo sonreír al hojear aquellas páginas llenas de música y memoria.

Cuando la orquesta comenzó a tocar, Melissa lo supo al instante. Reconoció los primeros compases majestuosos: el Concierto para violín en re mayor de Tchaikovsky. La pieza más emotiva del compositor, esa que parecía abrir de par en par el corazón de quien la escuchaba.

Y cuando Leandro alzó el arco y dibujó las primeras notas en el aire, sus ojos se humedecieron. No lo pudo evitar.

Alzó la vista hacia el techo del Palacio, hacia el dios Apolo y sus musas, y pensó que debían ser ellas —ellas y no otra cosa— las responsables de haberla conmovido hasta las lágrimas.

Por un momento se rio para adentro, recordando el comercial de galletas con esa música que alguna vez había visto de niña.