El Palacio de la Música Valérie Bellerose #2
28%

Valérie Bellerose #2

En la Tetera Roja, la mañana fue caótica, pero con la llegada de Nora lograron hacerle frente a los panecillos quemados de Alicia y recuperar el ritmo de trabajo habitual.

Al cabo de unas horas Melissa tomó un descanso para sentarse en una de las mesas de la cafetería con una taza de té de jazmín enmielado y su libro favorito, Crimen y castigo .

Amaba leer, le encantaba adentrarse en los pensamientos del personaje tan bien descritos en esas páginas, por lo menos en lo que duraba su descanso.

Las campanillas de la entrada anunciaron a alguien. Apartó la vista del libro para descubrir que Leandro, con su aire despreocupado, estaba frente a ella, a punto de sentarse en su mesa.

—Quería verte —le dijo tomándole la mano y besándola suavemente.

Melissa sonrió. Los ojos negros del músico la miraban fijamente.

—¿Quieres algo de tomar? —le dijo la joven de cabello cenizo.

—Solamente quería verte. Nada más.

Melissa tuvo una sensación extraña, un presentimiento que la hizo voltear hacia la ventana, donde descubrió a Marcelo con el ceño fruncido, los ojos muy abiertos y los labios apretados con rigidez.

Marcelo que había vuelto a remediar su actitud, ahora se encontraba frente a una escena que no esperaba.

En su rostro se dibujaba una incomodidad palpable, una comprensión repentina de lo que estaba sucediendo.

Melissa vio que Marcelo se apartaba de la cafetería y una fuerte preocupación la inundó.

Leandro volteó hacia la ventana después de ver su expresión de sorpresa, pero no le fue posible ver nada.

Marcelo ya se había ido.

—¿Está todo bien?

—Sí, sí, descuida —asintió rápidamente un par de veces—. Creí ver a alguien, pero no ha sido nada.

Su voz tembló levemente, aunque trató de disimularlo aclarándose la garganta.

Antes de que pudiera pensar demasiado en ello, sintió los brazos de Leandro rodeándola con fuerza. Nunca se habían abrazado antes. Su calor y el apretón firme le resultaron reconfortantes, pero, en el fondo, la inquietud seguía latente. Marcelo tenía una mirada que podía volverse demasiado dura.

—¿Leíste la nota de Valérie Bellerose? —preguntó Leandro, separándose un poco. Sus ojos brillaban con emoción—. Salió en el periódico de hoy.

Por un instante, quiso apartar la preocupación de su mente y asintió.

Valérie parecía cuidar mucho la imagen de Leandro.

No era casualidad. En el mundo de la música, para triunfar, se necesitaban aliados.

El talento no siempre era suficiente; a veces, una crítica favorable podía abrir puertas tanto como una interpretación impecable.

Sabía que ese era un medio complicado, donde la admiración podía convertirse en indiferencia con la misma facilidad con la que una nota desafinada rompía la armonía de una pieza.

Valérie Bellerose era una mujer hermosa e imponente.

A sus setenta años, conservaba una elegancia natural, con su cabello corto teñido de plata y una vitalidad que parecía inagotable, como si el tiempo no pudiera marchitarla.

Su nombre evocaba la imagen de una rosa, y, al igual que una, tenía espinas afiladas cuando se trataba de su oficio.

Nacida en París, en su juventud fue una destacada cantante de ópera.

Su voz resonó en los escenarios más importantes del mundo, hasta que, con los años, su carrera llegó a su fin.

No podía imaginarse lejos de la música, así que encontró en la crítica un nuevo escenario en el que seguir interpretando, esta vez con palabras.

Escribió para distintas revistas artísticas así como para los diarios franceses Le Monde , Le Parisien , y Le Figaro donde escribía reseñas acerca de los mejores músicos. Solo ella que conocía la profesión a fondo podía marcar con tinta quién lo hacía bien y quién no.

En un viaje a México, Valérie se había enamorado del colorido lugar casi de inmediato. No le fue difícil tomar la decisión de quedarse; sentía que el país la abrazaba con una calidez distinta y vibrante.

Amaba sus nuevas costumbres, el ritmo despreocupado de las calles, el aroma de las cocinas y los sabores intensos que la sorprendían cada día. Se había adaptado con naturalidad, y solía llamarse a sí misma mexicana à la française , con ese acento parisino que jamás perdió.

Para Valérie ser crítico de arte conllevaba una responsabilidad muy grande, una buena crítica podía elevar a un artista por los cielos y una crítica negativa podía hundirlos a las profundidades de la nada.

Aunque, en su opinión, solo había algo peor para un artista que ser recordado como el más malo, y esto era, no ser recordado en absoluto.

Su trabajo consistía en crear historia y decidir —con el peso de su experiencia y oído afinado— quién valía la pena y quién no.

Sabía que una frase bien dirigida podía abrir puertas, pero también que sus juicios podían cortar como navajas a los desafortunados que no alcanzaban sus exigencias. Aun así, había casos especiales. Y Leandro era uno de ellos.

Siempre intentaba mantener la objetividad, pero no podía negar que había algo en el muchacho que la tocaba de forma distinta.

Tal vez era su entrega total, o esa forma casi hipnótica de perderse en la música.

Con él, sus críticas parecían tener una calidez que rara vez mostraba.

Como si, en el fondo, le estuviera apostando a su historia.

Leandro y Valérie se conocieron después de uno de los conciertos del joven violinista en El Palacio.

Ella se había acercado al camerino con la intención de pedirle una entrevista, pero lo que comenzó como una charla formal terminó convirtiéndose en una conversación tan amena que, para cuando se despidieron, ya habían sembrado una fuerte amistad.

Con el tiempo, su relación adoptó un tono casi maternal.

En el mundo a veces despiadado de la música profesional, donde los egos, las exigencias y la competencia podían resultar abrumadores, ambos encontraron en el otro una especie de refugio.

La crítica que Bellerose escribió había sido amigable, cálida incluso, y eso le venía como anillo al dedo a Leandro. En un medio donde cada palabra podía inclinar la balanza, ese tipo de respaldo era invaluable.

De alguna forma, Valérie se había convertido en una especie de cómplice silenciosa en la búsqueda del éxito del violinista.

No porque faltara a su ética, sino porque creía sinceramente en su talento, y apostaba por él como se apuesta por algo raro y genuino, de esos artistas que no aparecen con frecuencia.

—Quiero que vengas a mi concierto este sábado. Habrá música bellísima, yo sé que te encantará —dijo Leandro, dejando a un lado el periódico y clavando su mirada en Melissa.

—Claro que sí, no hay nada que podría gustarme más. Te veo en el Palacio —respondió ella con una sonrisa.

—El concierto será solo para ti.