El Palacio de la Música Valérie Bellerose
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Valérie Bellerose



Marcelo fue el primero en llegar al café al día siguiente.

Vestía impecable, con un traje azul marino y zapatos relucientes.

No había una sola arruga en su camisa blanca, cuyas líneas parecían finamente diseñadas y marcadas con el calor de una plancha.

El cuello almidonado le daba un aire de pulcritud absoluta, como si la prenda acabara de salir de la tienda.

Se veía apuesto.

Se acercó con una sonrisa controlada y pidió su café negro. Luego tomó uno de los periódicos del cesto de la entrada y se sentó. Así, concentrado en la lectura, tenía la apariencia de un hombre mayor.

Los clientes comenzaron a abarrotar la cafetería, y Melissa, sin mucho tiempo para charlas, dejó el café de Marcelo sobre la mesa antes de correr a atender a los demás.

Nora aún no aparecía. Para variar, se le hacía tarde y seguía sin llegar al trabajo.

Mientras tanto, Doña Luz y sus amigas tomaban asiento en su mesa favorita.

En cualquier momento empezarían a pedir sus brebajes, ponerse al día con los chismes y, como era costumbre, criticar a alguno de sus parientes.

Melissa se dirigió a la cocina para apresurar a Alicia con los panecillos y preparar un capuchino para la mesa tres. Antes de seguir, echó un vistazo hacia donde estaba Marcelo y, sin esperarlo, sintió un nudo en el pecho.

Ya no podía verlo con los mismos ojos de antes.

Todo en él seguía impecable. Siempre había admirado su seguridad, su elegancia, pero ahora esa perfección le parecía lejana, como si perteneciera a otra vida.

Porque Leandro se le había metido en la cabeza de un día a otro.

Su música, su despreocupación, la naturalidad con la que la había llevado a ese ensayo secreto.

Leandro no buscaba la perfección, sino sentir, hacerla vibrar, vivir la música en carne propia.

Y ella había sentido esa vida con él. El recuerdo del ensayo en el Palacio volvió como un destello.

Cerró los ojos por un segundo y se imaginó en los brazos de Leandro, con el eco del piano llenando el aire, con sus manos recorriendo su espalda, con la intensidad de quien convierte cada momento en arte.

Sonrió, casi sin darse cuenta.

Un pedido de té caliente la sacó de su ensoñación.

Volvió a la cafetería de golpe, como quien despierta de un sueño demasiado dulce.

No tenía tiempo para distracciones. Sacudió la cabeza y siguió corriendo entre órdenes de pan dulce y cafés, intentando recuperar el ritmo de su rutina, aunque algo dentro de ella ya hubiera cambiado.

Al pasar cerca de la mesa donde Marcelo estaba sentado, tomó su mano con firmeza, deteniéndola por un instante.

—Melissa —la observó fijamente—. ¿Cómo has estado? No te he visto desde nuestra cena. He pensado mucho en ti, pero no había tenido la oportunidad de venir a verte.

Melissa retiró la mano con rapidez, intentando que el gesto no pareciera descortés. No tenía tiempo para distracciones, la cafetería estaba abarrotada y Nora seguía sin aparecer. Además, el desencanto hacia Marcelo que ahora advertía la incomodaba más de lo que quería admitir.

Para colmo, Alicia había quemado una charola de panecillos y el olor a quemado comenzaba a filtrarse hasta el salón principal. Los clientes pronto lo notarían, y eso la preocupaba mucho más que cualquier conversación pendiente.

—Disculpa, Marcelo, ahora no. Tengo que irme —dijo con un tono apurado, lanzando una mirada frustrada hacia la cocina—. Tengo muchas mesas que atender. ¿Puedo traerte algo más?

Su respuesta salió más áspera de lo que había querido.

Marcelo endureció el gesto.

—No. Así está bien. Entiendo, entiendo —respondió con voz grave.

Se tomó un segundo antes de continuar.

—Pasaré más tarde, cuando estés más tranquila y podamos conversar.

Al final, haciendo un esfuerzo, esbozó una sonrisa débil, tomó sus cosas y se levantó, dejando el periódico sobre la mesa.

Melissa sintió una inquietud difícil de explicar, pero no tenía tiempo para pensar en ello. Corrió hacia la mesa cinco a tomar la orden.

No podía decir exactamente qué era, pero una sensación incómoda le quedó en el pecho mientras corría a atender la mesa cinco. Algo había cambiado, y Marcelo lo había notado.

Al salir de la cafetería, Marcelo tropezó con Nora, que venía apresurada. Aunque ella se disculpó de inmediato, él apenas la miró y siguió su camino con gesto serio. Se acomodó el cuello de la camisa con visible fastidio; no le agradaban las situaciones exaltadas ni, mucho menos, la ropa arrugada.

—¡Ya llegué, ya estoy aquí, lo siento! —gritó Nora, avergonzada—. ¿Qué hace falta?

—La orden de Doña Luz y sus vecinas, que llevan rato esperando. ¡Anda! —exclamó Melissa, ya riéndose—. Si tardabas un poco más, iban a venir a tomar la orden ellas mismas.

—¡No me digas eso! —dijo Nora con una mueca mientras se apresuraba hacia la mesa—. ¡Voy, voy!

Melissa sonrió y sacudió la cabeza. Mientras recogía la taza que Marcelo había dejado sobre la mesa, su mirada se posó en el periódico que él había dejado abierto.

La página pertenecía a la sección de Cultura y Entretenimiento. En el centro, una foto de Leandro y, justo debajo, una crítica firmada por Valérie Bellerose.

Leandro Álvarez: entre la mística del sonido y la entrega absoluta

Ciudad de México, 24 de octubre de 2013

Bajo la tenue luz de un escenario íntimo y evocador, el pasado 19 de octubre tuvo lugar el tercer concierto de la temporada otoño-invierno en El Palacio.

En esta ocasión, el protagonismo recayó en el joven violinista Leandro Álvarez, quien cautivó al público con su interpretación y con la presencia inusual de su violín negro, un instrumento de gran enigma y peculiaridad.

Construido con un raro arce negro, su brillo profundo y su resonancia hipnótica lo convierten en una de las piezas más fascinantes que han desfilado por esta temporada.

Álvarez, originario del norte del país, ha demostrado en anteriores presentaciones una energía vibrante, ideal para repertorios de gran exigencia física.

Sin embargo, este concierto, bajo la cuidadosa selección del director Antoine—de ascendencia francesa—exigía otro tipo de destreza: la delicadeza de quien sabe abordar la música con una sutileza casi etérea.

Fue grato descubrir que el joven violinista ha evolucionado en este sentido, mostrando una versatilidad cada vez más refinada, imprescindible para un escenario de la magnitud de El Palacio.

Uno de los momentos más memorables de la velada fue su interpretación de Massenet, en la que Álvarez pareció sumergirse por completo en la música.

Con la mirada perdida en el infinito, como en un trance provocado por la propia vibración de las notas, su ejecución fue una combinación de precisión y sensibilidad que logró silenciar hasta el más leve murmullo en la sala.

El concierto dejó entre los asistentes la sensación de haber presenciado un momento auténtico y conmovedor. Si el resto de la temporada mantiene este nivel, sin duda será una de las más memorables en años recientes.

Valérie Bellerose

Melissa recogió la taza vacía y, al hacerlo, sus ojos se posaron en el periódico que Marcelo había dejado. Su respiración se detuvo por un instante.

Leandro. Cada palabra la atrapó como un hilo invisible que la jalaba hacia los recuerdos del ensayo en el Palacio.

Era cierto. La manera en que Leandro tocaba no solo era maravillosa, era algo más, algo que hipnotizaba.

No se trataba solo de talento, sino de una especie de conexión con la música que parecía envolverlo por completo.

Sus ojos recorrieron la descripción de su violín negro, de su mirada perdida en el infinito, de su entrega absoluta. Sintió que el pecho le latía más rápido.

Pero entonces, una punzada de incomodidad la atravesó.

La reacción de Marcelo de hace un momento, la mirada endurecida, la forma en que había tomado su mano con firmeza.

Había querido hablar con él, pero no pudo.

No supo cómo. Algo dentro de ella se congeló cuando lo vio esperándola con esa sonrisa que antes le parecía encantadora y que ahora le pesaba.

Sabía que no se fue tranquilo. Se marchó fingiendo una calma que no tenía, dejando tras de sí un rastro de incomodidad que aún se sentía en el aire.

De repente, el artículo de Leandro en el periódico ya no le pareció solo una casualidad.

Era como si Marcelo lo hubiera dejado ahí a propósito, como si hubiera querido que lo viera.

El miedo se instaló en su pecho. ¿Y si lo había herido? ¿Y si Marcelo no era del tipo de hombre que acepta una derrota sin más?

—Melissa, ¿qué haces? —Nora la llamó desde el otro lado del salón.

Parpadeó, sintiendo el peso del periódico aún entre sus dedos. Sin pensarlo demasiado, arrancó la página con la crítica de Leandro y la dobló con cuidado, guardándola en el bolsillo de su delantal.

—Voy —respondió con voz tensa.

Ese día, Marcelo se fue del café con el ceño fruncido y los pensamientos girando sin descanso. Una sensación de pesadez le oprimía el pecho, algo que no lograba sacudirse con facilidad.

«¿Por qué se comportó tan fría? ¿Hice algo mal?»

Intentó encontrar una respuesta lógica, pero nada encajaba del todo.

Melissa había estado ocupada, sí, la cafetería estaba llena…

Tal vez solo había sido eso. Se repitió la idea varias veces, tratando de convencerse.

Sí, seguro que solo era el estrés del trabajo, no tenía por qué darle más vueltas. Apretó la mandíbula.

Él no era de los que dejaban las cosas a la deriva.

No podía quedarse con esa incómoda incertidumbre, no cuando hasta hace unos días todo había fluido con naturalidad.

Habían pasado una velada agradable, ella había sonreído, había disfrutado de su compañía.

Nada malo podía haber cambiado en tan poco tiempo.

Regresaría más tarde al café. Hablaría con ella. Encontraría la forma de arreglar esa situación inesperada. No podía permitir que algo que aún no entendía del todo se interpusiera entre ellos.