El Palacio de la Música Cielo rojo
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Cielo rojo



La ausencia de Marcelo se prolongó por algunos días. Melissa recordaba el gesto en sus ojos, la dureza de su expresión. Tal vez no volvería a verlo jamás. Su enojo había sido demasiado.

La Serenata para cuerdas en Mi Mayor de Dvořák sonaba a todo volumen en su estudio de pintura.

Con una brocha en mano, Melissa cubría de rojo el espacio blanco de su siguiente cuadro.

Esa pieza siempre la hacía pensar en un atardecer encendido.

Pintó un sol enorme y brillante, en tonos amarillos y anaranjados, que se ocultaba lentamente en el mar.

El agua tomaba un matiz púrpura, y sobre las olas danzaban destellos dorados, reflejando la luz como si fueran cristales.

No había nada, más que una explosión de colores, azules y rojos, violetas y amarillos. No existía un alma viva en este mar.

Una gota de pintura roja le salpicó la mejilla.

Se limpió con el dorso de la mano, pero solo esparció el color.

Sus palmas también tenían manchas rojizas.

Las observó un momento, sin moverse. La música seguía sonando, pero ahora notaba cada nota con más nitidez, como si todo en la habitación se hubiera detenido para escucharla.

Escuchó que alguien tocaba la puerta. Se levantó con cierta duda, quitó el seguro de las dos cerraduras y abrió.

Era Marcelo, oculto tras un enorme ramo de rosas, rojas como las manchas de pintura que aún llevaba en las manos.

—¡Qué sorpresa! —dijo Melissa, sin poder evitar un leve sobresalto—. Pasa.

Marcelo dio unos pasos hacia dentro, con la misma seguridad de alguien que ya conocía el lugar. Al entrar, sus ojos recorrieron el estudio, los lienzos frescos, los frascos de pintura abiertos, el olor denso del óleo flotando en el aire.

—No quiero molestarte, solo vine a traerte esto —dijo, extendiendo el ramo con una sonrisa.

—Gracias —respondió ella, mirando las flores con atención. Las sostuvo por unos segundos, como si no supiera del todo qué hacer con ellas—. Tal vez las pinte pronto —añadió, con una breve sonrisa, mientras bajaba la vista al pincel que aún sostenía entre los dedos.

Marcelo no respondió de inmediato. Observó el cuadro inacabado en el caballete, y después a ella, con una mirada que se demoró un poco más de lo necesario.

—Sigues con lo tuyo —dijo en voz baja, casi como si hablara consigo mismo.

Melissa asintió, incómoda.

Marcelo sonrió, y a Melissa le costó devolverle el gesto, pero lo hizo, por simple cortesía.

Las flores, que siempre le habían parecido un regalo delicado y alegre, le resultaban ahora incómodas viniendo de él.

Algo había cambiado en su forma de mirarlo, en lo que sentía al tenerlo cerca.

Además, no dejaba de preguntarse por qué había venido.

¿No estaba enojado? ¿Entonces por qué llevarle flores?

Dejó el pincel sobre la mesa para tomar el ramo y, en cuanto lo hizo, una espina se le clavó en el dedo índice.

—Ay —exclamó, más sorprendida que dolida.

Se apresuró a buscar una servilleta para limpiarse y un jarrón para poner las rosas. La tela blanca se tiñó enseguida con una mezcla de sangre y pintura, quedando arrugada, sucia, como si ya no sirviera para nada.

Miró a Marcelo. Aún tenía en el rostro esa expresión entre seria y herida, como si estuviera haciendo un esfuerzo por sostener algo que ya no se sostenía solo. Y en ese momento, Melissa pensó que lo que él le había dado no era un ramo de flores. Era un ramo de espinas.

—Melissa, desde hace días no puedo dejar de pensar en ti. Eres una mujer trabajadora, creativa, eres... encantadora —tomó sus manos que aún sostenían la servilleta.

En ese momento, la Sinfonía Inconclusa de Schubert comenzó a sonar desde el tocadiscos. Una pieza que en otro momento le habría parecido hermosa, reconfortante. Ahora, los primeros compases de los violonchelos le erizaban la piel. Algo en esa armonía sombría la envolvía con un peso extraño.

—Marcelo, no quiero ensuciarte las manos de pintura —dijo, intentando soltar las suyas con cuidado, procurando no repetir la escena del café ni manchar su camisa blanca.

Él sostuvo un instante más, como si no la hubiera escuchado del todo. Finalmente, la soltó.

Sonrió algo nerviosa e intentó apartarse un poco.

—Está bien, señorita —dijo con una sonrisa forzada, aunque sus ojos no sonreían.

«Por fin reacciona de forma tranquila», pensó Melissa. Pero algo en ella se mantenía alerta. Había una tensión apenas perceptible en el ambiente, como si el aire se hubiera espesado. A veces, Marcelo parecía demasiado correcto, demasiado contenido… como si la amabilidad fuera solo una capa.

—Todo estará bien siempre que estemos juntos, Melissa. Yo estoy seguro de que tú sientes algo por mí. Puedo sentirlo con cada fibra de mi ser —le dijo con los ojos muy abiertos.

La miraba con una intensidad que le revolvió el estómago.

Ella desvió la vista hacia las rosas en el jarrón.

¿Cómo era posible que estuviera tan seguro de algo que ni siquiera ella había terminado de comprender?

Marcelo hablaba con una convicción inquietante, como si dentro de su cabeza ya hubiera escrito una historia donde ella le pertenecía.

Melissa sintió una presión en el pecho, comenzó a asustarse ante esa idea.

—Escucha, Marcelo… agradezco mucho todas tus atenciones, de verdad. Pero yo no puedo estar contigo —dijo, con voz temblorosa, pero decidida—. Yo… quiero a otra persona.

Hubiera preferido no decírselo de forma tan directa. Hubiera querido encontrar palabras más suaves. Pero era tarde. No podía permitir que él torciera la conversación, que volviera a imponer su versión de las cosas.

Nunca había visto unos ojos más brillantes que los de Marcelo en ese momento. Lucían como dos lámparas de un amarillo intenso, fijos en ella con una mezcla imposible de leer. Cerró los ojos con fuerza, pasándose los dedos por la frente como si intentara calmar una tormenta interna.

Cuando los abrió de nuevo, su voz salió temblorosa:

—Melissa, ¿por qué me estás haciendo esto?

Lo más extraño era que no parecía furioso, sino profundamente herido, descompuesto desde un lugar muy hondo. Eso le inquietó aún más.

—Lo siento mucho, Marcelo… No quiero mentirte —dijo ella bajando la mirada. Sus manos seguían manchadas de rojo, y por un instante, no supo si era pintura, sangre, o el reflejo de su propia culpa.

—Descuida, no pasa nada —respondió él tras tragar saliva, forzando una media sonrisa—. Ya he pasado por esto varias veces. No es la primera vez que me lastiman.

Lo dijo con una calma tan contenida que, en lugar de tranquilizarla, le provocó una sensación de inquietud.

El joven arquitecto se dio media vuelta sin mirarla a los ojos. Caminó en silencio hacia la puerta, con los hombros tensos y la mandíbula apretada. Al llegar, se detuvo por unos segundos, como si estuviera a punto de decir algo, algo que pudiera cambiarlo todo.

Pero no lo hizo.

Abrió la puerta lentamente, y sin volver la vista atrás, se fue.

Melissa apagó la música. El silencio que quedó la hizo sentirse sola de golpe, como si la habitación se hubiera vuelto más grande y más fría. Sintió un ligero alivio por haberle dicho la verdad, pero también una inquietud persistente. Una especie de nube gris le nublaba el pensamiento.

Volvió al cuadro. Lo miró un momento, pero ya no era el mismo. Algo en él la incomodaba. Tomó el pincel y la pintura negra, y sin pensar demasiado, comenzó a lanzar salpicaduras sobre el lienzo. Su corazón latía rápido. El pecho le oprimía. Le costaba respirar.

Sintió que algo dentro de ella se desacomodaba.

Algunas lágrimas resbalaron sin hacer ruido. La piel del rostro le ardía, caliente. Las manos le temblaban, cubiertas de pintura seca y cuarteada. Las aguas del cuadro, que antes eran púrpura, se oscurecieron. El cielo se manchó. El sol se hundió por completo.

Intentó lavarse las manos, pero la pintura no cedía fácilmente. El dedo seguía doliendo. Le ardía la yema, como si la espina siguiera ahí, enterrada.

Se limpió lo mejor que pudo y se fue directo a su habitación. No encendió la luz. Se recostó con dolor de estómago. Recogió las rodillas hacia el pecho. Cerró los ojos, y al poco rato, se quedó profundamente dormida.

A la mañana siguiente, al mirarse en el espejo, Melissa notó su piel opaca, sin brillo. Tenía la boca seca y el cabello hecho un desastre, enredado y encrespado. Todavía llevaba restos de pintura roja y negra en las manos… y una pequeña mancha en la ceja derecha.

Abrió la regadera y dejó correr el agua caliente, como si con eso pudiera despegarse del cuerpo todo lo que no sabía cómo nombrar.

Después del baño, bajó descalza a la cocina, envuelta en una toalla, con el cabello aún escurriendo.

Al pasar por el estudio —justo al lado de la entrada— algo la detuvo: una hoja de papel doblada estaba atrapada entre el tapete de bienvenida y la puerta. No recordaba haberla visto antes.

Tomó la hoja. Era una carta:

Melissa:

Lamento mucho mi actitud de ayer. Lo último que quiero es alejarte, pero tus palabras me desconcertaron, no las esperaba. Me tomaron por sorpresa, y lo sabes, no siempre sé reaccionar con calma cuando algo me importa tanto.

Anoche no pude dormir. Cerraba los ojos y aparecías tú, como siempre que te imagino y te sueño. Me levanté varias veces con la sensación de que habías estado cerca, como si tu presencia siguiera conmigo.

Lo nuestro no fue un error. Yo lo sentí y sé que tú también, y entiendo que estés confundida.

Todos lo estamos, un poco. A veces uno necesita decir cosas que no siente del todo, para convencerse.

Pero yo no he dudado ni un solo instante desde que apareciste en mi vida.

Lo que siento por ti es sincero, tal vez no sepa explicártelo con exactitud, pero es real.

Seré un hombre complicado pero soy honesto.

Desde que te vi por primera vez me cautivaste, tu forma de hablar, de moverte, incluso tu silencio.